9 de diciembre de 2012

Puntuación navideña

Paréntesis

'Francy' es puro nombre de cajera de banco. Pienso eso mientras le veo el carné a la mujer que tengo al frente y que está contando plata que no es suya (ni mía). ¿Qué estará pensando? Yo estoy bien. No fue tan buena idea meterme en una tarde tan bonita a un banco, pero dos niños y una niña que venían con una mujer que estaba haciendo fila (quién sabe si serían sus hijos, pero ella estaba muy buena) estaban jugando y me calmaron el ánimo. Estaban sentados en el blanco baldosín al lado del árbol de navidad corporativo (de los que en vez de adornos navideños tiene material relacionado con la marca de la empresa). Uno hacía mímicas y los otros dos trataban de adivinar qué era lo que decía. La niña estaba cagada de la risa. (De las sillas que estaban a mi derecha se paró una niña y comenzó a dar vueltas por las filas. El hermano le decía que mejor se sentara, que no molestara. Ella le sonrió y le dijo "No quiero" y se fue cerca del árbol de navidad.)

Punto

Hay noches en que si todo está en su lugar las luces navideñas acentúan el aire rítmico que de por sí tiene la ciudad, y si me dejo llevar me encanta pensar la ciudad como un gran espacio en el que confluyen ejercicios performáticos. Un puente peatonal, por ejemplo, es un claro ejemplo. Se sube las escaleras y se encuentra una estatua humana envuelta en ropas de colores opacas por el polvo de la ciudad. Apenas y se mueve, pero el tiempo de contemplarla es poco porque ya se está cruzando el puente y uno se encuentra con las tradicionales luces amarillas y rojas de los carros que pasan por debajo. Pero ahí están las luces navideñas. Y entonces la ciudad deja de ser tan fuerte y se suaviza, se permite tocar y acariciar. Ya los trancones de la autopista no son tan caóticos y más bien parece un lento puerto de concreto y ni una gota de agua. Petróleo, plástico y caucho -es decir más petróleo- y metal encallando en la avenida. Si es un día en el que el arte está en el aire se puede tener la suerte de toparse con otra estatua humana arropada en las escaleras de bajada.

Dos puntos

A mí antes la navidad me hacía sentir paradójico pero ya no. Que algunos villancicos me conmuevan al punto de aguarme el ojo no va en contravía de mi militancia anti-metafísica -que no incluye ateísmo militante, por cierto. La explicación es simple: me reconozco como sujeto de transición. De los que tienen que encontrar su camino desde la orfandad cósmica hasta una reinvención del ritual desde una perspectiva secular. Allanamos el camino para que en un futuro no muy lejano los bautizos sean reunión de familia y amigos en parques en los que se lea poesía de García Lorca y Lord Byron entre otros y se le dé la bienvenida a una nueva persona a una vida jodida pero hermosa.

10 de noviembre de 2012

Vida

Vi a una chica tatuada debajo de unas luces. Al principio me cautivó, pero después me pareció simple y gris en medio de tantos pigmentos coloridos sobre su piel. Cómo es la vida de chistosa. Encendí un porro en medio de la pista de baile y dos de las amigas de la tatuada me dijeron que eso cómo olía de rico, que si les compartía. Después de hablar con ellas me olvidé por completo de la tatuada (aunque no de su nombre, que sus amigas atinaron a decirme antes desplazarla en la lista de deseos). Me llamó la atención entonces otra chica, la amiga. De ella no tengo el nombre, pero me acuerdo qué estudia: arte, universidad de los Andes, quinto semestre. Ahí todo fue risas. Le conté que me parecía encantador pelar frutas justo después de trabarme. Especialmente mandarinas y que uno sienta el ácido tocarle a uno el rostro. Después de un rato la amiga de la artista se perdió (no la tatuada, otra, una pelirroja encantadora pero que tenía la cara como de cansada) y esta se puso como paranoica. Lo vi en sus ojos dilatados y sus teticas pequeñas. La mariguana había hecho efecto y le entró medio asustadora, como cuando uno de repente ve todo sin máscaras. Me pidió que la acompañara a buscar a su amiga. Nos separamos. Yo fui a orinar en el baño y allí casi me derrito. Cuando salí la niña artista estaba bailando con un tipo que parecía haber tallado sus pectorales a punta de hacer pesas con chivos. La tatuada estaba bailando con otro, por allá lejos, a la pelirroja no la vi. Y yo acá, tan cerca de mí.

Después de un rato lo entiendo mejor. La posibilidad de convertir todo espacio en uno político, en uno de lucha. En medio de la pista de baile, solo, bailando solo, refresco mis luchas. Por supuesto yo lucho por todo lo normal: que se pueda votar, las libertades civiles, la autodeterminación. Pero hoy es con la farra, la fiesta en pie de lucha, con lo que le doy contenido a esas ideas. Me agarra un pensamiento que no me suelta por el resto de la noche. Pienso en mis alumnos de noveno, y en la posibilidad de que en cinco años a ellos los esperen estos espacios de fiesta, diversidad y libertad. Hoy le doy contenido a los lemas de mis luchas pensando que yo lucho por las vigencias futuras, y para que ellos en unos años puedan participar de espacios como este. Me parece maravilloso que estas fiestas los estén esperando. Que se puedan creer enamorados de una dulce niña de risos que los rozó accidentalmente, o que bailó con ellos porque no había con quién más. Tenemos derecho a eso. Nada más democrático que construir ficciones en sonrisas ajenas.

Fracasé de tantas formas, todas maravillosas. Al principio de la noche un amigo le quería dar un stiker a una pelada a la entrada del bar. La vieja le hizo el feo, y yo supe que esa noche iba a ser de puro espíritu punk. Fracasé de tantas formas, todas maravillosas. Tantos significados a mí alrededor, tantas vidas e historias propias. Me encomiendo al jaguar del poder latino y me quedo sintiéndome parte de algo más grande que yo. Anoche era una noche de no futuro, pero entonces la vida va y nos deja viendo un chispero cuando sigue como si nada, tan campante. Nos enseña sin que nosotros sepamos que estamos aprendiendo. Tantas historias significativas por sí mismas. No importa que la artista no me vaya a dar su número, no importa que no se lo vaya a pedir. No importa que ella piense que mi sonrisa es un poco sombría y que solo me vaya volver un olvido difuso. Tanta vida, jueputa, tanta vida.

Le cuento rápidamente todo esto a un man que acabo de conocer cuando ya encienden las luces del bar y se acaba la fiesta. Le digo que qué gonorrea, que hay mucha vida alrededor. Le cuento de la artista y se la señalo y me río, ¡si tuviese su número no habría diferencia! Esa certeza me golpea con gracia. Tan frágil y fugaces que somos todos. El man me dice que es muy bello lo que le digo, y que la vida nos reunirá en un café de nuevo. Lo abrazo y le digo que sí, que yo también lo creo. Me despido del parche de una sola noche, miro alrededor y me largo.

Me voy caminando. Vivo lejos pero no importa. Estoy montado en el BAAL. El BAAL no es más que una imagen que me gusta. Es de un libro que desarrolla una historia en un lugar parecido a Bogotá pero que no es Bogotá. En ese libro uno de los personajes invita a los otros a ir de viaje en el BAAL, el «Bus Amarillo de Ácido Lisérgico». No entiendo por qué dicen que es amarillo, pero mientras amanece en el parque en el que estoy pienso que debe ser algo relacionado con el color amarillo bonito que cogen los ladrillos con las primeras luces de la mañana. Tanta vida, jueputa, tanta.

Voy caminando y paso por una reja cubierta de pinos. Paso la mano por el follaje y se me llena del aceite del pino y de su aroma, uno que a la madrugada se hace más fuerte. No necesito nada, ni un número, todo es tan azaroso como un cruce de caminos.

