29 de julio de 2016

¿Veredas? Regiones de transición. Miradas territoriales al ‘fin del conflicto’ en el norte del Cauca



¿Veredas? Regiones de transición. Miradas territoriales al ‘fin del conflicto’ en el norte del Cauca

Realizado en el marco de la investigación y trabajo conjunto adelantado entre el Centro de Pensamiento Latinoamericano RaizAL y los Consejos Comunitarios Afrocolombianos de la región.


Hace menos de ocho meses la vía que conecta a Cali en el Valle del Cauca con el municipio de Suárez al norte del departamento del Cauca, era una destapada de tierra, rocas y mojones propios de las trochas que campesinos abren con sus manos y ayuda de alguna que otra maquinaria gestionada por la Alcaldía Municipal. Era una vía que seguramente en el papel hace años estaba construida. Hoy el paisaje es otro: una vía pavimentada, con la mayor parte de la obra terminada y señalizada, incluso con los nombres de las quebradas y ríos que la atraviesan. Más que resultado de una administración municipal comprometida, o de que se hayan ‘encontrado’ (o ‘gestionado’, como a veces se dice desde las burocracias de las ciudades capitales) los recursos para hacer la vía, su construcción responde a una circunstancia puntual: voluntad política, resultado del cambio –lento, pero perceptible- de las condiciones políticas alrededor de territorios como este, centrales en el desarrollo del conflicto armado y también en el futuro de la implementación y éxito de los acuerdos de paz.

Suárez es un municipio relativamente nuevo. Creado formalmente en 1989, durante mucho tiempo fue un corregimiento de Buenos Aires, municipio que durante las últimas semanas ha sido mencionado en medios de comunicación porque en la mesa de La Habana se decidió que en una de sus veredas (se especula que en Los Robles) se hará un área de tránsito y normalización de las fuerzas de las Farc-Ep hacia la vida civil. Esta es una región de Colombia en la que la presencia de la guerrilla no ha sido ni extraña ni lejana.

Sin embargo también ha sido una región que ha aportado de manera decidida a la construcción de la paz desde los territorios, y también al fortalecimiento de las organizaciones comunitarias y campesinas. La población afrocolombiana, mayoría en esta área del Cauca, junto con procesos indígenas y campesinos, durante años han luchado y se han organizado para hacerle frente a las distintas formas de la guerra y del abandono. Son luchas e iniciativas que van desde el desarrollo de mercados internos hasta estrategias colectivas contra la exclusión económica y el acaparamiento de aguas y de tierras (características de la agroindustria de la caña, la industria maderedera y para el desarrollo de proyectos de hidroeléctricas).

Son estos lugares algunos de los protagonistas más relevantes de esa idea –aún gaseosa, pero con un consenso cada vez más amplio de entenderla como una categoría en disputa- de la ‘paz territorial’. Si fueron ‘retaguardias de la guerra’ tendrán que al menos intentar reconocerse en el discurso como vanguardias de la paz territorial y los ejercicios que de allí surjan.

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La guerra conoce absurdos solo comparables con el drama de la burocracia. Don Álvaro tiene una deuda por encima de los 10 millones de pesos con la empresa de energía que presta el servicio en el caserío del área rural en el que vive. Hace poco más de quince años, cuando la guerra estaba desatada, la guerrilla mató al hermano de su esposa. La familia denunció, las amenazas crecieron y tuvieron que desplazarse casi 10 años. La empresa de energía continuó sus cobros y las deudas de un rancho deshabitado se fueron acumulando. Hoy tienen luz pero con una conexión hecha por la familia. Pirata, ilegal, dirá la ley o la empresa, ¿pero cabe llamar delito una actuación que responde a tanto absurdo?

Si va a votar o no el plebiscito pues hay que ver. Don Álvaro reconoce que no entiende la figura y no sabe si habrá una votación o qué es en lo que se participa. Igual votaría por el ‘Sí’. Hay que apoyar todas esas cosas a ver si un día la cosa cambia, dice. Lo ve muy difícil, porque al fin y al cabo ¿qué pasará con toda esa gente armada?, se pregunta.

