24 de junio de 2013

tú y yo

Me gusta el desprendimiento porque por libre lo considero una forma superior de afecto.

Creo, más allá de la duda y temor que me puede inducir el alcohol y una depresión, que es la libertad el rasgo del amor que personas que se precien de ser libres deben resaltar. Otros, desde otras posturas, pueden alegar que son otras las características que ellos ven en el amor. Fidelidad, confianza, respeto, tranquilidad. O para mí el peor: comodidad. Pero es que esas son guevonadas, parce. Para mí son rasgos que resalta gente débil, mediocre. Desde moralismos pendejos, metafísicas del afecto en el que el otro de alguna forma 'complementa' de una manera plena.

Resaltar esos y otros rasgos por encima de la libertad para mí redunda en perogrulladas católicas. Lo único que existe es la libertad en tanto individuos colectivos y el sentido que introducimos en el mundo. Pero esos rasgos en cambio nos llevan por una senda en el que ponemos en el amor toda la estabilidad metafísica de la que renegamos en todos los demás aspectos del mundo. Todo lo unívoco, lo puramente verdadero y sin contradicción, lo inmutable a través del tiempo, lo eterno y perfecto, fueron todas joyas que robamos de las coronas de los metafísicos para ponerlas en el cielo estrellado a jugar como iguales con todas las demás. Con las características que hablan de lo banal, de lo contradictorio, del olvido anticipado, de lo que no es eterno sino satisfactoriamente pasajero.

Pero nos quieren joder. Y si ya tenemos la fortuna e inteligencia de no estar viéndolas en coronas que adoramos, muchas veces nos quedan los complejos que nos hacen llevar esas joyas ahora rocas, como pesos muertos en nuestros bolsillos. Nos obligamos a cargar pesos que no nos impone nada más que la tradición y los prejuicios que nos inocularon. Y la educación, esa educación de mierda que nos dan.

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Yo he tenido amigos que cuando comenzaron el pregrado se metieron con nenas y desaparecieron del mapa. Dejaron de ser. Uno los veía de vez en cuando por ahí. De la mano de sus novias. Tal vez una cerveza ocasional viendo el partido de la selección en un chuzo cerca de la universidad, pero nada más. Unos después volvieron a aparecer, otros no. Pero lo que me asusta es que en su gran mayoría los que volvieron a aparecer, dos, tres, cuatro años después, estaban perfectamente iguales. Como si el tiempo no hubiese pasado en ellos. Sí claro, algunos tenían bozo, otros raros peinados nuevos, pero en esencia venían iguales a como se fueron.

Y uno los ve y tiene como la sensación de que el amor en el que estuvieron fue uno que forzó el tiempo. De esas relaciones que lo que hacen es tomar una larga (de años) instantánea de las personas. Amores que inmovilizan. Amores que poseen y que vuelven estáticos.

Esos amores se dan así porque los rasgos que resaltan son unos por encima de otros. Por encima de la libertad y la voluntad de poder del individuo está la comodidad, la "estabilidad", la tranquilidad. Pero todos esos son placebos. Islas seguras pero solo porque son metafísicas, ficciones. Nos inventamos campos, espacios y diálogos entre dos personas que, creemos torpemente, no están sujetos a las mismas reglas del mundo. Lo móvil, las ventiscas, las nuevas personas, los impulsos, los sueños y los cambios. Yo francamente no entiendo esa vaina, pretender un espacio así. Las únicas circunstancias en que acepto e incluso reconozco la importancia de momentos de esa naturaleza (en el que "el resto del mundo se detiene") es en los minutos tras hacerse venir mutua y fantásticamente. Ahí en esos lúbricos abrazos sí detenerse. Acampar la existencia por un ratito.

A mí me gusta, un resto, resaltar la libertad y no otra cosa que la libertad. Como una llamita que se da de muchas formas. Cuando una nena manda mensaje de texto a las tres de la tarde desde su oficina en la 93: 'estoy aburrida, me siento cuadrada!'. Ahí hay una llamita. Ahí hay algo de libertad. Es esa libertad la que uno ama y adora y vigila que esté siempre activa. Porque si es la libertad el rasgo que uno quiere en el otro, entonces uno está queriendo a todo el ser del otro engloblado en eso que es ser libertario. Así uno profundiza en el cariño que le tiene a los rasgos del otro, en tanto esta persona en su libertad se va formando y va siendo cada vez más atrayente.

El amor no puede ir en detrimento del otro porque el amor es a causa del otro. Voy a ilustrar esto con un ejemplo que para mí es claro: una nena hermosa que sea bailarina. Uno la conoce, se encanta de ella. Le gusta en tanto bailarina. Gusta cómo en las acciones de su baile está toda la libertad que uno puede valorar y respetar en ella. Y entonces se le quiere libertariamente. Sabiéndola ajena porque solo es de sí misma. Sabiéndola no permanente sino cambiante y volátil, en todo caso libre, y por libre atrayente y magnífica.

