4 de septiembre de 2012

Un cuento sobre la reconciliación

Una vez cuando estaba en el colegio, por donde se acaba Bogotá hacia el norte, el barrio Lijacá y alrededores, caminando con un amigo nos encontramos a un par de pelados con rasgos indígenas. Nos preguntaron que cómo cogían para la calle 80, que buscaban la Escuela Militar. Les indicamos que cogieran transmilenio. No pensé en esa escena durante muchos años hasta hace pocos instantes en que camino a la Universidad un muchacho me preguntó si el bus en el que íbamos paraba en la estación Escuela Militar. El muchacho no tendrá más de 23 años. En sus manos llevaba un sobre de manila. Con documentos para aplicar a la Escuela, me imaginé. Tal vez se quiere enlistar. Lo vi y le respondí que sí, que sí paraba. A continuación pensé que en unos meses si nos encontrábamos en un contexto en el que yo fuera -única y exclusivamente- 'estudiante' y el un 'soldado' -también única y exclusivamente- nuestra relación sería muy diferente. Conflictiva y prejuiciosa en el mejor de los casos. Qué difícil es pensar el mundo en bandos.

La otra noche me acerqué a los conductores de los bicitaxis que se parquean cerca a mi casa. Necesitaba fuego y estaban reunidos conversando y uno de ellos estaba fumando. Me quedé escuchando la conversación que tenían, hablaban del servicio militar. Se estaban riendo, a dos de ellos se los habían llevado de Ciudad Bolívar y se reían porque contaban que en el barrio nunca cogieron malas mañas ni metían vicio, pero que tras los primeros tres meses de adiestramiento de una se pegaron a la mariguana. Nadie habla de lo que pasó después del servicio militar porque esencialmente no pasó nada. Un gran apagón. El servicio a la patria que sí fue y la vida después que no.

Llego a mi portería pensando eso. Saludo al paisa. No sé si sea paisa, le dicen así. Recojo en mi memoria diferentes porteros que ha habido en los diferentes lugares en los que he vivido, o con celadores con los que haya conversado alguna vez. Puede que la memoria me engañe, pero tengo la impresión de que el relato mayoritario entre los celadores era siempre el mismo: gente de provincia, con bachillerato, prestó servicio militar y ya. Toda la oración da contra ese 'y ya' como un camión a toda velocidad contra una pared. No hay nada para los héroes de la patria que promocionan en la radio. Una ayuda para ingresar a educación superior, programas para pequeños empresarios y emprendedores, lo que sea. Pero no una patadita en el culo y una muda de ropa, eso no, malparidos. A la gran mayoría les queda una vida de adulto joven que mantener y con los afanes propios de la ignorancia cotidiana, de ese nocivo analfabetismo funcional tan característico de nuestra ciudadanía. Ahí queda el mercado de las compañías de vigilancia en las ciudades capitales, sus bodegas, sus edificios, sus bancos, sus urbanizaciones, sus centros comerciales, sus propiedades privadas, sus parques con horario y reja. De la selva a la caseta.

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Si llega la ocasión en que la construcción de mejores mundos se choque con los obstáculos que presentan las circunstancias, la "realidad", habrá que recordar que el pensar mejores sociedades, más justas y el ideal de ser mejores personas responde en gran medida a una tarea de la imaginación.