Tal vez estoy hablando mierda y solo idealizo a la chica artista a la que no le pedí el número pero que a lo mejor no me lo daría. Tal vez es solo eso. O a lo mejor estoy descompensado y ya.

Pero también hay otra posibilidad. Hace noventa y nueve noches masacraron a diez campesinos en un pueblo colombiano con nombre bonito. Una granada estalló sus cuerpos, sus fibras, y las esparció por el suelo. Tan frágil que somos, nuestras fibras y nuestros poros. Y si así de vulnerables somos, por qué no aprovecharlo para llenar los espacios entre esas fibras y esos poros con otras energías, con otras alegrías. Con literal amor desconocido. El más sincero amor al prójimo. Hace noventa y ocho noches conocí a una mujer de la que no sé el nombre pero sé que estudia arte.

Ningún momento más histórico que los momentos en los que hacemos nuestra historia.

Tal vez alguna mandarina en algún lugar alguna vez haga que alguien me recuerde vagamente.

O tal vez no. Igual no importa.

Tanta vida, tanta.

28 de octubre de 2012

Un cuento sobre la reconciliación (reprise)

Un malestar profundo que se aumenta
Con todas las torturas del análisis...
José Asunción Silva, El mal del siglo.

No digo que entre más simple más verdadero (¿qué es eso?), digo que entre más simple sea una descripción, más oportunidad hay de hacer de esa descripción algo muy específico que señale de manera llamativa un rasgo importante del fenómeno que se quiere mostrar, compartir, enseñar, etc.

Lo anterior para iniciar a alguien en un tema resulta muy útil. También sirve a la hora de hacer material de propaganda, para hacer titulares y resúmenes interesantes que permitan que al lector le interese la causa en la que uno milita.

Yo por ejemplo lo intento hacer en mis conversaciones con personas que no están al tanto del país político. El otro día por ejemplo hablando con un extranjero él me preguntaba por "la naturaleza" (sus términos, no míos) del conflicto colombiano. Yo le dije que se imaginara dos ejércitos enfrentándose a muerte sobre tierras que no son de ellos, pero que en la línea de combate se desmayan, de lado y lado, del hambre y el cansancio. Él me preguntó diciéndome que si era parecido a un programa de zombis que daban en televisión, yo no lo he visto nunca pero le dije que sí, que justo así.

7 de octubre de 2012

Cartajena

Una amiga mía que se está haciendo la ortodoncia me contaba que el otro día la médica le contaba -'consternada', me dijo- sobre un paciente que se le había muerto.
-Sí, imagínese. Se murió. Y yo dizque en ortodoncia y salud oral para no lidiar con muertos, decía.
Resumiendo el cuento, un paciente suyo había ido a ponerse la ortodoncia, fue a un control, fue a dos, faltó, se acabó el año, la doctora se fue para Cartagena de vacaciones, volvió, pidió que la clínica se comunicara con el paciente para indagar el motivo de sus ausencias, y una enfermera con cara de tragedia le anunció que el muchachito (veintidós) se había muerto.
-La mamá no me contó qué había pasado, anotó la médica.
Mi amiga debió parecer bastante sorprendida pues, me contaba, se había quedado con la boca abierta incluso después de que la doctora terminara de trabajar en ella. Lo último que escuchó antes de acercarse a la caja a pagar la cita fue un chiste de la enfermera acerca de ajuiciar a los pacientes diciéndoles que en esa camilla se había sentado un muerto y que justamente se había portado mal en la última cita. La enfermera era costeña (pero no costeña-costeña, sino costeña de esos municipios de negros pero que están en Antioquia limitando con Córdoba, zona full paraco).

El fin de semana pasado jugaba baloncesto con un parcero y en la otra mitad de la cancha había un hombre adulto con una mujer medianamente joven, y otra mujer, que llegaba a duras penas a la adolescencia.
-Sabe qué sería más bacano de que fuese un papá jugando con la hija y la esposa? Que fuera un padrastro jugando con su hijastra y la mamá de esta. No?
-Sabe qué sería más aterrizado? Que fueran madre e hija y el Padre del barrio vecino.
A continuación se echó la bendición y entendí a qué tipo de Padre se estaba refiriendo.
Maldito. Lo odié en ese momento.

Todo es una equivocación. Un enredo que da cosas medianamente cohesionadas que nos permitimos aprehender y captar como ideas.
Si yo escribiera un libro de una mujer, mezclaría en una idea a dos personas y le llamaría Carolina. Una mujer cuyo nombre tenga cuatro sílabas tiene que ser interesante. El lenguaje es así de caprichoso.
Sería muy cuidadoso describiendo su ombligo. Pero sería una descripción que dejara claro que el narrador -de hecho- no ha visto el ombligo en cuestión. La haría protagonista de viajes alrededor del mundo. La haría encontrarse en un retrato colgado en el museo Albertina.
O asoleándose ese bello culo en las playas de Cancún.
O llorando en una habitación, aburrida por un invierno norteamericano desgarrador.
Lo escribiría de tal forma que el lector supiera que aunque proyecto y envío a mi personaje a latitudes lejanas a mí, temo (con genuino temor) encontrármela en la esquina saliendo a comprar huevos para el desayuno al medio día.
La haría confusa y ambivalente.
La haría mía, pero como al libro.
Haría ese libro mío, pero no de mi propiedad.
Confuso y ajeno.

Organizarse el día cada día requiere la mente dispuesta como está dispuesta para entender un juego de palabras.
El otro día miré por la ventana y vi a unos jóvenes, una pelada como de trece y un pelado un poco más grande, pidiendo dinero en el semáforo de la esquina de mi casa. De repente me dio mucha desazón y me sentí muy mal. Es la consciencia social, pensé.
Pero no.
Era guayabo.
Confuso y ajeno.

4 de septiembre de 2012

Un cuento sobre la reconciliación

Una vez cuando estaba en el colegio, por donde se acaba Bogotá hacia el norte, el barrio Lijacá y alrededores, caminando con un amigo nos encontramos a un par de pelados con rasgos indígenas. Nos preguntaron que cómo cogían para la calle 80, que buscaban la Escuela Militar. Les indicamos que cogieran transmilenio. No pensé en esa escena durante muchos años hasta hace pocos instantes en que camino a la Universidad un muchacho me preguntó si el bus en el que íbamos paraba en la estación Escuela Militar. El muchacho no tendrá más de 23 años. En sus manos llevaba un sobre de manila. Con documentos para aplicar a la Escuela, me imaginé. Tal vez se quiere enlistar. Lo vi y le respondí que sí, que sí paraba. A continuación pensé que en unos meses si nos encontrábamos en un contexto en el que yo fuera -única y exclusivamente- 'estudiante' y el un 'soldado' -también única y exclusivamente- nuestra relación sería muy diferente. Conflictiva y prejuiciosa en el mejor de los casos. Qué difícil es pensar el mundo en bandos.

La otra noche me acerqué a los conductores de los bicitaxis que se parquean cerca a mi casa. Necesitaba fuego y estaban reunidos conversando y uno de ellos estaba fumando. Me quedé escuchando la conversación que tenían, hablaban del servicio militar. Se estaban riendo, a dos de ellos se los habían llevado de Ciudad Bolívar y se reían porque contaban que en el barrio nunca cogieron malas mañas ni metían vicio, pero que tras los primeros tres meses de adiestramiento de una se pegaron a la mariguana. Nadie habla de lo que pasó después del servicio militar porque esencialmente no pasó nada. Un gran apagón. El servicio a la patria que sí fue y la vida después que no.

