3 de julio de 2012

Una noche en la URI II- Los hechos

La primera parte de este texto es algo que quería escribir inmediatamente después de salir. Igual, vale la pena hablar claramente de los hechos:

La policía me cogió con 40 gramos de mariguana. Sí, es más de los 20 gramos que corresponden a la dosis mínima (no reconocida pero mínimamente respetada) por la ley colombiana. Iba para la casa de un amigo, compañero de la Universidad Nacional, que vive cerca de la universidad por la 26. La idea era dividirlo allí (porque era de los dos, hicimos vaca para comprarlo), descargarnos (es decir, dejar los moños allí) e irnos para Rock al Parque.

La policía estaba en un parque cerca de la Universidad. Yo los vi y supe que iban a pararme pero dar media vuelta en una calle vacía era una mala jugada. Al momento en que me piden un registro, yo hago tres cosas, saco cédula, carné de la universidad y le informo que tengo mariguana y que es más de la dosis mínima, que tengo conmigo 38 gramos pero que son para repartirlos con un amigo y el paquete por tanto no es solo mío. Con la mano derecha escribí torpemente (muy torpemente como se verá al final de este texto) unas palabras "Venga al lado de la capilla, policía me cogió. Urgente", se las mando a mi amigo con la certeza absoluta de que iría a ayudarme. Efectivamente fue así. Mientras llegó me registraron y no me bajaron de hijueputa en un buen rato. El teniente era un matón uniformado, mal mirado, mal hablado, de esa gente que a uno francamente le da miedo que ande armada. Me sentaron en una silla del parque, en él había familias tomando tarde dominguera, la policía hablaba durísimo, para enterar al barrio. Que acá había un criminal, qué cómo mierda era esto posible, que yo no sé qué. Que me quite los tenis, que me quite las medias, que me pare, que me siente, que "mejor rodéenlo, patrulleros, no vaya a ser que se las vaya a dar de atleta".

Llega mi amigo y nada importa. Él asume sus veinte gramos y le dice que era lo de los dos. Que el paquete no era solo mío. El agente dice que 'Ah bueno, entonces si yo tengo un paquete de cocaína y me cogen y llamo a mil personas, entonces soy inocente, ¿verdad?'. Le digo que eso es una caricatura, que está perdiendo el punto. No importa. Espósenlo, léanle los derechos. Entréguele el celular a su amigo que no puede entrarlo a donde va (a la postre me di cuenta que esa es una manera de incomunicarlo, entre el momento en que a uno le leen los derechos hasta el momento en que tiene que pasar al calabozo -lugar al que efectivamente no pueden entrar celulares- pasan varias horas -en mi caso cinco-). Quitarle el celular a uno es una manera de ponerlo en una situación de desfavorabilidad y vulnerabilidad, no un deber que se está cumpliendo para consagrar una ley.

Ya dentro de la patrulla, la posición de la policía hizo que haber llamado a mi amigo se volviera el peor error. Me decían que yo mismo había reconocido que me iba a ver con una persona para venderle mariguana, que mi amigo había aceptado que me iba a comprar mariguana. El cambio del lenguaje fue sutil pero contundente: mi amigo no había comprado mariguana conmigo, mi amigo me iba a comprar mariguana. De ahí en adelante, desde ese momento, el cargo de tenencia y tráfico de estupefacientes se hizo solito. No hubo nada qué hacer. No hubo argumentación o aclaración que valiera.

