2 de julio de 2014

primero de julio



llovizna en bogotá.

arranco señalando que estaba cansado. subí a pie a la caracas estando cansado. me subo a la estación de transmilenio de la 45 y pregunto si alcanzo a coger el último servicio del que me lleva más rápido, que sí, que sí pasa.

se demora un rato. las puertas de la estación no se abren. siempre están dañadas. no sabría decir qué fue primero: si masas apretadas contra puertas y con ganas de entrar a un transmilenio igual de apretado, o un malfuncionamiento programado de unas puertas de dudosa procedencia. el hecho es que las puertas se dañan en todas las estaciones.

centro, el acordeón. no está tan lleno. al fondo en el bus me parece ver uno de los puestos de la hilera final vacío. en ocasiones sucede que uno se fija y cree que no hay nadie, camina hasta el puesto para encontrarse algún bebé acurrucado a su madre, o algún novio pegote con el cuello y la espalda recostadas en la pareja. da como pena caminar hasta allá para devolverse y quedar como un bobo. además en esta ocasión habían más personas paradas, dos o tres, cerca al puesto supuestamente vacío. comienzo a caminar y me doy cuenta que la causa del asiento vacío es un gamincito en el puesto de la ventana, un ñerito, ahí, mal vestido con las piernas abiertas, ahí, sentado, parchado. el siguiente puesto estaba vacío y los otros tres sí llenos. parce, otro gamincito en transmilenio con silla vacía al lado y el vagón tetiado. a mí ya me había pasado una vaina parecida una vez (curiosamente fue en otra temporada de patriotismos exacerbados, en esa época por el paro agrario…).

me siento al lado del man y él, percibo yo por el rabillo del ojo, se me queda mirando un par de segundos. a continuación acomoda su postura corporal para cerrar las piernas y permitirme sentar mejor. el man va frito, en su video. es negro, ya viejo, pero pues igual la vida de la calle acaba más rápido a la gente.

va con una botellita de cocacola. la tiene en las manos y todavía queda algo de bebida en ella. en algún momento en las frenadas de los semáforos de la caracas se le suelta de las manos y cae sobre la rampa de la puerta de emergencia de la parte de atrás del bus. de ahí rueda hacia a mí. la levanto y se la doy a lo que él responde sin palabras pero sí con un pulgar levantado. sigue en su cuento.

un hueco en el piso sacude el bus y el man se despierta por completo. va en su video, hablando solo en ocasiones. a unos pasajeros sentados al otro extremo de la hilera de sillas le pregunta que cuál es la hora en un inglés mal espetado ‘guat tim isti?’, dice, o algo parecido. no recibe respuesta. va hablando solo y se caga de la risa pasitico él solo. mira por la ventana (antes estaba mirando al piso) y dice ‘me enredé, me enredé, se me cruzaron los cables’. se voltea y dice, al mismo man al extremo de la hilera: ‘eeey amigo, me puede decir la hora en tu reloj? gracias’. se la dan. todo bien, todo bien. seguimos.

llegamos a la cien –en serio, ¿a qué podría bajarse justo en la cien?. antes de pararse del asiento se baja un poco la capota, se le ve el rostro y me extiende la mano. en el momento en que se la estrecho me dice ‘que dios lo bendiga por siempre y para siempre’. se para, se abren las puertas, se va. ¿qué acaba de pasar?

su deseo-despedida que me afecta por lo mismo que me afectan y angustian las confianzas y esperanzas de las buenas gentes cuando son depositadas en mí.

si yo no llevara a mis angustias a bailar, a ponerles el ánimo simpático, me devorarían vivo.

llueve más duro.