16 de febrero de 2013

Retrato de la vida privada

Gustavo gustaba de detenerse en los pequeños detalles de la vida. Sentado en la sala de la señora digería con nerviosismo la escena escuchando detenidamente el ruido que hacia la lluvia contra los ventanales de la casa en la que estaban. Todo empezó por el bendito cuadro. Ni siquiera un cuadro: un paquete que llegó a la sucursal de envíos. Todo comenzó por un día de trabajo. Solo era entregar un paquete, pero ahí estaba sentado tras dos tazas de té y una narración melodramática sobre una decepción amorosa.

El paquete estaba embalado y dirigido a una dirección coincidente con esa zona de amplias casas y con jardín alrededor de la calle 70 arriba de la Caracas. Al llegar a entregar el paquete lo recibió una señora con ademanes propios de la la bogotaneidad más bogotana. La señora al ver el paquete palideció y empezó a llorar. Gustavo, tan poco dado a interactuar en circunstancias así solo atinó a dejar el paquete en la puerta y correr tras la alterada señora.

Ya dentro de la sala, y con el embalaje del paquete hecho pedazos, descubriendo un retrato de una pareja compuesta por la señora y un hombre, la buena señora de Chapinero le contó a Gustavo su drama: tras veintiocho años juntos, él había decidido irse de la casa. ¿Y a qué? A reencontrarse, dizque a sentirse vivo. Y cuáles fueron las noticias que llegaron? Que a las pocas semanas fue visto con una mujer. Y qué mujer, por dios, repetía la señora, si no era más que la secretaria de las oficinas de la empresa en un edificio de la 100. Esa mujer no era más que un prototipo muy elaborado de guisa. Gustavo se quedó con esa imagen para entender que estaba ante una vieja leona ya herida y cansada de los años. Una leona con el orgullo herido. Antes de dejarlo ir, haciéndolo llevar el cuadro consigo, le reiteró que había estado tan mal que su hijo mayor había tenido que interrumpir sus estudios en Europa para venir a consolarla. Y el pintor? De él no hablemos, gran amigo de la familia, qué vergüenza enviársela de vuelta.

En la oficina no logró zafarse del cuadro. Su jefe fue enfático en que no debió haberse quedado con el cuadro. Y tras criticar los opacos colores del vestido de la señora, alegó que eso no se podía quedar allí dado que ocupaba espacio en la bodega.

Aquí está Gustavo, pensando en que escuchar la lluvia en su propio techo no lo hace sentir tan extraño y ajeno como escucharla contra las ventanas de una casa extraña. Su hija en la sala comedor le pregunta que de dónde salió el cuadro tan extraño que está colgado.
-Me lo regalaron en el trabajo, -Bien, ¿y tiene nombre? Gustavo dudó por un momento tras el cual respondió (con la satisfacción de sentir que era un nombre perfecto) -'Ficciones'.
-Veo. Tiene sentido, la sonrisa de la señora es toda postiza.

12 de febrero de 2013

Crímenes y castigo

El puto internet no sirve. Lo abro, carga una página de noticias por defecto pero si quiero ir a otra ya no sirve, no carga la página. Intento como cuarenta veces. Y solo se carga la portada del portal noticioso. Una foto de un hombre joven vistiendo traje. Un joven que se le ve lo pobre, de esos que incluso vistiendo un traje se ven pobres. El hombre joven está llorando con un llanto mocoso. Llanto mocoso por puro desespero.

