2 de julio de 2012

Una noche en la URI

Segunda parte.

Me resulta muy difícil describir un calabozo. Ya usar esa palabra me parece algo extrañísimo: no me es familiar, no la uso en mi cotidianidad. Pero hay que usarla porque no hay mejor manera de describir el lugar: es el calabozo de la Unidad de Reacción Inmediata de Paloquemado, Bogotá. Muros de roca (no de concreto), de roca gruesa, porosa, intimidante e irregular. Cuatro rejas y una puerta metálica oxidada resaltan entre la roca. Lugar para dormitar de los varones (dos espacios, uno en la pared opuesta al de las mujeres y otro en la pared opuesta a la puerta por la que se entra), lugar para dormitar de las mujeres y habitación para rueda de reconocimiento (en el extremo derecho de la pared opuesta a la de la puerta por la que uno entra). Hay una cuarta puerta metálica, por la que se entra, está dividida en dos partes y da a la oficina de los funcionarios de la Fiscalía que cuidan el lugar.

Los lugares para dormitar no merecen ser llamados "dormitorios". Los catres salen de las paredes: planchones de concreto que salen de la roca porosa, para hacer de camarote de dos pisos cada 80cm. No son cama de ladrillos, tampoco de roca. Se asumiría que el concreto se usó pensando en hacer los planchones lo más lisos, lo más uniformes posibles para hacer parecerlos camas. Sin embargo asumir eso es darle crédito a las autoridades penitenciarias de Colombia. Los planchones son irregulares, con grumos de cemento por toda parte, brutales con los riñones, la suciedad de las camas (porque así le llaman en todo momento de la cadena de mando) riñe con el frío que producen en el cuerpo. Ambos hacen de dormir algo posible solo para borrachos semiinconscientes. Algunos de los que están allí han optado por usar las cajas de icopor de los almuerzos que les dan, como colchón. O más que como colchón, como una capa intermedia entre el frío del planchón y el calor que se pretende alcanzar en el cuerpo. No es cosa de comodidad, es cosa de hipotermia.

Cuando abren las rejas del lugar en el que se duerme, y se puede estar en el espacio del medio, el "comando" (así le dicen al guardia) deja bien claro que los hombres no pueden acercarse a la reja del calabozo de las mujeres (la cual siempre permanece cerrada). Justo esa noche, ya con las respectivas rejas cerradas, entre uno y otro lugar se hacía un diálogo permanente. Habían capturado a una pareja de jóvenes. Por robar ("hurto") en un centro comercial. Hablaron durante toda la noche. Se oía durísimo, las voces hacían ecos. Nadie molestó por el ruido porque muy pocos estaban durmiendo. Unos estaban simplemente acostados aguantando el frío. Otro, también por tener mariguana encima ("porte y tráfico de estupefacientes"), en bermudas, intentó hacer su camisa lo suficientemente grande para que todo su cuerpo, comenzando por sus rodillas, cupiese en ella. Otros, un poco más lejos, hablan de lo que han hecho -qué fácil y por tanto qué engañoso sería decir aquí que hablaban de sus "crímenes". El robo, la roche para la cabeza, la pobreza. La idea de que el país los pateó. El nuevo que llega -¿qué hay para la cabeza? pregunta a coro la gente-, tal vez hay suerte y alguno logra meter un bareto. Pero si no hay bareta todo bien, hablando también se forman lazos. Así nos relacionamos, logramos sentirnos un poquito personas. 

La pérdida de la dignidad en el proceso judicial es el común denominador en los diálogos ("esos tombos son unos hijueputas"). Nos tratan como perros. En algún punto entre que nos leen los cargos y la policía nos pone sus manos (las esposas) encima, hasta el momento en que nos toman huellan digitales, la humanidad se pierde. El lugar de reclusión es una prueba de ello. Un calabozo hecho pensando en amedrentar, en asustar y someter. No es este un espacio de justicia. La única presencia del Estado en ese calabozo son dos teléfonos de la ETB (Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá). Los baños son humillantes. El olor a mierda y orina es tan intenso que se alcanza a especular sobre si se han metido en los poros de las rocas que hacen de pared. Tres cisternas separadas por cubículos que parecen hechos para la selva. No es un baño digno. Es incomodar al punto de amedrentar. Al punto de doblegar, de hacer saber que se está en una situación de desfavoralidad. Es buscar quebrar el espíritu.

