3 de septiembre de 2016

Los colores de lo común

Comparto el texto "Los colores de lo común: Un diálogo con 'Somos' sobre Street art y grafiti" (enlace a pdf).

Conversación con el artista, comunicador y activista colombiano 'Somos', alrededor de su trabajo en el street art y el grafiti. A través de un recorrido por sus experiencias y planteamientos se da espacio a una reflexión alrededor de las nociones de lo común, el espacio público y la propiedad en general y en particular en el ámbito de urbano.

Agradezco a 'Somos' por su preciado tiempo y disposición total para adelantar este ejercicio. De igual forma a Alhena Caicedo Fernández del Centro de Pensamiento Latinoamericano RaizAL por sus aportes definitivos al desarrollo de este texto y su concepción original.



Los colores de lo común: Un diálogo con ‘Somos’ sobre Street art y grafiti.

Juan S. Ballestas M.[1]

En Bogotá las calles están salpicadas de colores. Manchadas y sucias para unos o creativas e insurrectas para otros, las paredes de Bogotá se han dado un lugar privilegiado en la escena y los circuitos del Street art y el grafiti. El arte callejero se ha vuelto una constante en los debates sobre el espacio público en la ciudad y los límites de la propiedad en las relaciones de sus ciudadanos. Es un debate que ha pasado por todas las esferas, incluyendo las de la política pública. En el periodo 2011 – 2015 se avanzó en el diseño de propuesta de una política pública para el grafiti y expresiones artísticas en calle (Decretos Distritales 075 de 2013 y 529 de 2015, que reglamentan el Acuerdo Distrital 482 de 2011), listando lugares para desarrollar las prácticas artísticas, prescribiendo otros y generando sanciones de tipo administrativo (fundamentalmente multas), así como buscando estimular la participación de actores involucrados. Sin embargo el debate alrededor de la política pública no es lo más interesante ni lo más importante del arte callejero y su presencia en Bogotá. Lo son en cambio las interacciones y las tensiones alrededor de la calle, así como las posibilidades de polemizar acerca de ideas de esterilidad y orden para definir los espacios públicos.

A continuación se presenta un diálogo con uno de los protagonistas de la escena del arte callejero en la ciudad y en el país, espectador y partícipe del comienzo de la historia del Street art en Bogotá. Él, artista callejero, comunicador, activista, firma como Somos. Una palabra que hace las veces de seudónimo, apuesta y propuesta. A partir de su recorrido personal, primero en la ciudad y después en lo rural y lo comunitario, se propone una lectura de la escena del arte callejero en la ciudad de Bogotá, como un lugar en el que se desarrollan problematizaciones alrededor de lo público, la identidad, lo común y la propiedad.

¿Y quién es Somos? ¿Qué es lo que hace? Su origen se remonta en el marco de proyectos colectivos de finales de los años 90. Proyectos, estos girando alrededor de la prensa, la radio, las ofertas culturales, la música y el arte.

Hace unos años atrás participaba en un colectivo que tenía por nombre Somos Sudacas[2], te estoy hablando de quince años atrás. El cual tenía un grupo de jóvenes articulados a la propuesta, en torno a la música, y la radio, y en algunas actividades puntuales como fiestas culturales en la noche con jóvenes radioescuchas de ese espacio que se llamaba ‘Somos Sudacas’. Es 1997, 1998 hasta el 2003-2004, que más o menos termina el espacio que se tenía en la Radiodifusora Nacional de Colombia.

Tras el fin del espacio radial se da un momento de tránsito en el que él procura enfocar y materializar en lo gráfico la propuesta que hasta ese momento venía desarrollando.

Con los compañeros de ese colectivo, en varios momentos de discusión, surgieron algunas ideas que me enriquecieron y transformaron lo que era Somos Sudacas en simplemente Somos. O sea no es una propuesta que nazca de una persona, sino de un colectivo. De años de trabajo en los que se venía desarrollando esta iniciativa.

El momento de nacimiento de Somos como propuesta gráfica está antecedido por un momento de búsqueda afanosa de identidad y de lugares propios de enunciación.

El Somos surge de una necesidad, ¿qué es? La identidad. Una identidad cultural. Un reconocimiento del Ser. De ese ser joven, político, irreverente, que anda en la búsqueda de ese ‘otro mundo es posible’ desde la parte gráfica. Entonces me dedico un poco a viajar, a conocer y tratar de plasmar esa palabra en la calle. El escenario simplemente es la calle, o los territorios ancestrales, o como yo digo, por el camino de las comunidades.

