8 de agosto de 2012

Las voces (del sistema) en la cabeza

Uno se puede imaginar estar loco, el único requisito es no tener miedo. Asunto de máxima complejidad esa tarea: se trata de imaginar que uno está teniendo ciertos pensamientos. Muy a menudo pasa que encontrándose uno desarrollando dichas ideas, se asusta de sentirse en el papel, de sentirse convencido. Rápidamente devolvemos la película y volvemos a la tranquilidad mental de los bien pensantes.

Me acordé de eso la otra noche. Llegaba al edificio y subí por las escaleras. Pasé al frente del apartamento de una niña que me parece muy bonita. No tendrá más de dieciséis años, incluso menos, no lo sé. Pensé en lo fácil que sería sentarme en las escaleras mirando hacia esa puerta y nada más. Sería pan comido comenzar a hacer bitácora de las rutinas de ella. Pensarla en demasía. Imaginar que me llama aunque no me nombre y hacerle saber que lo está haciendo. Me quité el audífono izquierdo para probar mi suerte y mirar si tal vez estaba de suerte y me estaba llamando. Obvio no.

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En ocasiones pienso que hacerse de una personalidad, en este mundo tan setentahijueputa, es como cuando uno compra una biblioteca y se pone a organizarla. El resultado final está bien para uno, bien, pero hay días en que uno termina pensando que la biblioteca de tal o cual amigo sí que es linda, sí que es bonita, y uno le ve un encanto que en lo propio no haya ni de fundas en los días malos. Y es un pensamiento tenaz porque uno piensa que la biblioteca del amigo aquel salió, desarmada y simplona, de una caja similar a la propia. De alguna manera en el proceso de hacerla, los decorados y el papel de colores que le puso -y yo también- adquirieron un brillo especial que yo no conseguí.

Ese sí es un pensamiento de locos, demencial. Y por eso es que al mundo lo describo con esa palabra tan larga. Le doy por el culo al mundo con esa palabra y ojalá, bien larga que está, le rompa todo por dentro.

He aquí lo macabro: a esos pensamientos, tan constantes como cotidianos en refranes sobre el color del césped del vecino, no les tenemos miedo. No vemos gente haciendo fila en los consultorios de psicólogos para decirles "Doctor, pienso que los otros tienen mejores vidas". Claro, lo hacemos de una manera: desarrollamos manías, obsesiones, memes estúpidos, pero lo sustancial, que esos pensamientos nos los meten hasta por los poros, no se declara como el enemigo que es, la enfermedad mental que tenemos que aniquilar.

Me quedo deseando a mi vecinita, y pensando que mi biblioteca es bien bonita.