Llego a mi portería pensando eso. Saludo al paisa. No sé si sea paisa, le dicen así. Recojo en mi memoria diferentes porteros que ha habido en los diferentes lugares en los que he vivido, o con celadores con los que haya conversado alguna vez. Puede que la memoria me engañe, pero tengo la impresión de que el relato mayoritario entre los celadores era siempre el mismo: gente de provincia, con bachillerato, prestó servicio militar y ya. Toda la oración da contra ese 'y ya' como un camión a toda velocidad contra una pared. No hay nada para los héroes de la patria que promocionan en la radio. Una ayuda para ingresar a educación superior, programas para pequeños empresarios y emprendedores, lo que sea. Pero no una patadita en el culo y una muda de ropa, eso no, malparidos. A la gran mayoría les queda una vida de adulto joven que mantener y con los afanes propios de la ignorancia cotidiana, de ese nocivo analfabetismo funcional tan característico de nuestra ciudadanía. Ahí queda el mercado de las compañías de vigilancia en las ciudades capitales, sus bodegas, sus edificios, sus bancos, sus urbanizaciones, sus centros comerciales, sus propiedades privadas, sus parques con horario y reja. De la selva a la caseta.

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Si llega la ocasión en que la construcción de mejores mundos se choque con los obstáculos que presentan las circunstancias, la "realidad", habrá que recordar que el pensar mejores sociedades, más justas y el ideal de ser mejores personas responde en gran medida a una tarea de la imaginación.

8 de agosto de 2012

Las voces (del sistema) en la cabeza

Uno se puede imaginar estar loco, el único requisito es no tener miedo. Asunto de máxima complejidad esa tarea: se trata de imaginar que uno está teniendo ciertos pensamientos. Muy a menudo pasa que encontrándose uno desarrollando dichas ideas, se asusta de sentirse en el papel, de sentirse convencido. Rápidamente devolvemos la película y volvemos a la tranquilidad mental de los bien pensantes.

Me acordé de eso la otra noche. Llegaba al edificio y subí por las escaleras. Pasé al frente del apartamento de una niña que me parece muy bonita. No tendrá más de dieciséis años, incluso menos, no lo sé. Pensé en lo fácil que sería sentarme en las escaleras mirando hacia esa puerta y nada más. Sería pan comido comenzar a hacer bitácora de las rutinas de ella. Pensarla en demasía. Imaginar que me llama aunque no me nombre y hacerle saber que lo está haciendo. Me quité el audífono izquierdo para probar mi suerte y mirar si tal vez estaba de suerte y me estaba llamando. Obvio no.

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En ocasiones pienso que hacerse de una personalidad, en este mundo tan setentahijueputa, es como cuando uno compra una biblioteca y se pone a organizarla. El resultado final está bien para uno, bien, pero hay días en que uno termina pensando que la biblioteca de tal o cual amigo sí que es linda, sí que es bonita, y uno le ve un encanto que en lo propio no haya ni de fundas en los días malos. Y es un pensamiento tenaz porque uno piensa que la biblioteca del amigo aquel salió, desarmada y simplona, de una caja similar a la propia. De alguna manera en el proceso de hacerla, los decorados y el papel de colores que le puso -y yo también- adquirieron un brillo especial que yo no conseguí.

Ese sí es un pensamiento de locos, demencial. Y por eso es que al mundo lo describo con esa palabra tan larga. Le doy por el culo al mundo con esa palabra y ojalá, bien larga que está, le rompa todo por dentro.

He aquí lo macabro: a esos pensamientos, tan constantes como cotidianos en refranes sobre el color del césped del vecino, no les tenemos miedo. No vemos gente haciendo fila en los consultorios de psicólogos para decirles "Doctor, pienso que los otros tienen mejores vidas". Claro, lo hacemos de una manera: desarrollamos manías, obsesiones, memes estúpidos, pero lo sustancial, que esos pensamientos nos los meten hasta por los poros, no se declara como el enemigo que es, la enfermedad mental que tenemos que aniquilar.

Me quedo deseando a mi vecinita, y pensando que mi biblioteca es bien bonita.

3 de julio de 2012

Una noche en la URI II- Los hechos

La primera parte de este texto es algo que quería escribir inmediatamente después de salir. Igual, vale la pena hablar claramente de los hechos:

La policía me cogió con 40 gramos de mariguana. Sí, es más de los 20 gramos que corresponden a la dosis mínima (no reconocida pero mínimamente respetada) por la ley colombiana. Iba para la casa de un amigo, compañero de la Universidad Nacional, que vive cerca de la universidad por la 26. La idea era dividirlo allí (porque era de los dos, hicimos vaca para comprarlo), descargarnos (es decir, dejar los moños allí) e irnos para Rock al Parque.

La policía estaba en un parque cerca de la Universidad. Yo los vi y supe que iban a pararme pero dar media vuelta en una calle vacía era una mala jugada. Al momento en que me piden un registro, yo hago tres cosas, saco cédula, carné de la universidad y le informo que tengo mariguana y que es más de la dosis mínima, que tengo conmigo 38 gramos pero que son para repartirlos con un amigo y el paquete por tanto no es solo mío. Con la mano derecha escribí torpemente (muy torpemente como se verá al final de este texto) unas palabras "Venga al lado de la capilla, policía me cogió. Urgente", se las mando a mi amigo con la certeza absoluta de que iría a ayudarme. Efectivamente fue así. Mientras llegó me registraron y no me bajaron de hijueputa en un buen rato. El teniente era un matón uniformado, mal mirado, mal hablado, de esa gente que a uno francamente le da miedo que ande armada. Me sentaron en una silla del parque, en él había familias tomando tarde dominguera, la policía hablaba durísimo, para enterar al barrio. Que acá había un criminal, qué cómo mierda era esto posible, que yo no sé qué. Que me quite los tenis, que me quite las medias, que me pare, que me siente, que "mejor rodéenlo, patrulleros, no vaya a ser que se las vaya a dar de atleta".

Llega mi amigo y nada importa. Él asume sus veinte gramos y le dice que era lo de los dos. Que el paquete no era solo mío. El agente dice que 'Ah bueno, entonces si yo tengo un paquete de cocaína y me cogen y llamo a mil personas, entonces soy inocente, ¿verdad?'. Le digo que eso es una caricatura, que está perdiendo el punto. No importa. Espósenlo, léanle los derechos. Entréguele el celular a su amigo que no puede entrarlo a donde va (a la postre me di cuenta que esa es una manera de incomunicarlo, entre el momento en que a uno le leen los derechos hasta el momento en que tiene que pasar al calabozo -lugar al que efectivamente no pueden entrar celulares- pasan varias horas -en mi caso cinco-). Quitarle el celular a uno es una manera de ponerlo en una situación de desfavorabilidad y vulnerabilidad, no un deber que se está cumpliendo para consagrar una ley.

Ya dentro de la patrulla, la posición de la policía hizo que haber llamado a mi amigo se volviera el peor error. Me decían que yo mismo había reconocido que me iba a ver con una persona para venderle mariguana, que mi amigo había aceptado que me iba a comprar mariguana. El cambio del lenguaje fue sutil pero contundente: mi amigo no había comprado mariguana conmigo, mi amigo me iba a comprar mariguana. De ahí en adelante, desde ese momento, el cargo de tenencia y tráfico de estupefacientes se hizo solito. No hubo nada qué hacer. No hubo argumentación o aclaración que valiera.