Claro, cabe la reflexión: ¿por qué putas ando con más de la dosis mínima si sé que me pueden dar durísimo con eso? Yo en la patrulla iba pensando en eso. Lo primero sería que pensé como improbable la idea de que me fueran a parar. Comencé por ahí, ese pensamiento, que en su forma genérica es el "eso pasa pero no a mí", me confié demasiado. Pero más allá de eso yo pensaba que lo hacía, y lo hacía tranquilo, por lo que voy a llamar un "exceso de confianza en las Instituciones". ¿Qué quiero decir? Yo en últimas pensaba: bueno, en caso de que me pararan yo llamo a mi parcero, él aparece y le explicamos al policía que son nuestras dosis personales. Yo creo que ese pensamiento estaba fundado en un error de grados. Yo me sé inocente, esto es: yo sé que soy usuario de mariguana, no que estoy en una red de tráfico. Sin embargo de ahí pasé a pensar "un policía seguramente va a entender esto, ante los hechos no lo va a negar". Eso está basado en ese exceso de confianza en las instituciones al que me referí antes. Yo de veras asumí que un policía en un barrio residencial con dos personas jóvenes con documentos, sin antecedentes, con carnés estudiantiles vigentes, uno de ellos viniendo a la escena con todo para perder solo para ayudar a su amigo, iba a reconocer que yo no era un traficante y que simplemente estaba mal parqueado en ese momento. El exceso de confianza lo ejemplifico en una de las últimas cosas que yo le dije al teniente antes de que me subieran a la patrulla: es que usted no puede ser un sujeto que solo ejerce el cumplimiento del código sin ningún miramiento, usted tiene que hacer un ejercicio de discernimiento, más en estos casos, más en este tipo de contextos. Y no es un ejercicio de omisión, es al contrario mirar de manera completa lo que está pasando. Me equivoqué, y por eso creo que mi exceso de confianza se funda en una ingenuidad, pensando que yo en cualquier caso iba a dar con un policía que sopesaría las cosas, que pensaría y reflexionaría por sí mismo. No que acudiría al código para desprenderse de su obligación de pensar y discernir y simplemente sacar a un "criminal" más de las calles.

Sí: tal vez les di demasiado crédito a la Policía Nacional. Algunos podrán decir que "ellos simplemente estaban cumpliendo con su deber", sin embargo creo que ese tipo de cosas corresponden justamente al imaginario que critico. Un policía no podría ser un agente que solo ejecuta "la ley" con la peligrosa ambiguedad que ello acarrea. Más en estos casos, más en este tipo de contextos de jóvenes y faltas menores y sin ningún tipo de agravantes, los policías deberían de tener y hacer uso de criterio, de valoraciones y de juicios que los lleven a ver las escenas de manera más integral. Igual: la ley está mal, los jóvenes siguen siendo afectados por la guerra contra las drogas y sus métodos. Allá en el calabozo estaba otro joven con dos gramos de perico, y por eso, por superar la dosis por un hijueputa gramo, entonces es narcotraficante porque eso dice la ley! Si leo los hechos que ocurrieron con esa luz me tengo que hacer nuevas preguntas: cuando me pararon en el parque bajando, ¿por qué me pidieron registro inmediatamente y no papeles como se hace usualmente? ¿por qué estaban parados tan estratégicamente parados en ese parque -que conecta con la 26- en una tarde de domingo? Y no eran dos o tres, eran cinco los policías que estaban ahí: viendo quién pasaba. Sería interesante ver un estudio de cuánto se dispara el ingreso de jóvenes a unidades jurídicas por crímenes de drogas en los días de Rock al Parque, a ver si hay una suerte de 'operación rastrillo' encubierta dirigida contra los jóvenes de la ciudad. Claro, argumentada como una lucha frontal contra el narcotráfico, pero afectando a jóvenes en su gran mayoría. En el calabozo en el que me encerraron había jóvenes de Bucaramanga y el Eje Cafetero que habían venido a Bogotá sólo para el Festival. Y no solo eso: como bien pregunta una persona que comenta la primera parte de este texto, ¿por qué los policías se paran a las afueras de la L? ¿Por qué recorren los barrios esperando a que las personas salgan de sus fiestas solo para requisarlos camino a casa (tres personas fueron agarradas con droga así)? ¿A eso nos ha conducido la guerra contra las drogas, a ese tipo de métodos? La mayoría eran del centro y el sur de la ciudad. Nadie incumpliendo la dosis, al contrario: 1, 2, 5 gramos máximo. Pero ahí estaban, tirados en el concreto: y allí no los dejaron las drogas sino las políticas de drogas de este país.

En el CAI, antes de que me mandaran para la URI me esposaron a la puerta de un casillero que estaba en la habitación trasera. Aunque en ese CAI el trato fue más cordial (dentro de lo que las circunstancias permiten) que con la patrulla que me agarró en el parque, allí pasó algo que vale la pena mencionar. Se me dijo que si daba los datos de un capucho de la Universidad Nacional me soltaban ahí mismo y que nada pasaba. Que si eran más me devolvían "la yerba". Le dije que no, que no yo no era sapo ni iba a entrar en esos juegos. Insistió en dos ocasiones más y finalmente le pedí que dejara de insinuarlo, que no iba a hacerlo.