En otra vereda del corregimiento de Bellavista, en Suárez, otras personas se hacen la pregunta por la gente armada pero con preocupaciones distintas. Aquí ‘las Farc nunca han sido un problema’, afirma un campesino líder en su vereda. El problema, agrega, es cuando se queda atrapado en medio de enfrentamientos. Por los lados de ese corregimiento hace años que no se ve abigeato (el robo del ganado), cuando se pierde una gallina se asume que se la comió un animal más grande, no que se la robaron. Ahorita son tierras tranquilas de caminar y trabajar. La guerrilla funciona como forma de seguridad y de mantenimiento de la convivencia. Desde linderos entre fincas hasta desacuerdos comerciales entre campesinos, es una instancia final de mediación cuya decisión las partes respetan.

Para este líder la preocupación mayor es por lo que pasará cuando la guerrilla se concentre y se dé la dejación de armas. ¿Cómo será la seguridad entonces? ¿Será que los campesinos tendrán que comprase ahora algún arma para defender sus ranchos de la delincuencia común que puede que llegue? El Ejército en muchas áreas es un actor visto con desconfianza. Años de guerra y confrontación pesan. ¿Cómo se dará esa transición? Si las Farc deben “ganarse el corazón” (para caricaturizar el editorial de algún noticiero) de la gente en las ciudades, el Ejército deberá ganarse y proteger la confianza de las comunidades rurales de muchas de las áreas en las que se ha dado la guerra.

Es mucho el escepticismo alrededor de lo que puede pasar con los hechos de paz una vez que las Farc dejen las armas. Preocupaciones sobre el papel del narcotráfico y los cultivos de uso ilícito, así como sobre la presencia y llegada de nuevos actores armados, especialmente del regreso y reencauche de la estrategia paramilitar (en la región hay antecedentes terribles, como la masacre del Naya en el 2000). Sin embargo la decisión es clara en esa familia negra, con un jardín lleno de ají, estropajo y mandarina: sin entender mucho cómo funciona la figura pero se votará ‘Sí’ a lo que haya que votarle a la paz.

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Gran parte de la preocupación que hay es sobre el futuro de los jóvenes. En un contexto en el que la consigna de las políticas económicas y de comercio en el país es ‘campo sin campesinos’, y en el que a la vida rural se le hace mala fama, asociándola a imaginarios de atraso y falta de desarrollo, el lugar y papel de los más jóvenes es incierto. Entre la guerra y la paz puede que no haya mucha diferencia para muchos jóvenes de la región si no se abren nuevos escenarios económicos y sociales para sus proyectos de vida.

En cercanías al nacimiento de una quebrada, en una de las veredas más altas del municipio, no hace tanto a un joven lo mataron y lo enterraron en una fosa con todo y su moto. No querían dejar el rastro. Lo pudieron encontrar gracias a la información de una comunidad indígena cercana que había visto al muchacho días atrás. ¿Quién lo mató? El narcotráfico, negocios y cuentas del narcotráfico. ¿Por qué? Quién sabe. Tal vez se puso a presumir lo que no debía, o tal vez ‘estiró’ la mano más de lo que debía. Hace poco más de dos años a dos jóvenes los mataron por andar coqueteando con una mujer que salía con uno de los que movían el negocio de la cocaína en la zona. Ya gente que no es guerrilla, que es de otra clase, de otros grupos.

Las rentas directas e indirectas de los negocios relacionados con la coca y la producción de la cocaína, rodean a los jóvenes de maneras distintas y afectándolos también de modos diferentes. Karen tiene 20 años y tiene un hijo de tres. Raspa coca cerca del caserío en el que vive, un lugar con amplias zonas de cultivo de la planta, y con laboratorios ya muy cerca. No es que le agrade mucho participar del negocio. Pero es un jornal que se paga seguro (casi $36.000 diario) y no es tan variable e imprevisible como el de otros cultivos, como el café, la caña cuando hay o el maíz. Por ahora ella no sabe si va a votar, ni ‘Sí’ ni ‘No’, pero lo que sí no cree es que las Farc se vaya a desarmar, además, ¿Qué más se van a poner a hacer cuando ‘no les hagan caso en la ciudad’? Por ahora le interesa mantener a su hijo, poder terminar el bachillerato en la vereda y mirar qué se pone a hacer. Hace varios meses que ya no hay enfrentamientos y se siente un aire tranquilo. Inclusive en el cultivo de coca las últimas veces que ha patrullado el Ejército la cosa ha estado sin problemas. Dice que solo miran, y mientras los campesinos paran su actividad y se alejan. Una convivencia que se mueve entre lo tenso y lo familiar.

