30 de noviembre de 2013

Arte poética



Apagar la luz del cuarto.
Sacar la basura.
Pensar.

Fuera de los salones, de las universidades y los palacios,
Va la vida avanzando, sin cuestionar la consciencia de su despliegue.
Los sabios no ven esto. Y para ellos el océano fue palabra primero que sal, arena y espuma.

Es la palabra poética la que da cuenta de esa consciencia. Y no juzgando,
Ni aclarando,
Pero sí desarrollando, interpretando.
Haciendo evidente el pensamiento implícito.
El motivo por el que el ojo mira detenido, atento.

Pero no se puede dejar caer esta palabra en las manos de los sabios.
Ni de aquellos que toman lo mejor de los humanos y lo vuelven sagrado.

Es en lo cotidiano, del beso al átomo, en donde el pensamiento se expresa.
Reseñado y sintetizado en amplísimos volúmenes, sí,
Pero solo comprendido en lo vital.

24 de noviembre de 2013

Sentido


Yo no creo en el karma. No creo en que las cosas se le “devuelven" a uno. Pero a mí de la adolescencia se me quedó el nihilismo y lo que sí creo es que si la vida tiene sentido es el que uno mismo le da. Creo que las cosas y el tiempo pasan y a medida que van pasando uno las va leyendo e interpretando una y otra vez. Y es así que uno va generando sentido. Yo le dije a ella que aunque no creía en el karma sí creía en que uno a veces hacía daño a las personas de manera consciente y que ese tipo de cosas se quedaban con uno. Y si después de un tiempo a uno le hacían algo parecido –y es que eso es lo único que yo, desde mi tímido ateísmo, creo que da karma: usar la sinceridad ajena para el provecho propio, atentar contra la tranquilidad de otro de manera constante y consciente- generaba un confort extraño pensar ‘oiga, esto lo puedo interpretar como karma’.

El cuento es que cuando ella me abrió –y en qué términos- no pude hacer otra cosa que pensar eso. Y no es que me evitara sentirme triste, pero como dije, reconfortaba. Lo que había pasado con ella no tenía ninguna relación con esa cagada por la que yo presentía desde hace un par de meses (justo cuando comenzamos a salir) que la vida me iba a pasar cuenta de cobro, sin embargo hacia el final la asimetría en el diálogo fue tanta, la poca horizontalidad entre nosotros como interlocutores tan marcada, que la escena me generaba un desasosiego familiar acompañado de la certeza de que se me estaban cagando encima muy feo.

Cuando yo le contaba todo esto a una parcera –Lorena- le decía que yo muchas veces sentía mi memoria y el sentido de identidad que de mi vida tenía no como un rompecabezas que iba armando todos los días. Que si tuviese que pensar un juego de mesa para crear una imagen semejante a lo que estaba pensando sería el “Jenga”, ese en el que uno va armando de a niveles de a tres bloquecitos de madera una torre y después va pasando uno por uno, de abajo para arriba, los bloques haciendo más alta la torre hasta que esta colapse (podría usar otra palabra, pero esta suena tan rotunda, tan irreversible…).

El Jenga me sirve porque me permite hablar de la memoria como distintas piezas que están pintadas y dibujadas con trazos y siluetas diferentes. Uno va viviendo y va agregando nuevas piezas-recuerdos y ve cómo interactúan unas con otras, moviéndolas, cambiándolas de lugar. A veces uno ve relaciones más directas, explícitas, entre unas y otras, entre nuevas y viejas. Algo en el patrón de los colores, tal vez el presentimiento de que por ahí se hace un paisaje, así uno va creando y generando patrones, conexiones, modificando el ensamblaje que de nuestra vida tenemos. Incluso a veces es una vaina tan radical que todo se va a la mierda y toca comenzar de cero con la torre (no me ha tocado, pero me imagino que sería algo así como cuando a uno le dicen que es adoptado, o que uno tiene un trauma y cuando niño fue abusado y uno no se acordaba, vainas así, truculentas).

Pero bueno, sin pretender ser truculento o innecesariamente dramático, sí tengo claro que cuando todo se acabó con ella no tuve que esperar meses por una epifanía, sino que más bien rapidito me percaté de conexiones, del sentido que le podía dar a todo eso. Y pues sí, yo le dije que no creía en el karma, pero qué carajos, sí que era una idea útil para algunas veces interpretar chistecitos hartos que la vida le hacía a uno en ocasiones. Y pues que el abrirnos calificaba como eso, un chistecito ahí medio harto.

Igual no pasa nada. Cuando eso estaba reciente a Lorena le daba risa que yo le dijera que prefería pasar mis tristezas andando en bicicleta en la noche y la madrugada en vez de emborrachándome. Pero es que pensaba entonces y también ahora que es una cosa de estilo. Es asunto de irse reconciliando con la vida, no despreciarla ni llevarle rencor porque sigue moviéndose sin uno. La salida fácil es echarse a la pena ahí ramplonamente, sin gracia.

Es que la vida es mucho más que la vida propia. O sea, no sé cómo explicarlo. Yo le decía a Lorena que tenía que ver con sentirse parte de la vida alrededor y el rol que uno está jugando en ella. Por ejemplo, un día camino a la universidad recosté la cabeza en la ventana del bus. Vi (y veo todo el tiempo pero esa fue la primera vez que fui consciente) como a cada acelerada, cada arrancada, el bus iba dejando una nubecilla de peste negra a su paso. Y yo me siento como culpable, como si hubiese roto algo que era muy frágil, porque ese humo también es mi rastro, es también un registro mío. Yo me acuerdo que ese día el cielo estaba despejadísimo y vi –con algo parecido a la tristeza- ascender y disiparse el humo en esa mañana soleada.

Sin embargo otras veces la huella que dejo es de otro tipo. Y siento distinto mi rol y el papel que juego. Por ejemplo cuando como fresas. Me gusta lavarlas antes bajo el chorro de agua, peinarles las hojas verdes y sentir que estoy viéndole el rostro a algo vivo. Todo eso instantes antes de devorármelas con mordiscos tiernos, respetuosos. No me importa que suene chistoso o adolescente y tonto. Para mí es importante el respeto y como que me siento muy bien y súper satisfecho de sentir que me fijo en la vida, que la valoro.

Es como decía Lorena: ser consciente de que todo está interconectado, uno también y que depende de uno percatarse de eso, entenderlo. En ocasiones si estoy en necesidad de recordarlo, agarro la bicicleta y doy vueltas por ahí. Cuando tengo oportunidad subo y bajo rampas de parqueaderos de conjuntos y edificios residenciales por los que voy pasando. Ese par de segundos que dura el instante en el que salgo de esos garajes me permite hacerme una idea de cómo inician sus días muchas personas a las que no conozco y tal vez no conozca. Me veo hacer sus recorridos, mirando los paisajes urbanos que tal vez miran, pisando el césped que tal vez pisan y viene a mí en toda su dimensión lo diverso de las trincheras desde las que cada uno va y enfrenta el mundo, va y le da sentido a la vida. Me gusta imaginarme esas vidas, sentirlas, así sea breve y anónimamente. Me gusta darme cuenta que la vida se mueve lejos, cerca y en mí.

A veces pienso que lo peor que podría pasarme es que me canse un día de fijarme. O que lo cotidiano y superficial me lo impida: el cansancio, el trabajo, las ocupaciones. Me da terror un día hallarme a mí mismo en un bus lleno en hora pico sin siquiera notar los rostros que miran por las ventanas y que simplemente me quede ahí, estático, sin ver y sin preguntas. Otras veces pienso –sin pretender tranquilizarme, más bien lo contrario- que es poco probable que yo, tan mamón, me canse.

En ocasiones voy por ahí y de improviso y de la manera más azarosa la vida me hace pensar en ella. No con tristeza ni nada de eso. Me sonrío y me pregunto de qué le hablaría si nos volviéramos a cruzar. Tal vez de como la vida se mueve, de que definitivamente no creo en el karma y que ya, que todo bien, que la llevo en la buena, eso también.

8 de noviembre de 2013

Un ladrillo

 "Para el futuro previsible tendremos que defender a Marx y al marxismo dentro y fuera de la historia contra aquellos que lo atacan con bases políticas e ideológicas. Al hacerlo defenderemos también la historia y la capacidad del hombre para comprender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es y cómo el hombre puede avanzar hacia un futuro mejor."
Eric Hobsbawm.

¿Tú sabes qué es 'ideología'? Ese es un concepto útil para hablar de cómo las relaciones y los roles que asumimos en la sociedad siempre están mediados por elementos externos que nos coaccionan, limitan e imponen cosas que no decidimos. Al conjunto de esos elementos externos (que siempre responden a unas intencionalidades, a unos objetivos particulares) le llamamos ideología. Comunismo, capitalismo, cristianismo, islam, corporativismo entre muchas, muchísimas otras, toda esa cantidad de movimientos se pueden caracterizar como distintas ideologías.

