7 de abril de 2013

Epístola a una compañera de viaje

Cargo este texto de referencias para que se note que soy universitario. Es que tengo muy presente en este momento la novela colombiana que tiene por protagonista a la Nacho. A lo Fayad (de hecho el título de esta carta es un guiño a una de sus novelas). Aunque claro que no me comparo con Fayad. Podría decir "a lo Carlos Medina Gallego" (por su novela de mierda Al calor del tropel) pero es que ese man sí es muy paila. Además se va notar el espíritu nachero del texto: a la base está una postura libertaria, "de izquierdas", que se debate entre la practicidad, la mamerteria, y en el decir lo obvio de manera enredada. Por supuesto, todo imaginando utopías en el futuro previsible.

Hay un conjunto de cosas esenciales sobre las que quiero hablarte pero no he podido. Principalmente no he podido por que no se ha dado la ocasión para que podamos conversar largo. Tampoco se ha podido porque en el fondo el pensamiento no lo tenía muy estructurado. Sin embargo he llegado a un punto de la reflexión en el que me es necesario contarte cosas que he pensado. No son nada urgentes ni que me tengan particularmente triste o contrariado, pero sí quiero comunicarme contigo expresándote estas ideas.

Si tuviese que ponerle un subtítulo a lo que estos pocos (¡espero!) párrafos tratan, tendría que ser "un alegato vital en relación al sexo, el ego y la libertad". Lo de la libertad es para darle caché, pero principalmente es sobre sexo.

¿Te acuerdas de esa noche que yo estaba todo borracho jarto y te comencé a hacer comentarios destemplados? No por su contenido sexual, no. Bien sabes, y sé que lo respetas mucho, que soy de los que va diciendo las cosas con franqueza y tranquilidad, "oye, rico si tiramos, no? ah, qué mala onda, pero todo bien". Pero lo que me volvió jarto fue la corta, pero evidente insistencia ante tu negativa. Parce, ¿cómo es que yo hago esa mierda? Es decir, estaba tan borracho que estaba fuera de mí. Pero la reflexión no la puedo dejar ahí. Esa falta de respeto a ti (aunque tú no la creas tal y si te da algo es risa) para mí tuvo el efecto de pensar que en ese momento no fui libre. Sino fui un agente todo paila, borracho, destemplado, yendo con la corriente de mis impulsos y nada más. Eso no es libertad.

Si yo fuese periódicamente a donde un psicólogo le diría que lo que más me rayó de mi comportamiento esa noche sería que fue un atentado burdo y estúpido a principios libertarios que yo pregono constantemente. No defiendo atentar contra la libertad de otro, y ser un mero sujeto de deseos sin racionalidades. Y acá no hablo de la Razón, por supuesto no es un argumento a la Hoyos, lo que quiero señalar es que lo que más me molestó esa noche fue haber perdido un control sobre mí mismo. Perdí mi libertad. Concibo el bacanal libertario, para el sexo y los demás vicios, pero no así.

Por eso es que el sexo casual entre gente borracha o exageradamente llevada de otras sustancias puede ser casual y rico y todo pero ciertamente no es un sexo producto del amor libre. Lo libre, y el ejercicio de la libertad, solo pueden ser dados en ámbitos de sujetos que se piensan así mismos. La verdad me importa un culo si suena pedante, me sostengo en mis palabras: el ejercicio de la libertad pasa por un ejercicio de pensarse constantemente, de actuar por voluntad. No por deseos, no por impulsos, no por razones, sino todo eso englobado en actos llenos de voluntad y autoconsciencia.

Hasta ahí el capítulo uno.

Últimamente he estado pensando mucho en mi libertad. También he pensado sobre la palabra dicha y la relación de esta con el pensamiento. Uno todo lo anterior para pensar: ser libre en el sentido de no comprometer el pensamiento con la palabra dicha, entendiéndose por esta un intento de expresar una idea final. Lo anterior no es más que una elaboración -un tanto hecha desde la timidez y la introspección, sí- sobre la idea de "pensar antes que hablar". Yo he hecho esa reflexión pero pensada más que en el acto de pensar, en el de guardar silencio.