La economía política del narcotráfico (entendida como la capacidad de este y sus rentas en incidir y determinar los órdenes y modos de organización social de una comunidad) es una de las amenazas más explícitas y claras que se ciernen en estos territorios. El desacomodamiento que se dará en una eventual desvinculación de las Farc del monopolio de la compra de la hoja de coca en algunos territorios o del monopolio de la seguridad de los cultivos, los chongos o los laboratorios, por ejemplo, o las afectaciones a los ingresos de las familias, consumos o créditos informales en los comercios hacen parte de algunas de las dificultades iniciales que se van a presentar, serán situaciones que incidirán en el orden social.

Algunos son muy pesimistas. Don Isaías dice que por ahora no va a votar y que él además no cree vaya a pasar algo importante. Esa gente, dice refiriéndose a las Farc, maneja directa e indirectamente todo lo relacionado con la coca y la cocaína. Y no cree que lo vayan a soltar. Se pregunta en voz alta sobre cómo van a convencer a una persona que se gana entre $70.000 y $100.000 diarios, a que se comience a ganar ‘mucha menos plata’ trabajando la agricultura con cultivos lícitos. Son preguntas válidas que en efecto dan cuenta de retos que hay que asumir. Recientemente constantes olas migratorias de productores de coca han llegado masivamente durante los últimos dos años a comprar tierra y sembrar, estos han diversificado los actores y cambiado e influenciado distintas relaciones. Es un negocio y una dinámica que van más allá de las Farc, que la supera como actor y que se escapa de su zona de influencia.

Es difícil seguirle la pista al dinero, este se mueve rápido y el comercio da cuenta de eso. Se activan ciertos corredores, en ocasiones un frente nuevo para miniar y en otras la apertura de una trocha que facilita la coca en un lugar en el que antes se entraba solo en bestias. La tienda que en el cruce de caminos crece y progresa mientras el paisaje alrededor cambia, producto de la economía y las personas que llegan, que redunda en servicios y espacios que se requieren para los nuevos habitantes producto de movimientos migratorios de carácter regional.
                               
En ese sentido si la economía es un indicador, el cambio de paisaje es un rastro con el que se puede seguir el movimiento la coca. Su cultivo tiene fuertes impactos ambientales y ecológicos producto de su papel como monocultivo. El uso intensivo de químicos en el suelo; la erosión y contaminación de las fuentes de agua; la destrucción de corredores ecológicos, piedemontes enteros, por ejemplo, son algunos de los impactos de la coca. Pero es importante y aporta mucho al debate resaltar que estas son características e impactos que derivan menos de su carácter ilegal y más de una forma tradicional de cultivo, propios de los cultivos de agroindustria, en el que el monocultivo y el uso intensivo de químicos aditivos es un rasgo fundamental. Como con el café cuando se vuelve monocultivo en las fincas campesinas, o la caña con su cultivo industrial en el valle geográfico del río Cauca, son una mezcla de circunstancias económicas muy particulares las que obligan a adoptar ese modelo. Situación que se da en conjunto con la expansión de un tipo de desarrollo y producción (del que la coca y otras cultivos no se escapan) y que funciona en la medida que permite una inserción segura, por mínima que sea, en un mercado.

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El mercado es un espacio fundamental para la vida campesina. En Suárez se hace en la calle principal de la cabecera municipal, a una cuadra de la estación de Policía (en donde ya no se hace guardia con chalecos antibalas y fusil como hace tres años). Allí llegan las chivas y se dan los encuentros y los intercambios. Los vecinos que se ven, los jóvenes en moto que se vienen acompañando a las chivas, amigos y familiares, los líderes de las distintas veredas que se dan cita a conversar, adelantar agenda y poner tareas.

