16 de abril de 2013

Edificio 205

Anoche fue la segunda ocasión que contemplé el mismo espectáculo en el horizonte. Las tormentas se forman, gigantes, inmensas, pero tan lejanas que no puedo escuchar su tronar. Esa ocasión, como la anterior antes de esa, fue posible por ese nuevo hábito tan bacano que me pegaron de al final del día, cuando se pueda, comer pedazos de melón al anochecer mirando al horizonte por la ventana de la habitación. Es una bonita manera de bajarle el ritmo a la cotidianidad... pero en cualquier caso, el asunto es ¿cuántas veces habrá ocurrido algo así, cuántas veces me lo perdí?

Quiero pensar que solo ha sucedido estas dos veces que lo he visto. Pasa que es un espectáculo demasiado imponente para habérselo perdido en alguna ocasión. Es un hito, un Acontecimiento. Algo así como cuando a uno le trama de verdad una parcerita. Marica, eso es muy duro, uno a veces quisiera que esa belleza, esa imponencia chisporroteante, haya sido vista por primera vez por los ojos propios y no otros. Es que uno ve ciertos relámpagos y uno no se puede imaginar ese bramido de la tormenta que no se escucha. Eso pasa y no dejo de sentirme algo apretujado en la piel que habito.

Esas tormentas, verlas con el silencio que proporciona la distancia, son así como contemplar personas bellas y percatarse, con una sola mirada, del bramido, de la imponencia del espíritu de quien uno tiene al frente. A ese bramido que uno puede sentir algunos lo llaman química, pero a mí ese sustantivo, para este caso, me parece falto de imaginación.

De esos bramidos de las tormentas gigantescas y de las personas bellas (que sin entrar en juicios de valor de bueno o malo son casi lo mismo) tal vez después de todo uno sí se puede hacer una idea.

Yo pienso por ejemplo que en lo cotidiano hay veces que simplemente no necesito escuchar algo para sentirlo, sentir su impacto. Pienso en la otra vez que estaba fumándome un cigarrillo en la ventana escuchando música con los audífonos. La señora del aseo aspiraba el pasillo comunal y golpeó la puerta. Yo, adentro, distraído, escuchando música no oí el sonido del golpe pero sí lo sentí. Sentí la vibración del golpe repartido en el piso bajo las plantas de mis pies. El ligero estremecimiento.

Estoy pensando en tormentas y la veo entrar a la cafetería de la facultad y buscarme con la mirada. Cierro mis notas y le hago señas. -Qué hubo pelada, todo bien?, le digo. Ella no dice nada, yo la miro y ahí está... el ligero estremecimiento.

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