3 de octubre de 2016

¿Por qué perdió el ‘Sí’? Algunas notas de reflexión



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¿Por qué perdió el ‘Sí’? Algunas notas de reflexión

“Tal vez bajo otro cielo la vida nos sonría…
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar...”
Porfirio Barba Jacob, ‘Canción de la vida profunda’.

Hace unas horas en Colombia perdió el plebiscito que buscaba refrendar popularmente el Acuerdo de Paz alcanzado entre la insurgencia de las Farc-Ep y el Gobierno Nacional del presidente Juan Manuel Santos. Fueron poco más de 60.000 votos de diferencia con los que ganó el ‘no’. Hay que pensarnos la crisis, ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo fue que fallamos colectivamente? A continuación menciono algunos elementos –sin ánimo de sistematicidad- que en mi opinión vinieron configurando un escenario en el que la victoria del ‘no’ no solo era una posibilidad sino que el ‘sí’ no lo previno ni lo asumió efectivamente como tal.

La ‘paz Gaviria’ o el reencauche de las nuevas viejas élites liberales.

No se trata solo de César Gaviria. No se trata solo de su decepcionante, previsible y mediocre papel como ‘jefe de debate’ del ´sí’. Se trata –entre otras cosas- de que el hijo de César Gaviria está en carrera política. Está el hijo de Horacio Serpa. Están los niños Galán con sus primitos y familia extensa. Está la escuelita que ha andado detrás de las espaldas de Rafael Pardo, entre muchos. Segunda y tercera generación de un ‘kínder’ de supuesta modernización brutal y elitista que nunca comprendió ni le interesó realmente este país. Solo quieren tener ‘viceministro’, ‘presidente’, ‘representante’, ‘asesor’, como títulos en sus hojas de vida. Sin necesidad pero intenciones de vivir del Estado, ‘expertos’ en administrarlo, no son más que los guardias de seguridad sobrevalorados de nuestra ‘horrible noche’.

No convencían. No convencía el ministro Cristo bajo los soles rurales de este país. Balbuceando torpemente lugares comunes sobre los réditos de la paz. No convencían los ‘renunciados’ del Ministerio del Trabajo, del Departamento de Prosperidad Social o el Ministerio de Educación mientras hacían campaña. No convencían con sus tenis y sus camisetas sport en las calles de Bosa o Kennedy, o en los salones comunales de Cali, o en las barriadas populares de Medellín. Simplemente no convencían. No se sentía un voto distinto. No se percibía como un voto con el potencial de cambiar nuestras vidas colectivas como proyecto de nación. Ellos volvieron politiquera lo que era una opción legítimamente política.

Por supuesto no solo se trató de liberales. Pero el espíritu era ese. Unas viejas élites con relevo generacional que de repente se dieron cuenta que valía la pena reconocer políticamente a las Farc-Ep. ¿Pero realmente lo hicieron? Es que esa fue la otra: el patético voto vergonzante. El horrible menosprecio por lo alcanzado en la Mesa de La Habana. Una estrategia que el Gobierno Santos abandonó hace apenas menos de un año (me refiero a ese discurso de ‘si se cae La Habana el país no se afecta’). Ese voto vergonzante se traducía en defensas decepcionantes de lo acordado, basándose en tristes lugares comunes sobre como eso ‘no iba a cambiar nada’ y que era mejor ‘tenerlos en el congreso’ simplemente porque harían menos daño. ¿Dónde estuvo la alegre campaña que revindicaba este acuerdo porque era legítimo, porque era lo correcto? No simplemente porque era lo menos malo. Y que se votara porque era lo menos malo. Así se movió un montón de voto ‘bien intencionado’, de gentecita de bien que ni defendía ni legitimaba el Acuerdo, simplemente decía que era lo ‘menos malo’. Así fueron un montón de votos.

Entre la afirmación de que este sería el voto más importante de nuestra historia, y la afirmación de que no iba a cambiar nada y que era lo menos malo, se perdió la posibilidad de seducir y persuadir a través de la alegría, la emocionalidad y la emancipación. No simplemente a partir de la resignación mecánica tan fértil a lo clientelar y lo anti-político politiquero. Nos merecíamos mejores líderes.