Al intento setenta y nueve de que cargara otra página opto finalmente por leer el titular que acompaña la imagen. La noticia es sobre un pelado de veintitrés años que robándole el celular a otro pelado como de la misma edad lo mató de una puñalada. El titular era a propósito de la condena (cuarenta y cuatro años) y de que el condenado dijo "entre lágrimas que era muy alta". Sí, ya me había percatado del llanto mocoso de puro desespero

Es mucho tiempo, sí. La noticia me jode el día. No porque sienta "lástima" por el condenado, pero tampoco me es indiferente. Y que no me sea indiferente, él, y que con sus ventietrés años vaya a pasar cuarenta y cuatro en una cárcel (y en una cárcel colombiana, en las que las condiciones son tan malparidas que hay reclusos que se mueren de enfermedades que se previenen con vacunas) no significa que el otro pelado, el muerto, no me sea relevante, ni que me parezca una tragedia que ya no exista. Esa idea de que los sentimientos son contradictorios entre sí es una forma muy chiquita de pensar el mundo. Las cosas no son blancas o negras.

Pero igual, si se trata de preocuparme por uno de los dos jóvenes pues pienso en el que está vivo, y es que sí: cuarenta y cuatro años es muchísimo tiempo. Es una vida en prisión. Es una canción triste de salsa, no algo que pasa en un país tan desarrolllado como este, tan moderno y con una economía robusta. No algo que pasa normalmente, tan cotidiano como en este país.

Como el computador definitivamente no sirvió decido irme a hacer otras cosas. Salgo a caminar por la avenida Caracas para cortar camino. Ocho y treinta de la mañana con un frío brutal, voy caminando y me encuentro el carro de balineras de un reciclador (o 'recuperador' como tan cándidamente se le llama buscando disfrazarlo de dignidad). El man está, con el costal encima de su hombro derecho, leyendo la propaganda de una revista llamada 'Dinero'. La portada se titula "Cómo invertir su dinero". Yo me quedo viéndolo ver la propaganda. Él estático y yo también. El letreo inmóvil, ajeno a los distintos niveles de la escena. Poco después emprendo la marcha, lo dejé de ver al cruzar la esquina. Pero él sí seguía sin moverse.

Una vez me encontré con un pelado que estudió conmigo el bachillerato. Me lo encontré en Teusaquillo y me contó que estudia en una fundación universitaria, de esas a las que a uno, universitario citadino con una comodidad que aturde el sentido común, le genera sospechas y termina por tildar de agujero. Claro, sin siquiera entrar a valorar el rol que cumplen y la problemática social tan grande a la que le están haciendo frente. Al rato me contó que para mantenerse trabajaba vendiendo BonIce, de esos que andan por la calle con uniforme y todo. Como los heladeros, pero de una empresa distinta. No sé por qué recordé todo esto. Es la mañana, el tedio, leer noticias sin haber desayunado bien. Toparse con gente que no ha desayunado bien en meses. Qué sé yo, tantas cosas. Tantas preguntas sin respuesta.

*
Hoy voy a ir a teatro. Van a presentar "Crimen y castigo" en el auditorio de la biblioteca pública Julio Mario Santodomingo. Comencé a sospechar del carácter público del espacio de la biblioteca cuando compré la boleta. Ochenta mil pesos. La compré porque tenía la plata y me dio el antojo, nada distinto de a quien le acaban de pagar y se compra unos zapatos espontáneamente. Sin embargo me convencí de la necesidad de ser escéptico con el carácter «público» de la biblioteca al constatar que las azoteas y espacios que permanentemente estaban cerrados cuando la biblioteca funcionaba normalmente, hoy, por el evento, estaban abiertos y delimitados con un coqueto y refinado cordón de terciopelo. Mientras rodeo la biblioteca con mi bicicleta vuelvo a pensar en la noción de público y bien común. También pienso en el término 'cultura' y su sinonimia de facto con 'alta cultura' y alta sociedad.

Tantos crímenes y tan básicas, rudimentarias y selectivas nuestras nociones de castigo.

De pronto se me ocurren un par de ideas, algunas tal vez respuestas a alguna de las tantas preguntas, a medida que bajo al parqueadero esquivando una línea interminable de sendas camionetas esperando para entrar y constato que nunca en un evento público (realmente público) los cicloparqueaderos están tan vacíos y el parqueadero tan lleno.