El mundo actual, lo que hemos llegado a construir como civilización, no es un hecho fortuito (causa del azar). Somos, y todo lo que nos rodea lo es, productos históricos. Que los bancos privados y general el sistema financiero tengan el poder que tienen sobre nuestras democracias y sistemas políticos no es "porque sí". Que el paradigma de democracia representativa con base en partidos políticos sea la forma favorita de gobernar en occidente no es accidental. Que lo que se llama 'comunidad internacional' no sean más que las democracias occidentales y que todo lo que no esté ahí se juzga y condena tampoco es accidental. Este mundo, de las grandes autopistas y los pequeños carriles para bicicletas; de los inmensos campos de extracción minera y petrolera; de los deseos homogenizados en el que todos y todas eligen qué querer y qué camino tomar de un abanico ya determinado: deseamos igual; este mundo en el que libertad es poder adquisitivo sobre nuevos bienes de consumo necesarios. Todo este mundo no es un accidente. Es un conjunto de relaciones de poder, de interpretaciones (muchas veces autoritarias y por naturaleza ambiguas). Es el resultado de planeación, estrategia e intereses que han marcado la historia.

En general mucho de lo que somos es producto de fuerzas que ni siquiera nos interesa comprender. Me da un poco de tristeza que me digas 'política? no gracias'. Sabes qué pasa en este país, Luisa? Lees noticias? Tienes idea de lo que está pasando en términos de política agraria y reforma de políticas de protección social, de transición política? Sabes qué significa lo que acabo de decir? Tú puedes decidir estar al margen de la política, pero tú jamás estás fuera del alcance de ella. Me hablas de la falta de sentido crítico de la educación nacional (cosa con lo que estoy de acuerdo) pero siento que no te das cuenta que tú misma, tus deseos, tus quereres, han pasado por esa maquinaria acrítica, no argumentativa. Tú, en un sentido pequeño pero no por eso despreciable (menos si se le subestima), eres producto de ese sistema. No lo pierdas de vista. Al menos en principio contigo la máquina tenía el mismo objetivo que con todos los demás: hacerte un poquito más bruta de fábrica. Así es con todos nosotros.

¿Por qué pienso que tal vez estás pasando por alto el hecho de que eres producto de ese sistema educativo/ideológico? Porque creo que si tuvieses plenas capacidades críticas no dudarías que el mundo es un lugar injusto. Dices 'no sé' campantemente, Luisa, y eso me aterra (y agregas 'tampoco es que me preocupe relevantemente si lo es o no' como apuntando a que ni siquiera te incomoda tu propia ignorancia... y sin percatarse que 'relevantemente' ni existe... hablas mal, piensas igual). Y me aterra Luisa porque no eres una niña que no sabe cómo funciona el mundo, al contrario: ya te vas convirtiendo, como yo, como muchos, en una ciudadana que participa del mundo. Y que me digas todas las cosas que me dices, de abrir las alas, de la libertad, de pensar por sí mismo y la autonomía, pero que dudes, que no sepas si el mundo es o no un lugar injusto, me hace tener muchas dudas sobre tu criterio y sentido crítico hacia la realidad.

La historia solo tiene tres tipos de actores, Luisa. Los opresores, los oprimidos (que terminan volviéndose cómplices) y los que resisten y combaten a los opresores. Si no sabes en qué grupo estás, seguramente estás más cerca del segundo que del tercero. O acaso crees que han terminado los tiempos de los grandes imperios y de las grandes injusticias? Crees que todos los mártires están en los libros de historia? Diablos, Luisa, ¿acaso sabes cómo funciona el mundo, te importa? Cómo llega la comida a tu mesa, cómo es el proceso de elaboración de tu ropa, cómo funciona lo que en conjunto damos por sentado como 'la realidad'? Las cadenas han cambiado, seriales de presos por seriales de tarjetas de crédito. Y en sentido más estricto no hay cadenas en donde solo hay decisiones. Nosotros hemos decidido permitir que la vida y el mundo sean así. Pienso que son muchas, de variadas formas y dimensiones, las estrategias que uno puede usar (consiente e inconscientemente) para no pensar activamente y por sí mismo. Tú decides -nadie más- con qué interpretaciones y con qué objetivos te vas a mover por el mundo. Puede haber muchos intermediarios (desde MTV hasta tu mamá, todo cabe en lo que nos afecta e influencia), pero en últimas es de uno -y esa es la poderosa verdad del existencialismo filosófico- la decisión. Sobre uno recae.

Hace unas líneas hablaba de las interpretaciones decididamente ambiguas al interior del sistema ideológico que nos rige. 'Derechos', 'clase', por ejemplo. Bajo la noción de derechos se llenan unas necesidades muy específicas. 'Estar bien' significa para muchas (muchísimas, siento que tú una de ellas) lograr alcanzar el cubrimiento de ciertos estándares de vida y necesidades personales. Es un sentido en el que 'estar bien' se limita a un individualismo que le hace juego a la manera en que el sistema oprime. Es cuando el oprimido -sin abandonar esta condición- se hace cómplice. Por otro lado 'clase', la noción superada en las discusiones al interior de las democracias liberales de occidente. Ya no hay lucha de clases, nos dicen, pero en lo cotidiano todo el sistema se mueve gracias a la explotación entre ellas. Incluso en el lenguaje común tenemos absolutamente interiorizada esa noción: 'le falta clase', 'qué falta de clase, qué indio'.

Es transformando esas interpretaciones impuestas que la ideología y el sistema nos han inculcado que realmente generamos pensamiento y sentido crítico. Si 'estar bien' fuese una noción que no solo involucrara la satisfacción de deseos y necesidades individuales, sino también un genuino interés y sentido de solidaridad hacia el otro y hacia la importancia de que para todos hubiese la posibilidad de ese desarrollo individual, si se diese ese cambio avanzaríamos hacia un sentido más amplio de fraternidad y solidaridad. Entenderíamos por fin que otro mundo es posible y dejaríamos de hacerle el juego a este sistema de mierda.

Hay posturas filosóficas interesantes que acercan los discursos de la religión y de la poesía. Eso me parece algo muy interesante. Es que yo creo, lo digo una y otra vez, que la construcción de mejores horizontes pasa por un ejercicio de imaginación, de creatividad, que colinda con el ejercicio poético. La buena política tiene mucho de eso. Y yo no sé, a veces me gusta pensar, cuando me encuentro particularmente comprometida con el hacer de este mundo mejor, que sería bonito rescatar una noción de profeta leída desde lo secular. Gente que trae la palabra de que un mejor mundo, construido a partir de decisiones humanas, es posible.

Tus palabras me hicieron pensar en lo que diría un alumno del salón retratado en ese texto 'Celebración de la desconfianza'. Que no seas del peor tipo de esclavo: el que se cree libre. Por favor no pienses que esto te lo escribe alguien que se piensa libre o que te habla desde la superioridad moral. No es el caso. Al contrario, te hablo como un par en la causa. Igual de condenado. Pero consciente: y eso hace toda la diferencia.

ps.
la vida te ofrece dos regalos, un yugo o una estrella, ¿cuál eliges?

17 de octubre de 2013

Puentes, camisetas, ruanas

La cosa con los raperos que se suben a los transmilenios es que el show es doble. Por un lado está el básico, el evidente: el mancito canta, rapea, le agradece a dios (muchos son cristianos... es que han visto cosas malas), pide monedas y sale. El otro show -no tan evidente, pero definitivamente está ahí- es cortesía de los que están en el bus. Sus caras incómodas que miran por la ventana para no hacer contacto visual con el artista. Su jeta corrida, los intentos de parecer dormidos. Me gusta esa parte del show, me gusta la incomodidad de los que van cómodos sentados. Reajustan el lugar del culo en la silla, resoplan, revisan el teléfono inteligente. Es tremendo. Y mucho más bacano cuando es un indigente el que se sube. Esa cara de incomodidad se multiplica por mil. Miseria e indigentes en todas partes, se normaliza, se interioriza, se hace parte del paisaje. Pero si esa miseria se me sube al bus en el que voy camino a casa... no hay normalización que valga. Igual voltean las jetas, igual se hacen los desentendidos.

Es como el viejito sin piernas ni brazos, solo con muñones, que se echa (mentiría si digo que se sienta) en el puente entre 8 y 10am. O el minusválido muerto de hambre que hace como cinco años rueda (porque no tiene piernas, sino una tabla con balineras) por la misma cuadra en el centro, séptima entre el Banco de la República y el Edificio Avianca -ahí al ladito, es que el man en serio para moverse dos metros tiene que hacer un esfuerzo tenaz. O esa mujer que sufre de enanismo que a veces se hace en una silla de ruedas en las rampas de los puentes peatonales de transmilenio. Y canta -con una voz horrorosa, por medio de un micrófono que la hace sonar más horrible- cancioncitas de amor. 'Yo te amo te amo... te amo te amo...'. Me gusta ver a la gente voltear la cara. Ir por el puente de transmilenio, ver la escena y de repente encontrar una nube súper interesante en el cielo para verla, o de repente encontrar la señal de tránsito absolutamente atrayente. Ver lo que sea para dejar de ver. Esa es más o menos la idea.

Es que las certezas son más bien frágiles. La seguridad: tener la puerta del carro con seguro; la felicidad: el confort; la ciudadanía: no sabe, no responde. Pero ahí vamos, la gente ahí va, y nosotros con ellos, ¿no? O sea, yo también soy gente, ¿usted no? Por ejemplo, la certeza de que si uno no está cerca de lo sucio pues no se ensucia.

