3 de marzo de 2013

Los objetos no guardan silencio

Un objeto nunca 'está en silencio'. Solo las personas hacen silencio.

Se trata de hacer compromisos vitales. Y entre los que más marcan la manera en que nos relacionamos con el mundo el silencio para mí es el más notable.

En ocasiones me gusta andar por la calle con audífonos sin estar escuchando nada. Me gusta pensar que la gente al verme piensa que no los estoy escuchando, que no soy parte de la escena, que voy de paso. Y pues sí voy de paso (todos) pero sí hago parte de la escena. Los escucho. Los escucho con una cierta amortiguación que me proporcionan los audífonos y que me permite poner una distancia entre sus palabras (y el ruido que las rodea, que muchas veces son las palabras mismas) y yo. Es una distancia hermenéutica, no más me da perspectiva.

Generar acciones desestabilizadoras con el lenguaje exige un compromiso vital: considerar el diálogo con el otro como un arte (o a cualquier tipo de arte como necesariamente un diálogo). El lenguaje, sus distintas manifestaciones, se vuelve un instrumento sobre el cual producimos, o mejor desarrollamos, pensamiento y lo podemos manifestar al otro.

El lenguaje que asumimos nos permite comprometernos con determinadas formas de vida, formas particulares de relacionarnos con el mundo. Uno es su lenguaje. Un caso extremo para ilustrarlo está al ver el grado de compromiso de un artista y su obra. A los artistas no se les debe valorar según 'la nota' de su trabajo, sino el grado de coherencia que se ve en ella. El lenguaje del arte nos permite ver que en ocasiones, cuando uno se proyecta, el lenguaje puede permitirnos no solo tener coherencia con quien somos actualmente sino con las personas que pretendemos ser.

Con esa idea de que un determinado lenguaje nos puede acercar a esa forma de vida a la que se busca pertenecer, el silencio puede volverse una herramienta de gran ayuda. No un silencio burgués, asociado con la idea de 'no decir cosas', de 'guardar secretos' o de 'no asumir compromisos'. Más bien es un silencio en el que se asume una postura hacia el mundo. Una en la que uno se relaciona con el mundo conversando consigo mismo. El silencio, desde esta, mi perspectiva, tendría que alejarse del paradigma asceta. Me imagino una ciudadanía que aprecie la contemplación y ande en bicicleta. El silencio como distancia hermenéutica con uno mismo.

*

Hay días en que se amanece con crisis metafísicas, de esos días en que se sienten las angustias de los modernos y se olvida uno de que esos son problemas inventados, enredos con el lenguaje. Yo en mi silencio intento analizar el lenguaje con el que podría describir mi estado.

La nostalgia monógama es otra herencia metafísica, ese es el problema. Me quiero comprometer con formas de vida en cuyos lenguajes no puede haber posibilidad de expresar tristezas por ideas como 'amor eterno', 'alma gemela', 'el más importante' o cosas similares, simplemente porque esos conceptos no aplican, no tienen uso ni significado. Aún no soy ese ciudadano que ha secularizado todas las esferas de su ser. Pero trabajo y comprometo mi vida para serlo. Para desterrar las metafísicas de lo cotidiano. Hay que leer más a Bakunin y su Carta a Pablo, hay que leer más a Diego y los textos que me envía. El amor únicamente es posible entre personas libres, y ya sabemos que la metafísica jode la libertad. Nos reduce a un mediocre amor objetual, nos reduce a objetos no libres, no personas libres. Así termina uno pensando y diciendo (¡y sintiendo!) maricadas.

Se me quitan del pecho los pesos metafísicos si termino el día yendo a una exposición de arte. Preocupaciones menores, al fin y al cabo todos somos océanos enjaulados.

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