La comunidad está orgullosa de su mercado y también de que sea los domingos. Hace poco el nuevo alcalde, arrancando la implementación de su Plan de Desarrollo, buscó cambiar el día del mercado al sábado. Una decisión inconsulta, avalada por un grupo pequeño del casco urbano y sin pasar por el Concejo Municipal, resultado de su interés en promover el turismo al embalse de La Salvajina los días domingo ‘sin toda la gente’ ocupando la plaza y haciendo mercado. El área rural respondió organizándose y bloqueando ciertos caminos y dejando de sacar sus productos. Nada bajó hasta el pueblo, se quedó solo. En el segundo fin de semana el sábado se mantuvieron las acciones. Ya de ahí en adelante la medida es un saludo a la bandera, porque el mercado la gente lo hace y baja para el domingo.

Los líderes de algunos de los ocho Consejos Comunitarios Afrocolombianos del municipio hablan con orgullo de la hazaña, y de cómo esta muestra el grado de organización y comunicación entre las distintas veredas y corregimientos. Los Consejos Comunitarios, figura del enfoque diferenciado para población afrocolombiana propuesto en la Constitución del 91 y desarrollado con la ley 70 del 93, han sido fundamentales en los últimos años para los esfuerzos organizativos de la comunidad. Sus objetivos son consolidar territorios de titulación colectiva en áreas de poblamiento histórico afro, además de ser reconocidos con un grado de autonomía territorial en dichas áreas. Estos Consejos son algunos de los actores de las discusiones que se darán en el tan mentado ‘pos acuerdo’. Son discusiones sobre la vida, el territorio y las decisiones que sobre él se toman. Incluye desde el día para hacer mercado hasta si sí minería y más hidroeléctricas en los territorios o mejor no. Todo eso se viene y las comunidades lo saben. Hay líderes curtidos que toman jugo de lulo bajo la sombra en un local y cuchichean con emoción sobre los días posibles que se vienen. Las organizaciones comunitarias, Consejos Comunitarios, Juntas y también los Cabildos, se espera, serán las formas concretas en las que se desarrollará lo territorial y político de la paz.

Ahí está la nuez del asunto. En el desarrollo de esas aspiraciones comunitarias de trabajo y transformación social está un aspecto determinante del posconflicto. Hay que pensar con cabeza fría, decía don Pedro, líder histórico y reconocido en el pueblo. Ahora todo el mundo habla de paz, pero hay que esperar a ver cómo decanta la cosa. Quienes regresan, quiénes se quedan, como se juntan unos y alejan otros, qué alianzas se crean y cuales se rompen.

Él tampoco sabe bien qué es el plebiscito. Ninguno sabemos, para algunos nada es claro, y en los lugares en los que la única emisora que llega es la evangélica y el noticiero que se ve es RCN o Caracol es muy difícil que esa falta de conocimiento no sea instrumentalizada por el miedo al proceso de paz. Es muy difícil para las comunidades enterarse de lo que pasa en los diálogos, y aun así el grueso de la gente lo apoya. La estrategia de comunicación del Gobierno Nacional es deficiente, y solo hasta ahora ha hecho el mediano esfuerzo de empezar a pautar en canales privados de forma consistente. Dejar los ejercicios de difusión y comunicación alrededor del proceso solo en espacios institucionales como los concejos y las alcaldías y las ruedas de negocios con gremios, deja por fuera a la gente, sus opiniones e impresiones. Es una ignorancia calculada con la que juega el Gobierno, dirigida a hacer una paz sin mucho ruido, como para que la gente no se entere.