Claro, cabe la reflexión: ¿por qué putas ando con más de la dosis mínima si sé que me pueden dar durísimo con eso? Yo en la patrulla iba pensando en eso. Lo primero sería que pensé como improbable la idea de que me fueran a parar. Comencé por ahí, ese pensamiento, que en su forma genérica es el "eso pasa pero no a mí", me confié demasiado. Pero más allá de eso yo pensaba que lo hacía, y lo hacía tranquilo, por lo que voy a llamar un "exceso de confianza en las Instituciones". ¿Qué quiero decir? Yo en últimas pensaba: bueno, en caso de que me pararan yo llamo a mi parcero, él aparece y le explicamos al policía que son nuestras dosis personales. Yo creo que ese pensamiento estaba fundado en un error de grados. Yo me sé inocente, esto es: yo sé que soy usuario de mariguana, no que estoy en una red de tráfico. Sin embargo de ahí pasé a pensar "un policía seguramente va a entender esto, ante los hechos no lo va a negar". Eso está basado en ese exceso de confianza en las instituciones al que me referí antes. Yo de veras asumí que un policía en un barrio residencial con dos personas jóvenes con documentos, sin antecedentes, con carnés estudiantiles vigentes, uno de ellos viniendo a la escena con todo para perder solo para ayudar a su amigo, iba a reconocer que yo no era un traficante y que simplemente estaba mal parqueado en ese momento. El exceso de confianza lo ejemplifico en una de las últimas cosas que yo le dije al teniente antes de que me subieran a la patrulla: es que usted no puede ser un sujeto que solo ejerce el cumplimiento del código sin ningún miramiento, usted tiene que hacer un ejercicio de discernimiento, más en estos casos, más en este tipo de contextos. Y no es un ejercicio de omisión, es al contrario mirar de manera completa lo que está pasando. Me equivoqué, y por eso creo que mi exceso de confianza se funda en una ingenuidad, pensando que yo en cualquier caso iba a dar con un policía que sopesaría las cosas, que pensaría y reflexionaría por sí mismo. No que acudiría al código para desprenderse de su obligación de pensar y discernir y simplemente sacar a un "criminal" más de las calles.

Sí: tal vez les di demasiado crédito a la Policía Nacional. Algunos podrán decir que "ellos simplemente estaban cumpliendo con su deber", sin embargo creo que ese tipo de cosas corresponden justamente al imaginario que critico. Un policía no podría ser un agente que solo ejecuta "la ley" con la peligrosa ambiguedad que ello acarrea. Más en estos casos, más en este tipo de contextos de jóvenes y faltas menores y sin ningún tipo de agravantes, los policías deberían de tener y hacer uso de criterio, de valoraciones y de juicios que los lleven a ver las escenas de manera más integral. Igual: la ley está mal, los jóvenes siguen siendo afectados por la guerra contra las drogas y sus métodos. Allá en el calabozo estaba otro joven con dos gramos de perico, y por eso, por superar la dosis por un hijueputa gramo, entonces es narcotraficante porque eso dice la ley! Si leo los hechos que ocurrieron con esa luz me tengo que hacer nuevas preguntas: cuando me pararon en el parque bajando, ¿por qué me pidieron registro inmediatamente y no papeles como se hace usualmente? ¿por qué estaban parados tan estratégicamente parados en ese parque -que conecta con la 26- en una tarde de domingo? Y no eran dos o tres, eran cinco los policías que estaban ahí: viendo quién pasaba. Sería interesante ver un estudio de cuánto se dispara el ingreso de jóvenes a unidades jurídicas por crímenes de drogas en los días de Rock al Parque, a ver si hay una suerte de 'operación rastrillo' encubierta dirigida contra los jóvenes de la ciudad. Claro, argumentada como una lucha frontal contra el narcotráfico, pero afectando a jóvenes en su gran mayoría. En el calabozo en el que me encerraron había jóvenes de Bucaramanga y el Eje Cafetero que habían venido a Bogotá sólo para el Festival. Y no solo eso: como bien pregunta una persona que comenta la primera parte de este texto, ¿por qué los policías se paran a las afueras de la L? ¿Por qué recorren los barrios esperando a que las personas salgan de sus fiestas solo para requisarlos camino a casa (tres personas fueron agarradas con droga así)? ¿A eso nos ha conducido la guerra contra las drogas, a ese tipo de métodos? La mayoría eran del centro y el sur de la ciudad. Nadie incumpliendo la dosis, al contrario: 1, 2, 5 gramos máximo. Pero ahí estaban, tirados en el concreto: y allí no los dejaron las drogas sino las políticas de drogas de este país.

En el CAI, antes de que me mandaran para la URI me esposaron a la puerta de un casillero que estaba en la habitación trasera. Aunque en ese CAI el trato fue más cordial (dentro de lo que las circunstancias permiten) que con la patrulla que me agarró en el parque, allí pasó algo que vale la pena mencionar. Se me dijo que si daba los datos de un capucho de la Universidad Nacional me soltaban ahí mismo y que nada pasaba. Que si eran más me devolvían "la yerba". Le dije que no, que no yo no era sapo ni iba a entrar en esos juegos. Insistió en dos ocasiones más y finalmente le pedí que dejara de insinuarlo, que no iba a hacerlo.

Todo el proceso, hasta el momento de la salida de la URI a la mañana siguiente, estuvo marcado por estrategias Gestapo. Encender bombillos amarillos en la madrugada para molestar el sueño. El himno nacional durísimo. El golpeteo en la puerta metálica de entrada. En ese contexto no podía faltar la referencia a Charly. Bacana la coincidencia de que fuera a cerrar Rock al Parque. La anécdota cobra muchos sentidos.

Hay que anestesiarnos con la risa. Decía que había escrito torpemente el mensaje que le mandé a mi amigo, y era de veras. Les contaba en la madrugada a los huéspedes de la URI que del susto y por error primero le mandé el mensaje a una niña con la que no había hablado hace como nueve meses y que justo ese día la iba a llamar porque estaba de cumpleaños. En la madrugada eso me alcanzó a hacer reír. Claro que en el momento de enviarlo, sabiendo que en el celular tenía máximo $600 de saldo me hizo casi que llorar de la piedra. Pero bueno: alcanzó para el otro mensaje.

2 de julio de 2012

Una noche en la URI

Segunda parte.

Me resulta muy difícil describir un calabozo. Ya usar esa palabra me parece algo extrañísimo: no me es familiar, no la uso en mi cotidianidad. Pero hay que usarla porque no hay mejor manera de describir el lugar: es el calabozo de la Unidad de Reacción Inmediata de Paloquemado, Bogotá. Muros de roca (no de concreto), de roca gruesa, porosa, intimidante e irregular. Cuatro rejas y una puerta metálica oxidada resaltan entre la roca. Lugar para dormitar de los varones (dos espacios, uno en la pared opuesta al de las mujeres y otro en la pared opuesta a la puerta por la que se entra), lugar para dormitar de las mujeres y habitación para rueda de reconocimiento (en el extremo derecho de la pared opuesta a la de la puerta por la que uno entra). Hay una cuarta puerta metálica, por la que se entra, está dividida en dos partes y da a la oficina de los funcionarios de la Fiscalía que cuidan el lugar.

Los lugares para dormitar no merecen ser llamados "dormitorios". Los catres salen de las paredes: planchones de concreto que salen de la roca porosa, para hacer de camarote de dos pisos cada 80cm. No son cama de ladrillos, tampoco de roca. Se asumiría que el concreto se usó pensando en hacer los planchones lo más lisos, lo más uniformes posibles para hacer parecerlos camas. Sin embargo asumir eso es darle crédito a las autoridades penitenciarias de Colombia. Los planchones son irregulares, con grumos de cemento por toda parte, brutales con los riñones, la suciedad de las camas (porque así le llaman en todo momento de la cadena de mando) riñe con el frío que producen en el cuerpo. Ambos hacen de dormir algo posible solo para borrachos semiinconscientes. Algunos de los que están allí han optado por usar las cajas de icopor de los almuerzos que les dan, como colchón. O más que como colchón, como una capa intermedia entre el frío del planchón y el calor que se pretende alcanzar en el cuerpo. No es cosa de comodidad, es cosa de hipotermia.