El otro día estaba yo en una estación de transmilenio esperando a que llegara el bus. Era un día de marcha enruanados, de solidaridad con los desposeídos y con los que el sistema escupe. La gente estaba en las calles con sus cacerolas (compradas justo para la ocasión), con sus ruanas, sus sombreros. Una cosa muy bonita. Yo veo llegar el transmilenio y me doy cuenta que un puesto adelante está vacío y yo me digo, bueno, me voy a sentar ahí. Pero cuando veo el bus de lado veo que está lleno, lleno a reventar. Lleno de encorbatados y de jóvenes estudiantes con sus ruanas. Todos muy bonitos, todos muy correctos. Yo me pregunto por el asiento que vi vacío y avanzo en medio del tumulto y me doy cuenta que sigue vacío. Avanzo más sin entender porque está vacío en medio de tanta gente de pie. Llego al puesto, al puesto vacío en medio de un bus lleno de jóvenes solidarios enruanados. En el puesto al lado del vacío está sentado un gamincito, un ñerito, un habitante de calle, una gambita, llámelo como se le dé la gana. El man no olía mal, a lo bien. Yo me cagué de la risa viendo a esos enruanados solidarios. Me senté al lado del man, puse la maleta en el piso. El man me miró de reojo y como que se sonrió. Yo quiero pensar que fue así.

Y todas esos falsos, ¿por qué no se habrán sentado? No había olor, no había suciedad. Lo que había era prejuicios, un montón. Y ellos, con sus ruanitas, con su solidaridad insolidaria, sucios creyendo que están limpios.

Fue muy chistoso porque el transmilenio se pinchó y le tocó parar a que los pasajeros esperaran otro bus. El ñerito y yo casi que dijimos al mismo tiempo 'jueputa, se pinchó'. Y el man se para y se hizo un pasillo en medio del bus. Nadie lo quería tocar. Yo me le fui detrás, me bajé cómodo, quedé de primeras -junto al ñerito- para subirme al nuevo bus. Nadie nos molestó, encontramos puestos cómodamente. Cuando me bajé me miró de reojo y yo le asentí. Yo no sé él qué me quiso comunicar con la mirada, pero yo le asentí pensando en 'sí, todo estos son un poco de malparidos'.

**

El problema no es creer, definitivamente no. El problema es el por qué, buscando qué, comprometiendo qué parte de uno mismo. 

Hay una iglesia imponente en la calle 127, costado sur un par de cuadras abajo de la avenida 19. Nunca he entrado, pero la imagino un poco como un centro de convenciones. Salitas de juntas, pequeños corredores con gente con faldas largas y pantalones formales hablando bajito. Yo me la imagino así. Es uno de esos templos cristianos. Paredes blancas, blanquísimas. Pero estas no son siempre blancas, blanquísimas. En la noche, bajo la luz adecuada uno puede ver cómo esa inmaculada blancura tiene parches. Unos más oscuros que otros, unos más grande que otros. Unos manchones con más capas que otros. Todo dependiendo de las características del grafiti que se busca tapar.

Estaba lloviendo y aproveché. Un amigo me dijo que el mejor momento para grafitear o fumar mariguana en un parque era cuando estaba lloviendo. A los tombos les da pereza salir a hacer rondas, y si los llaman a dar quejas se toman su tiempo, no salen corriendo bajo la lluvia. Ni que el sueldo fuese tan bueno. Yo en medio de tanta divinidad reivindico la humanidad, la mía propia. Rayo en negro sobre la pared blanca 'Sonreír es derecho humano'. Seguro lo taparon a la mañana siguiente, pero no importa. No por eso se vuelve menos verdadero.

Como otras cosas que no se vuelven más verdaderas aún y si pasa mucho tiempo. Ya cambiamos de temporada. Ya no son ruanas, ahora son camisetas de la selección nacional. La patria por un calado, el patriotismo como forma de retraso mental. Y no es que lo político se agote en el símbolo, es que el símbolo se agota en sí cuando está rodeado de nada. Es que todo esto es tan falso, tan paila que yo no sé qué hacer. Yo no sé si terminar de cruzar el puente, ¿tengo opciones? Tal vez ellas no son tan distintas entre sí. Como la ridiculez de la camiseta de la selección no es muy distinta al patetismo tras la ruana.

Cruzamos puentes todos los días en esta ciudad. Pero a veces dudo mucho que los tendamos.

Pero yo creo, creo intensamente. Hago y confío: creo

30 de septiembre de 2013

Historias policiacas (y una militar)


1.
Una noche yo llegaba de un viaje por Medellín y tenía conmigo como cinco tipos de mariguana paisa dividida en varias bolsitas. Las había comprado separadas y pues la idea era no mezclarlas, cada una era diferente. Tenía cueros, tenía el gringer, tenía blonds, tenía semillas apartadas, parecía un puro dealer. El peor escenario para toparme con un policía. Me bajo en la 26 con Boyacá y comienzo a caminar hacia el oriente para dónde un amigo. Son como las doce y media de la noche. Una van de la policía para y me hace luces. Qué que hago caminando por ahí, que roban, que pilas. No, que voy para dónde un amigo. Ah sí? Bueno, súbase.

Yo pensé por dos segundos las posibilidades. Subirme, que la chaqueta y la maleta comenzaran a oler y perder el año ahí. Sin embargo pensé que si me negaba a subirme defintivamente me iban a requisar. Le dije que sí, que de una. Y se fue lentico con los otros dos compañeros. Lentico, preguntándome vainas. Contándome de la vida. Y qué estudia? Ah, bacano. A mí me gustaba leer en el colegio, me dice uno. Y tales, qué frio el que hace esta noche. Y ya.

Llegan, se paran en la portería, esperan a que yo entre y se despiden pitándome.

Sudor frío.

2.
Ahora fue bajando.

Iba para dónde el mismo amigo mío, estaba caminando desde el norte y cruzó por Pablo VI para salir a la carrera 50 y de ahí salir a la 26. Yo no sé por qué se azaró, si ese man es valiente y fornido, pero en esa época la 26 estaba muy rota y era solo una línea de polisombra verde y nada de alumbrado público. Esa semana se había rasurado y no estaba vestido ñerito, era blanco fácil.

Caminó un poco más al occidente y se metió a la zona del Batallón Caldas. Ahí se encuentra con un soldado. Le dice que esa bajada está re paila, que lo deje cruzar por el batallón y que él sale a la avenida Rojas para salir a la 68 y ya. Que así no lo atracan fijo, que tiene el presentimiento. El soldado dice que paila, que él no puede autorizar eso, que solo el teniente del turno. Ah! Qué espere, que ahí viene mi teinente.

Y ahí viene el teniente. Con un perro.

Y comienza a hablar el teniente, que no puede autorizar pero que mire, que no sea nena, que camine por acá y por aquí, y tales, que cruce por allí y que en esa esquina encuentra alumbrado público.  Y se le acerca para hacerle una última indicación y el perro se abalanza al bolsillo derecho de la chaqueta. Justo donde tiene una bolsita y una pipa. Él cae en cuenta y solo puede toser absultamente cagado del susto.

'Quieto Rocky, quieta Sasha, quieto Laerico'. Puedo haber sido cualquiera, él no recuerda. Pero el teniente jaló al perro en tres ocasiones. Y él en tres ocasiones contuvo el aliento.

Al final llegó a la fiesta. No lo atracaron.

3.
La anécdota es que en la época de las marchas estudiantiles de 2011 -esas que "paralizaron el país" para después dejar todo igual-, específicamente en una noche que había una marcha de antorchas nacional, un grupito de universitarios se sentó a celebrar los pies de La Pola ahí justo abajo de Los Andes, por el cagadero ambiental del eje. "Pueblo indolente... suerte... libertad". Algo así dice la placa que acompaña la estatua.

Desde las ventanas del edificio que está justo al frente seguramente se veía con toda claridad la escena. Había un júbilo de victoria entre los estudiantes esa noche. Uno caminaba desde la 24 con tercera hasta plaza de Bolívar y más allá y en cada esquina veía estudiantes tomando, fumando, echándose los pases del falso perico del chorro. También tocando tambora y tambor alegre, guitarras y gaitas, bailando, cantando. Celebrando. Esa ley tenía que caerse. Y así fue.

La Policía no apareció en toda la noche. Solo a la mitad de la madrugada pasó una van, una atunera. Se parqueó en La Pola y se bajaron los dos tombos. Y pues ese parche estaba borracho, embalado, bien alegrón. Uy agente, pero no nos lleve, nosotros vivimos por acá, estamos celebrando. Pues muchachos, entendemos pero no se puede.

Desde las ventanas del edificio seguramente se vió cómo se fueron armando dos grupos. Cada uno con un policía y más o menos tres pelados. Y la relación se volvió una de confianza cuando uno de los estudiantes pregunta que qué se siente que en una marcha de estudiantes salieran abrazos y no papas bomba. Se ríe el tombo, se ríe los chinos.

Cuatro de la mañana. Azul reproche. Los tombos van a entregar turno. Los estudiantes a pasar guayabo y a guardarse del frío.

24 de junio de 2013

La ciudad de las sirenas

Esteban piensa que cuando tiene días muy videosos gusta hablar de sí mismo en tercera persona.

-Señor usted nada muy bien, de verdad muy bien.
-Gracias mijo.
-Dígame, usted entrena, dónde?
-No, yo no entreno, para nada.
-Ah, pensé que usted era deportista.
-No, yo trabajo de celador.

