10 de noviembre de 2012

Vida

Vi a una chica tatuada debajo de unas luces. Al principio me cautivó, pero después me pareció simple y gris en medio de tantos pigmentos coloridos sobre su piel. Cómo es la vida de chistosa. Encendí un porro en medio de la pista de baile y dos de las amigas de la tatuada me dijeron que eso cómo olía de rico, que si les compartía. Después de hablar con ellas me olvidé por completo de la tatuada (aunque no de su nombre, que sus amigas atinaron a decirme antes desplazarla en la lista de deseos). Me llamó la atención entonces otra chica, la amiga. De ella no tengo el nombre, pero me acuerdo qué estudia: arte, universidad de los Andes, quinto semestre. Ahí todo fue risas. Le conté que me parecía encantador pelar frutas justo después de trabarme. Especialmente mandarinas y que uno sienta el ácido tocarle a uno el rostro. Después de un rato la amiga de la artista se perdió (no la tatuada, otra, una pelirroja encantadora pero que tenía la cara como de cansada) y esta se puso como paranoica. Lo vi en sus ojos dilatados y sus teticas pequeñas. La mariguana había hecho efecto y le entró medio asustadora, como cuando uno de repente ve todo sin máscaras. Me pidió que la acompañara a buscar a su amiga. Nos separamos. Yo fui a orinar en el baño y allí casi me derrito. Cuando salí la niña artista estaba bailando con un tipo que parecía haber tallado sus pectorales a punta de hacer pesas con chivos. La tatuada estaba bailando con otro, por allá lejos, a la pelirroja no la vi. Y yo acá, tan cerca de mí.

Después de un rato lo entiendo mejor. La posibilidad de convertir todo espacio en uno político, en uno de lucha. En medio de la pista de baile, solo, bailando solo, refresco mis luchas. Por supuesto yo lucho por todo lo normal: que se pueda votar, las libertades civiles, la autodeterminación. Pero hoy es con la farra, la fiesta en pie de lucha, con lo que le doy contenido a esas ideas. Me agarra un pensamiento que no me suelta por el resto de la noche. Pienso en mis alumnos de noveno, y en la posibilidad de que en cinco años a ellos los esperen estos espacios de fiesta, diversidad y libertad. Hoy le doy contenido a los lemas de mis luchas pensando que yo lucho por las vigencias futuras, y para que ellos en unos años puedan participar de espacios como este. Me parece maravilloso que estas fiestas los estén esperando. Que se puedan creer enamorados de una dulce niña de risos que los rozó accidentalmente, o que bailó con ellos porque no había con quién más. Tenemos derecho a eso. Nada más democrático que construir ficciones en sonrisas ajenas.

Fracasé de tantas formas, todas maravillosas. Al principio de la noche un amigo le quería dar un stiker a una pelada a la entrada del bar. La vieja le hizo el feo, y yo supe que esa noche iba a ser de puro espíritu punk. Fracasé de tantas formas, todas maravillosas. Tantos significados a mí alrededor, tantas vidas e historias propias. Me encomiendo al jaguar del poder latino y me quedo sintiéndome parte de algo más grande que yo. Anoche era una noche de no futuro, pero entonces la vida va y nos deja viendo un chispero cuando sigue como si nada, tan campante. Nos enseña sin que nosotros sepamos que estamos aprendiendo. Tantas historias significativas por sí mismas. No importa que la artista no me vaya a dar su número, no importa que no se lo vaya a pedir. No importa que ella piense que mi sonrisa es un poco sombría y que solo me vaya volver un olvido difuso. Tanta vida, jueputa, tanta vida.

Le cuento rápidamente todo esto a un man que acabo de conocer cuando ya encienden las luces del bar y se acaba la fiesta. Le digo que qué gonorrea, que hay mucha vida alrededor. Le cuento de la artista y se la señalo y me río, ¡si tuviese su número no habría diferencia! Esa certeza me golpea con gracia. Tan frágil y fugaces que somos todos. El man me dice que es muy bello lo que le digo, y que la vida nos reunirá en un café de nuevo. Lo abrazo y le digo que sí, que yo también lo creo. Me despido del parche de una sola noche, miro alrededor y me largo.

Me voy caminando. Vivo lejos pero no importa. Estoy montado en el BAAL. El BAAL no es más que una imagen que me gusta. Es de un libro que desarrolla una historia en un lugar parecido a Bogotá pero que no es Bogotá. En ese libro uno de los personajes invita a los otros a ir de viaje en el BAAL, el «Bus Amarillo de Ácido Lisérgico». No entiendo por qué dicen que es amarillo, pero mientras amanece en el parque en el que estoy pienso que debe ser algo relacionado con el color amarillo bonito que cogen los ladrillos con las primeras luces de la mañana. Tanta vida, jueputa, tanta.

Voy caminando y paso por una reja cubierta de pinos. Paso la mano por el follaje y se me llena del aceite del pino y de su aroma, uno que a la madrugada se hace más fuerte. No necesito nada, ni un número, todo es tan azaroso como un cruce de caminos.

Tal vez estoy hablando mierda y solo idealizo a la chica artista a la que no le pedí el número pero que a lo mejor no me lo daría. Tal vez es solo eso. O a lo mejor estoy descompensado y ya.

Pero también hay otra posibilidad. Hace noventa y nueve noches masacraron a diez campesinos en un pueblo colombiano con nombre bonito. Una granada estalló sus cuerpos, sus fibras, y las esparció por el suelo. Tan frágil que somos, nuestras fibras y nuestros poros. Y si así de vulnerables somos, por qué no aprovecharlo para llenar los espacios entre esas fibras y esos poros con otras energías, con otras alegrías. Con literal amor desconocido. El más sincero amor al prójimo. Hace noventa y ocho noches conocí a una mujer de la que no sé el nombre pero sé que estudia arte.

Ningún momento más histórico que los momentos en los que hacemos nuestra historia.

Tal vez alguna mandarina en algún lugar alguna vez haga que alguien me recuerde vagamente.

O tal vez no. Igual no importa.

Tanta vida, tanta.