Todo el proceso, hasta el momento de la salida de la URI a la mañana siguiente, estuvo marcado por estrategias Gestapo. Encender bombillos amarillos en la madrugada para molestar el sueño. El himno nacional durísimo. El golpeteo en la puerta metálica de entrada. En ese contexto no podía faltar la referencia a Charly. Bacana la coincidencia de que fuera a cerrar Rock al Parque. La anécdota cobra muchos sentidos.

Hay que anestesiarnos con la risa. Decía que había escrito torpemente el mensaje que le mandé a mi amigo, y era de veras. Les contaba en la madrugada a los huéspedes de la URI que del susto y por error primero le mandé el mensaje a una niña con la que no había hablado hace como nueve meses y que justo ese día la iba a llamar porque estaba de cumpleaños. En la madrugada eso me alcanzó a hacer reír. Claro que en el momento de enviarlo, sabiendo que en el celular tenía máximo $600 de saldo me hizo casi que llorar de la piedra. Pero bueno: alcanzó para el otro mensaje.

2 de julio de 2012

Una noche en la URI

Segunda parte.

Me resulta muy difícil describir un calabozo. Ya usar esa palabra me parece algo extrañísimo: no me es familiar, no la uso en mi cotidianidad. Pero hay que usarla porque no hay mejor manera de describir el lugar: es el calabozo de la Unidad de Reacción Inmediata de Paloquemado, Bogotá. Muros de roca (no de concreto), de roca gruesa, porosa, intimidante e irregular. Cuatro rejas y una puerta metálica oxidada resaltan entre la roca. Lugar para dormitar de los varones (dos espacios, uno en la pared opuesta al de las mujeres y otro en la pared opuesta a la puerta por la que se entra), lugar para dormitar de las mujeres y habitación para rueda de reconocimiento (en el extremo derecho de la pared opuesta a la de la puerta por la que uno entra). Hay una cuarta puerta metálica, por la que se entra, está dividida en dos partes y da a la oficina de los funcionarios de la Fiscalía que cuidan el lugar.

Los lugares para dormitar no merecen ser llamados "dormitorios". Los catres salen de las paredes: planchones de concreto que salen de la roca porosa, para hacer de camarote de dos pisos cada 80cm. No son cama de ladrillos, tampoco de roca. Se asumiría que el concreto se usó pensando en hacer los planchones lo más lisos, lo más uniformes posibles para hacer parecerlos camas. Sin embargo asumir eso es darle crédito a las autoridades penitenciarias de Colombia. Los planchones son irregulares, con grumos de cemento por toda parte, brutales con los riñones, la suciedad de las camas (porque así le llaman en todo momento de la cadena de mando) riñe con el frío que producen en el cuerpo. Ambos hacen de dormir algo posible solo para borrachos semiinconscientes. Algunos de los que están allí han optado por usar las cajas de icopor de los almuerzos que les dan, como colchón. O más que como colchón, como una capa intermedia entre el frío del planchón y el calor que se pretende alcanzar en el cuerpo. No es cosa de comodidad, es cosa de hipotermia.

Cuando abren las rejas del lugar en el que se duerme, y se puede estar en el espacio del medio, el "comando" (así le dicen al guardia) deja bien claro que los hombres no pueden acercarse a la reja del calabozo de las mujeres (la cual siempre permanece cerrada). Justo esa noche, ya con las respectivas rejas cerradas, entre uno y otro lugar se hacía un diálogo permanente. Habían capturado a una pareja de jóvenes. Por robar ("hurto") en un centro comercial. Hablaron durante toda la noche. Se oía durísimo, las voces hacían ecos. Nadie molestó por el ruido porque muy pocos estaban durmiendo. Unos estaban simplemente acostados aguantando el frío. Otro, también por tener mariguana encima ("porte y tráfico de estupefacientes"), en bermudas, intentó hacer su camisa lo suficientemente grande para que todo su cuerpo, comenzando por sus rodillas, cupiese en ella. Otros, un poco más lejos, hablan de lo que han hecho -qué fácil y por tanto qué engañoso sería decir aquí que hablaban de sus "crímenes". El robo, la roche para la cabeza, la pobreza. La idea de que el país los pateó. El nuevo que llega -¿qué hay para la cabeza? pregunta a coro la gente-, tal vez hay suerte y alguno logra meter un bareto. Pero si no hay bareta todo bien, hablando también se forman lazos. Así nos relacionamos, logramos sentirnos un poquito personas. 