Es hacia el año 2008 que se consolida la propuesta de Somos. En ese proceso fue partícipe de los debates que identificaban cada vez con más claridad el lugar del arte callejero, el grafiti y las formas de Street art en la ciudad. En su opinión la búsqueda de identidad es un rasgo fundamental de estas prácticas. Una identidad que no refiere únicamente a la persona que realiza la intervención, sino también un cuestionamiento sobre los espacios, su naturaleza y el tipo de creador o sujeto tras la intervención.

Hay una gran diversidad dentro de las capacidades del ser humano. Y hay unos que dicen que no todos los seres humanos nacen con el ‘don’ o el talento de pintar, hay unos que nacen con ese don, dicen, y si nacen con ese don a esas personas hay que darles unos espacios. Yo creería que no es así. El espacio no hace a la persona, es la persona la que hace a los espacios. Y uno como ser humano transita, cualquier espacio puede ser viable para dejar un mensaje.

El transitar por el espacio público puede ser una actividad pasiva, irreflexiva y desconectada de espacios que se presumen estériles o ajenos. Que las personas ‘hagan el espacio’, implica interpelarse sobre la naturaleza y los tipos de frontera, las ideas de propiedad y del para qué de la calle y del para qué de las posibilidades que abre para el encuentro. Se busca entonces con el ejercicio del Street art problematizar una definición y una práctica asociada al espacio público que se apoya fuertemente en una comprensión de este que lo entiende llanamente como lo que no es privado. Una definición de estas características es la que en la práctica condiciona y media muchas de las relaciones en el contexto de la ciudad: hace del espacio público una galería de espacios o lugares que no convocan a todos ni representan lo común, sino que marcan el límite de lo privado. La transgresión que propone Somos va más allá, sacude este estado de cosas: modifica la comprensión del espacio público como el simple lugar de tránsito desde las vivencias privadas hacia otro lugar.

Los espacios comunes o los espacios públicos, solo cuando los seres humanos lo transgreden o lo intervienen hace que esos lugares tomen ese valor de lo público o lo común. Si esa pared de aquella casa de x persona, que siempre ha permanecido blanca, no es intervenida, no es rayada, esa persona que hizo esa casa va a sentirse que [la pared] es de su propiedad, así esté dando hacia la calle. Esa pared la pintó el señor, la construyó el señor, o sea es de su propiedad. Pero en el momento en que yo transite por esa pared y escriba algo hago que deje ser solamente de él y empiece a ser parte de un todo. De mí y de aquel que lee ese rayón. Ahí es donde aparece el cuestionamiento de quién es, por qué y para qué.

En el corazón de la práctica del Street art y el grafiti hay un cuestionamiento a las delimitaciones y concepciones tradicionales alrededor de la propiedad en nuestra sociedad. El cuestionamiento toma la forma de transgresión explícita: el tag[3] en la pared del edificio más iluminado; la intervención del cartel que informa la prohibición de poner carteles; la firma en la cornisa más alta; el dibujo en el balcón más difícil; en el puente menos accesible. Sin embargo estos actos usualmente no se leen más allá de discursos de corte tradicional que los define como actos vandálicos y que dañan o deterioran el espacio público, es que es de todos para ver y no tocar para no perturbar el derecho de otro a ver y no tocar.

Hay una discusión que es muy profunda sobre lo que es la propiedad, la propiedad privada y la propiedad colectiva. Aunque en este modelo de sociedad es muy complicado llegar a dar esa discusión desde allí [desde una mirada que parta de o que reivindica la transgresión] porque es una sociedad que está sustentada por medio de constituciones de normas, de un poco de cosas que los seres humanos han hecho para que los seres humanos tengan que dejar de hacer cosas por esas normas. Nos negamos a la posibilidad de expresarnos porque hay una norma que dice que ahí no se puede, y que hay uno espacios en que los que sí se puede y unos en los que no. Pero si el espacio puede ser intervenido, ¿por qué no hacerlo?

Desde el punto de vista de Somos, hay una contradicción entre el discurso en el que se pretende educar a niños y niñas, y las prácticas y jerarquías que modulan las interacciones ya en el mundo ‘real’.

Yo creo que si al ser humano le han enseñado desde pequeño a que se exprese, a que aprenda a escribir, a que aprenda a leer, porque luego cuando ya es grande, cuando ya tiene uso de razón (y se habla tanto de que hay que pensar) por qué tiene que pensar [en contenerse] para poder transgredir ese espacio, para dejar un mensaje. No hablemos de transgredir, hablemos simplemente de una persona queriendo expresarse.