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Hay un riesgo fundamental con todo esto del proceso de paz y el fin del conflicto con las Farc, y es que en últimas no pase nada. Muchas personas pueden concebir que la paz es simplemente dar rienda suelta a un modelo de desarrollo en territorios ‘atrasados’; esto es llevar una visión que se tiene de lo avanzado y lo pacificado a lugares donde antes no se podía. En esta visión encaja la versión clientelar de paz que se transmite en discursos y eventos gubernamentales. Una paz del reencauche del Partido Liberal como representación de una visión en la que se busca que tampoco fuera de la mesa de La Habana se ‘toque el modelo económico’. Es un riesgo real que esa visión de una paz ‘sin cambios’ sea el elemento principal de una eventual reorganización de la democracia, caracterizada por ser funcional al reencauche de castas e ideas políticas tradicionales (situación que se agrava con el abuso de los cupos indicativos –la ‘mermelada’-, además de la lluvia de proyectos y recursos que se vuelven instrumentos de control e influencia política). Frente a la necesidad de organizar las clientelas para garantizar el voto del ‘Sí’ en el plebiscito las estrategias del gobierno buscarán llevarse por delante modos e iniciativas distintas de hacer política.

¿Dónde serán los cambios, las transformaciones más importantes del periodo de transición con las Farc que está a punto de arrancar? ¿Será en los campamentos donde se confinará el armamento? ¿O en las veredas donde se dejará el camuflado por ropa de civil? Las veredas serán un lugar muy importante para todo el proceso que se viene, pero no serán esas las áreas determinantes para el éxito o fracaso de la paz en muchos de los territorios del país. Una lectura de carácter regional permite mayores elementos para entender las distintas relaciones que deben ser tenidas cuenta en una dimensión territorial para el posacuerdo. El fin de la guerra deberá coincidir con el reconocimiento de las dinámicas regionales presentes en territorios que durante mucho tiempo fueron escenario de abandono estatal y presencia de la guerra.

La generación de empleos e infraestructura, la conformación de nuevos movimientos e iniciativas políticas, la apertura de nodos productivos y fortalecimiento y ampliación de redes de mercados, los jóvenes y la vida rural, son solo algunos de los muchos fenómenos cuyo abordaje requerirá estrategias regionales y de un alcance mucho más amplio que los ejercicios fallidos de proyectos de inversión de muy corto plazo, desconociendo dinámicas de movilidad, de cultura, económicas y productivas.

Contrasta con esto el avance de un tipo de discurso que defiende el proceso de paz por medio de la paradoja de negar o minimizar al máximo su carácter político. Desde un discurso que expresa que es preferible que las Farc ‘estén echando lora que tirando bala’ se pasa a aclarar de manera enfática, casi urgente, que de igual forma jamás se votaría por nada relacionado con dicho grupo o sus ideas que ‘ya mostraron que fracasaron en todo lado’ y que por eso ‘nunca van a llegar al poder’. Es curioso ese razonamiento. Encierra una mirada particular sobre qué significa la participación política. ¿Qué será estar de acuerdo con las Farc, por ejemplo, en el escenario de posibles alianzas entre el grupo político surgido de la reincorporación y organizaciones comunitarias y populares que durante años han hecho política y sedimentado liderazgos en los territorios? ¿Esas ideas tampoco ‘podrán llegar nunca al poder’, esas reivindicaciones no serán tenidas en cuenta? ¿Se les descalificará por ‘ser guerrilleras’? Y a la inversa, ¿cómo asumir el gran reto de las organizaciones sociales o nuevos movimientos políticos de salir de la estigmatización?

Habrá en un futuro alianzas políticas y participaciones conjuntas de organizaciones sociales y políticas con grupos venidos de la guerrilla. El país deberá hacer la tarea de construir los argumentos y el espacio común de reflexión para entender esto como el resultado político natural de una negociación que giró en temas alrededor de la participación, las garantías y la legitimidad de voces diferentes.

Serán unos meses y años interesantes sin duda. Definitivos en el proyecto de lograr un nuevo orden democrático en el que las regiones, sus realidades, procesos y búsquedas, así como las voces de apuestas políticas sean protagonistas en su construcción.

Area rural Suárez, límites con Buenos Aires.
Área rural corregimiento Bellavista.
Área rural de Suárez. Parche de coca.
Bellavista, caserío.
Escuela de Bellavista.
Bellavista.
Presencia de la guerrilla de las Farc.
Coca.
Coca.
Coca.
Deforestación.


Nombres cambiados.
Los créditos de las fotografías son del autor.

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