La pérdida de la dignidad en el proceso judicial es el común denominador en los diálogos ("esos tombos son unos hijueputas"). Nos tratan como perros. En algún punto entre que nos leen los cargos y la policía nos pone sus manos (las esposas) encima, hasta el momento en que nos toman huellan digitales, la humanidad se pierde. El lugar de reclusión es una prueba de ello. Un calabozo hecho pensando en amedrentar, en asustar y someter. No es este un espacio de justicia. La única presencia del Estado en ese calabozo son dos teléfonos de la ETB (Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá). Los baños son humillantes. El olor a mierda y orina es tan intenso que se alcanza a especular sobre si se han metido en los poros de las rocas que hacen de pared. Tres cisternas separadas por cubículos que parecen hechos para la selva. No es un baño digno. Es incomodar al punto de amedrentar. Al punto de doblegar, de hacer saber que se está en una situación de desfavoralidad. Es buscar quebrar el espíritu.

En el cambio de turno de las seis de la mañana el nuevo comando aprovecha el conteo para informar que él no va con maricadas. Que si jodemos de alguna forma, nos encierra en los lugares para dormir sin abrirnos para ni mierda. Finalizó con un claro: "Y si les da ganas de orinar, pues paila". Entre las cosas que joden al comando están que nos acerquemos a la reja de las mujeres, que golpeemos la puerta metálica que da a su oficina, o que comencemos a hacer preguntas estúpidas como por ejemplo que a qué horas es la audiencia, o si ya llegó el abogado defensor, o que si hay un juez de garantías de turno. Preguntas maricas, señores, preguntas maricas. Me sorprendió que cuando un hombre hizo un chiste sobre un tipo joven que -por algún motivo que no deduje- estaba encerrado en el cuarto de las mujeres, el comando reaccionó con un sonoro ¿muy chistosito? abajo tengo un cuarto pequeño y oscuro donde se puede reír si sigue haciendo chistes.

El desayuno es un pan con una salchicha y un vaso de chocolate caliente. Desde ahí conversamos todos, nos vemos las caras, nos contamos las imputaciones y la letra menuda de los hechos. Las carcajadas también.
-Parce, el man con el que está mi exesposa me le pegó a mi hija de dos años y paila, me tocó meterle la mano. Y como la nena se puso a defenderlo a él, pues paila, empujándola le metí un manazo y... "lesiones personales". 
-Un tipo le cascó a mi esposa esta madrugada. Y yo de un solo puño lo dejé boquinche. Y paila: "en flagrancia", un policía me vio.
-Yo me robé tres chap-sticks y me pillaron. Yo ofrecí pagarlos, pero ni modo, el tipo no tranzó y ahora no sé qué va a pasar.
-Yo le había jurado al divino niño que no iba a volver a robar, pero paila. Acá estoy. Y me alcancé a sacar dos chaquetas del Falabella, pero en la tercera perdí el año.
-Yo por mariguana, 40grms.
-Yo también por mariguana. Pero un moñito de mil sino que los tombos se me enamoraron y querían cumplir con la cuota de la noche.
-Yo tenía un puntico de mariguana, y no, acá me trajeron. Porque me cogieron al ladito de la L y paila, me llevaron en la mala.
-Perrito, yo no más tenía un baretico de 100grs
(risas y eco de risas)
-Yo ando acá porque me cogieron con dos periquitos. Una maricada, justo ya me iba a ir para la casa y tenga.

La mayoría de los que están lo están por cargos de droga, "porte y tráfico de estupefacientes". Mariguana más que todo. La mayoría estamos entre los 19 y los 24. Gente joven, normal. Iban para Rock al parque. Íbamos para Rock al Parque. Toca ver si se alcanza.

La reflexión política nos abarca en nuestra calidad de cómplices. En la cárcel soy un burgués. Sí, mucho chirrete, mucho ladrón, mucho caso perdido. Y acá estoy yo. Y como yo, otros que se salen de la regla. Pero acá la mayoría son miembros del club sin futuro. Unos van a modeliar (ya están condenados y van para la cárcel Modelo), otros están cruzando dedos para que se les hayan borrado los antecedentes ("porque así es más difícil que un fiscal decida dejarlo en libertad a uno"), otro está confiando que el tipo al que cascó a la madrugada no se vaya a presentar a ratificar el denuncio. Pero en ese calabozo, alrededor del chocolate, todos somos iguales. Atrás queda la sensación que se tuvo al ingresar al calabozo la primera vez, acá todos somos desconocidos, pero bueno, todo bien. "Acá todos somos un poco malos, pero también buenos", dice un buen tipo que se llama John. Él es de los que va a modeliar.