Las normas que impiden eso no son accidentales. No son equivocaciones. Las que la hacen saben que el ser humano por medio de esto, del arte, puede transformar, puede cambiar un modelo. Y hacia eso es que van aquellas personas que ni siquiera están pensando sino que simplemente lo hacen porque ya lo entendieron. Y entre más seamos los que hagamos esto, creería yo que mucho más rápido vamos a llegar al propósito por el cual estamos transgrediendo o interviniendo esos espacios.

En Bogotá la partida, por ahora, está ganada en favor de los practicantes del Street art y el grafiti. La ciudad, congestionada de colores, se ha vuelto un escenario que materializa los discursos y prácticas más recientes de apropiación del espacio público y de la consolidación espacios comunes para el desarrollo de prácticas identitarias y de encuentro. Bogotá, Medellín, Cartagena y Cali, avanzan cada una en el desarrollo de sus escenas de arte e intervención urbanas. En palabras de Somos las ciudades se volvieron “epicentros de la parte gráfica”. En las ciudades se han ganado espacios que han permitido superar ciertos estigmas y prejuicios alrededor tanto de la práctica del grafiti y el Street art, como de las personas involucradas. La superación de prejuicios y la estigmatización de la escena, pasa también por la inclusión y normalización de símbolos, lenguajes y estéticas. Es allí en donde más se ha ganado en las ciudades.[4]

Ahí nos damos cuenta que esas personas no están ni locas, ni son delincuentes, no, simplemente ya entendieron que el futuro cada vez más es hacia la comunicación, hacia unos lenguajes, hacia lo visual, y no hay que pensar, simplemente hay que hacerlo. Creo que no es solo el cuaderno donde se puede escribir, no solo es la pizarra donde se puede escribir, no solo es el celular donde se puede escribir. Tenemos todo un universo donde poder plasmar y dejar esa memoria de este ser que hemos construido, del ser humano.

Con Bogotá y otras ciudades con escenas ya consolidadas, los intereses de Somos se trasladan a horizontes relacionados con las posibilidades y espacios para una práctica del Street art y el grafiti en comunidades rurales, indígenas, negras y campesinas. Las preguntas de la que se parte son similares a la que inspiran su práctica en el contexto urbano, a saber una búsqueda y una construcción de identidad y de memoria.

Yo decido cómo empezar a buscar esa identidad, ese reconocimiento, esa memoria, en comunidades donde hace mucha más falta esa parte gráfica y ese color. Te estoy hablando de lugares como pueblos, veredas, comunidades indígenas básicamente. Que ha sido lo que en los últimos tiempos he estado visitando. Comunidades que tienen a veces poco conocimiento de lo que es el arte de calle, lo que es poder plasmar en espacios abiertos la memoria, la identidad. Hacerlo por medio de palabras, de imágenes.

En los lugares en los que ha podido estar y participar Somos, Consejos, Juntas, en Resguardos también, su reflexión alrededor de la identidad y la construcción de escenarios comunes se ha enriquecido. Reconoce el poder de la palabra ‘Somos’, “en cualquier idioma”, para generar preguntas, establecer diálogos y relaciones, y por sobre todo para propiciar geografías y momentos de reflexión común.

Con esa palabra [somos], me he dado cuenta que en estos tiempos es muy valioso el colocar una palabra como lo es el ‘SOMOS’ para que genere algo. Ese algo no lo sabría decir yo, pero el resto de personas que ve la palabra se les despierta una inquietud, una pregunta, de qué es lo que somos, que qué será eso de somos, será que es una sola persona, será que son muchos, será un colectivo, y por qué será, será una campaña de publicidad. (…) Desde entonces me he dado cuenta que en muchos lugares en los que he podido escribir esa palabra, ha generado una pregunta. En algunas ciudades, en las redes sociales cuando se comparte. En espacios comunes de gente con la que uno se encuentra y que transitan también esos mismos lugares donde uno ha pasado y encuentran la palabra y entonces se sienten un poco identificados con ella.

Como se dijo al inicio, en la práctica de Somos, esa palabra es su firma y sintetiza también su propuesta estética y apuesta comunitaria. Es a partir de sus trabajos en calle, así como en el marco de procesos de comunidades, que dirige sus herramientas e inquietudes estéticas hacia preguntas fundamentales que se podría pensar que no tienen que ver con la práctica del arte urbano y el grafiti, a saber preguntas por quiénes somos las personas que habitamos los lugares, y sobre la naturaleza y características de estos lugares.