El  mundo político ‘alternativo’, la gente de a pie y la división rural-urbana.

La culpa de nosotros, miembros, simpatizantes o simplemente amigos de los movimientos sociales y políticos alternativos, comunitarios y populares es inmensa. Y es absolutamente fundamental que nos la pensemos. ¿Se le hizo campaña solo a los convencidos? ¿Los plantones eran solo entre conocidos? Recuerdo en agosto o julio cuando se hizo un plantón en Bogotá para celebrar el armisticio. Recuerdo que fue en la plaza de las Nieves, en el edifico de la ETB que hay allí. Recuerdo haberme encontrado con un amigo y reflexionar sobre el hecho de que estábamos básicamente los mismos que hace cuatro años cuando anunciaron el proceso. Los mismos que organizamos acciones cuando sucedió la detención del General Alzate y el acuerdo peligró. Los mismos que se movieron para llamar a la calma y la prudencia cuando los bombardeos oficiales se reactivaron. Los mismos de las etiquetas, los botones  y las pañoletas. Los mismos, siempre los mismos. En diferentes combos, con diferentes tránsitos. Pero siempre los mismos. Pocas caras nuevas, pocos rostros nuevos, pocas ilusiones de gente que no cargara a la Historia sobre sus hombros y otros tantos fracasos. Eso no se veía en las movilizaciones. Ni siquiera en las universitarias. Se veían los combos orgánicos, los parches organizados, las banderas planchadas listas para ser ondeadas, pero poco pueblo. Realmente poco pueblo. No enamoramos, no persuadimos, no convencimos. También merece ser llamada la atención sobre todos aquellos militantes y simpatizantes de izquierda que no votaron –porque los hubo- porque dieron por sentado que el ‘sí’ ganaría por las maquinarías, o peor aún, que no votaron porque decían que no ‘iba a cambiar nada’. Parece absurdo. Pero los hubo. La dolorosa ironía histórica es que amplios sectores de izquierda alternativa y popular se confiaron –y dependimos- de las élites tradicionales y las estructuras clientelares para sacar adelante un acuerdo político para terminar el conflicto.

La responsabilidad es nuestra. Fundamentalmente. Se perdió por 60.000 votos. Una cantidad miserable y ridícula para decidir este acuerdo. Una diferencia que nos habla más de la incapacidad que sufrimos las gentes del ‘sí’, antes que hablarnos de la legitimidad o fuerza de los argumentos del ‘no’ (que ahora, de forma necesaria, tendremos que entrar a revisar).

¿Y la gente de a pie? ¿Qué decir de esa clase media insípida, que vive medio endeudada o desde una comodidad fundamentalmente urbana y que no votó? Aquellas parejas bogotanas que hace un mes dijeron que iban a votar, pero salió el almuerzo a La Calera y pues ya no se pudo; ese combo de amigos que dijeron ‘eso gana el sí’ y prefirió irse de fiesta de piscina en Villa de Leyva o Melgar. Hace días estaba en el Puerto de Buenaventura y escuché a un grupo de personas hablando entre sí, diciendo lo bueno que la iban a pasar este fin de semana, que menos mal se habían escapado del trabajo en Bogotá. Que eso del plebiscito fijo pasaba y que de todas formas con eso no iba a suceder nada. En mi corazón supe, en ese instante, que íbamos a perder. Pensé en toda la gente que en ‘la ola verde’ de 2010 no votó por estar fuera de la ciudad, pereza o guayabo.

¿Juega otra vez la interpretación de la segunda vuelta Santos-Zuluaga de 2014? ¿Otra vez Bogotá –blanca estrella en los Andes- la única que brilla con diferencia en ‘el interior’ del país? Esto lo anticiparon profesores como Rodrigo Uprimny de la UNAL Bogotá. Que alertó sobre la necesidad de pensarnos esto fundamentalmente como una decisión ética (con aristas jurídicas y políticas, pero fundamentalmente ética), tomada en las ciudades, sobre un conflicto que es mayoritariamente rural. Y fallamos en esa persuasión. Fallamos en el reto de reducir la distancia –epistemológica, política, de solidaridades también- entre el campo y la ciudad. ¿Cómo es que aun y gananando el ‘Sí' en Bogotá, como ciudad no fuimos capaces de ponerle 1’500.000 de votos a este acuerdo? Fallamos como ciudad. Esos eran 60.000 votos que fácilmente ponía la ciudad. Que se nos quedaron en todos los que no votaron. Por eso quiero insistir en el hecho de que esto más que un triunfo de la efectividad del ‘no’ (aunque la tiene) es una muestra de la incapacidad del ‘sí’ por movilizar.