Cuando abren las rejas del lugar en el que se duerme, y se puede estar en el espacio del medio, el "comando" (así le dicen al guardia) deja bien claro que los hombres no pueden acercarse a la reja del calabozo de las mujeres (la cual siempre permanece cerrada). Justo esa noche, ya con las respectivas rejas cerradas, entre uno y otro lugar se hacía un diálogo permanente. Habían capturado a una pareja de jóvenes. Por robar ("hurto") en un centro comercial. Hablaron durante toda la noche. Se oía durísimo, las voces hacían ecos. Nadie molestó por el ruido porque muy pocos estaban durmiendo. Unos estaban simplemente acostados aguantando el frío. Otro, también por tener mariguana encima ("porte y tráfico de estupefacientes"), en bermudas, intentó hacer su camisa lo suficientemente grande para que todo su cuerpo, comenzando por sus rodillas, cupiese en ella. Otros, un poco más lejos, hablan de lo que han hecho -qué fácil y por tanto qué engañoso sería decir aquí que hablaban de sus "crímenes". El robo, la roche para la cabeza, la pobreza. La idea de que el país los pateó. El nuevo que llega -¿qué hay para la cabeza? pregunta a coro la gente-, tal vez hay suerte y alguno logra meter un bareto. Pero si no hay bareta todo bien, hablando también se forman lazos. Así nos relacionamos, logramos sentirnos un poquito personas. 

La pérdida de la dignidad en el proceso judicial es el común denominador en los diálogos ("esos tombos son unos hijueputas"). Nos tratan como perros. En algún punto entre que nos leen los cargos y la policía nos pone sus manos (las esposas) encima, hasta el momento en que nos toman huellan digitales, la humanidad se pierde. El lugar de reclusión es una prueba de ello. Un calabozo hecho pensando en amedrentar, en asustar y someter. No es este un espacio de justicia. La única presencia del Estado en ese calabozo son dos teléfonos de la ETB (Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá). Los baños son humillantes. El olor a mierda y orina es tan intenso que se alcanza a especular sobre si se han metido en los poros de las rocas que hacen de pared. Tres cisternas separadas por cubículos que parecen hechos para la selva. No es un baño digno. Es incomodar al punto de amedrentar. Al punto de doblegar, de hacer saber que se está en una situación de desfavoralidad. Es buscar quebrar el espíritu.

En el cambio de turno de las seis de la mañana el nuevo comando aprovecha el conteo para informar que él no va con maricadas. Que si jodemos de alguna forma, nos encierra en los lugares para dormir sin abrirnos para ni mierda. Finalizó con un claro: "Y si les da ganas de orinar, pues paila". Entre las cosas que joden al comando están que nos acerquemos a la reja de las mujeres, que golpeemos la puerta metálica que da a su oficina, o que comencemos a hacer preguntas estúpidas como por ejemplo que a qué horas es la audiencia, o si ya llegó el abogado defensor, o que si hay un juez de garantías de turno. Preguntas maricas, señores, preguntas maricas. Me sorprendió que cuando un hombre hizo un chiste sobre un tipo joven que -por algún motivo que no deduje- estaba encerrado en el cuarto de las mujeres, el comando reaccionó con un sonoro ¿muy chistosito? abajo tengo un cuarto pequeño y oscuro donde se puede reír si sigue haciendo chistes.

El desayuno es un pan con una salchicha y un vaso de chocolate caliente. Desde ahí conversamos todos, nos vemos las caras, nos contamos las imputaciones y la letra menuda de los hechos. Las carcajadas también.
-Parce, el man con el que está mi exesposa me le pegó a mi hija de dos años y paila, me tocó meterle la mano. Y como la nena se puso a defenderlo a él, pues paila, empujándola le metí un manazo y... "lesiones personales". 
-Un tipo le cascó a mi esposa esta madrugada. Y yo de un solo puño lo dejé boquinche. Y paila: "en flagrancia", un policía me vio.
-Yo me robé tres chap-sticks y me pillaron. Yo ofrecí pagarlos, pero ni modo, el tipo no tranzó y ahora no sé qué va a pasar.
-Yo le había jurado al divino niño que no iba a volver a robar, pero paila. Acá estoy. Y me alcancé a sacar dos chaquetas del Falabella, pero en la tercera perdí el año.
-Yo por mariguana, 40grms.
-Yo también por mariguana. Pero un moñito de mil sino que los tombos se me enamoraron y querían cumplir con la cuota de la noche.
-Yo tenía un puntico de mariguana, y no, acá me trajeron. Porque me cogieron al ladito de la L y paila, me llevaron en la mala.
-Perrito, yo no más tenía un baretico de 100grs
(risas y eco de risas)
-Yo ando acá porque me cogieron con dos periquitos. Una maricada, justo ya me iba a ir para la casa y tenga.

La mayoría de los que están lo están por cargos de droga, "porte y tráfico de estupefacientes". Mariguana más que todo. La mayoría estamos entre los 19 y los 24. Gente joven, normal. Iban para Rock al parque. Íbamos para Rock al Parque. Toca ver si se alcanza.

La reflexión política nos abarca en nuestra calidad de cómplices. En la cárcel soy un burgués. Sí, mucho chirrete, mucho ladrón, mucho caso perdido. Y acá estoy yo. Y como yo, otros que se salen de la regla. Pero acá la mayoría son miembros del club sin futuro. Unos van a modeliar (ya están condenados y van para la cárcel Modelo), otros están cruzando dedos para que se les hayan borrado los antecedentes ("porque así es más difícil que un fiscal decida dejarlo en libertad a uno"), otro está confiando que el tipo al que cascó a la madrugada no se vaya a presentar a ratificar el denuncio. Pero en ese calabozo, alrededor del chocolate, todos somos iguales. Atrás queda la sensación que se tuvo al ingresar al calabozo la primera vez, acá todos somos desconocidos, pero bueno, todo bien. "Acá todos somos un poco malos, pero también buenos", dice un buen tipo que se llama John. Él es de los que va a modeliar.

Mientras dormitamos aprovechando el calor mañanero del calabozo llega un peladito. Si no fuese por el hecho de que estábamos justo en ese lugar, uno para judicializar personas mayores de edad, nunca hubiese adivinado que ese pelado tenía dieciocho años. Cabello corto, blanco, caribonito. Un niño. Se acuesta en una de las planchas y le preguntamos que por qué está aquí. Responde que por "hurto agravado". Nos explica que se robó un celular y le punteó la mano a la niña que lo tenía. Él está ahí de paso. También va a modeliar. Él -cómo es la vida de tremendamente hijueputa en ocasiones- está en ese calabozo esperando a que la Registraduría le saque de emergencia la cédula de ciudanía. Tiene dieciocho años, pero recién cumplidos. Ni cédula ha sacado. El pelado se acuesta y la luz del sol le hace brillar los ojos. Están rojos, llorosos. Tal vez no quiere llorar y dar papaya. Le pregunto que a hasta qué grado estudió. Me dice que hasta sexto, pero que se aburrió. No quería volver y además la maestra no lo quería. Eso último tuvo en mí un efecto mucho más devastador de lo que el muchachito hubiese podido prever. La anécdota es dura. Le esperan entre tres y cuatro años de prisión. Otro pelado se para de su planchón y le hace un chiste sobre la posibilidad de que vayan a ser vecinos de celda. Él también va a modeliar, también hurto agravado. John le hace un comentario sobre lo desconcertante que es escucharlo hablar sobre su sentencia con una sonrisa en la boca. Él levanta los brazos. Quién sabe en qué estaba pensando John en ese momento. Él va siete días en esta celda. De veras no puedo imaginar qué sería estar encerrado en ese lugar durante siete días. Desde la noche anterior que hablamos yo me enteré que él iba a pagar cárcel, pero solo hasta ese momento lo vi como un muchacho que estaba por pagar cárcel: asustado, frágil, vulnerable y temeroso. "Los hombres también lloran" balbucea mientras rompe en llanto y maldice a un gobierno y a un Estado que nunca, hasta el día en que lo encarceló, le aseguró tres comidas al día.

