9 de diciembre de 2012

Puntuación navideña

Paréntesis

'Francy' es puro nombre de cajera de banco. Pienso eso mientras le veo el carné a la mujer que tengo al frente y que está contando plata que no es suya (ni mía). ¿Qué estará pensando? Yo estoy bien. No fue tan buena idea meterme en una tarde tan bonita a un banco, pero dos niños y una niña que venían con una mujer que estaba haciendo fila (quién sabe si serían sus hijos, pero ella estaba muy buena) estaban jugando y me calmaron el ánimo. Estaban sentados en el blanco baldosín al lado del árbol de navidad corporativo (de los que en vez de adornos navideños tiene material relacionado con la marca de la empresa). Uno hacía mímicas y los otros dos trataban de adivinar qué era lo que decía. La niña estaba cagada de la risa. (De las sillas que estaban a mi derecha se paró una niña y comenzó a dar vueltas por las filas. El hermano le decía que mejor se sentara, que no molestara. Ella le sonrió y le dijo "No quiero" y se fue cerca del árbol de navidad.)

Punto

Hay noches en que si todo está en su lugar las luces navideñas acentúan el aire rítmico que de por sí tiene la ciudad, y si me dejo llevar me encanta pensar la ciudad como un gran espacio en el que confluyen ejercicios performáticos. Un puente peatonal, por ejemplo, es un claro ejemplo. Se sube las escaleras y se encuentra una estatua humana envuelta en ropas de colores opacas por el polvo de la ciudad. Apenas y se mueve, pero el tiempo de contemplarla es poco porque ya se está cruzando el puente y uno se encuentra con las tradicionales luces amarillas y rojas de los carros que pasan por debajo. Pero ahí están las luces navideñas. Y entonces la ciudad deja de ser tan fuerte y se suaviza, se permite tocar y acariciar. Ya los trancones de la autopista no son tan caóticos y más bien parece un lento puerto de concreto y ni una gota de agua. Petróleo, plástico y caucho -es decir más petróleo- y metal encallando en la avenida. Si es un día en el que el arte está en el aire se puede tener la suerte de toparse con otra estatua humana arropada en las escaleras de bajada.

Dos puntos

A mí antes la navidad me hacía sentir paradójico pero ya no. Que algunos villancicos me conmuevan al punto de aguarme el ojo no va en contravía de mi militancia anti-metafísica -que no incluye ateísmo militante, por cierto. La explicación es simple: me reconozco como sujeto de transición. De los que tienen que encontrar su camino desde la orfandad cósmica hasta una reinvención del ritual desde una perspectiva secular. Allanamos el camino para que en un futuro no muy lejano los bautizos sean reunión de familia y amigos en parques en los que se lea poesía de García Lorca y Lord Byron entre otros y se le dé la bienvenida a una nueva persona a una vida jodida pero hermosa.