Mientras dormitamos aprovechando el calor mañanero del calabozo llega un peladito. Si no fuese por el hecho de que estábamos justo en ese lugar, uno para judicializar personas mayores de edad, nunca hubiese adivinado que ese pelado tenía dieciocho años. Cabello corto, blanco, caribonito. Un niño. Se acuesta en una de las planchas y le preguntamos que por qué está aquí. Responde que por "hurto agravado". Nos explica que se robó un celular y le punteó la mano a la niña que lo tenía. Él está ahí de paso. También va a modeliar. Él -cómo es la vida de tremendamente hijueputa en ocasiones- está en ese calabozo esperando a que la Registraduría le saque de emergencia la cédula de ciudanía. Tiene dieciocho años, pero recién cumplidos. Ni cédula ha sacado. El pelado se acuesta y la luz del sol le hace brillar los ojos. Están rojos, llorosos. Tal vez no quiere llorar y dar papaya. Le pregunto que a hasta qué grado estudió. Me dice que hasta sexto, pero que se aburrió. No quería volver y además la maestra no lo quería. Eso último tuvo en mí un efecto mucho más devastador de lo que el muchachito hubiese podido prever. La anécdota es dura. Le esperan entre tres y cuatro años de prisión. Otro pelado se para de su planchón y le hace un chiste sobre la posibilidad de que vayan a ser vecinos de celda. Él también va a modeliar, también hurto agravado. John le hace un comentario sobre lo desconcertante que es escucharlo hablar sobre su sentencia con una sonrisa en la boca. Él levanta los brazos. Quién sabe en qué estaba pensando John en ese momento. Él va siete días en esta celda. De veras no puedo imaginar qué sería estar encerrado en ese lugar durante siete días. Desde la noche anterior que hablamos yo me enteré que él iba a pagar cárcel, pero solo hasta ese momento lo vi como un muchacho que estaba por pagar cárcel: asustado, frágil, vulnerable y temeroso. "Los hombres también lloran" balbucea mientras rompe en llanto y maldice a un gobierno y a un Estado que nunca, hasta el día en que lo encarceló, le aseguró tres comidas al día.

Con John he tenido oportunidad de hablar bastante durante las últimas 14 horas. En esta última conversación, iniciada por la coyuntura del muchacho de 18, se terminan por materializar nuestras polémicas. -¿Y usted sí cree que el mundo se puede cambiar?- me pregunta. Me señala hechos en el mundo para mostrarme la imposibilidad de esa empresa. Me señala al niño de 18 años a quién no le caía bien la educación pobre que le dieron y desertó; me señala al joven ladrón que cuenta que ha buscado salirse ya varias veces, pero que igual no consigue trabajo por los antecedentes. Y así se mantiene el círculo vicioso. Sin trabajo, sin posibilidad de reinsertarse y rehabilitarse "en la legitimidad", se genera antecedentes que lo remiten a su condición de permanente desempleado. Así no se puede. Me señala cómo las prisiones son escuelas del crimen en la que se entra como niño y se sale como matón. Con los ojos rojos me describe su futuro viendo el sol entre barrotes.

Con mis descripciones no pretendo explicarlos. Pero si entenderlos buscando entenderme y entender nuestro contexto. Nuestras profundas fallas como sociedad. "Se me perdió el sol" dice una pared rayada en uno de los calabozos-dormitorios masculinos. "Se nos perdió el norte como sociedad" pienso yo al salir del lugar, al despedirme de John y su diente frontal roto de un fraternal abrazo.

**

La mayoría de las personas que estaban allí lo estaban por crímenes relacionados con tenencia y consumo de drogas. A excepción de tres personas (entre las que me incluyo) todos estaban con cinco, seis, ocho gramos de mariguana. Moños pequeños. Pero tenían un cierto perfil, uno de vulnerabilidad económica. Los suben en el camión para cumplir la cuota de la noche. Lo hacen haciéndolo parte de un proceso de reducción de la dignidad de las personas. De aplastarlas y hacerlas sentir peor que la mierda. Los presos no son ciudadanos. Me leen mis derechos, pero no es más que una mala broma. Comienzan por violar la dosis personal, comienzan por violar las propias sentencias Constitucionales.