El man se viste, tiene en la maleta un uniforme de celador. En el contexto de una piscina pública este tipo me ha dado palo y secó, pensaba Esteban mientras se abrochaba la camisa. En realidad no entendía bien qué era lo que lo impresionaba, sin embargo seguía impresionando. Pensando tal vez en el hecho de que nunca consideró que el señor era celador. De nuevo resaltó el carácter público de la piscina, se sonrió y se fue a la casa sintiendo que había aprendido una lección.


A Esteban le gusta pensar la ciudad como la Ciudad de las Sirenas. Pero no pensando en criaturas mitad pez, mitad mujer con buenos senos. No. Esteban va pasando por el puente peatonal y ve los carros de los militares pasar por un lado, otros escoltan pitando en la otra vía. Desde la ventanilla del transporte público van pasando ambulancias. Un resto. Y ni siquiera ha llovido (que es siempre una explicación plausible para un coro de sirenas de ambulancia).

A Esteban le gustó una rubiecita guapa que se paró con a él hasta que se sentó en el piso del transmilenio. Agh, piroba, pensó Esteban mientras pensaba que no era posible ser buen ciudadano siendo tan desconsiderado.

Volteó la jeta y se dedicó ver a una mujer, como de 29, una vaina así, que andaba llorando. Iba parada y escribía frenéticamente en su celular de alta gama. Tal vez le avisaron que el papá se había muerto, no sé, pero Esteban está convencido de que en realidad es una pelea de amantes. De repente la nena deja de escribir. Voltea a todos lados, no acelerada, sino más bien como agobiada. Buscando aire. Esteban confirma su intuición cuando ella abre la ventana. Y se apoya en el ángulo de su codo mientras se cuelga del brazo de la baranda para no caerse. Qué estilo, piensa Esteban al notar que no llora escurriéndosele las lágrimas. Estas se represan en sus párpados y después caen gordas sin tocar sus mejillas directo a su busto. Mojan por un segundo la blusa morada que lleva puesta. Pasa una ambulancia y su sirena y Esteban al verla ver la ambulancia tiene la certeza de que esa mujer está haciendo todo el esfuerzo del mundo para no desmoronarse.

En el edificio al frente del apartamento de Esteban también hay lágrimas y sirenas involucradas. En la sala de la portería toda una familia escucha el concierto mientras este se hace cada vez más lejano a medida que agarra a toda velocidad por la autopista.

tú y yo

Me gusta el desprendimiento porque por libre lo considero una forma superior de afecto.

Creo, más allá de la duda y temor que me puede inducir el alcohol y una depresión, que es la libertad el rasgo del amor que personas que se precien de ser libres deben resaltar. Otros, desde otras posturas, pueden alegar que son otras las características que ellos ven en el amor. Fidelidad, confianza, respeto, tranquilidad. O para mí el peor: comodidad. Pero es que esas son guevonadas, parce. Para mí son rasgos que resalta gente débil, mediocre. Desde moralismos pendejos, metafísicas del afecto en el que el otro de alguna forma 'complementa' de una manera plena.

Resaltar esos y otros rasgos por encima de la libertad para mí redunda en perogrulladas católicas. Lo único que existe es la libertad en tanto individuos colectivos y el sentido que introducimos en el mundo. Pero esos rasgos en cambio nos llevan por una senda en el que ponemos en el amor toda la estabilidad metafísica de la que renegamos en todos los demás aspectos del mundo. Todo lo unívoco, lo puramente verdadero y sin contradicción, lo inmutable a través del tiempo, lo eterno y perfecto, fueron todas joyas que robamos de las coronas de los metafísicos para ponerlas en el cielo estrellado a jugar como iguales con todas las demás. Con las características que hablan de lo banal, de lo contradictorio, del olvido anticipado, de lo que no es eterno sino satisfactoriamente pasajero.

Pero nos quieren joder. Y si ya tenemos la fortuna e inteligencia de no estar viéndolas en coronas que adoramos, muchas veces nos quedan los complejos que nos hacen llevar esas joyas ahora rocas, como pesos muertos en nuestros bolsillos. Nos obligamos a cargar pesos que no nos impone nada más que la tradición y los prejuicios que nos inocularon. Y la educación, esa educación de mierda que nos dan.

**

Yo he tenido amigos que cuando comenzaron el pregrado se metieron con nenas y desaparecieron del mapa. Dejaron de ser. Uno los veía de vez en cuando por ahí. De la mano de sus novias. Tal vez una cerveza ocasional viendo el partido de la selección en un chuzo cerca de la universidad, pero nada más. Unos después volvieron a aparecer, otros no. Pero lo que me asusta es que en su gran mayoría los que volvieron a aparecer, dos, tres, cuatro años después, estaban perfectamente iguales. Como si el tiempo no hubiese pasado en ellos. Sí claro, algunos tenían bozo, otros raros peinados nuevos, pero en esencia venían iguales a como se fueron.

Y uno los ve y tiene como la sensación de que el amor en el que estuvieron fue uno que forzó el tiempo. De esas relaciones que lo que hacen es tomar una larga (de años) instantánea de las personas. Amores que inmovilizan. Amores que poseen y que vuelven estáticos.

Esos amores se dan así porque los rasgos que resaltan son unos por encima de otros. Por encima de la libertad y la voluntad de poder del individuo está la comodidad, la "estabilidad", la tranquilidad. Pero todos esos son placebos. Islas seguras pero solo porque son metafísicas, ficciones. Nos inventamos campos, espacios y diálogos entre dos personas que, creemos torpemente, no están sujetos a las mismas reglas del mundo. Lo móvil, las ventiscas, las nuevas personas, los impulsos, los sueños y los cambios. Yo francamente no entiendo esa vaina, pretender un espacio así. Las únicas circunstancias en que acepto e incluso reconozco la importancia de momentos de esa naturaleza (en el que "el resto del mundo se detiene") es en los minutos tras hacerse venir mutua y fantásticamente. Ahí en esos lúbricos abrazos sí detenerse. Acampar la existencia por un ratito.

A mí me gusta, un resto, resaltar la libertad y no otra cosa que la libertad. Como una llamita que se da de muchas formas. Cuando una nena manda mensaje de texto a las tres de la tarde desde su oficina en la 93: 'estoy aburrida, me siento cuadrada!'. Ahí hay una llamita. Ahí hay algo de libertad. Es esa libertad la que uno ama y adora y vigila que esté siempre activa. Porque si es la libertad el rasgo que uno quiere en el otro, entonces uno está queriendo a todo el ser del otro engloblado en eso que es ser libertario. Así uno profundiza en el cariño que le tiene a los rasgos del otro, en tanto esta persona en su libertad se va formando y va siendo cada vez más atrayente.

El amor no puede ir en detrimento del otro porque el amor es a causa del otro. Voy a ilustrar esto con un ejemplo que para mí es claro: una nena hermosa que sea bailarina. Uno la conoce, se encanta de ella. Le gusta en tanto bailarina. Gusta cómo en las acciones de su baile está toda la libertad que uno puede valorar y respetar en ella. Y entonces se le quiere libertariamente. Sabiéndola ajena porque solo es de sí misma. Sabiéndola no permanente sino cambiante y volátil, en todo caso libre, y por libre atrayente y magnífica.

Me gusta que baile, que se mueva y se vaya y venga, digo mientras pienso en esta amante bailarina. Si le escribiera un cuento no sería del día que la conocí, ni tampoco del día que se fuera. Eso sería darle demasiada importancia a la ficción de los comienzos o a la farsa de los finales. El amor, cuando es libre, es infinito, un bucle del que en ocasiones somos conscientes y en ocasiones no. Si yo le escribiera un cuento el comienzo sería una escena de reencuentro azaroso tras dos o tres intentos de tener una relación. Que el primero se haya acabado porque ella andaba muy ocupada, que el segundo se haya terminado porque yo tenía que irme del país, que el tercero no se dio porque los tiempos nos cuadraron. No sé, cosas así. Quisiera un cuento que resaltara que en esta historia ficticia que escribo con una bailarina libre, fue la libertad siempre el punto de quiebre, tanto como para comenzar como para terminar. No le dedicaría el cuento, que hablaría de libertad y amor, así como estas palabras, pero ella en el fondo sabría que se lo escribí.

Pero si por un momento la dejara de querer así y, por ejemplo, empezara a quererla de una forma en que le reclamara por ir a sus ensayos y no quedarse conmigo; en que le reprochara que un día se sintiera cansada y prefiriera quedarse en casa, si comienzo a brindar ese cariño, entonces ya no es un cariño que quiere la libertad del otro. Al contrario sería un cariño cercano a la posesión, a la propiedad del objeto más que en el respeto a las personas. Lo mío, quiero pensar, es el amoroso desprendimiento.

Pero ser libre es difícil. Mucho. Y duele también. Aun así prefiero la angustia. Siempre. Si acaso mi vida me frustra prefiero siempre que el licor me emborrache y me haga llorar por lo insípido de mi trabajo y vida. Y no que simplemente me dé sueño por lo cansado que estoy... a causa del insípido trabajo y de mi vida.

El camino de la angustia lo lleva a uno no por el camino fácil de sentirse triste porque la persona a uno no lo quiere, sino por el sendero arduo de estar triste porque uno está triste de que no lo quieran. Porque uno sabe en el fondo que no debería ser así. Uno en el fondo sabe que la libertad implica eso. Saber que hoy está y mañana tal vez no. O que hoy no está, y mañana tampoco estará. Y todo bien, eso está bien.