Parcera, es que todo parte de cómo uno comprende el silencio. En otras partes he escuchado definiciones del silencio como lo que guarda; se asocia con el secretismo; con ocultar las cosas; como una excepción que se hace ante el permanente y normal acto de hablar en voz alta. Sin embargo en medio de lo que yo mismo califico mi misticismo barato (una mezcla de catolicismo místico y teología de la liberación, rastafarismo, budismo, Gadamer, Nietzsche y por sobre todas las cosas Wittgenstein) entiendo el silencio de otra manera. Digamos que lo pienso como algo que si se une a una idea acerca de una forma de vida en particular termina por tener efectos (profundos) en la manera en que nos relacionamos con el mundo (ya he puesto esta idea en otras partes, pero es que me está persiguiendo, no puedo evitarlo). Lo pongo de la siguiente forma: pensar el silencio no como el acto de no hablar, sino como una práctica a través de la cual uno experimenta el mundo. El habla nos compromete (no en el sentido de asumir posiciones, cosa que está bien) a una idea que nos sujeta a la palabra hablada como una forma de síntesis de la experiencia del mundo, de que ahí cabe, de que ahí la podemos expresar, y no jueputa, no no no. Esa mierda no es así. Es mucho más lo que se nos escapa, y si no nos percatamos de eso, nos perdemos de rasgos vitales acerca de la experiencia del otro y del mundo en general.

Digamos que siguiéndole la línea a esa reflexión es que comencé a pensar en el asunto del yoga y la meditación como una experiencia mental que quería tener (como cuando uno quiere probar trips, así). No es este el espacio en el que te contaré sobre qué tal ha sido eso, bástese decir que aunque disfruto el asunto (y creo que sí tiene potenciales impactos mentales y físicos), que esté conociéndolo en la Nacional ha traído sus inconvenientes. Particularmente porque el profesor es un judeocristianodemierda. Una mezcla entre nueva era, cháchara y hechos verdaderos pero distorsionados para apoyar sus discursos ridículos, que serían chistosos si no fuera porque el man piensa que está diciendo verdades. Me jode mucho escucharlo y me jode algo la experiencia, pero todo bien. Yo lo pienso igual que en filosofía, la carrera, ahí en la Nacional. O sea: las clases en su gran mayoría me resultan repelentes, pero yo siempre supe que filosofía era algo que en esas aulas no se hacía, simplemente usé la carrera como una manera de introducirme, y conocer las prácticas de la disciplina. Así es un poco con este curso que, no podía ser de otra forma, también veo en la Nacional.

Hasta aquí la segunda parte de la reflexión parcerita.

No hay que perder de vista que mi defensa del silencio está conectada con el asunto de la pérdida de libertad. En esa línea continúo.

La idea de que la gente que habla mucho usualmente tienen un ego grande me hizo pensar en otra cosa: en que ciertos comportamientos responden a que son resultado de una vaina que voy a llamar (muy psicoanalíticamente) proyección del ego. Hablar mierda, fue la reflexión final, es una manera muy mediocre de proyectar el ego. Y si ya he dicho que tras cierta concepción de hablar se esconde una pérdida de libertad, entonces naturalmente voy a sospechar en que si tras hablar mucho hay algo tal como la proyección del ego, entonces esta última idea seguramente tiene que ver con otras formas de perder la libertad. Digamos que yo no pienso que pueda llegar un momento en que uno deje de proyectar el ego por completo, pero sí estoy convencido de que hay formas más interesantes, inteligentes y libres de hacerlo.