En el cambio de turno de las seis de la mañana el nuevo comando aprovecha el conteo para informar que él no va con maricadas. Que si jodemos de alguna forma, nos encierra en los lugares para dormir sin abrirnos para ni mierda. Finalizó con un claro: "Y si les da ganas de orinar, pues paila". Entre las cosas que joden al comando están que nos acerquemos a la reja de las mujeres, que golpeemos la puerta metálica que da a su oficina, o que comencemos a hacer preguntas estúpidas como por ejemplo que a qué horas es la audiencia, o si ya llegó el abogado defensor, o que si hay un juez de garantías de turno. Preguntas maricas, señores, preguntas maricas. Me sorprendió que cuando un hombre hizo un chiste sobre un tipo joven que -por algún motivo que no deduje- estaba encerrado en el cuarto de las mujeres, el comando reaccionó con un sonoro ¿muy chistosito? abajo tengo un cuarto pequeño y oscuro donde se puede reír si sigue haciendo chistes.

El desayuno es un pan con una salchicha y un vaso de chocolate caliente. Desde ahí conversamos todos, nos vemos las caras, nos contamos las imputaciones y la letra menuda de los hechos. Las carcajadas también.
-Parce, el man con el que está mi exesposa me le pegó a mi hija de dos años y paila, me tocó meterle la mano. Y como la nena se puso a defenderlo a él, pues paila, empujándola le metí un manazo y... "lesiones personales". 
-Un tipo le cascó a mi esposa esta madrugada. Y yo de un solo puño lo dejé boquinche. Y paila: "en flagrancia", un policía me vio.
-Yo me robé tres chap-sticks y me pillaron. Yo ofrecí pagarlos, pero ni modo, el tipo no tranzó y ahora no sé qué va a pasar.
-Yo le había jurado al divino niño que no iba a volver a robar, pero paila. Acá estoy. Y me alcancé a sacar dos chaquetas del Falabella, pero en la tercera perdí el año.
-Yo por mariguana, 40grms.
-Yo también por mariguana. Pero un moñito de mil sino que los tombos se me enamoraron y querían cumplir con la cuota de la noche.
-Yo tenía un puntico de mariguana, y no, acá me trajeron. Porque me cogieron al ladito de la L y paila, me llevaron en la mala.
-Perrito, yo no más tenía un baretico de 100grs
(risas y eco de risas)
-Yo ando acá porque me cogieron con dos periquitos. Una maricada, justo ya me iba a ir para la casa y tenga.

La mayoría de los que están lo están por cargos de droga, "porte y tráfico de estupefacientes". Mariguana más que todo. La mayoría estamos entre los 19 y los 24. Gente joven, normal. Iban para Rock al parque. Íbamos para Rock al Parque. Toca ver si se alcanza.

La reflexión política nos abarca en nuestra calidad de cómplices. En la cárcel soy un burgués. Sí, mucho chirrete, mucho ladrón, mucho caso perdido. Y acá estoy yo. Y como yo, otros que se salen de la regla. Pero acá la mayoría son miembros del club sin futuro. Unos van a modeliar (ya están condenados y van para la cárcel Modelo), otros están cruzando dedos para que se les hayan borrado los antecedentes ("porque así es más difícil que un fiscal decida dejarlo en libertad a uno"), otro está confiando que el tipo al que cascó a la madrugada no se vaya a presentar a ratificar el denuncio. Pero en ese calabozo, alrededor del chocolate, todos somos iguales. Atrás queda la sensación que se tuvo al ingresar al calabozo la primera vez, acá todos somos desconocidos, pero bueno, todo bien. "Acá todos somos un poco malos, pero también buenos", dice un buen tipo que se llama John. Él es de los que va a modeliar.