***

No es fácil darle la espalda a la comodidad. No es fácil ser libre: intentarlo duele. Yo pienso que el problema es de educación. Nos enseñan mal, terriblemente mal.

Así con todo. Soy libre en el rango que me lo permiten. Con todas mis reflexiones y meditaciones, con todas mis elucubraciones y teorizaciones. Incluso con algunas de mis prácticas que yo creo que me ponen al margen de los demás, en realidad no hago más que resaltar mi característica fundamental de ser no libre. Soy, junto a muchos otras, ovejas que el sistema permite que se descarrilen porque son desobediencias controladas, útiles a la dominación.

Recientemente cuando me gradué de la universidad pensaba en lo triste que era para mí haber pasados seis años en una facultad de ciencias humanas, para al final reconocer que yo quería el cartón que me 'certificaba' simplemente para mejorar mi hoja de vida y poder así cobrar más plata. Seis años en una facultad de ciencias humanas para terminar diciendo que me voy a graduar porque es que con el cartón gano más plata que sin él. Una vaina muy triste esa mierda.

Yo no abandoné la carrera a último momento por miedo. Nada más que el miedo me impedía abandonarlo todo e irme a buscar un terruño en el que cultivar café, tomates y papayas. No estoy acá argumentando mis temores al mundo moderno y a que me quiero aislar, o que quiero huir. Al contrario, mis cuestionamientos vienen desde las exigencias libertarias que me hago. Pongo en duda la libertad que el sistema me brinda. Pongo en duda y me río de los procesos de pseudopensamiento que tiene más de uno que conozco. Pongo en duda que aquellos que se consideran libres si quiera se hayan preguntado por el contenido de esa palabra.

Más allá de la pregunta de por qué el ser y no la nada yo quiero cuestionarme por qué este ser y no otro. Me pregunto por los mundos que son posibles si nos relacionáramos de manera distinta. Me pregunto si llegará la generación de jóvenes, en cien o doscientos años, que se cuestione sobre cómo era posible que nosotros ni nos inmutábamos por comprar agua embotellada (al 500% de su precio) cuando esta corría libre por entre el mundo. Se cuestionarán, esas infancias venideras, sobre cómo nos inventamos líneas imaginarias que separaban las montañas y las cubrían a unas y otras de banderas de color distinto. Se preguntarán, con el mismo asombro que nosotros lo hacemos con el nazismo o el racismo, que cómo era posible que la gente creyera en ese tipo de ideas. En esos modelos de desarrollo tan arcaicos, salvajes y equivocados.

Y es una gonorrea. Todo es una gonorrea. Veo a mi alrededor y me llena de angustia la posibilidad de que mis cuestionamientos y mis preguntas fácilmente dejen de ser importantes para mí. Veo cercanos los amaneceres en que me levantaré no para ver el cielo sino para ver la hora. Primero en el despertador. Después en el celular, después en el reloj de pulsera y finalmente en el que está en la pared del cubículo que me imagino como infierno personal.

Es que es más fácil no ser libre. Es más fácil dejar que pasen unos años y entonces encuentre una niña que me quiera y que yo medianamente quiera y entonces estar cómodo. Es fácil cuando llego a la mesa familiar o al encuentro con los amigos con estas incertidumbres, que me respondan que lo que necesito es una novia, sentar cabeza. Madurar, dejar de pensar en maricadas.

Pero es que yo no quiero dejar de pensar en maricadas. Yo siento que si me dejo de cuestionar de la manera en que lo hago es muy probable que el día de mañana mis preguntas y mis cuestionamientos tengan que ver si en tal o cual almacén me endeudaré a 56 cuotas por el último televisor de 49 pulgadas. Qué fácil es que a uno lo coopten.

Y así, preocupado por mi escaza libertad, en el amor, en el "campo profesional", en la vida en general, me cuestiono sobre qué fácil es sentirse derrotado. Que plácido es poder entregarse a la comodidad. Tal vez mañana yo lo haga, y ya cómodo, pueda cínicamente decir que todas estas no son más que reflexiones adolescentes, de gente que piensa que el mundo se puede cambiar y no se dan cuenta que el mundo ya está hecho. Hijueputas todos. Yo la verdad he pensado en que si la veo muy para arriba me mato. O sea no hay que subestimar el sentido profundamente político de matarse joven. De acabar la vida propia con mucho estilo y en una decisión tajantemente libre. Mirar el mundo y reconocer la posibilidad de que nos están cooptando inevitablemente. Darse cuenta de eso y dar un salto al vacío. Hacer un performance con un sancocho de fibras, músculos y huesos, en medio de algún centro empresarial de la Bogotá crediticia.

Es que lo cómodo, lo estable, seduce. Seduce la parte más temerosa (y muchas veces más grande) de nuestros espíritus. Me preocupa desear el tacto de una y solo una persona. Sentirme cómodo y seguro en un solo empleo. Sentirme complacido con una única forma de vida. El sentirme tranquilo me dispara las alarmas. Me preocupa que un día mi temor a la libertad sea demasiado. Que finalmente me rinda ante esa habitación segura que estos espíritus, que caracterizo como menos libres, prefieren y anhelan.

Me preocupa que mi propia libertad no esté a la altura de mis anhelos de libertad.

****

Nos toca desaprender muchas cosas. Esa es la conclusión a la que he llegado. Durante los últimos tres años de mi vida he hecho esfuerzos titánicos dirigidos a desaprender muchas de las cosas que me enseñaron. Del amor, la democracia y mi ego; del lugar del otro, del consumismo y del noticiero; de la confianza, de la sinceridad y sobre el olvido. Todas enseñanzas diseñadas para embrutecerlo a uno.

He pensado en que hubo una época de mi vida en que yo sabía dibujar. También hubo una época en la que sabía bailar. Pero después pasó el tiempo y tuve profesores y amigos adolescentes que me enseñaron que no, que yo no sabía ni lo uno ni lo otro. Ahora es cuando me doy cuenta de la equivocación de haberles creído. Ahora vuelvo a aprender desaprendiendo las incompetencias y limitaciones que me impusieron e inculcaron. Así para todo. Para todo lo importante... el amor... respirar... la vida.

Y en este proceso de desaprender me doy dando cuenta que uno tiene que saber entender las limitaciones. Y que uno hay veces tiene anhelos. Y extraña. Porque igual que las eternidades de amor son una quimera, el olvido completo y total también lo es. Siempre cargamos a quienes besamos. Al menos un poco, sea como un peso muerto, sea como un amuleto.

Pero uno va intentando moverse, intentando ser libre. Desplazándose entre las eternidades impuestas y que no podemos dejar ir, y las temporalidades mortales que nos rigen y dan sentido. Y entre no apegarse pero tampoco olvidarse uno va abrazando a las personas. Buscando construir relaciones horizontales.

Es fuerte, lo sé. Requiere valentía intentar ser mejor persona. Requiere valentía y sentido del humor sobre el fracaso propio y la angustia.

Un poco de Nietzsche, un poco de poesía, un poco de porro. Y salir a la calle haciendo de cuenta que la ciudad es un gran bar de punk.

*****

Pienso en todo esto y en que en el lenguaje que quiero expresarte mis sentimientos me gustaría que se reflejara el estilo de mi cariño. Considero por un momento enviarte un mensaje que diga :"vete nena, que te quiero y si me haces falta no te aviso." Lo dudo. No lo transmite.

Prefiero salir a la calle y hacer un grafiti, que lo veas o no es irrelevante:

'tú y yo. efímeros por siempre.'

5 de mayo de 2013

Clase de innovación y desarrollo

Si hubiese estado en sus manos, te lo digo, ese cucho me saca de clase. No le gustó ni lo que le dije ni cómo se lo dije. En todo caso fui irrespetuoso a propósito. El man me sacó la piedra con su diatriba ideológica pintada de neutralidad académica. Eso de picárselas de 'docto' sí que es una muestra de ignorancia muy berraca, a lo bien. Pero bueno, le tocó aguantarse la piedra, y además tuve éxito en mi objetivo: después de mi intervención al man le costó un resto seguir con su discursito marica sobre el desarrollo ininterrumpido, el progreso, la innovación, las utopías tecnológicas y el paraíso recuperado y toda esa carreta.

Ahorita en la noche llovió un resto, pero un resto. La verdad yo no hubiese salido si no hubiese tenido que hacerlo, pero tocaba. No había leche y sin leche pues no desayuno bien y comienzo el día de mal genio, así que me tocó. Además tengo los labios vueltos nada. Se me perdió el pasamontañas que utilizo para andar en bicicleta, y dos tardes frías andando con la jeta destapada y se me secaron los labios pero tenaz. Los tengo cuarteados y me arden. En todo caso, yo salgo para comprar esas dos pendejadas (y cargar el teléfono con minutos para poder llamarte) y se me da, justo hace unos momentos, de la nada pero como una casualidad cargada de sentido, una escena en la que veo elementos que apoyan las posturas que expresé esta mañana en clase.