Fuimos incapaces de asumir y entender la asimetría urbano-rural más allá del lugar común de decir que la guerra se lucha en los campos (que es evidente, pero que excluye e induce al engaño sobre las relaciones entre ese conflicto rural y el papel de las ciudades). Fuimos incapaces de comunicar la desigualdad estructural que ha marcado el mundo rural los últimos 70 años. Fuimos incapaces de comunicar la necesidad ética de pensarnos ese problema a la base del Acuerdo de Paz más allá de los beneficios jurídicos y políticos a la base de la guerrillerada fariana.

El plebiscito pudo haberlo decidido esa diferencia entre lo urbano y lo rural, esa diferencia que está justamente en la base del conflicto. El voto por el sí ‘porque sí’ fue incapaz de llamar sobre este hecho. Sobre la necesidad de poner la solidaridad, la empatía y la fraternidad por encima de otros valores de supuesta racionalidad del mundo jurídico.

El triunfo de la mentira: Sobre el “imperativo” de la paz y el error del sentido común.

Creo que pocos anticipaban como algo real la posibilidad de que el ‘no’ ganara. Pero varios lo hicimos. Desde el principio. Y seguramente siguiendo la senda de ese intelectual profundo, pesimista pero amante de la Vida que es Humberto de la Calle, preferimos ser pesimistas hasta el momento final porque en este país todo puede ocurrir.

Pocos previeron el papel y el poder de la mentira. ¿Cómo reemplazar la falta de conocimiento cuando la mentira está en su lugar? (parafraseando, medio mal, a Wittgenstein). ¿Cómo hacer pedagogía cuando en el lugar en el que iría ese conocimiento nuevo, solo hay prejuicio arraigado, sostenido, mantenido y alimentado por todo un estado de cosas?

Ya me referí a lo urbano y la irresponsabilidad. Ahora habría que pensar la mentira, en lo urbano y lo rural, y sus impactos. Pienso en eso y entonces se me vienen imágenes a la cabeza. Recuerdo la indiferencia de las meseras de Salento para hablar del tema de la paz. Su practicada sonrisa para no mostrar ignorancia en la conversación. Pienso en la apatía con libreto de los camioneros al margen de la carretera en Quindío. El desdén de los obreros del Puerto de Buenaventura alrededor de las posibilidades que este acuerdo de Paz abría. El escepticismo virulento de dos taxistas en Bogotá hace tres semanas. La ignorancia aterradora y atrevida que salía de las palabras de aquella mujer negra del norte del Cauca con la que hablé hace siete meses. Ella, en el corazón del conflicto, pensando como RCN y la iglesia cristiana le decían.

Pocos anticiparon el ‘no’ porque se partió del imperativo de la paz. Como una verdad relevada, intelectual y emocionalmente. Y no fue así. El sentido común falló. El imperativo no fue la regla para actuar. Casi nadie en ningún medio de comunicación alternativo o no masivo lo anticipo. De nada sirvieron todas las columnas, todos los ‘análisis’, todos los pequeños blogs. ¿Será porque en su mayoría no eran ejercicios de intelectuales y sujetos críticos comprometidos, sino más bien hombres y mujeres con ánimo de figurar y ‘tener algo que decir’? ¿O será porque lo que vimos fue una suerte de hegemonía alrededor la paz, igual de acrítica y artificial como lo son la mayoría de hegemonías? ¿Será que eso influenció la falta de autenticidad en lo que se escribía en los últimos días, en la falta de alegría emancipada y crítica provocadora de esos alfiles del sí, de aquellos que desde tribunas públicas se ‘pensaban’ la paz? No se perdió a causa de ellos, pero su papel necesariamente se lo tienen que pensar. Ojalá guarden prudente y respetuoso silencio en sus márgenes, orillas, y demás espacios y lugares de reflexión. Nadie anticipó esto. ¿Dónde estuvo el ejercicio auténtico de pensarnos este país? ¿Qué nos deja esa manía de hablar y ‘participar’ en el debate público de este país que ayer dijo no?