Mientras dormitamos aprovechando el calor mañanero del calabozo llega un peladito. Si no fuese por el hecho de que estábamos justo en ese lugar, uno para judicializar personas mayores de edad, nunca hubiese adivinado que ese pelado tenía dieciocho años. Cabello corto, blanco, caribonito. Un niño. Se acuesta en una de las planchas y le preguntamos que por qué está aquí. Responde que por "hurto agravado". Nos explica que se robó un celular y le punteó la mano a la niña que lo tenía. Él está ahí de paso. También va a modeliar. Él -cómo es la vida de tremendamente hijueputa en ocasiones- está en ese calabozo esperando a que la Registraduría le saque de emergencia la cédula de ciudanía. Tiene dieciocho años, pero recién cumplidos. Ni cédula ha sacado. El pelado se acuesta y la luz del sol le hace brillar los ojos. Están rojos, llorosos. Tal vez no quiere llorar y dar papaya. Le pregunto que a hasta qué grado estudió. Me dice que hasta sexto, pero que se aburrió. No quería volver y además la maestra no lo quería. Eso último tuvo en mí un efecto mucho más devastador de lo que el muchachito hubiese podido prever. La anécdota es dura. Le esperan entre tres y cuatro años de prisión. Otro pelado se para de su planchón y le hace un chiste sobre la posibilidad de que vayan a ser vecinos de celda. Él también va a modeliar, también hurto agravado. John le hace un comentario sobre lo desconcertante que es escucharlo hablar sobre su sentencia con una sonrisa en la boca. Él levanta los brazos. Quién sabe en qué estaba pensando John en ese momento. Él va siete días en esta celda. De veras no puedo imaginar qué sería estar encerrado en ese lugar durante siete días. Desde la noche anterior que hablamos yo me enteré que él iba a pagar cárcel, pero solo hasta ese momento lo vi como un muchacho que estaba por pagar cárcel: asustado, frágil, vulnerable y temeroso. "Los hombres también lloran" balbucea mientras rompe en llanto y maldice a un gobierno y a un Estado que nunca, hasta el día en que lo encarceló, le aseguró tres comidas al día.

Con John he tenido oportunidad de hablar bastante durante las últimas 14 horas. En esta última conversación, iniciada por la coyuntura del muchacho de 18, se terminan por materializar nuestras polémicas. -¿Y usted sí cree que el mundo se puede cambiar?- me pregunta. Me señala hechos en el mundo para mostrarme la imposibilidad de esa empresa. Me señala al niño de 18 años a quién no le caía bien la educación pobre que le dieron y desertó; me señala al joven ladrón que cuenta que ha buscado salirse ya varias veces, pero que igual no consigue trabajo por los antecedentes. Y así se mantiene el círculo vicioso. Sin trabajo, sin posibilidad de reinsertarse y rehabilitarse "en la legitimidad", se genera antecedentes que lo remiten a su condición de permanente desempleado. Así no se puede. Me señala cómo las prisiones son escuelas del crimen en la que se entra como niño y se sale como matón. Con los ojos rojos me describe su futuro viendo el sol entre barrotes.

Con mis descripciones no pretendo explicarlos. Pero si entenderlos buscando entenderme y entender nuestro contexto. Nuestras profundas fallas como sociedad. "Se me perdió el sol" dice una pared rayada en uno de los calabozos-dormitorios masculinos. "Se nos perdió el norte como sociedad" pienso yo al salir del lugar, al despedirme de John y su diente frontal roto de un fraternal abrazo.

**

La mayoría de las personas que estaban allí lo estaban por crímenes relacionados con tenencia y consumo de drogas. A excepción de tres personas (entre las que me incluyo) todos estaban con cinco, seis, ocho gramos de mariguana. Moños pequeños. Pero tenían un cierto perfil, uno de vulnerabilidad económica. Los suben en el camión para cumplir la cuota de la noche. Lo hacen haciéndolo parte de un proceso de reducción de la dignidad de las personas. De aplastarlas y hacerlas sentir peor que la mierda. Los presos no son ciudadanos. Me leen mis derechos, pero no es más que una mala broma. Comienzan por violar la dosis personal, comienzan por violar las propias sentencias Constitucionales.