Píllate que entro a la Olímpica y le pregunto a la señorita de la farmacia que si tenía labiales de crema de cacao (que valen como mil pesos). Me dice que no, que eso ya no se vende ahí, que lo único que me puede ofrecer es un Chapstick... que vale nueve mil quinientos pesos, ¿ah, qué tal? Y yo le digo a la pelada: oye, pero en esencia, coloreada y con perfume, eso sigue siendo una barrita de manteca de cacao... sobrevalorada, sí, pero manteca de cacao al fin y al cabo, no? Ella se rio y me dijo que sí, pero que eso era lo único que me podía ofrecer. Tal vez para ella no dejó de ser un simple intercambio con un cliente quisquilloso, pero a mí en el fondo me pareció tenaz pensar que los almacenes le hayan declarado la guerra a la barrita de manteca de cacao (me tocó caminar tres tiendas hasta que la encontré en una tiendita de barrio como a siete cuadras del apartamento).

Bueno, pero igual aunque no haya comprado ahí el labial, sí compré un par de mandarinas, una bolsa de leche y la recarga de minutos. Y ahí otra clase rápida que me da la calle. Pago en efectivo cuatro mil pesos en total. Solo eso, una recarga de dos mil, una bolsa de leche de mil quinientos y dos mandarinas que suman quinientos pesos. Le pago a la señorita cajera y esta me devuelve tres (¡¡¡¡!!!!) tiritas de papel. Un recibo de la leche y las mandarinas, otro de aceptación de los términos y condiciones para hacer la recarga al celular desde esa caja, y otro, el más largo y con menos cosas impresas, confirmando el éxito de la recarga. Y además, ¡además!, por las dos mandarinas, que hasta pequeñitas son, me dieron una bolsa de plástico en la que me cabía la cabeza. Y yo le dijo a la cajera, oye, pero todo bien, no necesito bolsa que yo tengo acá mi maleta, y ella me dice, ay, pero ya la usé, ya llévesela. Yo no supe qué responderle así que la agarré y me fui del lugar.

Mira que está comenzando a llover de nuevo. Las alcantarillas de mi cuadra están todas tapadas entonces el pedazo que da a la avenida se inunda, me va a tocar darle la vuelta a la cuadra porque salí en sandalias (y ni me digas nada que ya sé que no debí hacerlo, fijo me va a dar gripa). Ahorita mismo veo las bolsas flotar en los charcos, el papel humedecerse, y en general el progreso flotar en riachuelos de agua podrida que alguna vez fue agua lluvia. Es impresionante. Es como cuando uno entra a la Universidad en hora pico y se encuentra sendas filas para recibir esos periodicuchos "gratis". Y ya cuando entro sigo el rastro de papel periódico volando por los aires y veo el "costo". En fin... y ese cucho hijueputa diciendo que dizque la pregunta no es por el modelo de desarrollo, ¡tiene guevo!

16 de abril de 2013

Edificio 205

Anoche fue la segunda ocasión que contemplé el mismo espectáculo en el horizonte. Las tormentas se forman, gigantes, inmensas, pero tan lejanas que no puedo escuchar su tronar. Esa ocasión, como la anterior antes de esa, fue posible por ese nuevo hábito tan bacano que me pegaron de al final del día, cuando se pueda, comer pedazos de melón al anochecer mirando al horizonte por la ventana de la habitación. Es una bonita manera de bajarle el ritmo a la cotidianidad... pero en cualquier caso, el asunto es ¿cuántas veces habrá ocurrido algo así, cuántas veces me lo perdí?

Quiero pensar que solo ha sucedido estas dos veces que lo he visto. Pasa que es un espectáculo demasiado imponente para habérselo perdido en alguna ocasión. Es un hito, un Acontecimiento. Algo así como cuando a uno le trama de verdad una parcerita. Marica, eso es muy duro, uno a veces quisiera que esa belleza, esa imponencia chisporroteante, haya sido vista por primera vez por los ojos propios y no otros. Es que uno ve ciertos relámpagos y uno no se puede imaginar ese bramido de la tormenta que no se escucha. Eso pasa y no dejo de sentirme algo apretujado en la piel que habito.

Esas tormentas, verlas con el silencio que proporciona la distancia, son así como contemplar personas bellas y percatarse, con una sola mirada, del bramido, de la imponencia del espíritu de quien uno tiene al frente. A ese bramido que uno puede sentir algunos lo llaman química, pero a mí ese sustantivo, para este caso, me parece falto de imaginación.

De esos bramidos de las tormentas gigantescas y de las personas bellas (que sin entrar en juicios de valor de bueno o malo son casi lo mismo) tal vez después de todo uno sí se puede hacer una idea.

Yo pienso por ejemplo que en lo cotidiano hay veces que simplemente no necesito escuchar algo para sentirlo, sentir su impacto. Pienso en la otra vez que estaba fumándome un cigarrillo en la ventana escuchando música con los audífonos. La señora del aseo aspiraba el pasillo comunal y golpeó la puerta. Yo, adentro, distraído, escuchando música no oí el sonido del golpe pero sí lo sentí. Sentí la vibración del golpe repartido en el piso bajo las plantas de mis pies. El ligero estremecimiento.

Estoy pensando en tormentas y la veo entrar a la cafetería de la facultad y buscarme con la mirada. Cierro mis notas y le hago señas. -Qué hubo pelada, todo bien?, le digo. Ella no dice nada, yo la miro y ahí está... el ligero estremecimiento.

7 de abril de 2013

Epístola a una compañera de viaje

Cargo este texto de referencias para que se note que soy universitario. Es que tengo muy presente en este momento la novela colombiana que tiene por protagonista a la Nacho. A lo Fayad (de hecho el título de esta carta es un guiño a una de sus novelas). Aunque claro que no me comparo con Fayad. Podría decir "a lo Carlos Medina Gallego" (por su novela de mierda Al calor del tropel) pero es que ese man sí es muy paila. Además se va notar el espíritu nachero del texto: a la base está una postura libertaria, "de izquierdas", que se debate entre la practicidad, la mamerteria, y en el decir lo obvio de manera enredada. Por supuesto, todo imaginando utopías en el futuro previsible.

Hay un conjunto de cosas esenciales sobre las que quiero hablarte pero no he podido. Principalmente no he podido por que no se ha dado la ocasión para que podamos conversar largo. Tampoco se ha podido porque en el fondo el pensamiento no lo tenía muy estructurado. Sin embargo he llegado a un punto de la reflexión en el que me es necesario contarte cosas que he pensado. No son nada urgentes ni que me tengan particularmente triste o contrariado, pero sí quiero comunicarme contigo expresándote estas ideas.

Si tuviese que ponerle un subtítulo a lo que estos pocos (¡espero!) párrafos tratan, tendría que ser "un alegato vital en relación al sexo, el ego y la libertad". Lo de la libertad es para darle caché, pero principalmente es sobre sexo.

¿Te acuerdas de esa noche que yo estaba todo borracho jarto y te comencé a hacer comentarios destemplados? No por su contenido sexual, no. Bien sabes, y sé que lo respetas mucho, que soy de los que va diciendo las cosas con franqueza y tranquilidad, "oye, rico si tiramos, no? ah, qué mala onda, pero todo bien". Pero lo que me volvió jarto fue la corta, pero evidente insistencia ante tu negativa. Parce, ¿cómo es que yo hago esa mierda? Es decir, estaba tan borracho que estaba fuera de mí. Pero la reflexión no la puedo dejar ahí. Esa falta de respeto a ti (aunque tú no la creas tal y si te da algo es risa) para mí tuvo el efecto de pensar que en ese momento no fui libre. Sino fui un agente todo paila, borracho, destemplado, yendo con la corriente de mis impulsos y nada más. Eso no es libertad.

Si yo fuese periódicamente a donde un psicólogo le diría que lo que más me rayó de mi comportamiento esa noche sería que fue un atentado burdo y estúpido a principios libertarios que yo pregono constantemente. No defiendo atentar contra la libertad de otro, y ser un mero sujeto de deseos sin racionalidades. Y acá no hablo de la Razón, por supuesto no es un argumento a la Hoyos, lo que quiero señalar es que lo que más me molestó esa noche fue haber perdido un control sobre mí mismo. Perdí mi libertad. Concibo el bacanal libertario, para el sexo y los demás vicios, pero no así.

Por eso es que el sexo casual entre gente borracha o exageradamente llevada de otras sustancias puede ser casual y rico y todo pero ciertamente no es un sexo producto del amor libre. Lo libre, y el ejercicio de la libertad, solo pueden ser dados en ámbitos de sujetos que se piensan así mismos. La verdad me importa un culo si suena pedante, me sostengo en mis palabras: el ejercicio de la libertad pasa por un ejercicio de pensarse constantemente, de actuar por voluntad. No por deseos, no por impulsos, no por razones, sino todo eso englobado en actos llenos de voluntad y autoconsciencia.

Hasta ahí el capítulo uno.

Últimamente he estado pensando mucho en mi libertad. También he pensado sobre la palabra dicha y la relación de esta con el pensamiento. Uno todo lo anterior para pensar: ser libre en el sentido de no comprometer el pensamiento con la palabra dicha, entendiéndose por esta un intento de expresar una idea final. Lo anterior no es más que una elaboración -un tanto hecha desde la timidez y la introspección, sí- sobre la idea de "pensar antes que hablar". Yo he hecho esa reflexión pero pensada más que en el acto de pensar, en el de guardar silencio.

