17 de octubre de 2013

Puentes, camisetas, ruanas

La cosa con los raperos que se suben a los transmilenios es que el show es doble. Por un lado está el básico, el evidente: el mancito canta, rapea, le agradece a dios (muchos son cristianos... es que han visto cosas malas), pide monedas y sale. El otro show -no tan evidente, pero definitivamente está ahí- es cortesía de los que están en el bus. Sus caras incómodas que miran por la ventana para no hacer contacto visual con el artista. Su jeta corrida, los intentos de parecer dormidos. Me gusta esa parte del show, me gusta la incomodidad de los que van cómodos sentados. Reajustan el lugar del culo en la silla, resoplan, revisan el teléfono inteligente. Es tremendo. Y mucho más bacano cuando es un indigente el que se sube. Esa cara de incomodidad se multiplica por mil. Miseria e indigentes en todas partes, se normaliza, se interioriza, se hace parte del paisaje. Pero si esa miseria se me sube al bus en el que voy camino a casa... no hay normalización que valga. Igual voltean las jetas, igual se hacen los desentendidos.

Es como el viejito sin piernas ni brazos, solo con muñones, que se echa (mentiría si digo que se sienta) en el puente entre 8 y 10am. O el minusválido muerto de hambre que hace como cinco años rueda (porque no tiene piernas, sino una tabla con balineras) por la misma cuadra en el centro, séptima entre el Banco de la República y el Edificio Avianca -ahí al ladito, es que el man en serio para moverse dos metros tiene que hacer un esfuerzo tenaz. O esa mujer que sufre de enanismo que a veces se hace en una silla de ruedas en las rampas de los puentes peatonales de transmilenio. Y canta -con una voz horrorosa, por medio de un micrófono que la hace sonar más horrible- cancioncitas de amor. 'Yo te amo te amo... te amo te amo...'. Me gusta ver a la gente voltear la cara. Ir por el puente de transmilenio, ver la escena y de repente encontrar una nube súper interesante en el cielo para verla, o de repente encontrar la señal de tránsito absolutamente atrayente. Ver lo que sea para dejar de ver. Esa es más o menos la idea.

Es que las certezas son más bien frágiles. La seguridad: tener la puerta del carro con seguro; la felicidad: el confort; la ciudadanía: no sabe, no responde. Pero ahí vamos, la gente ahí va, y nosotros con ellos, ¿no? O sea, yo también soy gente, ¿usted no? Por ejemplo, la certeza de que si uno no está cerca de lo sucio pues no se ensucia.

El otro día estaba yo en una estación de transmilenio esperando a que llegara el bus. Era un día de marcha enruanados, de solidaridad con los desposeídos y con los que el sistema escupe. La gente estaba en las calles con sus cacerolas (compradas justo para la ocasión), con sus ruanas, sus sombreros. Una cosa muy bonita. Yo veo llegar el transmilenio y me doy cuenta que un puesto adelante está vacío y yo me digo, bueno, me voy a sentar ahí. Pero cuando veo el bus de lado veo que está lleno, lleno a reventar. Lleno de encorbatados y de jóvenes estudiantes con sus ruanas. Todos muy bonitos, todos muy correctos. Yo me pregunto por el asiento que vi vacío y avanzo en medio del tumulto y me doy cuenta que sigue vacío. Avanzo más sin entender porque está vacío en medio de tanta gente de pie. Llego al puesto, al puesto vacío en medio de un bus lleno de jóvenes solidarios enruanados. En el puesto al lado del vacío está sentado un gamincito, un ñerito, un habitante de calle, una gambita, llámelo como se le dé la gana. El man no olía mal, a lo bien. Yo me cagué de la risa viendo a esos enruanados solidarios. Me senté al lado del man, puse la maleta en el piso. El man me miró de reojo y como que se sonrió. Yo quiero pensar que fue así.

Y todas esos falsos, ¿por qué no se habrán sentado? No había olor, no había suciedad. Lo que había era prejuicios, un montón. Y ellos, con sus ruanitas, con su solidaridad insolidaria, sucios creyendo que están limpios.

Fue muy chistoso porque el transmilenio se pinchó y le tocó parar a que los pasajeros esperaran otro bus. El ñerito y yo casi que dijimos al mismo tiempo 'jueputa, se pinchó'. Y el man se para y se hizo un pasillo en medio del bus. Nadie lo quería tocar. Yo me le fui detrás, me bajé cómodo, quedé de primeras -junto al ñerito- para subirme al nuevo bus. Nadie nos molestó, encontramos puestos cómodamente. Cuando me bajé me miró de reojo y yo le asentí. Yo no sé él qué me quiso comunicar con la mirada, pero yo le asentí pensando en 'sí, todo estos son un poco de malparidos'.

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El problema no es creer, definitivamente no. El problema es el por qué, buscando qué, comprometiendo qué parte de uno mismo. 

Hay una iglesia imponente en la calle 127, costado sur un par de cuadras abajo de la avenida 19. Nunca he entrado, pero la imagino un poco como un centro de convenciones. Salitas de juntas, pequeños corredores con gente con faldas largas y pantalones formales hablando bajito. Yo me la imagino así. Es uno de esos templos cristianos. Paredes blancas, blanquísimas. Pero estas no son siempre blancas, blanquísimas. En la noche, bajo la luz adecuada uno puede ver cómo esa inmaculada blancura tiene parches. Unos más oscuros que otros, unos más grande que otros. Unos manchones con más capas que otros. Todo dependiendo de las características del grafiti que se busca tapar.

Estaba lloviendo y aproveché. Un amigo me dijo que el mejor momento para grafitear o fumar mariguana en un parque era cuando estaba lloviendo. A los tombos les da pereza salir a hacer rondas, y si los llaman a dar quejas se toman su tiempo, no salen corriendo bajo la lluvia. Ni que el sueldo fuese tan bueno. Yo en medio de tanta divinidad reivindico la humanidad, la mía propia. Rayo en negro sobre la pared blanca 'Sonreír es derecho humano'. Seguro lo taparon a la mañana siguiente, pero no importa. No por eso se vuelve menos verdadero.

Como otras cosas que no se vuelven más verdaderas aún y si pasa mucho tiempo. Ya cambiamos de temporada. Ya no son ruanas, ahora son camisetas de la selección nacional. La patria por un calado, el patriotismo como forma de retraso mental. Y no es que lo político se agote en el símbolo, es que el símbolo se agota en sí cuando está rodeado de nada. Es que todo esto es tan falso, tan paila que yo no sé qué hacer. Yo no sé si terminar de cruzar el puente, ¿tengo opciones? Tal vez ellas no son tan distintas entre sí. Como la ridiculez de la camiseta de la selección no es muy distinta al patetismo tras la ruana.

Cruzamos puentes todos los días en esta ciudad. Pero a veces dudo mucho que los tendamos.

Pero yo creo, creo intensamente. Hago y confío: creo