24 de noviembre de 2013

Sentido


Yo no creo en el karma. No creo en que las cosas se le “devuelven" a uno. Pero a mí de la adolescencia se me quedó el nihilismo y lo que sí creo es que si la vida tiene sentido es el que uno mismo le da. Creo que las cosas y el tiempo pasan y a medida que van pasando uno las va leyendo e interpretando una y otra vez. Y es así que uno va generando sentido. Yo le dije a ella que aunque no creía en el karma sí creía en que uno a veces hacía daño a las personas de manera consciente y que ese tipo de cosas se quedaban con uno. Y si después de un tiempo a uno le hacían algo parecido –y es que eso es lo único que yo, desde mi tímido ateísmo, creo que da karma: usar la sinceridad ajena para el provecho propio, atentar contra la tranquilidad de otro de manera constante y consciente- generaba un confort extraño pensar ‘oiga, esto lo puedo interpretar como karma’.

El cuento es que cuando ella me abrió –y en qué términos- no pude hacer otra cosa que pensar eso. Y no es que me evitara sentirme triste, pero como dije, reconfortaba. Lo que había pasado con ella no tenía ninguna relación con esa cagada por la que yo presentía desde hace un par de meses (justo cuando comenzamos a salir) que la vida me iba a pasar cuenta de cobro, sin embargo hacia el final la asimetría en el diálogo fue tanta, la poca horizontalidad entre nosotros como interlocutores tan marcada, que la escena me generaba un desasosiego familiar acompañado de la certeza de que se me estaban cagando encima muy feo.

Cuando yo le contaba todo esto a una parcera –Lorena- le decía que yo muchas veces sentía mi memoria y el sentido de identidad que de mi vida tenía no como un rompecabezas que iba armando todos los días. Que si tuviese que pensar un juego de mesa para crear una imagen semejante a lo que estaba pensando sería el “Jenga”, ese en el que uno va armando de a niveles de a tres bloquecitos de madera una torre y después va pasando uno por uno, de abajo para arriba, los bloques haciendo más alta la torre hasta que esta colapse (podría usar otra palabra, pero esta suena tan rotunda, tan irreversible…).

El Jenga me sirve porque me permite hablar de la memoria como distintas piezas que están pintadas y dibujadas con trazos y siluetas diferentes. Uno va viviendo y va agregando nuevas piezas-recuerdos y ve cómo interactúan unas con otras, moviéndolas, cambiándolas de lugar. A veces uno ve relaciones más directas, explícitas, entre unas y otras, entre nuevas y viejas. Algo en el patrón de los colores, tal vez el presentimiento de que por ahí se hace un paisaje, así uno va creando y generando patrones, conexiones, modificando el ensamblaje que de nuestra vida tenemos. Incluso a veces es una vaina tan radical que todo se va a la mierda y toca comenzar de cero con la torre (no me ha tocado, pero me imagino que sería algo así como cuando a uno le dicen que es adoptado, o que uno tiene un trauma y cuando niño fue abusado y uno no se acordaba, vainas así, truculentas).

Pero bueno, sin pretender ser truculento o innecesariamente dramático, sí tengo claro que cuando todo se acabó con ella no tuve que esperar meses por una epifanía, sino que más bien rapidito me percaté de conexiones, del sentido que le podía dar a todo eso. Y pues sí, yo le dije que no creía en el karma, pero qué carajos, sí que era una idea útil para algunas veces interpretar chistecitos hartos que la vida le hacía a uno en ocasiones. Y pues que el abrirnos calificaba como eso, un chistecito ahí medio harto.

Igual no pasa nada. Cuando eso estaba reciente a Lorena le daba risa que yo le dijera que prefería pasar mis tristezas andando en bicicleta en la noche y la madrugada en vez de emborrachándome. Pero es que pensaba entonces y también ahora que es una cosa de estilo. Es asunto de irse reconciliando con la vida, no despreciarla ni llevarle rencor porque sigue moviéndose sin uno. La salida fácil es echarse a la pena ahí ramplonamente, sin gracia.

Es que la vida es mucho más que la vida propia. O sea, no sé cómo explicarlo. Yo le decía a Lorena que tenía que ver con sentirse parte de la vida alrededor y el rol que uno está jugando en ella. Por ejemplo, un día camino a la universidad recosté la cabeza en la ventana del bus. Vi (y veo todo el tiempo pero esa fue la primera vez que fui consciente) como a cada acelerada, cada arrancada, el bus iba dejando una nubecilla de peste negra a su paso. Y yo me siento como culpable, como si hubiese roto algo que era muy frágil, porque ese humo también es mi rastro, es también un registro mío. Yo me acuerdo que ese día el cielo estaba despejadísimo y vi –con algo parecido a la tristeza- ascender y disiparse el humo en esa mañana soleada.

Sin embargo otras veces la huella que dejo es de otro tipo. Y siento distinto mi rol y el papel que juego. Por ejemplo cuando como fresas. Me gusta lavarlas antes bajo el chorro de agua, peinarles las hojas verdes y sentir que estoy viéndole el rostro a algo vivo. Todo eso instantes antes de devorármelas con mordiscos tiernos, respetuosos. No me importa que suene chistoso o adolescente y tonto. Para mí es importante el respeto y como que me siento muy bien y súper satisfecho de sentir que me fijo en la vida, que la valoro.

Es como decía Lorena: ser consciente de que todo está interconectado, uno también y que depende de uno percatarse de eso, entenderlo. En ocasiones si estoy en necesidad de recordarlo, agarro la bicicleta y doy vueltas por ahí. Cuando tengo oportunidad subo y bajo rampas de parqueaderos de conjuntos y edificios residenciales por los que voy pasando. Ese par de segundos que dura el instante en el que salgo de esos garajes me permite hacerme una idea de cómo inician sus días muchas personas a las que no conozco y tal vez no conozca. Me veo hacer sus recorridos, mirando los paisajes urbanos que tal vez miran, pisando el césped que tal vez pisan y viene a mí en toda su dimensión lo diverso de las trincheras desde las que cada uno va y enfrenta el mundo, va y le da sentido a la vida. Me gusta imaginarme esas vidas, sentirlas, así sea breve y anónimamente. Me gusta darme cuenta que la vida se mueve lejos, cerca y en mí.

A veces pienso que lo peor que podría pasarme es que me canse un día de fijarme. O que lo cotidiano y superficial me lo impida: el cansancio, el trabajo, las ocupaciones. Me da terror un día hallarme a mí mismo en un bus lleno en hora pico sin siquiera notar los rostros que miran por las ventanas y que simplemente me quede ahí, estático, sin ver y sin preguntas. Otras veces pienso –sin pretender tranquilizarme, más bien lo contrario- que es poco probable que yo, tan mamón, me canse.

En ocasiones voy por ahí y de improviso y de la manera más azarosa la vida me hace pensar en ella. No con tristeza ni nada de eso. Me sonrío y me pregunto de qué le hablaría si nos volviéramos a cruzar. Tal vez de como la vida se mueve, de que definitivamente no creo en el karma y que ya, que todo bien, que la llevo en la buena, eso también.

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