Parcera, es que todo parte de cómo uno comprende el silencio. En otras partes he escuchado definiciones del silencio como lo que guarda; se asocia con el secretismo; con ocultar las cosas; como una excepción que se hace ante el permanente y normal acto de hablar en voz alta. Sin embargo en medio de lo que yo mismo califico mi misticismo barato (una mezcla de catolicismo místico y teología de la liberación, rastafarismo, budismo, Gadamer, Nietzsche y por sobre todas las cosas Wittgenstein) entiendo el silencio de otra manera. Digamos que lo pienso como algo que si se une a una idea acerca de una forma de vida en particular termina por tener efectos (profundos) en la manera en que nos relacionamos con el mundo (ya he puesto esta idea en otras partes, pero es que me está persiguiendo, no puedo evitarlo). Lo pongo de la siguiente forma: pensar el silencio no como el acto de no hablar, sino como una práctica a través de la cual uno experimenta el mundo. El habla nos compromete (no en el sentido de asumir posiciones, cosa que está bien) a una idea que nos sujeta a la palabra hablada como una forma de síntesis de la experiencia del mundo, de que ahí cabe, de que ahí la podemos expresar, y no jueputa, no no no. Esa mierda no es así. Es mucho más lo que se nos escapa, y si no nos percatamos de eso, nos perdemos de rasgos vitales acerca de la experiencia del otro y del mundo en general.

Digamos que siguiéndole la línea a esa reflexión es que comencé a pensar en el asunto del yoga y la meditación como una experiencia mental que quería tener (como cuando uno quiere probar trips, así). No es este el espacio en el que te contaré sobre qué tal ha sido eso, bástese decir que aunque disfruto el asunto (y creo que sí tiene potenciales impactos mentales y físicos), que esté conociéndolo en la Nacional ha traído sus inconvenientes. Particularmente porque el profesor es un judeocristianodemierda. Una mezcla entre nueva era, cháchara y hechos verdaderos pero distorsionados para apoyar sus discursos ridículos, que serían chistosos si no fuera porque el man piensa que está diciendo verdades. Me jode mucho escucharlo y me jode algo la experiencia, pero todo bien. Yo lo pienso igual que en filosofía, la carrera, ahí en la Nacional. O sea: las clases en su gran mayoría me resultan repelentes, pero yo siempre supe que filosofía era algo que en esas aulas no se hacía, simplemente usé la carrera como una manera de introducirme, y conocer las prácticas de la disciplina. Así es un poco con este curso que, no podía ser de otra forma, también veo en la Nacional.

Hasta aquí la segunda parte de la reflexión parcerita.

No hay que perder de vista que mi defensa del silencio está conectada con el asunto de la pérdida de libertad. En esa línea continúo.

La idea de que la gente que habla mucho usualmente tienen un ego grande me hizo pensar en otra cosa: en que ciertos comportamientos responden a que son resultado de una vaina que voy a llamar (muy psicoanalíticamente) proyección del ego. Hablar mierda, fue la reflexión final, es una manera muy mediocre de proyectar el ego. Y si ya he dicho que tras cierta concepción de hablar se esconde una pérdida de libertad, entonces naturalmente voy a sospechar en que si tras hablar mucho hay algo tal como la proyección del ego, entonces esta última idea seguramente tiene que ver con otras formas de perder la libertad. Digamos que yo no pienso que pueda llegar un momento en que uno deje de proyectar el ego por completo, pero sí estoy convencido de que hay formas más interesantes, inteligentes y libres de hacerlo.

Ya habiendo archivado esa reflexión sobre aquello que es proyectar el ego, y va y pienso lo siguiente el otro día (y yo voy y conecto cables y tengo la qué epifanía). María dejó su bicicleta el otro día, salió a la madrugada y estaba cansada para manejar, dijo que esta semana iba a pasar por ella pero no pasó. Yo sé que a esa pelada yo no le gustó, yo ya me pillé eso, y yo pensaba que eso me ponía triste. Pero el asunto fue que pensé, y lo sentí como una revelación para leer hechos y sensaciones que he tenido con otras personas, que esa tristeza no era una tristeza de verdad, o bueno, que la tristeza tenía sus verdaderos motivos bien camuflados, que no eran los que yo pensaba. Me explico, yo llegué a la conclusión de que de verdad no estoy triste por no gustarle, sino que mi ego está adolorido porque yo no le gusto a ella. Más aún: mi tristeza no es una proyección del cariño o gusto que yo le pueda a tener ella y que siento como no correspondido, no: mi tristeza es una proyección de mi ego, de mi ego adolorido, deseoso de lamerse las heridas. Es más noble, o qué sé yo, pensar que la tristeza es porque yo no le gusto, pero no. Y es que si sigo el camino que la reflexión me dicta veo con toda claridad que definitivamente esa tristeza no es proyección del cariño o gusto que le tengo a ella porque... no hay tales. Hay respeto, y ansías del diálogo, y un montonón de cosas bacanas que se dan cuando uno comienza a hablar con alguien, pero nada más. O sea, no me malinterpretes, la pelada es una chimbita, a lo bien, pero creo que yo me estaba generando una ideas inspirado en las cosas equivocadas. Uno no debe meterse con personas "a ver qué pasa", ni forzarse a tener determinados sentimientos (esta idea me parece bacana conectarla acá, además porque fue algo que yo hablé con ella en una oportunidad). De igual forma, el ego no es una buen punto de partida para tener intereses en gustarle a alguien y para comenzar a pensar (o mejor: desear) que uno gusta de esa persona. Simplemente no es un buen punto de partida. (Esta idea no puedo evitar conectarla con el hecho de que hace unos días me topé por accidente con un texto de Andrés Caicedo -que a ella le gusta un resto- y me encontré esta frase: "La odio [habla de una vieja] porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones". Me dejó pensando.)

Digamos que con esta "epifanía" acerca del ego en este tipo de duelos le hallé sentido y comencé a pensar un montón de cosas. ¿Cuántas veces no me habré impuesto sentimientos que no tenía, e interpretaba las cosas como no eran, solo porque no me daba cuenta de que era mi ego expresándose de la peor forma? A quiénes yo le dije que me gustaban cuando de verdad no era así? Cuántas veces creí que me gustaba alguien, e inclusive me amargaba por esa persona cuando era en realidad una forma de ego, de mal amor propio, y no de cariño hacia el otro? Tristezas por cachoneos. Frustración porque a tal pelada se la comió antes tal conocido, maluquera de que a tal pelada le guste el parcero de uno y no uno, jartera de que un día que uno no fue a la rumba la que a uno le gusta, o la pareja estuvo con tal o cual persona o se encontró con tal o cual persona... esos son algunos de los escenarios que ahora interpreto como algunos de los que a uno le pueden generar tristezas que uno padece producto de manifestaciones del ego pero que nada tienen que ver con formas que estén vinculadas a un genuino cariño hacia el otro. Es que más bien tienen que ver con un judeocristianismodemierda: es una cosa de educación: nos enseñaron a querer de ciertas formas, unas en las que el ego tiene demasiado lugar.

No, estas son tristezas sin estilo, judeocristianas, tristezas que se parecen más la a frustración. Pensarlas y llegar a padecerlas me resulta problemático por paradójico: van en contra de la forma de vida a la que me quiero adscribir. Me resultan problemáticas porque un ego así manifestado va en contra de mis ideas y posturas libertarias. Libre incluso de mí y de mis prejuicios. Manifestando el ego mediocremente uno no es libre. Esas son tristezas que me parecen indignas porque responden a paradigmas que yo siento que hay que superar: la monogamia (en el sentido de que sea considerada una regla para el amor, una condición para el amor, que la fidelidad sea un pacto... ¿por qué no pensar amores en los que la fidelidad se da, si uno quiere, pero no se pide?), la idea de encontrar la satisfacción en una persona, la de la media naranja, los celos, la intimidad sexual como la forma más profunda de hacer intimidad... y yo quiero estar más allá de esos paradigmas... y de otro pocotón de ideas preconcebidas acerca de muchas cosas, del rol del trabajo en la sociedad, del rol de los afectos y de la sinceridad y el diálogo, en fin, un pocotón de cosas que de verdad que creo que uno tiene que replantearse. Y pues ahí uno va yendo, y la vida que se piensa a sí misma tiene altas dosis de angustia.

Hace unos meses, me acuerdo, una pelada me decía que se notaba que hace un resto yo no quería a alguien de a de veras, que se me notaba harto. Yo en su momento no le creí. Ahora creo que es bien posible. Al fin y al cabo uno no puede querer bien a los demás si se quiere mal, o a través de las herramientas y medios más deplorables, a sí mismo.

Aun y no gustándole siento un poquito de pena con María porque creo que le he insinuado varias veces que de veras me gusta y tales, y pues no sé si fui o no sincero. Y pues independientemente de que ella guste de mí o no, cagada no decir verdades y tener dudas acerca de si uno dice las cosas por decirlas. Más con uno ondeando las banderas de la transparencia y el diálogo horizontal. Tengo impresión de verla a los ojos. Yo creo que me voy a hacer el marica y cuando vuelva por la bicicleta se la dejo en la portería o algo. Mientras que compongo mi cerebro para hacerme a la idea de que me parece churra, linda y coqueta. Pero que no tengo que sentir otro montón de cosas sobre ella que no son ciertas, sino que son ficciones que tejo sobre mí mismo. Como ya dije, es una cosa de ego. Uno oponiéndose a forzar las cosas con los demás y termina forzándolas consigo mismo. Pensaré en invitarle a relentizar el tiempo.