Ahí está en su máxima expresión múltiples relaciones que salen y derivan en la llamada "guerra contra las drogas", sus implicaciones, imaginarios y presupuestos. Jóvenes sin mayor crimen que tener un perico en el bolsillo o fumarse un porro, a puertas de ser juzgados, siendo obligados a ser parte de una experiencia denigrante, impactante y absolutamente innecesaria. Estos sujetos, los que no pueden salir rápido, "los nadies", tan bien definidos, no se vuelven otra cosa que procesos archivados y represados. Huellas en hojas de vida. Y en el peor de los casos, terminan siendo huéspedes de los pisos de nuestro miserable sistema penitenciario. Un sistema que no se piensa para la rehabilitación y la reinserción en la sociedad, sino para el olvido y el desprecio. La tierra de nadie en donde se está en un estado medio entre la animalidad y la humanidad. ¿Dónde están los talleres, dónde están los trabajos pensados en la rehabilitación de los sujetos? ¿Las carreras técnicas para la profesionalización de la población carcelaria pensando en su reinserción funcional en la sociedad? ¿Dónde están las garantías laborales para los jóvenes con antecedentes de delitos menores o relacionados con drogas? ¿Dónde está la justicia sino como un concepto macabro que sirve para justificar profundas y traumáticas humillaciones a los derechos de las personas? No hay tales programas, no hay tales iniciativas. La guerra contra las drogas y la llamada guerra contra el terrorismo (unidas en nuestro contexto nacional de una manera tan singular como macabra) saturan nuestros sistemas penitenciarios y penales, reduciendo las vidas humanas a "resultados", "positivos", "la cifra de la semana". En esta semana de Rock al parque haremos tal vez parte de la estadística sobre los estupefacientes incautados en la fiesta musical de Bogotá. Asistiremos en los próximos días a los titulares que usarán estas cifras para pedir de una vez por todas la clausura de semejante farra para desadaptados drogadictos. Y los desadaptados no son nuestros gobiernos, que encarcelan jóvenes en vez de educarlos. Que invierten dinero en complejos militares y penitenciarios en vez de instalaciones de educación y mejoramiento de la excelencia.

Fernando Savater en su libro "El valor de educar" hace referencia al sistema penitenciario en una democracia de una manera muy singular: como la contracara, el rostro del fracaso, del sistema educativo. En el marco de la guerra contra las drogas, con los paradigmas de prevención e interdicción usados ambigua y dañinamente, esta dicotomía adquiere un valor especial. Es errónea la visión política que hace que un país desarrolle sus políticas intentando aplacar efectos de causas que han sido históricamente ignoradas. La gente, si tiene hambre, seguirá robando. Es tan simple como eso. Y claro, desde la comodidad del sofá urbano (moral en muchos sentidos) es fácil pensar lo contrario.

En mi caso todo salió bien. Una "anotación". Pero no dejo de pensar -con un compromiso renovado- en la necesidad de repensarnos nuestra sociedad estructuralmente. Los olvidados, los pobres, los miserables, la estadística..., úsese el nombre que se prefiera, pero ese gran espectro del país que desaparece tras el titular que se vuelve costumbre, tras la cotidianidad que se da por sentado, es, de hecho, muestra de las condiciones sociales y políticas que nos han impedido avanzar. Inequidad social, educación de pobres y de ricos, políticas criminalizantes y prioridades de Estado criminales, desatención de las problemáticas sociales desde enfoques integrales y no policivos..., y otros tantos elementos que porque los olvide mencionar aquí no dejan de existir.

A John le respondí que no sabía si el mundo se podía transformar o no. Pero también le dije que lo que sí sabía era que si perdía la esperanza de que eso, transformarlo, era posible, mi salud mental se iba a ir por el retrete. Le dije que en un escenario tal no sabría que hacer conmigo mismo, con lo que he hecho de mí mismo y con la manera en que me he caracterizado. Le dije que en un escenario tal no sabría qué hacer ni con mis quereres ni con mis tristezas. Le dije que en definitiva un escenario tal significaría para mí mutilar gran parte de mi energía vital, y que algo semejante lo descartaba de entrada.

Con energías renovadas. Hay que trabajar. Hay que hacer, hay que transformar. Seguimos.

Vamos a ver si alcanzo a ver a Charly.

11 comentarios:

  1. si muy interesante.. y todo.. pero y la causa del canazo.. ??? la reflexión sobre el dar papaya o exponerse cuando se conoce la norma... la descripción del acaptura y el debate con el policia y los arguments.. eso pedazo falta..