Por supuesto, el papel del uribismo fue importante. Pero lo fueron más sus mentiras. Que convencieron y engañaron a gente que ni siquiera es uribista. Uribe no tiene esa cantidad de seguidores. Pero ahora, paradójicamente, habrá que entender los resultados de esa forma. Ayer se enterró la posibilidad que Uribe alguna vez dé cuenta por sus actuaciones, lo mismo muchos que hacen parte de su círculo más cercano. Ayer se nos obligó a hacer ese gran Pacto Nacional (¿Una constituyente? ¿Arriesgarnos a perderla?). Aunque no fue una victoria del uribismo habrá que leerla como tal, y eso tendrá sensibles impactos en la narrativa que construiremos para dar fin al conflicto armado. Tal vez ya no Rodrigo Londoño y Santos reciban el Nobel. Tal vez en unos años sea un grupo más amplio. Uno en el que esté el expresidente Uribe, el que la historia graduará después de ayer, como aquel que hizo que el diálogo se ‘reorientara’. A él la historia no lo absolverá. Pero definitivamente ahora lo juzgará de una forma muy distinta a que hubiese ganado el ‘sí’. Y habrá que jugarle a ese nuevo lugar, porque será imposible y riesgoso desconocerlo. Diosado Cabello, cuando arrancó la legislatura después de la muerte de Hugo Chávez en Venezuela, dijo que la oposición mejor se preparara, porque ‘Chávez era el muro de contención que evitaba que se hicieran muchas locuras’. Así estamos ahora. Ahora a Uribe habrá que darle un nuevo lugar que dé cuenta de ese muro de contención que es él a un montón de gente, ideas y acciones que están prestas a ser desatadas en el país.

Por eso puede darse el lujo de hablar a las 9 de la noche y decir en cinco minutos nada muy sustancioso, sabiendo que el país completo lo oye. Uribe sabe que no ganó por sí mismo, sino también por los errores del sí. También por eso ayer su intervención no fue la de un triunfador. Acá seguiremos en el debate, ojalá no en la guerra. Y él lo sabe. Pero la correlación de fuerzas definitivamente cambió.

Sobre la idea de que el plebiscito ‘dividió’ al país.

El plebiscito no dividió al país. Lo que hizo fue ponernos a hablar de lo que lo mantiene dividido, pero que nunca se menciona ni se discute. En redes sociales y espacios públicos la gente se quejaba y mencionaba que familias se estaban peleando y amistades estaban distanciándose a causa del plebiscito. Pero no era a causa propiamente de él, sino de lo que representaba. Porque si bien el Acuerdo de Paz de La Habana no tocaba el modelo económico del país, sí ciertamente tocaba, influenciaba y afectaba el modelo de ser y pensarse las certezas que dan cuerpo a la identidad del ser colombiano. El triunfo del plebiscito sí implicaba cambiar, o al menos pensarnos, el modelo de ser, sentir y hacer.

Claro, las familias se agarraron y los amigos discutieron. Como cuando las familias echan a sus hijos y sobrinos porque fuman mariguana y ‘son viciosos’; como cuando las familias le dan la espalda a las mujeres madres cabeza de familia; como cuando discutimos sobre modelos de familia y de amar no heteronormativos; como cuando se habla del primo gay y la tía lesbiana rechazados por la familia extensa; como cuando el joven o la muchacha llegan a casa con un arete o un tatuaje o una camiseta del Ché, y ya es ateo, comunista –como si eso fuese malo- o desviado; como cuando es estigma estudiar en universidad pública; como cuando hablamos de que acá la guerra fue de dos ¡y que el Estado acudió a métodos terroristas tanto o más como las insurgencias!; como cuando hablamos que en serio el mundo rural a veces es muy distinto del urbano; como cuando hablamos de que está mal que se privaticen las empresas públicas y que es tremendamente condenable que tan poca gente tenga tanto y tanta gente no tenga nada; como cuando decimos que nada justificó la máquina de asesinos anti-izquierdistas narcotraficantes que fue la alianza política y económica que dio vida al paramilitarismo.