Una vez un amigo me decía que él no tenía nunca despeches, sino frustraciones espaciadas en el tiempo en relación a viejas sobre las que no se había podido venir (así decía el man). Un aplauso al parcero por ser tan sincero y franco. Al menos reconoce que para estar entuzado se necesita que -de hecho- a uno el otro le interese aunque sea un poquito.

El otro día me leí de una sentada una novela que me prestaron, es una un poco autobiográfica. Una vaina muy triste y con un sabor muy amargo. Es de dos maricones que se quieren y el mundo no los quiere a ellos, una vaina muy jodida. En un epílogo escrito por un man que conoció al autor (en pasado, porque se murió de sida) el man expresa dudas sobre el hecho de si cambiando un par de nombres un texto ya deja de ser autobiográfico y se convierte de repente en un texto de otro tipo (el man hablaba exactamente de un texto volviéndose novela, pero el punto es el mismo). Yo no sé si cambiando o usando unos nombres o fechas que alejen de uno lo que uno escribe sobre sí mismo se puede hacer que unas memorias dejen de ser memorias y se puedan volver un texto de otro tipo, "más literario", pero viendo ciertas ideas y reflexiones propias redactadas, ya claras, siento una gran satisfacción sobre mis propios pensamientos y mi experiencia de vida. Tal vez eso es lo que uno busca cuando se plantea escribir su historia: comprenderla un poco para poder compartir algo de esa comprensión con los demás. Descansaré en esta idea clara hasta el próximo ataque de incertidumbres. Ya veremos qué nombre trae.

Yo quiero ser más libre, de eso se trata. Y más transparente con las personas. Quiero amar de forma transparente a seres libres y transparentes. Me frustra lo difícil que puede serlo, pero me frustra más lo fácil y cómoda que es la alternativa.

Un fuerte abrazo.

ps.
Si esto fuese correo físico este sería el punto en el que te diría que no pongo de remitente las residencias estudiantiles de Centro Nariño, porque me tocó irme y suspender semestre porque me retiraron el auxilio de vivienda y alimentación. Pero como te escribí fue un email, lo que sí te digo es que los burócratas de la Nacional son unos comemierdas remalparidos. Ya te contaré qué tal avanzan las cosas.

25 de marzo de 2013

Sobre lo secular y el aniversario 40 del Dark Side of the Moon

En la última semana varios medios nacionales e internacionales tuvieron notas relacionadas al álbum de Pink Floyd. Al principio no le di importancia, ahora todo me sabe a una idea no definida y bastante vaga acerca de lo secular. Sobre eso y la memoria estas pocas líneas.

Termino el domingo caminando por Bogotá y pongo el álbum en el reproductor de música. Me parcho el andén y también el pasto cagado. Pienso en mis aniversarios y en los de los que me rodean, en mis celebraciones. Me acuerdo también de semana santa, el domingo de ramos. Ambos, el disco y la semana de pasión tienen como común denominador su naturaleza conmemorativa al interior (como la fiesta que se realiza y se actualiza), sin embargo son diferentes. Me gusta pensar que la conmemoración del disco es más ciudadana. Me gusta porque leo en ella una reivindicación de lo humano sobre lo divino.

Así han de ser las memorias de los pueblos. Redes no autoritarias, sin nodos de poder y dominación, de pequeñas fechas y conmemoraciones que hagan el mosaico de nuestra civilización y cariños y malestares. Yo hoy y unos cuantos recuerdan tal cosa, mañana otros y unos cuantos conmemorarán otra, mañana otro artista, en unas semanas tal vez un cineasta. Recordamos a las víctimas de los muchos y distintos genocidios, también las grandes degradaciones de las guerras, así mismo también debemos recordar, añadir a nuestro conjunto acerca de lo humano, esa nutrida red de cosas que como humanidad (iba a escribir 'especie'...) han sido dignas de trascender en medio de nuestra temporalidad.

Porque sí, me encanta pensar que todas esas conmemoraciones que se puedan hacer reivindican lo humano sobre lo divino y sobre lo mundano (aun y con lo humano siendo, como es, también mundano).

Únicamente los gobiernos totalitarios, amantes mediocres y religiones con tufillo a universalidad quieren unificar, totalizar, la memoria y legislar sobre lo que es para olvidar.

17 de marzo de 2013

Tres anotaciones sobre la locura en un diario sin fechas

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No sé dónde leí algo como 'Me gusta pasar por los cafés de los aristócratas. Son lugares extraños para mí, sin embargo los rostros de los que allí están me resultan inquietantemente familiares'. Recuerdo que hubo un momento de mi vida en el que sentí mucha simpatía por el pensamiento expresado en esa oración. Yo creo que ahora, y solo ahora, es posible que yo tenga el siguiente pensamiento: que esa afinidad con la frase se debía a una pobre interpretación sobre todo el asunto de la lucha de clases y la dictadura del proletariado.

Resalto la temporalidad de esta última reflexión porque es la prueba de que uno se mueve. Me gusta pensar ese movimiento, el de las vidas, como una cosa no lineal. Prefiero visualizarlo como el tipo de movimiento del que va en una balsa a la deriva. Uno tiene muchas vidas.

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The Trial me parece de las canciones más buenas del The Wall de Pink Floyd. No solo por ser el cénit de la obra, ese desenlace grandilocuente. Lo que sucede es que en ocasiones en esa parte que comienza craaaaaazy, toys in the attic, I am craaaaaaazy siento que comprendo un gran número de vidas. La de Pink, el protagonista, y todas las que cargo en mis hombros.

A todos les gusta el personaje del artista loco o el intelectual al que se le corrió la jeta, o el sujeto sensible con ligeras tendencias a la demencia. Pero les gusta el personaje y nada más. Todos, la funesta mayoría al menos, anhelan llegar al anochecer a sus almohadas con solo un ser tras sus ojos, con un conjunto muy pequeño de incertidumbres, con un conjunto muy amplio y necesario de certezas. Con un solo ser para dormir. A mucha gente le gusta la película de The Wall pero qué gonorrea, dicen, protagonizarla.

Al contrario yo me despierto todas las mañanas con la idea de que puede ser ese el día en el que finalmente encaje en una de esas nefastas ideas acerca de 'perder la razón'. Tras desayunar y las primeras diligencias voy retomando el aliento y entonces pienso que yo estoy  más allá de las categorías acerca de la enfermedad mental. Por ejemplo una vez después de farrearme un montón terminé carnavaleado, deshidratado y bastante vuelto mierda. Se me iba corriendo la teja. Yo creo que si en esos tres días de temblores mentales y físicos yo me hubiese ido para donde un médico este hubiese insertado mi experiencia mental (la que estaba teniendo en ese momento) en alguno de sus manuales patologizantes y medicalizantes. 

La ansiedad existencial que sentía en ese momento, una sensación de que el segundo siguiente no era una certeza y que en cualquier momento mi voltajiado (de exceso de 'voltaje', para la gente que habla bonito pero no tiene calle) corazón se me iba a parar, y la obsesión compulsiva con uno y solo un pensamiento, a saber ¿será que me di muy duro y me voy a morir?, todo eso me lo quité nadando y escuchando Bach.

Yo estoy más allá de la enfermedad mental. No digo: 'ey, amigos esquizofrénicos del mundo abandonen sus medicinas', pero casi.

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Me gusta pensar los centros comerciales como espacios propicios para la locura. Yo no tengo nada en contra de los centros comerciales. Mis maricadas anti-consumo ya no encuentran en esos lugares un verdadero motivo para quejarme. Sin embargo no son de mis lugares preferidos. Los asocio con los estériles primeros intentos de niños y niñas de tener citas y todo el cuento. Helado en creps, cine, golosinas a precio de cine.

Aunque no sean mis lugares preferidos, me parecen muy ricos en sentidos e interpretaciones. Y la locura no es más que un exceso, descontrolado, desorganizado y sobrecogedor, de sentidos, referencias e incluso de realidades simultáneas. La locura es como una vida que se siente como muchas sin las facilidades que permite la temporalidad y secuencialidad entre los hechos de las vidas 'normales'.

La locura se siente cómoda en esos pasillos iluminados con luz artificial y con caminos hechos de baldosines pálidos. Tiendas de productos "naturales" para el colesterol y otros males atendidos por chicas fumadoras encantadoras. El cubículo de la tienda de ropa infantil atendida por la señora aquella muy mayor. El cuartito de cristal en el que la vendedora mira su celular sentada en una banca rodeada de lucecitas amarillas de alto consumo y lo que parecen ser zapatos de marca.

El otro día que fui a uno entré fumado. Estando allá entré al baño y pensé que la población promedio de ese centro comercial, ubicado en los terrenos de la clase media alta bogotana del nor-occidente, serían de buenas familias cristinas y católicas que quieren pasar la tarde de viernes vitriniando y adquiriendo deudas. Ante ese pensamiento y yo orinando entró un señor muy no-perteneciente-a-ninguna-minoría-de-ningún-tipo, muy bien vestido, y yo lo vi y pensé sobre cómo ellos pensarán que es la manera más adecuada de saludar en el baño a hombres mientras estos se están agarrando los penes. Yo lo desconcerté con una sonrisa cordial mientras me lo sacudía.