12 de mayo de 2012

Cuento de un profesor de colegio joven

Hoy el señor rector se dio una vuelta por el salón de clase. Bajó y nos vio. Escuchó un rato la discusión y se mostró curioso sobre la duración de la actividad, el "trabajo en grupo", como él le llamó. Era una discusión, los niños estaban intercambiando opiniones sobre un tema en específico, era una conversación con finalidad pedagógica. Pero no se lo iba a aclarar, él tenía afán. Vio su reloj. Aclaró que el del salón estaba atrasado. Un roce en la conversación: me llama idealista y yo pienso que si se va ese idealismo de mí, yo me voy del colegio. Es un gerente. En sus ademanes, su lenguaje, como mira, como mueve los dedos. El rector es un gerente con ansiedades gerenciales. A eso hemos llegado: los rectores de nuestros colegios son unos gerentes y nada más. Claro, pero si digo que hasta acá nos trajo el neoliberalismo ya estoy siendo ladrilludo, mamerto. En el peor de los casos: tildado de imprudente en el aula.

En el recreo las niñas me contaban entre risas cómo en matemáticas la profesora siempre pregunta ¿alguien no entendió? (porque claro, la pregunta tiene que formularse así), nadie responde, el timbre suena, y el primer comentario fuera del salón es ay niñas, yo no entendí. Esos son los espacios que hemos creado. Nuestras aulas son lugares tan profundamente mal concebidos y hostiles que son sitios donde no se puede no saber. El no saber, tan necesario para contar historias de errores, para crecer y vivir, es criminalizado, no cabe en este esquema en el que se transmite información (en horarios de oficina).

Yo hago el esfuerzo de explicarles el lenguaje que utilizo, que me lo entiendan. Les hablo y les cuento que cuando les digo 'silencio' en el salón, el énfasis que quiero hacer no es sobre el hecho de que se callen, de que hagan silencio, sino sobre el hecho de que el silencio nos permite escucharnos, escuchar al que tiene la palabra. Les digo que soy consciente que esa palabra nos puede llevar a equívocos. Les digo que haré un esfuerzo por callarlos usando la palabra 'escuchémonos'.

Con los niños más grandes me gusta usar el lenguaje de una forma más seductora. Los niños lo reciben bien, se emocionan. Los miro y les digo en palabras que me entiendan cosas que en sus formas de lenguaje antes no habían podido formular. Y las niñas también, se ríen si sienten que les estoy hablando, que de veras les estoy hablando. Les gusta que se sientan importantes, que sientan que es importante que sus miradas muestren que sí entendieron. Tal vez piensan que si eso sucede una lucecita se encenderá en sus ojos. Y tienen razón. A todos ellos los intento seducir con el lenguaje. Les digo que todo el sistema miente, les miente. Una niña pregunta que si entonces yo también miento. Le respondo con la verdad: que en los peores días me siento engañándolos, y en los menos malos, vendiendo aire. Qué riesgo tiene el ejercicio pedagógico de caer en la farsa. El sistema miente, y como faro guía de este, también lo hace el sistema educativo. Se delimita y concibe bajo la batuta de ideas y expresiones que muestran la imposibilidad del cambio. Basamos nuestra pedagogía bajo oraciones como 'siempre habrá pobres', 'es que las cosas son así', 'corrupción siempre ha existido'. Son sobre esas descripciones que el sistema nos presenta lo que concibe como educación. Omiten la idea de que la realidad es transformable, que de hecho esa es la razón de ser de la educación: que se pueden transformar las realidades, los contextos. Pero se opta por lo fácil. Del diccionario pedagógico se elimina la idea de la transformación radical y profunda y se opta por caricaturizar la rebeldía.

Tenemos la necesidad de reconceptualizar. Ya no hay acá un sistema educativo pensado para la democracia, como necesario y fundamental para la democracia. Lo que tenemos no es una versión de mala calidad de ese ideal, ni siquiera. Es un sistema perfecto: perfectamente armonizable con los ideales no de una sociedad democrática, sino una amainada y apadrinada, sin formación ni vocación, una como -¡oh sorpresa!- la que tenemos. Preparamos masitas de carne para insertarlas en el sistema.

Hay que denunciarlo: es un crimen. Y todos somos cómplices.

2 comentarios:

  1. ¿Qué clase das? No hay nada mejor que un profesor inquieto, curioso, apasionado y dubitativo, de los que sabe que no sabe.

    Yo tuve muchos así, la mayoría. Llegué a la universidad con el hábito de preguntar y opinar constantemente en clase, estaba acostumbrada a que las clases fueran conversaciones. Mis compañeros de universidad pensaban que eso era raro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Trabajo en la Alianza Educativa. Entonces trabajo español con dos grupos de colegios de la Alianza en un programa de refuerzo escolar. Nada muy presuntuoso. A penas empenzando (a indignarme).

      Sí, es difícil encontrar a personas inquietas. Y es más difícil aún manterse como una cuando todo el contexto es opuesto a esa idea. Con amigos nos reímos de esos. Llamamos a un amplio sector estudiantil "perrito de taxi". Esa es su postura ideológica, política si se quiere. Asentimos porque ajá. En fin.

      Eliminar

Ven por La Ventana