Ahí está en su máxima expresión múltiples relaciones que salen y derivan en la llamada "guerra contra las drogas", sus implicaciones, imaginarios y presupuestos. Jóvenes sin mayor crimen que tener un perico en el bolsillo o fumarse un porro, a puertas de ser juzgados, siendo obligados a ser parte de una experiencia denigrante, impactante y absolutamente innecesaria. Estos sujetos, los que no pueden salir rápido, "los nadies", tan bien definidos, no se vuelven otra cosa que procesos archivados y represados. Huellas en hojas de vida. Y en el peor de los casos, terminan siendo huéspedes de los pisos de nuestro miserable sistema penitenciario. Un sistema que no se piensa para la rehabilitación y la reinserción en la sociedad, sino para el olvido y el desprecio. La tierra de nadie en donde se está en un estado medio entre la animalidad y la humanidad. ¿Dónde están los talleres, dónde están los trabajos pensados en la rehabilitación de los sujetos? ¿Las carreras técnicas para la profesionalización de la población carcelaria pensando en su reinserción funcional en la sociedad? ¿Dónde están las garantías laborales para los jóvenes con antecedentes de delitos menores o relacionados con drogas? ¿Dónde está la justicia sino como un concepto macabro que sirve para justificar profundas y traumáticas humillaciones a los derechos de las personas? No hay tales programas, no hay tales iniciativas. La guerra contra las drogas y la llamada guerra contra el terrorismo (unidas en nuestro contexto nacional de una manera tan singular como macabra) saturan nuestros sistemas penitenciarios y penales, reduciendo las vidas humanas a "resultados", "positivos", "la cifra de la semana". En esta semana de Rock al parque haremos tal vez parte de la estadística sobre los estupefacientes incautados en la fiesta musical de Bogotá. Asistiremos en los próximos días a los titulares que usarán estas cifras para pedir de una vez por todas la clausura de semejante farra para desadaptados drogadictos. Y los desadaptados no son nuestros gobiernos, que encarcelan jóvenes en vez de educarlos. Que invierten dinero en complejos militares y penitenciarios en vez de instalaciones de educación y mejoramiento de la excelencia.

Fernando Savater en su libro "El valor de educar" hace referencia al sistema penitenciario en una democracia de una manera muy singular: como la contracara, el rostro del fracaso, del sistema educativo. En el marco de la guerra contra las drogas, con los paradigmas de prevención e interdicción usados ambigua y dañinamente, esta dicotomía adquiere un valor especial. Es errónea la visión política que hace que un país desarrolle sus políticas intentando aplacar efectos de causas que han sido históricamente ignoradas. La gente, si tiene hambre, seguirá robando. Es tan simple como eso. Y claro, desde la comodidad del sofá urbano (moral en muchos sentidos) es fácil pensar lo contrario.

En mi caso todo salió bien. Una "anotación". Pero no dejo de pensar -con un compromiso renovado- en la necesidad de repensarnos nuestra sociedad estructuralmente. Los olvidados, los pobres, los miserables, la estadística..., úsese el nombre que se prefiera, pero ese gran espectro del país que desaparece tras el titular que se vuelve costumbre, tras la cotidianidad que se da por sentado, es, de hecho, muestra de las condiciones sociales y políticas que nos han impedido avanzar. Inequidad social, educación de pobres y de ricos, políticas criminalizantes y prioridades de Estado criminales, desatención de las problemáticas sociales desde enfoques integrales y no policivos..., y otros tantos elementos que porque los olvide mencionar aquí no dejan de existir.

A John le respondí que no sabía si el mundo se podía transformar o no. Pero también le dije que lo que sí sabía era que si perdía la esperanza de que eso, transformarlo, era posible, mi salud mental se iba a ir por el retrete. Le dije que en un escenario tal no sabría que hacer conmigo mismo, con lo que he hecho de mí mismo y con la manera en que me he caracterizado. Le dije que en un escenario tal no sabría qué hacer ni con mis quereres ni con mis tristezas. Le dije que en definitiva un escenario tal significaría para mí mutilar gran parte de mi energía vital, y que algo semejante lo descartaba de entrada.

Con energías renovadas. Hay que trabajar. Hay que hacer, hay que transformar. Seguimos.

Vamos a ver si alcanzo a ver a Charly.