30 de marzo de 2012

Cuatro años después

Sergio mañana no tiene que madrugar, por eso hoy está acá. Por cosas de la vida hoy está casi todo el parche. Margarita, de pie, al lado del grupo, tiene cara de aturdimiento. Había estado de viaje, y sólo hasta ahora se enteró de lo que le pasó a Federico durante los últimos meses. Amargo trago con todo eso de amigos cercanos de por medio.

Al borde está Jennifer y Felipe. Al parecer de nuevo están hablando. Debe ser una cosa muy hijueputa amar así. Un amor de a de veras, pero a sí mismo tan precipitado, en su forma tan equívoco. Ella queriendo un amor estable, cual mata para maceta. Él más bien es maleza. Ya llevan algún tiempo, y seguro van para más. Bien podrían ser ellos trama nuclear del desarrollo del grupo.

Andrés le pregunta a Daniel si ha escrito nuevos textos, que si recuerda cuando entraron a la carrera y se emborrachaban y se montaban a narrar cuentos en los buses. Daniel se ríe con algo de pena. Le dice que sí lo recuerda, y que no, que ni se ha emborrachado o escrito algo desde que entró a trabajar. Que lo disculpara (en ese contexto va muy al caso esa disculpa). Tomás interrumpe con un chiste sobre maricas negros gordos, todo en uno. Nadie se ríe pero todos aplauden.

Siento que el nubarrón gris sopla frío, pienso que no tengo paraguas.

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Al llegar al paradero del bus cargo con dos certezas terribles -como todas: que la vida pasa inexorablemente y que parece pero no, tal vez no va a llover tan pronto.

17 de marzo de 2012

Diario de viaje

Justo acabo de llegar. Todo salió muy bien. Llego con la rotación y traslación mental alterada. Pero todo bien, no importa. Uno se va acostumbrando a las diferencias entre los sentidos de las palabras alone y lonley. Y eso que es en la misma lengua! Imagínate: en el mismo idioma y palabras pueden parecerse tanto y captar sentidos sumamente diferentes de la manera más sutil. La reciente experiencia de viaje, aprender a tropiezos y mal una lengua y hacerme intentar entender en otra, me ha hecho pensar mucho en eso, en el problema de la traducción y la interpretación. Los sentidos que se pierden. Sin entrar a conversar sobre las obvias dificultades que trae esto al plano político, sobre todo, creo, el internacional (piénsese por ejemplo en el ejercicio de la ONU a la hora de sacar una resolución consensuada) quiero referirme a otra cosa. Tiene que ver con cosas sobre las que ya te he hablado: la oralidad como ya una ruptura de sentido. No al punto de que nadie se pueda entender con nadie (eso sólo es una caricatura ramplona de lo que estoy diciendo), sino sí al reconocimiento de que sobre lo que uno piensa y habla versan diferencias de tono y deseo que al final terminan por modificar, no en gran medida tal vez, pero modificar al fin al cabo, el sentido de lo que uno quiere comunicar. Y si lo que uno comunica al otro es diferente a lo que uno se comunica a sí mismo (porque en últimas es de eso de lo que se trata) entonces la verdad se vuelve una gran protagonista, y no porque esté ausente, sino porque su claridad se trunca, se altera, cabe la posibilidad de que lo que uno dice no sea lo que uno desea y lo que uno pretende. La incertidumbre se abre camino a pasos agigantados. Entonces, sin más, es verdad cuando uno dice: no sé qué es lo que quiero, no sé qué es lo que siento o pienso. Novias del mundo hostigadas, ténganse: les tengo la excusa por antonomasia. Ah? ¿Qué tal el chascarrillo?

Supongo que tal y como hay ansiedades buenas, hay incertidumbres sanas. Así, entonces, uno aprovecha el descoloque y toma nuevas órbitas. La ciudad me recibe con lluvia. De esa que nos gusta.