7 de octubre de 2012

Cartajena

Una amiga mía que se está haciendo la ortodoncia me contaba que el otro día la médica le contaba -'consternada', me dijo- sobre un paciente que se le había muerto.
-Sí, imagínese. Se murió. Y yo dizque en ortodoncia y salud oral para no lidiar con muertos, decía.
Resumiendo el cuento, un paciente suyo había ido a ponerse la ortodoncia, fue a un control, fue a dos, faltó, se acabó el año, la doctora se fue para Cartagena de vacaciones, volvió, pidió que la clínica se comunicara con el paciente para indagar el motivo de sus ausencias, y una enfermera con cara de tragedia le anunció que el muchachito (veintidós) se había muerto.
-La mamá no me contó qué había pasado, anotó la médica.
Mi amiga debió parecer bastante sorprendida pues, me contaba, se había quedado con la boca abierta incluso después de que la doctora terminara de trabajar en ella. Lo último que escuchó antes de acercarse a la caja a pagar la cita fue un chiste de la enfermera acerca de ajuiciar a los pacientes diciéndoles que en esa camilla se había sentado un muerto y que justamente se había portado mal en la última cita. La enfermera era costeña (pero no costeña-costeña, sino costeña de esos municipios de negros pero que están en Antioquia limitando con Córdoba, zona full paraco).

El fin de semana pasado jugaba baloncesto con un parcero y en la otra mitad de la cancha había un hombre adulto con una mujer medianamente joven, y otra mujer, que llegaba a duras penas a la adolescencia.
-Sabe qué sería más bacano de que fuese un papá jugando con la hija y la esposa? Que fuera un padrastro jugando con su hijastra y la mamá de esta. No?
-Sabe qué sería más aterrizado? Que fueran madre e hija y el Padre del barrio vecino.
A continuación se echó la bendición y entendí a qué tipo de Padre se estaba refiriendo.
Maldito. Lo odié en ese momento.

Todo es una equivocación. Un enredo que da cosas medianamente cohesionadas que nos permitimos aprehender y captar como ideas.
Si yo escribiera un libro de una mujer, mezclaría en una idea a dos personas y le llamaría Carolina. Una mujer cuyo nombre tenga cuatro sílabas tiene que ser interesante. El lenguaje es así de caprichoso.
Sería muy cuidadoso describiendo su ombligo. Pero sería una descripción que dejara claro que el narrador -de hecho- no ha visto el ombligo en cuestión. La haría protagonista de viajes alrededor del mundo. La haría encontrarse en un retrato colgado en el museo Albertina.
O asoleándose ese bello culo en las playas de Cancún.
O llorando en una habitación, aburrida por un invierno norteamericano desgarrador.
Lo escribiría de tal forma que el lector supiera que aunque proyecto y envío a mi personaje a latitudes lejanas a mí, temo (con genuino temor) encontrármela en la esquina saliendo a comprar huevos para el desayuno al medio día.
La haría confusa y ambivalente.
La haría mía, pero como al libro.
Haría ese libro mío, pero no de mi propiedad.
Confuso y ajeno.

Organizarse el día cada día requiere la mente dispuesta como está dispuesta para entender un juego de palabras.
El otro día miré por la ventana y vi a unos jóvenes, una pelada como de trece y un pelado un poco más grande, pidiendo dinero en el semáforo de la esquina de mi casa. De repente me dio mucha desazón y me sentí muy mal. Es la consciencia social, pensé.
Pero no.
Era guayabo.
Confuso y ajeno.

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