Ya habiendo archivado esa reflexión sobre aquello que es proyectar el ego, y va y pienso lo siguiente el otro día (y yo voy y conecto cables y tengo la qué epifanía). María dejó su bicicleta el otro día, salió a la madrugada y estaba cansada para manejar, dijo que esta semana iba a pasar por ella pero no pasó. Yo sé que a esa pelada yo no le gustó, yo ya me pillé eso, y yo pensaba que eso me ponía triste. Pero el asunto fue que pensé, y lo sentí como una revelación para leer hechos y sensaciones que he tenido con otras personas, que esa tristeza no era una tristeza de verdad, o bueno, que la tristeza tenía sus verdaderos motivos bien camuflados, que no eran los que yo pensaba. Me explico, yo llegué a la conclusión de que de verdad no estoy triste por no gustarle, sino que mi ego está adolorido porque yo no le gusto a ella. Más aún: mi tristeza no es una proyección del cariño o gusto que yo le pueda a tener ella y que siento como no correspondido, no: mi tristeza es una proyección de mi ego, de mi ego adolorido, deseoso de lamerse las heridas. Es más noble, o qué sé yo, pensar que la tristeza es porque yo no le gusto, pero no. Y es que si sigo el camino que la reflexión me dicta veo con toda claridad que definitivamente esa tristeza no es proyección del cariño o gusto que le tengo a ella porque... no hay tales. Hay respeto, y ansías del diálogo, y un montonón de cosas bacanas que se dan cuando uno comienza a hablar con alguien, pero nada más. O sea, no me malinterpretes, la pelada es una chimbita, a lo bien, pero creo que yo me estaba generando una ideas inspirado en las cosas equivocadas. Uno no debe meterse con personas "a ver qué pasa", ni forzarse a tener determinados sentimientos (esta idea me parece bacana conectarla acá, además porque fue algo que yo hablé con ella en una oportunidad). De igual forma, el ego no es una buen punto de partida para tener intereses en gustarle a alguien y para comenzar a pensar (o mejor: desear) que uno gusta de esa persona. Simplemente no es un buen punto de partida. (Esta idea no puedo evitar conectarla con el hecho de que hace unos días me topé por accidente con un texto de Andrés Caicedo -que a ella le gusta un resto- y me encontré esta frase: "La odio [habla de una vieja] porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones". Me dejó pensando.)

Digamos que con esta "epifanía" acerca del ego en este tipo de duelos le hallé sentido y comencé a pensar un montón de cosas. ¿Cuántas veces no me habré impuesto sentimientos que no tenía, e interpretaba las cosas como no eran, solo porque no me daba cuenta de que era mi ego expresándose de la peor forma? A quiénes yo le dije que me gustaban cuando de verdad no era así? Cuántas veces creí que me gustaba alguien, e inclusive me amargaba por esa persona cuando era en realidad una forma de ego, de mal amor propio, y no de cariño hacia el otro? Tristezas por cachoneos. Frustración porque a tal pelada se la comió antes tal conocido, maluquera de que a tal pelada le guste el parcero de uno y no uno, jartera de que un día que uno no fue a la rumba la que a uno le gusta, o la pareja estuvo con tal o cual persona o se encontró con tal o cual persona... esos son algunos de los escenarios que ahora interpreto como algunos de los que a uno le pueden generar tristezas que uno padece producto de manifestaciones del ego pero que nada tienen que ver con formas que estén vinculadas a un genuino cariño hacia el otro. Es que más bien tienen que ver con un judeocristianismodemierda: es una cosa de educación: nos enseñaron a querer de ciertas formas, unas en las que el ego tiene demasiado lugar.

No, estas son tristezas sin estilo, judeocristianas, tristezas que se parecen más la a frustración. Pensarlas y llegar a padecerlas me resulta problemático por paradójico: van en contra de la forma de vida a la que me quiero adscribir. Me resultan problemáticas porque un ego así manifestado va en contra de mis ideas y posturas libertarias. Libre incluso de mí y de mis prejuicios. Manifestando el ego mediocremente uno no es libre. Esas son tristezas que me parecen indignas porque responden a paradigmas que yo siento que hay que superar: la monogamia (en el sentido de que sea considerada una regla para el amor, una condición para el amor, que la fidelidad sea un pacto... ¿por qué no pensar amores en los que la fidelidad se da, si uno quiere, pero no se pide?), la idea de encontrar la satisfacción en una persona, la de la media naranja, los celos, la intimidad sexual como la forma más profunda de hacer intimidad... y yo quiero estar más allá de esos paradigmas... y de otro pocotón de ideas preconcebidas acerca de muchas cosas, del rol del trabajo en la sociedad, del rol de los afectos y de la sinceridad y el diálogo, en fin, un pocotón de cosas que de verdad que creo que uno tiene que replantearse. Y pues ahí uno va yendo, y la vida que se piensa a sí misma tiene altas dosis de angustia.