Con John he tenido oportunidad de hablar bastante durante las últimas 14 horas. En esta última conversación, iniciada por la coyuntura del muchacho de 18, se terminan por materializar nuestras polémicas. -¿Y usted sí cree que el mundo se puede cambiar?- me pregunta. Me señala hechos en el mundo para mostrarme la imposibilidad de esa empresa. Me señala al niño de 18 años a quién no le caía bien la educación pobre que le dieron y desertó; me señala al joven ladrón que cuenta que ha buscado salirse ya varias veces, pero que igual no consigue trabajo por los antecedentes. Y así se mantiene el círculo vicioso. Sin trabajo, sin posibilidad de reinsertarse y rehabilitarse "en la legitimidad", se genera antecedentes que lo remiten a su condición de permanente desempleado. Así no se puede. Me señala cómo las prisiones son escuelas del crimen en la que se entra como niño y se sale como matón. Con los ojos rojos me describe su futuro viendo el sol entre barrotes.

Con mis descripciones no pretendo explicarlos. Pero si entenderlos buscando entenderme y entender nuestro contexto. Nuestras profundas fallas como sociedad. "Se me perdió el sol" dice una pared rayada en uno de los calabozos-dormitorios masculinos. "Se nos perdió el norte como sociedad" pienso yo al salir del lugar, al despedirme de John y su diente frontal roto de un fraternal abrazo.

**

La mayoría de las personas que estaban allí lo estaban por crímenes relacionados con tenencia y consumo de drogas. A excepción de tres personas (entre las que me incluyo) todos estaban con cinco, seis, ocho gramos de mariguana. Moños pequeños. Pero tenían un cierto perfil, uno de vulnerabilidad económica. Los suben en el camión para cumplir la cuota de la noche. Lo hacen haciéndolo parte de un proceso de reducción de la dignidad de las personas. De aplastarlas y hacerlas sentir peor que la mierda. Los presos no son ciudadanos. Me leen mis derechos, pero no es más que una mala broma. Comienzan por violar la dosis personal, comienzan por violar las propias sentencias Constitucionales.

Ahí está en su máxima expresión múltiples relaciones que salen y derivan en la llamada "guerra contra las drogas", sus implicaciones, imaginarios y presupuestos. Jóvenes sin mayor crimen que tener un perico en el bolsillo o fumarse un porro, a puertas de ser juzgados, siendo obligados a ser parte de una experiencia denigrante, impactante y absolutamente innecesaria. Estos sujetos, los que no pueden salir rápido, "los nadies", tan bien definidos, no se vuelven otra cosa que procesos archivados y represados. Huellas en hojas de vida. Y en el peor de los casos, terminan siendo huéspedes de los pisos de nuestro miserable sistema penitenciario. Un sistema que no se piensa para la rehabilitación y la reinserción en la sociedad, sino para el olvido y el desprecio. La tierra de nadie en donde se está en un estado medio entre la animalidad y la humanidad. ¿Dónde están los talleres, dónde están los trabajos pensados en la rehabilitación de los sujetos? ¿Las carreras técnicas para la profesionalización de la población carcelaria pensando en su reinserción funcional en la sociedad? ¿Dónde están las garantías laborales para los jóvenes con antecedentes de delitos menores o relacionados con drogas? ¿Dónde está la justicia sino como un concepto macabro que sirve para justificar profundas y traumáticas humillaciones a los derechos de las personas? No hay tales programas, no hay tales iniciativas. La guerra contra las drogas y la llamada guerra contra el terrorismo (unidas en nuestro contexto nacional de una manera tan singular como macabra) saturan nuestros sistemas penitenciarios y penales, reduciendo las vidas humanas a "resultados", "positivos", "la cifra de la semana". En esta semana de Rock al parque haremos tal vez parte de la estadística sobre los estupefacientes incautados en la fiesta musical de Bogotá. Asistiremos en los próximos días a los titulares que usarán estas cifras para pedir de una vez por todas la clausura de semejante farra para desadaptados drogadictos. Y los desadaptados no son nuestros gobiernos, que encarcelan jóvenes en vez de educarlos. Que invierten dinero en complejos militares y penitenciarios en vez de instalaciones de educación y mejoramiento de la excelencia.

Fernando Savater en su libro "El valor de educar" hace referencia al sistema penitenciario en una democracia de una manera muy singular: como la contracara, el rostro del fracaso, del sistema educativo. En el marco de la guerra contra las drogas, con los paradigmas de prevención e interdicción usados ambigua y dañinamente, esta dicotomía adquiere un valor especial. Es errónea la visión política que hace que un país desarrolle sus políticas intentando aplacar efectos de causas que han sido históricamente ignoradas. La gente, si tiene hambre, seguirá robando. Es tan simple como eso. Y claro, desde la comodidad del sofá urbano (moral en muchos sentidos) es fácil pensar lo contrario.

En mi caso todo salió bien. Una "anotación". Pero no dejo de pensar -con un compromiso renovado- en la necesidad de repensarnos nuestra sociedad estructuralmente. Los olvidados, los pobres, los miserables, la estadística..., úsese el nombre que se prefiera, pero ese gran espectro del país que desaparece tras el titular que se vuelve costumbre, tras la cotidianidad que se da por sentado, es, de hecho, muestra de las condiciones sociales y políticas que nos han impedido avanzar. Inequidad social, educación de pobres y de ricos, políticas criminalizantes y prioridades de Estado criminales, desatención de las problemáticas sociales desde enfoques integrales y no policivos..., y otros tantos elementos que porque los olvide mencionar aquí no dejan de existir.

A John le respondí que no sabía si el mundo se podía transformar o no. Pero también le dije que lo que sí sabía era que si perdía la esperanza de que eso, transformarlo, era posible, mi salud mental se iba a ir por el retrete. Le dije que en un escenario tal no sabría que hacer conmigo mismo, con lo que he hecho de mí mismo y con la manera en que me he caracterizado. Le dije que en un escenario tal no sabría qué hacer ni con mis quereres ni con mis tristezas. Le dije que en definitiva un escenario tal significaría para mí mutilar gran parte de mi energía vital, y que algo semejante lo descartaba de entrada.

Con energías renovadas. Hay que trabajar. Hay que hacer, hay que transformar. Seguimos.

Vamos a ver si alcanzo a ver a Charly.

21 de mayo de 2012

¿Existen las constelaciones?

 «Permit yourself to drift from what you are reading at this very moment into another situation, another way of acting within the historical and psychic geographies in which the event of your own reading is here and now taking place; here, and now taking the place of other ways of making passionate and energetic connections between us. Imagine a situation that, in all likeli-hood, you've never be in." 
"Safety Curtain", de Cerith Wyn Evans.

¿Existen las constelaciones?, pero no comprendamos mal la pregunta, es una eminentemente política. Afino el lenguaje y reformulo: ¿si no existiesen los seres humanos, las constelaciones existirían? Vale la pena dudar y comenzar a pensar. Hay que inducir el diálogo. Existirían los puntos, luces de distintos colores y tamaños dependiendo desde donde se les vea. Pero las constelaciones no son eso sino ciertas líneas, ciertas relaciones que hacemos entre unos y otros puntos. Son descripciones -unas que escogemos por encima de otras- las que construyen las constelaciones, en un sentido son lo que las crea. Si no existiesen los seres humanos las constelaciones tampoco lo hubiesen hecho. Lo anterior en virtud de que jamás hubiesen sido descritas.