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    1. Listo, patrón! http://quiensefijaenlaventana.blogspot.com/2012/07/una-noche-en-la-uri-ii-los-hechos.html

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  2. yo he estado en esos mismos calabozos hace bastante tiempo... supongo que no es mas que otra estrategia del miedo...porque espera la policia a la salida de la L?...porque tanto niño robando?...cuando se dara cuenta la elite economica que oprime al pais que es mas practico y seguro dejar que los recursos fluyan para todos?..cuando nos dejaran de tratar como incapaces de gestionar nuestra propia salud?

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    1. Lo que usted dice es muy cierto. Son estrategias para conseguir resultados que mostrar. Sin ningún tipo de interés en el largo plazo o en de veras hacerle un bien a la sociedad o al individuo. Muy dura la situación, de veras.

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  3. Me dejaste impactada. No solo estoy de acuerdo con la legalización, sino que estoy convencida de que el sistema penal de este país no está enfocado a conseguir resultados que nos interesen como sociedad ni que podamos tolerar como seres humanos.
    Vení, ¿menos de 24 años, en serio?

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    1. Que importante eso que dices sobre resultados que no podemos tolerar como sociedad. Se trata de que la sociedad no mira para allá: el sistema penal del país es un gran hoyo negro en el que las personas no se fijan normalmente. Este texto (http://www.druglawreform.info/es/publicaciones/sistemas-sobrecargados) describe muy bien la relación "guerra contra las drogas" y sobrecarga de los sistemas penales. El capítulo para Colombia lo hicieron investigadores de DeJusticia y es de veras bueno.

      Y sí, menos de 24 años! jaja.

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    2. En 2004 nos mostraron unos informes de la Corte Constitucional, con videos y todo, sobre la sobrepoblación carcelaria y las condiciones indignas con que vive la gente allá. Es una cosa horrible, estremecedora. Gente durmiendo al lado del sanitario porque no hay más dónde, presos llamando durante días a los guardias para que recojan muertos que no se han querido llevar.
      Es muy impresionante que ni siquiera podés decir que es un sistema de venganza por delitos cometidos, por más ridículos que te parezcan los delitos y desproporcionadas las penas, ya que la mayoría de la gente que está encerrada no ha sido condenada, apenas la están investigando, gente que dizque se presume inocente.
      Que la gente no piense que un día pueden ser ellos los encerrados indigna e injustamente dice mucho sobre la realidad de la presunción de inocencia.
      Ojalá un candidato a la presidencia dijera que quiere trabajar por la población carcelaria y la gente se diera cuenta de que dice algo bueno.

      Ve, y lo de que sos menor de 24 años me tiene muy impresionada.

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    3. Sí, yo creo que el hecho de que como sociedad decidamos dejar de ver hacia las cárceles y al sistema penal en general es muy significativo. Es curioso que temas como ese y la política de drogas, apesar de ser en muchos sentidos horizontales a muchísimas dinámicas del país, son completamente ignorados. Supongo que el hecho de que eso sea así es favorable a las lógicas del poder. No sé cuál es la jurisprudencia de la Corte Constitucional en esa materia, pero si se hizo una sentencia para declarar que los desplazados estaban en un estado de cosas inconstitucional, no veo motivos para no decir que a la luz de los DD.HH. y la ley colombiana, las cárceles colombianas también lo están.

      Y bueno, el hecho de que estés impresionada lo tomo como un tremendo halago. :)

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  4. Aquí la segunda parte de esta entrada http://quiensefijaenlaventana.blogspot.com/2012/07/una-noche-en-la-uri-ii-los-hechos.html

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  5. Una cosa curiosa de Colombia es que acá se justifica al delincuente por la víctima: "Si le robaron el celular es porque dio papaya", "La violaron por tener minifalda" , "¿Quién lo manda a andar por la calle solo a esa hora"... Y usted cae en el mismo error, "Son ladrones porque el Estado no les da educación", "Están encarcelados porque hay desigualdad social y pocas oportunidades"...

    ¿No cree que es hora de decir la verdad? Que están presos por robar a gente que honestamente trabaja y consigue sus cosas, que abusivamente y usando la fuerza despojan a una persona de bien del fruto de su trabajo, que consumen sustancias que perpetúan la violencia y la ignorancia, que cada gramo de droga que compran es seguir promoviendo un negocio que promueve la violencia, la muerte, las pandillas, la delincuencia, la cultura de la plata fácil.