Hace unos meses, me acuerdo, una pelada me decía que se notaba que hace un resto yo no quería a alguien de a de veras, que se me notaba harto. Yo en su momento no le creí. Ahora creo que es bien posible. Al fin y al cabo uno no puede querer bien a los demás si se quiere mal, o a través de las herramientas y medios más deplorables, a sí mismo.

Aun y no gustándole siento un poquito de pena con María porque creo que le he insinuado varias veces que de veras me gusta y tales, y pues no sé si fui o no sincero. Y pues independientemente de que ella guste de mí o no, cagada no decir verdades y tener dudas acerca de si uno dice las cosas por decirlas. Más con uno ondeando las banderas de la transparencia y el diálogo horizontal. Tengo impresión de verla a los ojos. Yo creo que me voy a hacer el marica y cuando vuelva por la bicicleta se la dejo en la portería o algo. Mientras que compongo mi cerebro para hacerme a la idea de que me parece churra, linda y coqueta. Pero que no tengo que sentir otro montón de cosas sobre ella que no son ciertas, sino que son ficciones que tejo sobre mí mismo. Como ya dije, es una cosa de ego. Uno oponiéndose a forzar las cosas con los demás y termina forzándolas consigo mismo. Pensaré en invitarle a relentizar el tiempo.

Una vez un amigo me decía que él no tenía nunca despeches, sino frustraciones espaciadas en el tiempo en relación a viejas sobre las que no se había podido venir (así decía el man). Un aplauso al parcero por ser tan sincero y franco. Al menos reconoce que para estar entuzado se necesita que -de hecho- a uno el otro le interese aunque sea un poquito.

El otro día me leí de una sentada una novela que me prestaron, es una un poco autobiográfica. Una vaina muy triste y con un sabor muy amargo. Es de dos maricones que se quieren y el mundo no los quiere a ellos, una vaina muy jodida. En un epílogo escrito por un man que conoció al autor (en pasado, porque se murió de sida) el man expresa dudas sobre el hecho de si cambiando un par de nombres un texto ya deja de ser autobiográfico y se convierte de repente en un texto de otro tipo (el man hablaba exactamente de un texto volviéndose novela, pero el punto es el mismo). Yo no sé si cambiando o usando unos nombres o fechas que alejen de uno lo que uno escribe sobre sí mismo se puede hacer que unas memorias dejen de ser memorias y se puedan volver un texto de otro tipo, "más literario", pero viendo ciertas ideas y reflexiones propias redactadas, ya claras, siento una gran satisfacción sobre mis propios pensamientos y mi experiencia de vida. Tal vez eso es lo que uno busca cuando se plantea escribir su historia: comprenderla un poco para poder compartir algo de esa comprensión con los demás. Descansaré en esta idea clara hasta el próximo ataque de incertidumbres. Ya veremos qué nombre trae.

Yo quiero ser más libre, de eso se trata. Y más transparente con las personas. Quiero amar de forma transparente a seres libres y transparentes. Me frustra lo difícil que puede serlo, pero me frustra más lo fácil y cómoda que es la alternativa.

Un fuerte abrazo.

ps.
Si esto fuese correo físico este sería el punto en el que te diría que no pongo de remitente las residencias estudiantiles de Centro Nariño, porque me tocó irme y suspender semestre porque me retiraron el auxilio de vivienda y alimentación. Pero como te escribí fue un email, lo que sí te digo es que los burócratas de la Nacional son unos comemierdas remalparidos. Ya te contaré qué tal avanzan las cosas.

2 comentarios:

  1. Como suelo volver todo sobre mí me autoproclamo destinataria de esta carta, parcerito. Si no, pues al menos ayudé a cultivar la semilla de varios de estos pensamientos en un transmilenio un día. Y como destinataria epistolar me comprometo en días siguientes a responder largo y tendido sobre cada uno de los temas que aquí se tratan. Resonamos en frecuencias iguales Juan, resonamos un montón.

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    1. Te cuento que estás mal. Pero todo bien, que sí tienes razón en la parte de ese diálogo como cultivo.

      Además está el asunto de la muerte del autor y qué tales (a lo bien, sin joder). Yo pongo el punto final y el cuento lo consagro a la propiedad colectiva y a la interpretación de cada cual.

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