El plebiscito nos puso a hablar de las cosas que dividen el país, cosas de las que no se habla porque se raya a la gente. Esas fueron las micro-divisiones permanentes de este país que en esta coyuntura se polarizaron. Y parte del error fue ‘ningunearlas’ en lo cotidiano. No hacerlas explícitas y minimizarlas bajo vaguedades como ‘mejor no hablar de política’ o que ‘cada uno tiene derecho a su opinión y posición’. Porque claro, vivimos en un país que tiene como derecho tener una opinión que pueda implicar el total desconocimiento o exterminio del otro. Con eso abandonamos nuestro deber de convencer y persuadir.

En efecto lo fundamental del Acuerdo con las Farc-Ep no era lo relacionado con el modelo económico, sino con el modelo de ser, y esas premisas sobre nuestra identidad. Por eso discursos como ‘la ideología de género’ calaron y movilizaron de la forma que lo hicieron (aunque en general el papel de las Iglesias Cristianas y la Católica merece ser analizado con mayor profundidad). Ellos en su ‘no’ fueron explícitos en que La Habana se jugaba un universo de símbolos y significados que pasaban por pensarse elementos esenciales a la identidad conservadora y camandulera de este país. Ellos lo entendieron y jugaron eso. El ‘sí’ lo hizo de manera tímida y sin pisar callos.

Pensando en la manigua y en los grandes salones del Acuerdo.

Gracias Humberto de la Calle, gracias Sergio Jaramillo y demás negociadores. Gracias presidente Santos. Gracias Rodrigo Londoño, gracias Judith Simanca Herrera, gracias Jorge Torres Victoria, gracias Félix Antonio Muñoz y demás negociadores.

Las lágrimas que derramé ayer fueron sobre todo por ustedes. Por los soldados de sus ejércitos. Por quienes hace 48 horas ya anticipaban reencuentros familiares, abrazos en la fraternidad del fin de sus vidas clandestinas y también de la violencia legal. En estas horas aciagas de incertidumbre ya no lloro. Mi deber es otro. Ustedes y sus tropas, como las poblaciones rurales a las que este país urbanizado a punta de violencia, crédito, deudas y mentiras dio la espalda y desconoció, sí tienen derecho a llorar. Pero su trabajo no será en vano. Los estamos esperando. En los caseríos, en los barrios populares, en las canchas y parques, en las escuelas y en los salones de la política. Esto es solo un bache en el largo y arduo camino para la paz. El deber mío y de muchos más será seguir trabajando por esos reencuentros. Nosotros no nos podemos permitir la tristeza desesperada, apenas y la desazón crítica para llamarnos de nuevo a la lucha, la prudencia y la disciplina del trabajo.

Dejaré mi letrero por el ‘sí’ en mi ventana. Me mantengo en la afirmación de la vida, el sí a la vida, el sí a Colombia. El sí que se abre como la posibilidad existencial de derrotar no al otro y sus carencias, sino a nosotros mismos y nuestras debilidades. Que el miedo del otro lo podamos volver fraternidad curiosa, amor extraño. Un país en paz.

Tal vez que ganara el ‘sí’ con 60.000 votos de diferencia hubiese sido más complicado que esta derrota, para su legitimidad quiero decir. Tal vez solo hubiese generado una ventana de tiempo en la que se hubiese ‘encendido’ el país para que en 2018 volviéramos a tener otro pulso. Tal vez lo que nos queda ahorita es pensar que este escenario, aunque agudice contradicciones y tensiones, es el mejor escenario para acelerar la construcción de un pacto nacional en el que quepan todos los actores. O al menos más. No lo sé, esas sí son especulaciones. Solo nos queda la certeza del trabajo. Trabajar por la paz de Colombia.

Bogotá D.C.,
Octubre 3 de 2016.