Me gusta que baile, que se mueva y se vaya y venga, digo mientras pienso en esta amante bailarina. Si le escribiera un cuento no sería del día que la conocí, ni tampoco del día que se fuera. Eso sería darle demasiada importancia a la ficción de los comienzos o a la farsa de los finales. El amor, cuando es libre, es infinito, un bucle del que en ocasiones somos conscientes y en ocasiones no. Si yo le escribiera un cuento el comienzo sería una escena de reencuentro azaroso tras dos o tres intentos de tener una relación. Que el primero se haya acabado porque ella andaba muy ocupada, que el segundo se haya terminado porque yo tenía que irme del país, que el tercero no se dio porque los tiempos nos cuadraron. No sé, cosas así. Quisiera un cuento que resaltara que en esta historia ficticia que escribo con una bailarina libre, fue la libertad siempre el punto de quiebre, tanto como para comenzar como para terminar. No le dedicaría el cuento, que hablaría de libertad y amor, así como estas palabras, pero ella en el fondo sabría que se lo escribí.

Pero si por un momento la dejara de querer así y, por ejemplo, empezara a quererla de una forma en que le reclamara por ir a sus ensayos y no quedarse conmigo; en que le reprochara que un día se sintiera cansada y prefiriera quedarse en casa, si comienzo a brindar ese cariño, entonces ya no es un cariño que quiere la libertad del otro. Al contrario sería un cariño cercano a la posesión, a la propiedad del objeto más que en el respeto a las personas. Lo mío, quiero pensar, es el amoroso desprendimiento.

Pero ser libre es difícil. Mucho. Y duele también. Aun así prefiero la angustia. Siempre. Si acaso mi vida me frustra prefiero siempre que el licor me emborrache y me haga llorar por lo insípido de mi trabajo y vida. Y no que simplemente me dé sueño por lo cansado que estoy... a causa del insípido trabajo y de mi vida.

El camino de la angustia lo lleva a uno no por el camino fácil de sentirse triste porque la persona a uno no lo quiere, sino por el sendero arduo de estar triste porque uno está triste de que no lo quieran. Porque uno sabe en el fondo que no debería ser así. Uno en el fondo sabe que la libertad implica eso. Saber que hoy está y mañana tal vez no. O que hoy no está, y mañana tampoco estará. Y todo bien, eso está bien.

***

No es fácil darle la espalda a la comodidad. No es fácil ser libre: intentarlo duele. Yo pienso que el problema es de educación. Nos enseñan mal, terriblemente mal.

Así con todo. Soy libre en el rango que me lo permiten. Con todas mis reflexiones y meditaciones, con todas mis elucubraciones y teorizaciones. Incluso con algunas de mis prácticas que yo creo que me ponen al margen de los demás, en realidad no hago más que resaltar mi característica fundamental de ser no libre. Soy, junto a muchos otras, ovejas que el sistema permite que se descarrilen porque son desobediencias controladas, útiles a la dominación.

Recientemente cuando me gradué de la universidad pensaba en lo triste que era para mí haber pasados seis años en una facultad de ciencias humanas, para al final reconocer que yo quería el cartón que me 'certificaba' simplemente para mejorar mi hoja de vida y poder así cobrar más plata. Seis años en una facultad de ciencias humanas para terminar diciendo que me voy a graduar porque es que con el cartón gano más plata que sin él. Una vaina muy triste esa mierda.

Yo no abandoné la carrera a último momento por miedo. Nada más que el miedo me impedía abandonarlo todo e irme a buscar un terruño en el que cultivar café, tomates y papayas. No estoy acá argumentando mis temores al mundo moderno y a que me quiero aislar, o que quiero huir. Al contrario, mis cuestionamientos vienen desde las exigencias libertarias que me hago. Pongo en duda la libertad que el sistema me brinda. Pongo en duda y me río de los procesos de pseudopensamiento que tiene más de uno que conozco. Pongo en duda que aquellos que se consideran libres si quiera se hayan preguntado por el contenido de esa palabra.

Más allá de la pregunta de por qué el ser y no la nada yo quiero cuestionarme por qué este ser y no otro. Me pregunto por los mundos que son posibles si nos relacionáramos de manera distinta. Me pregunto si llegará la generación de jóvenes, en cien o doscientos años, que se cuestione sobre cómo era posible que nosotros ni nos inmutábamos por comprar agua embotellada (al 500% de su precio) cuando esta corría libre por entre el mundo. Se cuestionarán, esas infancias venideras, sobre cómo nos inventamos líneas imaginarias que separaban las montañas y las cubrían a unas y otras de banderas de color distinto. Se preguntarán, con el mismo asombro que nosotros lo hacemos con el nazismo o el racismo, que cómo era posible que la gente creyera en ese tipo de ideas. En esos modelos de desarrollo tan arcaicos, salvajes y equivocados.

Y es una gonorrea. Todo es una gonorrea. Veo a mi alrededor y me llena de angustia la posibilidad de que mis cuestionamientos y mis preguntas fácilmente dejen de ser importantes para mí. Veo cercanos los amaneceres en que me levantaré no para ver el cielo sino para ver la hora. Primero en el despertador. Después en el celular, después en el reloj de pulsera y finalmente en el que está en la pared del cubículo que me imagino como infierno personal.

Es que es más fácil no ser libre. Es más fácil dejar que pasen unos años y entonces encuentre una niña que me quiera y que yo medianamente quiera y entonces estar cómodo. Es fácil cuando llego a la mesa familiar o al encuentro con los amigos con estas incertidumbres, que me respondan que lo que necesito es una novia, sentar cabeza. Madurar, dejar de pensar en maricadas.

Pero es que yo no quiero dejar de pensar en maricadas. Yo siento que si me dejo de cuestionar de la manera en que lo hago es muy probable que el día de mañana mis preguntas y mis cuestionamientos tengan que ver si en tal o cual almacén me endeudaré a 56 cuotas por el último televisor de 49 pulgadas. Qué fácil es que a uno lo coopten.

Y así, preocupado por mi escaza libertad, en el amor, en el "campo profesional", en la vida en general, me cuestiono sobre qué fácil es sentirse derrotado. Que plácido es poder entregarse a la comodidad. Tal vez mañana yo lo haga, y ya cómodo, pueda cínicamente decir que todas estas no son más que reflexiones adolescentes, de gente que piensa que el mundo se puede cambiar y no se dan cuenta que el mundo ya está hecho. Hijueputas todos. Yo la verdad he pensado en que si la veo muy para arriba me mato. O sea no hay que subestimar el sentido profundamente político de matarse joven. De acabar la vida propia con mucho estilo y en una decisión tajantemente libre. Mirar el mundo y reconocer la posibilidad de que nos están cooptando inevitablemente. Darse cuenta de eso y dar un salto al vacío. Hacer un performance con un sancocho de fibras, músculos y huesos, en medio de algún centro empresarial de la Bogotá crediticia.

Es que lo cómodo, lo estable, seduce. Seduce la parte más temerosa (y muchas veces más grande) de nuestros espíritus. Me preocupa desear el tacto de una y solo una persona. Sentirme cómodo y seguro en un solo empleo. Sentirme complacido con una única forma de vida. El sentirme tranquilo me dispara las alarmas. Me preocupa que un día mi temor a la libertad sea demasiado. Que finalmente me rinda ante esa habitación segura que estos espíritus, que caracterizo como menos libres, prefieren y anhelan.

Me preocupa que mi propia libertad no esté a la altura de mis anhelos de libertad.

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Nos toca desaprender muchas cosas. Esa es la conclusión a la que he llegado. Durante los últimos tres años de mi vida he hecho esfuerzos titánicos dirigidos a desaprender muchas de las cosas que me enseñaron. Del amor, la democracia y mi ego; del lugar del otro, del consumismo y del noticiero; de la confianza, de la sinceridad y sobre el olvido. Todas enseñanzas diseñadas para embrutecerlo a uno.

He pensado en que hubo una época de mi vida en que yo sabía dibujar. También hubo una época en la que sabía bailar. Pero después pasó el tiempo y tuve profesores y amigos adolescentes que me enseñaron que no, que yo no sabía ni lo uno ni lo otro. Ahora es cuando me doy cuenta de la equivocación de haberles creído. Ahora vuelvo a aprender desaprendiendo las incompetencias y limitaciones que me impusieron e inculcaron. Así para todo. Para todo lo importante... el amor... respirar... la vida.

Y en este proceso de desaprender me doy dando cuenta que uno tiene que saber entender las limitaciones. Y que uno hay veces tiene anhelos. Y extraña. Porque igual que las eternidades de amor son una quimera, el olvido completo y total también lo es. Siempre cargamos a quienes besamos. Al menos un poco, sea como un peso muerto, sea como un amuleto.

Pero uno va intentando moverse, intentando ser libre. Desplazándose entre las eternidades impuestas y que no podemos dejar ir, y las temporalidades mortales que nos rigen y dan sentido. Y entre no apegarse pero tampoco olvidarse uno va abrazando a las personas. Buscando construir relaciones horizontales.

Es fuerte, lo sé. Requiere valentía intentar ser mejor persona. Requiere valentía y sentido del humor sobre el fracaso propio y la angustia.

Un poco de Nietzsche, un poco de poesía, un poco de porro. Y salir a la calle haciendo de cuenta que la ciudad es un gran bar de punk.

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Pienso en todo esto y en que en el lenguaje que quiero expresarte mis sentimientos me gustaría que se reflejara el estilo de mi cariño. Considero por un momento enviarte un mensaje que diga :"vete nena, que te quiero y si me haces falta no te aviso." Lo dudo. No lo transmite.

Prefiero salir a la calle y hacer un grafiti, que lo veas o no es irrelevante:

'tú y yo. efímeros por siempre.'

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