30 de septiembre de 2013

Historias policiacas (y una militar)


1.
Una noche yo llegaba de un viaje por Medellín y tenía conmigo como cinco tipos de mariguana paisa dividida en varias bolsitas. Las había comprado separadas y pues la idea era no mezclarlas, cada una era diferente. Tenía cueros, tenía el gringer, tenía blonds, tenía semillas apartadas, parecía un puro dealer. El peor escenario para toparme con un policía. Me bajo en la 26 con Boyacá y comienzo a caminar hacia el oriente para dónde un amigo. Son como las doce y media de la noche. Una van de la policía para y me hace luces. Qué que hago caminando por ahí, que roban, que pilas. No, que voy para dónde un amigo. Ah sí? Bueno, súbase.

Yo pensé por dos segundos las posibilidades. Subirme, que la chaqueta y la maleta comenzaran a oler y perder el año ahí. Sin embargo pensé que si me negaba a subirme defintivamente me iban a requisar. Le dije que sí, que de una. Y se fue lentico con los otros dos compañeros. Lentico, preguntándome vainas. Contándome de la vida. Y qué estudia? Ah, bacano. A mí me gustaba leer en el colegio, me dice uno. Y tales, qué frio el que hace esta noche. Y ya.

Llegan, se paran en la portería, esperan a que yo entre y se despiden pitándome.

Sudor frío.

2.
Ahora fue bajando.

Iba para dónde el mismo amigo mío, estaba caminando desde el norte y cruzó por Pablo VI para salir a la carrera 50 y de ahí salir a la 26. Yo no sé por qué se azaró, si ese man es valiente y fornido, pero en esa época la 26 estaba muy rota y era solo una línea de polisombra verde y nada de alumbrado público. Esa semana se había rasurado y no estaba vestido ñerito, era blanco fácil.

Caminó un poco más al occidente y se metió a la zona del Batallón Caldas. Ahí se encuentra con un soldado. Le dice que esa bajada está re paila, que lo deje cruzar por el batallón y que él sale a la avenida Rojas para salir a la 68 y ya. Que así no lo atracan fijo, que tiene el presentimiento. El soldado dice que paila, que él no puede autorizar eso, que solo el teniente del turno. Ah! Qué espere, que ahí viene mi teinente.

Y ahí viene el teniente. Con un perro.

Y comienza a hablar el teniente, que no puede autorizar pero que mire, que no sea nena, que camine por acá y por aquí, y tales, que cruce por allí y que en esa esquina encuentra alumbrado público.  Y se le acerca para hacerle una última indicación y el perro se abalanza al bolsillo derecho de la chaqueta. Justo donde tiene una bolsita y una pipa. Él cae en cuenta y solo puede toser absultamente cagado del susto.

'Quieto Rocky, quieta Sasha, quieto Laerico'. Puedo haber sido cualquiera, él no recuerda. Pero el teniente jaló al perro en tres ocasiones. Y él en tres ocasiones contuvo el aliento.

Al final llegó a la fiesta. No lo atracaron.

3.
La anécdota es que en la época de las marchas estudiantiles de 2011 -esas que "paralizaron el país" para después dejar todo igual-, específicamente en una noche que había una marcha de antorchas nacional, un grupito de universitarios se sentó a celebrar los pies de La Pola ahí justo abajo de Los Andes, por el cagadero ambiental del eje. "Pueblo indolente... suerte... libertad". Algo así dice la placa que acompaña la estatua.

Desde las ventanas del edificio que está justo al frente seguramente se veía con toda claridad la escena. Había un júbilo de victoria entre los estudiantes esa noche. Uno caminaba desde la 24 con tercera hasta plaza de Bolívar y más allá y en cada esquina veía estudiantes tomando, fumando, echándose los pases del falso perico del chorro. También tocando tambora y tambor alegre, guitarras y gaitas, bailando, cantando. Celebrando. Esa ley tenía que caerse. Y así fue.

La Policía no apareció en toda la noche. Solo a la mitad de la madrugada pasó una van, una atunera. Se parqueó en La Pola y se bajaron los dos tombos. Y pues ese parche estaba borracho, embalado, bien alegrón. Uy agente, pero no nos lleve, nosotros vivimos por acá, estamos celebrando. Pues muchachos, entendemos pero no se puede.

Desde las ventanas del edificio seguramente se vió cómo se fueron armando dos grupos. Cada uno con un policía y más o menos tres pelados. Y la relación se volvió una de confianza cuando uno de los estudiantes pregunta que qué se siente que en una marcha de estudiantes salieran abrazos y no papas bomba. Se ríe el tombo, se ríe los chinos.

Cuatro de la mañana. Azul reproche. Los tombos van a entregar turno. Los estudiantes a pasar guayabo y a guardarse del frío.

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