Ahora bien, quiero preguntar otra cosa. ¿Existen los maricas, los anormales, los desviados, los contra naturales? Algunos pueden decir que sí, otros que no. Los lenguajes construyen ontologías, y en mi ontología no hay nada de eso. Las descripciones que yo hago, las relaciones que yo valoro por encima de otras, no contienen esas palabras sino otras, resaltando otros rasgos, viendo un algo por completo diferente. En mi ontología hay personas homosexuales, infinidad de distintas personas, diferentes decisiones tomadas en la vida y diversas maneras de ver el mundo. Yo decido qué quiero ver en el mundo, puedo decidir con qué palabras describirlo y cómo establecer mi relación con él.

Pero no se necesita que los humanos dejen de existir para que las constelaciones desaparezcan. Si quisiéramos podríamos crear nuevas constelaciones, una nueva forma de leer el cielo. De igual forma en la ciudadanía democrática se da esto. En cualquier momento podemos reformular la bolsa de descripciones con las que nos desenvolvemos en el mundo.

12 de mayo de 2012

Cuento de un profesor de colegio joven

Hoy el señor rector se dio una vuelta por el salón de clase. Bajó y nos vio. Escuchó un rato la discusión y se mostró curioso sobre la duración de la actividad, el "trabajo en grupo", como él le llamó. Era una discusión, los niños estaban intercambiando opiniones sobre un tema en específico, era una conversación con finalidad pedagógica. Pero no se lo iba a aclarar, él tenía afán. Vio su reloj. Aclaró que el del salón estaba atrasado. Un roce en la conversación: me llama idealista y yo pienso que si se va ese idealismo de mí, yo me voy del colegio. Es un gerente. En sus ademanes, su lenguaje, como mira, como mueve los dedos. El rector es un gerente con ansiedades gerenciales. A eso hemos llegado: los rectores de nuestros colegios son unos gerentes y nada más. Claro, pero si digo que hasta acá nos trajo el neoliberalismo ya estoy siendo ladrilludo, mamerto. En el peor de los casos: tildado de imprudente en el aula.

En el recreo las niñas me contaban entre risas cómo en matemáticas la profesora siempre pregunta ¿alguien no entendió? (porque claro, la pregunta tiene que formularse así), nadie responde, el timbre suena, y el primer comentario fuera del salón es ay niñas, yo no entendí. Esos son los espacios que hemos creado. Nuestras aulas son lugares tan profundamente mal concebidos y hostiles que son sitios donde no se puede no saber. El no saber, tan necesario para contar historias de errores, para crecer y vivir, es criminalizado, no cabe en este esquema en el que se transmite información (en horarios de oficina).

Yo hago el esfuerzo de explicarles el lenguaje que utilizo, que me lo entiendan. Les hablo y les cuento que cuando les digo 'silencio' en el salón, el énfasis que quiero hacer no es sobre el hecho de que se callen, de que hagan silencio, sino sobre el hecho de que el silencio nos permite escucharnos, escuchar al que tiene la palabra. Les digo que soy consciente que esa palabra nos puede llevar a equívocos. Les digo que haré un esfuerzo por callarlos usando la palabra 'escuchémonos'.

Con los niños más grandes me gusta usar el lenguaje de una forma más seductora. Los niños lo reciben bien, se emocionan. Los miro y les digo en palabras que me entiendan cosas que en sus formas de lenguaje antes no habían podido formular. Y las niñas también, se ríen si sienten que les estoy hablando, que de veras les estoy hablando. Les gusta que se sientan importantes, que sientan que es importante que sus miradas muestren que sí entendieron. Tal vez piensan que si eso sucede una lucecita se encenderá en sus ojos. Y tienen razón. A todos ellos los intento seducir con el lenguaje. Les digo que todo el sistema miente, les miente. Una niña pregunta que si entonces yo también miento. Le respondo con la verdad: que en los peores días me siento engañándolos, y en los menos malos, vendiendo aire. Qué riesgo tiene el ejercicio pedagógico de caer en la farsa. El sistema miente, y como faro guía de este, también lo hace el sistema educativo. Se delimita y concibe bajo la batuta de ideas y expresiones que muestran la imposibilidad del cambio. Basamos nuestra pedagogía bajo oraciones como 'siempre habrá pobres', 'es que las cosas son así', 'corrupción siempre ha existido'. Son sobre esas descripciones que el sistema nos presenta lo que concibe como educación. Omiten la idea de que la realidad es transformable, que de hecho esa es la razón de ser de la educación: que se pueden transformar las realidades, los contextos. Pero se opta por lo fácil. Del diccionario pedagógico se elimina la idea de la transformación radical y profunda y se opta por caricaturizar la rebeldía.

Tenemos la necesidad de reconceptualizar. Ya no hay acá un sistema educativo pensado para la democracia, como necesario y fundamental para la democracia. Lo que tenemos no es una versión de mala calidad de ese ideal, ni siquiera. Es un sistema perfecto: perfectamente armonizable con los ideales no de una sociedad democrática, sino una amainada y apadrinada, sin formación ni vocación, una como -¡oh sorpresa!- la que tenemos. Preparamos masitas de carne para insertarlas en el sistema.

Hay que denunciarlo: es un crimen. Y todos somos cómplices.

29 de abril de 2012

"Resistencia civil"- Acto único


-Joven, papeles por favor.
-Buenas días auxiliar, ¿sabe? No le voy a mostrar mis papeles. [Responde lento, con resignación.]
-Así, ¿y eso como por qué? [Incrédulo.]
-Auxiliar, esta es la quinta vez en esta semana que me piden papeles entrando o saliendo de esta estación, y pues me harté. No se los voy a mostrar. Es la quinta vez.
-Mire, yo se lo estoy pidiendo amablemente.
-Es que yo no le estoy diciendo lo contrario, lo que pasa es que ya me rayé, ¿sabe? Me harté.

[Llega un oficial al lugar.]

-Qué pasa acá auxiliar?
-Mi coronel, lo que sucede es que el joven no me quiere enseñar el documento de identificación.
-Agente, lo que sucede es que me niego a mostrar de nuevo el documento. Es la quinta ocasión que me piden la cédula entrando o saliendo de esta estación. Y sabe cuál es el motivo? Que soy joven y que dado la estación queda al frente de ella, es muy probable que sea estudiante de esta universidad, la Nacional, una pública. ¿Sí o no? Y pues eso me raya: saber que usted me pide el documento por eso y ya. Por eso usted está aquí.
-No joven, usted está confundiendo las cosas. Acá nosotros somos policía de Transmilenio, y estamos en todas las estaciones, no se confunda.
-No, hay policía designada para Transmilenio, pero no en todas las estaciones piden documentos a todos los pelados que pasan. Acá sí. Y es por el puro "perfil" que ustedes tienen de las personas que pasan por acá. Y paila, me he identificado con el Estado cuatro veces esta semana, y hoy es apenas jueves, ¡y son las siete y quince minutos de la mañana! Yo le pediría que me dejara ir a la Universidad, que voy a llegar tarde a mi clase de siete.
-Me da mucha pena joven pero es la ley, muéstreme el documento o aquí nos quedamos, yo no tengo ningún problema, igual acá tengo que estar. Auxiliar no me deje ir a este muchacho. [Termina dando vuelta y se aleja a pedir cédulas en otra parte de la estación.]
-Pues agente, no se preocupe que yo también tengo todo el tiempo del mundo. [Lo dice poniendo la maleta contra la baranda y sentándose en ella. El auxiliar se para a unos centímetros con pretensiones de frustrar una potencial huida.]