Es la pregunta sobre qué es lo que somos. Yo podría decir que somos todo y somos nada. Somos lo que vemos, que a veces decimos que es la realidad pero que al mismo tiempo no la es. Es decir si volteamos a mirar a cualquier lado el ser humano ha transformado este planeta. Ha transformado  y construido un planeta completo, de tal forma que ya todo lo que uno encuentra le ha puesto ya el ser humano su sello.

La apuesta de Somos tiene que ver con que por medio de sus acciones, se logre transmitir parte del horizonte de sentido hacia el que él ha dirigido su búsqueda. Hacia preguntas alrededor de la identidad y lo común; de las maneras de propiciar encuentros, con la comunidad, con uno mismo y con la naturaleza; de las estrategias para ‘hacer caer en cuenta’ sobre la importancia del cambio y de la transformación.

El fluir hace parte de la vida. El fluir es todo. Es la naturaleza, el agua fluye, el viento fluye, la naturaleza fluye. Por ende, los seres humanos, que somos parte de la naturaleza, tendríamos que fluir con ella. Pero creo que en esta sociedad hay un roce, una fricción que no deja que en realidad podamos nosotros fluir como debería de ser con la naturaleza. ¿Por qué pasa esto? Porque no hay identidad, reconocimiento. Porque no nos reconocemos como lo que somos.

Es la búsqueda de ese reconocimiento y esa identidad lo que guía el trabajo y la actividad de Somos como artista y comunicador. La palabra ‘Somos’, como firma y como identidad, es su herramienta fundamental para propiciar en otros, espectadores, propietarios de lo intervenido, comunidades con las que se trabaja, entre otros, las búsquedas y preguntas que a él le han permitido avanzar en un camino de prácticas alrededor de lo común, de la defensa de lo público, lo diverso y lo distinto.

Es por medio de esa palabra que vengo escribiendo, que uno podría decir que no es nada, a la vez es mucho. Si una mentira escrita muchas veces se convierte una verdad, entonces esta palabra, verdadera, escrita en cualquier idioma, va a funcionar igual, porque todos somos uno.

No hemos visto lo último alrededor del Street art y el grafiti en Colombia. En Bogotá los debates se están renovando y actualizando. Dados los recientes esfuerzos de la administración distrital por regular a como dé lugar la práctica del grafiti, se están haciendo parte del paisaje de la ciudad manchones de distintos tamaños y tonalidades de gris, rastro del esfuerzo distrital para proteger su idea de una ciudad ‘limpia y organizada’.

En opinión de Somos, seguramente el debate avanzará hasta consolidar un cuerpo de sanciones administrativas y agentes especializados para monitorear el ejercicio del grafiti, es decir secciones de policía, por ejemplo, especializadas en eso. Considera que la industria del grafiti es una economía que al fin y al cabo no se puede ignorar, y aunque nunca sea una actividad ‘legal’ en sentido estricto, sin lugar a dudas tiene un lugar y una importancia innegable en los contextos urbanos contemporáneos. El ejercicio del Street art y el grafiti hacen parte de los modos actuales de hacer y habitar la ciudad, de construir comunidad y romper con formas establecidas de entender los límites y patrones de interacción en el ‘espacio público’ y sus posibilidades de espacio común.


[1] Este ejercicio no hubiese podido ser llevado a cabo sin la invitación y planteamientos de Alhena Caicedo Fernández del Centro de Pensamiento Latinoamericano RaizAL. Para conocer el trabajo de Somos: https://www.flickr.com/photos/somos2013. Agosto 2016.

[2] ‘Sudaca’ es un término usado en regiones de España para referirse despectivamente a inmigrantes latinoamericanos y su supuesto olor. Contrae las palabras ‘sudor’ y ‘caca’.
[3] Término que hace alusión a la firma personal y original de un practicante del grafiti o del Street art.
[4] Es preciso, sin embargo, problematizar estos escenarios ganados mostrando también las profundas asimetrías presentes en ellos. Piénsese por un lado la impunidad que rodea al asesinato del joven artista urbano Diego Felipe Becerra en agosto 19 de 2011, víctima de homicidio y un posterior montaje por parte de personal de la Policía Metropolitana de Bogotá y abogados civiles de la institución. Por otro lado recuérdese el incidente que involucró a la Policía Metropolitana ‘cuidando’ a la celebridad adolescente Justin Bieber mientras este hacía un grafiti en la calle 26 de Bogotá tras un concierto en octubre de 2013.