17 de marzo de 2013

Tres anotaciones sobre la locura en un diario sin fechas

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No sé dónde leí algo como 'Me gusta pasar por los cafés de los aristócratas. Son lugares extraños para mí, sin embargo los rostros de los que allí están me resultan inquietantemente familiares'. Recuerdo que hubo un momento de mi vida en el que sentí mucha simpatía por el pensamiento expresado en esa oración. Yo creo que ahora, y solo ahora, es posible que yo tenga el siguiente pensamiento: que esa afinidad con la frase se debía a una pobre interpretación sobre todo el asunto de la lucha de clases y la dictadura del proletariado.

Resalto la temporalidad de esta última reflexión porque es la prueba de que uno se mueve. Me gusta pensar ese movimiento, el de las vidas, como una cosa no lineal. Prefiero visualizarlo como el tipo de movimiento del que va en una balsa a la deriva. Uno tiene muchas vidas.

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The Trial me parece de las canciones más buenas del The Wall de Pink Floyd. No solo por ser el cénit de la obra, ese desenlace grandilocuente. Lo que sucede es que en ocasiones en esa parte que comienza craaaaaazy, toys in the attic, I am craaaaaaazy siento que comprendo un gran número de vidas. La de Pink, el protagonista, y todas las que cargo en mis hombros.

A todos les gusta el personaje del artista loco o el intelectual al que se le corrió la jeta, o el sujeto sensible con ligeras tendencias a la demencia. Pero les gusta el personaje y nada más. Todos, la funesta mayoría al menos, anhelan llegar al anochecer a sus almohadas con solo un ser tras sus ojos, con un conjunto muy pequeño de incertidumbres, con un conjunto muy amplio y necesario de certezas. Con un solo ser para dormir. A mucha gente le gusta la película de The Wall pero qué gonorrea, dicen, protagonizarla.

Al contrario yo me despierto todas las mañanas con la idea de que puede ser ese el día en el que finalmente encaje en una de esas nefastas ideas acerca de 'perder la razón'. Tras desayunar y las primeras diligencias voy retomando el aliento y entonces pienso que yo estoy  más allá de las categorías acerca de la enfermedad mental. Por ejemplo una vez después de farrearme un montón terminé carnavaleado, deshidratado y bastante vuelto mierda. Se me iba corriendo la teja. Yo creo que si en esos tres días de temblores mentales y físicos yo me hubiese ido para donde un médico este hubiese insertado mi experiencia mental (la que estaba teniendo en ese momento) en alguno de sus manuales patologizantes y medicalizantes. 

La ansiedad existencial que sentía en ese momento, una sensación de que el segundo siguiente no era una certeza y que en cualquier momento mi voltajiado (de exceso de 'voltaje', para la gente que habla bonito pero no tiene calle) corazón se me iba a parar, y la obsesión compulsiva con uno y solo un pensamiento, a saber ¿será que me di muy duro y me voy a morir?, todo eso me lo quité nadando y escuchando Bach.

Yo estoy más allá de la enfermedad mental. No digo: 'ey, amigos esquizofrénicos del mundo abandonen sus medicinas', pero casi.

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Me gusta pensar los centros comerciales como espacios propicios para la locura. Yo no tengo nada en contra de los centros comerciales. Mis maricadas anti-consumo ya no encuentran en esos lugares un verdadero motivo para quejarme. Sin embargo no son de mis lugares preferidos. Los asocio con los estériles primeros intentos de niños y niñas de tener citas y todo el cuento. Helado en creps, cine, golosinas a precio de cine.

Aunque no sean mis lugares preferidos, me parecen muy ricos en sentidos e interpretaciones. Y la locura no es más que un exceso, descontrolado, desorganizado y sobrecogedor, de sentidos, referencias e incluso de realidades simultáneas. La locura es como una vida que se siente como muchas sin las facilidades que permite la temporalidad y secuencialidad entre los hechos de las vidas 'normales'.

La locura se siente cómoda en esos pasillos iluminados con luz artificial y con caminos hechos de baldosines pálidos. Tiendas de productos "naturales" para el colesterol y otros males atendidos por chicas fumadoras encantadoras. El cubículo de la tienda de ropa infantil atendida por la señora aquella muy mayor. El cuartito de cristal en el que la vendedora mira su celular sentada en una banca rodeada de lucecitas amarillas de alto consumo y lo que parecen ser zapatos de marca.

El otro día que fui a uno entré fumado. Estando allá entré al baño y pensé que la población promedio de ese centro comercial, ubicado en los terrenos de la clase media alta bogotana del nor-occidente, serían de buenas familias cristinas y católicas que quieren pasar la tarde de viernes vitriniando y adquiriendo deudas. Ante ese pensamiento y yo orinando entró un señor muy no-perteneciente-a-ninguna-minoría-de-ningún-tipo, muy bien vestido, y yo lo vi y pensé sobre cómo ellos pensarán que es la manera más adecuada de saludar en el baño a hombres mientras estos se están agarrando los penes. Yo lo desconcerté con una sonrisa cordial mientras me lo sacudía.

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