[Pasan diez minutos, el auxiliar de vez en cuando flexiona las rodillas. El agente con rango se ve a corta distancia pidiendo cédulas. Se mueve hacia el joven.]

-Y entonces, ¿no mostró el documento? No muchacho, para qué se complica? Usted es el único que está poniendo problema.
-No agente, es que el hecho de que la demás gente no reaccione y lo tome como algo natural no me importa, allá ellos si se dejan arriar. [Lo dice mirando a su alrededor, ya que mucha gente al pasar de un lado a otro mira la escena de los policías y el joven.]

[Cruza un conocido de la clase de siete, éste va tarde a clase y va rápido, pero aminora el paso al ver a su compañero rodeado de dos policías.]

-Quiubo hombre? Qué pasó? [Dice siguiendo su marcha aunque a paso más lento.]
-Parce, dígale al profesor que no puedo llegar, ¡que la policía me tiene retenido!
-Listo hombre, todo bien, suerte con eso! [Saliendo del cuadro.]

-¿Sí pilla agente? No soy ningún terrorista -el auxiliar se ríe disimuladamente-, soy estudiante.
-Es que yo no le estoy diciendo nada de eso. Le estoy diciendo que me muestre su documento de identidad y que si no lo hace, no se va. Auxi, cuidado con que se le vaya. No se vaya a poner a pelear pero no lo deje ir. [Lo dice y se aleja a pedir más cédulas.]

-Y bueno auxiliar, ¿usted acaso no cree que es muy perverso esto?
-No qué va, si ustedes creen que acá uno está es por gusto. Acá estamos cumpliendo un deber.
-Claro, pero usted no se cuestiona el deber? Mire que usted no puede hacer las cosas porque ajá, porque sí, sin saber las razones.
-Mire, a nosotros nos mandan acá a proteger, y pues le estamos pidiendo la cédula muy amablemente y usted no cede.
-Pero qué va, ustedes están pidiendo las cédulas para pedir antecedentes porque tienen un 'perfil' en el que los estudiantes de universidad pública debemos ser requisados.
-Eso no es cierto, nosotros estamos en todas las estaciones.
-Eso es falso auxiliar, como le dije a su superior. Hay Policía de Transmilenio en todas las estaciones, pero acá es donde tienen el filtro de pedir documento y revisar antecedentes. ¿A usted no le parece eso una gonorrea? A mí sí, y ya es la quinta vez, y no me voy a dejar requisar.
-Ah, pero es que uno nunca sabe. Acá toca estar.
-¡¿Luego usted qué piensa de la vida?! ¿Que alguien va a pasar por acá con papas bombas en la maleta?
-Pues uno nunca sabe, mire las noticias.
-¡Mire las noticias usted, auxiliar! ¿No ha visto que esa mierda se estalla con nada? ¿Usted cree que con lo embutido y apretado que uno va en Transmilenio esa vaina no se estalla si uno lo tuviera en la maleta? Si eso con una leve presión, con su permiso [dice mientras se le acerca y con la mano le da un ligero empujón en el pecho], con algo así ya ¡bum! ¡Nos vamos todos para la mierda!
-Pues uno nunca sabe joven, ustedes que creen? Acá uno está cumpliendo un deber. Lo creen bobo y pendejo, ¿usted cree que no sé? Y qué va, uno conoce calle. Uno está cumpliendo el servicio y ya.
-¿Auxiliar, usted cree que yo no sé eso? Es que si yo le digo 'es que usted es un jovencito' se lo digo en el mejor de los ánimos. Yo entiendo que usted está acá básicamente porque le toca, por eso le digo, ¿cómo es que no piensa en lo que lo mandan a hacer?

[Se acerca el oficial de nuevo.]

-No muchacho, va tocar llamar a la móvil para que lo retenga.
-Y agente ¿eso como por qué? ¿Acaso yo qué he hecho?
 -Usted se está negando a mostrar su documento de identidad y eso a mí me faculta para retenerlo. [Se aleja.]
 
[Pasan otros 8 minutos. El joven apoyado en el barandal de la estación. El auxiliar parado, flexionando las rodillas cada tanto. Cruza un amigo cercano. Este sí se detiene por completo ante la escena, y se acerca a su amigo. El auxiliar reacciona.]

-Quiubo marica, y qué pasó? [Pregunta impresionando mirando al auxiliar y la maleta en el piso.]
-Nada, que me pidieron cédula y no se las quise mostrar. No parce, es que estoy mamado. Es la quinta vez en la semana. Y el único motivo por el que lo hacen es porque somos jóvenes y estudiantes de la Nacional, y paila, me rayé. Y no quiero mostrársela. ¿Usted tiene minutos?
-Sí, ¿por qué?
-Por si me montan en la patrulla, llamo a mi jefe antes para avisarle y que haga algo. [Ambos se ríen.]

[El agente, a lo lejos, se da cuenta que ahora son dos jóvenes los que están alrededor del auxiliar. Se devuelve al lugar.]

-Agente, yo no planeo subirme en ninguna patrulla, sépalo. [Le dice al verlo acercarse.]
-Pues joven, siempre quedan los medios coercitivos.
-Agente, ¿pero medios coerctivos? ¿Pero luego yo qué soy? ¿Un criminal? Yo soy un estudiante, nada más. ¡Mire! ¡Ese es un compañero mío, de carrera, ambos estudiamos lo mismo! ¿Le ve cara de criminal? ¡Yo ya debería estar en clase! [El amigo, sorprendido por la escena, sonriendo levanta la mano para hacer un saludo tímido al agente.]
-Es que usted llegó tarde  porque quiso. Yo le pedí la cédula y usted se negó.
-No agente, es que no se trata de llegar a clase temprano y ya. Es una cosa de símbolos: yo no le quiero mostrar mi cédula, me niego. Esto es un acto de resistencia civil.
-Ah, pero sí ve que usted se pone a frentearlo a uno, y a insultarlo. Así no se puede. [Hace ademanes de coger el radioteléfono. El aludido reacciona.]
-Parce, páseme el teléfono -el amigo se lo pasa y se mantiene pendiente de la escena-. Agente -dice, intentando calmar los ánimos-, ¿acaso le falté el respeto? Pues si lo hice lo lamento, pero no era la intención.
-Mire joven, yo simplemente le estoy pidiendo el documento, y usted está haciendo el show.
-No agente, es que yo no estoy simplemente negándome a mostrarle el documento. Le estoy diciendo que esta es la quinta vez esta semana que me piden papeles. Y eso me aburre.
-Mire, los antecedentes los actualizan a diario. Tal vez hoy apareció una sorpresa.
-¿Qué trata de insinuar agente? ¿Y me dice que esta no es una política que criminaliza y estigmatiza? ¡Dese cuenta! ¡Es como en los alrededores de la Distrital o de los parques de la Pedagógica! Allá también se van a pedir antecedentes a cuanto joven pasa.
-Se lo vuelvo a decir joven, acá simplemente estamos cumpliendo un deber. Estamos ejerciendo acciones preventivas para proteger a la ciudadanía.
-¡Pero agente, es que yo soy la ciudadanía que debe proteger! Por eso le digo que mi problema no es con usted sino con esta política que criminaliza y estigmatiza. Yo soy el ciudadano que deben proteger, pero como soy joven, de universidad pública, mi ciudadanía ya no es tan fidedigna para el establecimiento. Y es que agente, si usted me cambia las reglas del juego y me dice que estamos en un Estado de sitio, entonces sí, yo no le veo problema, pero no me diga que estamos en una democracia y me toca identificarme ante el Estado hasta cinco veces a la semana. ¡Es un exabrupto! Producto de unos imaginarios perversos. