24 de junio de 2013

La ciudad de las sirenas

Esteban piensa que cuando tiene días muy videosos gusta hablar de sí mismo en tercera persona.

-Señor usted nada muy bien, de verdad muy bien.
-Gracias mijo.
-Dígame, usted entrena, dónde?
-No, yo no entreno, para nada.
-Ah, pensé que usted era deportista.
-No, yo trabajo de celador.

El man se viste, tiene en la maleta un uniforme de celador. En el contexto de una piscina pública este tipo me ha dado palo y secó, pensaba Esteban mientras se abrochaba la camisa. En realidad no entendía bien qué era lo que lo impresionaba, sin embargo seguía impresionando. Pensando tal vez en el hecho de que nunca consideró que el señor era celador. De nuevo resaltó el carácter público de la piscina, se sonrió y se fue a la casa sintiendo que había aprendido una lección.


A Esteban le gusta pensar la ciudad como la Ciudad de las Sirenas. Pero no pensando en criaturas mitad pez, mitad mujer con buenos senos. No. Esteban va pasando por el puente peatonal y ve los carros de los militares pasar por un lado, otros escoltan pitando en la otra vía. Desde la ventanilla del transporte público van pasando ambulancias. Un resto. Y ni siquiera ha llovido (que es siempre una explicación plausible para un coro de sirenas de ambulancia).

A Esteban le gustó una rubiecita guapa que se paró con a él hasta que se sentó en el piso del transmilenio. Agh, piroba, pensó Esteban mientras pensaba que no era posible ser buen ciudadano siendo tan desconsiderado.

Volteó la jeta y se dedicó ver a una mujer, como de 29, una vaina así, que andaba llorando. Iba parada y escribía frenéticamente en su celular de alta gama. Tal vez le avisaron que el papá se había muerto, no sé, pero Esteban está convencido de que en realidad es una pelea de amantes. De repente la nena deja de escribir. Voltea a todos lados, no acelerada, sino más bien como agobiada. Buscando aire. Esteban confirma su intuición cuando ella abre la ventana. Y se apoya en el ángulo de su codo mientras se cuelga del brazo de la baranda para no caerse. Qué estilo, piensa Esteban al notar que no llora escurriéndosele las lágrimas. Estas se represan en sus párpados y después caen gordas sin tocar sus mejillas directo a su busto. Mojan por un segundo la blusa morada que lleva puesta. Pasa una ambulancia y su sirena y Esteban al verla ver la ambulancia tiene la certeza de que esa mujer está haciendo todo el esfuerzo del mundo para no desmoronarse.

En el edificio al frente del apartamento de Esteban también hay lágrimas y sirenas involucradas. En la sala de la portería toda una familia escucha el concierto mientras este se hace cada vez más lejano a medida que agarra a toda velocidad por la autopista.

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