    Obvio que es necesario pensar en un sistema donde la educación sea prioritaria, donde no haya que usar plata para corregir el delito si no para prevenirlo, pero mientras logramos eso es responsabilidad de todos ser sinceros, dejar de ver a un delincuente como una víctima, dejar de justificar los delitos con excusas pendejas y mamertas que no son ciertas.

    Ser pobre y no tener un acceso a la educación como los ricos no es excusa para ser delincuente, si fuera así ninguna persona de bajos ingresos podría progresar y usted bien sabe que así no es.

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    1. Saludos Miguel.

      Yo no pretendo entrar a justificar delitos. Tampoco prentendo hacer "excusas pendejas y mamertas" para hacerlo. Creo que usted entendió mal el sentido de lo que yo quería comunicar. Yo abogo por una comprensión más amplia sobre la problemática social de este país, sobre repensarnos las categorías que usamos para describir nuestro entorno y a quienes nos rodean.

      Varias cosas tengo que aclarar:

      1. Estoy en desacuerdo con esa idea de "sustancias que perpetúan la violencia y la ignorancia". Yo le invito a que reconsidere esa posición en sus propios términos y en sus propios pensamientos. ¿Acaso las drogas sumergen en la ignorancia? ¿Acaso las sustancias psicoactivas perpetúan la violencia? La prohibición y la guerra contra las drogas son políticas que han generado unas condiciones críticas en términos de salud y derechos humanos alrededor del mundo. Uno debería ver esos datos y empaparse de esa información antes de sacar frases/lemas de posiciones reaccionarias. Nada de lo que usted dice que "promueve" el negocio de las drogas es cierto. Un análisis más cuidadoso, un pensamiento más atento, incluiria esos elementos como efectos de la fallida guerra contra las drogas, no de las drogas en sí mismas.

      2. Usted opone "personas de bien que trabajan" a "delencuentes que no son víctimas". Yo no estoy de acuerdo con eso. Obviamente es injusto el robo y no voy a entrar a justificarlo, pero reducir a la persona que roba a un "delincuente" sin más, sin contexto, sin horizonte histórico es apenas ridículo. No abogo por un determinismo de ninguna clase, pero ignorar esas circunstancias es igual de arbitrario. Siento que usted pierde de vista un punto que para mí era fundamental en la redacción de estos dos textos. Más allá de una explicación de circunstancias complejas que llevan a alguien a robar (porque lo son, no es amanecer un día habiendo decidido que uno va a robar), era una reflexión a propósito de cómo desde el sistema penal y penitenciario colombiano se enfrentan esas circunstancias. Con castigo, con olvido, sin rehabilitación ni reinserción de ningún tipo. "Delincuentes" no "pecadores". Una persona que comete un crimen comete un delito, pero eso no lo vuelve ni pecador, ni candidato al olvido ni a castigos denigrantes. Esas distinciones de "colombianos de bien" y el resto solo sirve en los noticieros y en los segmentos de farándula.

      3. Me encanta que diga que es "hora de decir la verdad". ¿Cuál verdad? ¿En dónde nos vamos a parar para decir qué es verdad? Claramente no todos los pobres roban, ¿que algunos progresan y salen de la pobreza? Claro, es verdad, pero es mezquino mostrar la excepción como la regla (o peor, como un argumento en favor de las condiciones actuales de este país).

      4. Los discursos que separan en bandos de "buenos y malos" son de fácil digestión. Nos hacen sentir bien, nos hacen sentir cómodos ignorandno realidades que están presentes en nuestras vidas cotidianas. A final de cuentas, ¿a quién le importa que un delincuente que se robó un celular, pasé 8 años en las peores condiciones, indignas y denigrantes, y que vaya a salir graduado en las grandes ligas del crimen? A nadie. Él (o ella, o quién sea) no es "de bien".

      Un saludo cordial, es bueno encontrarse en las diferencias.

      Pdta.
      Creo que mezcla cosas en los ejemplos que da en su primer párrafo. Y de esa mezcla que siento incorrecta es que derivan muchos de sus argumentos.

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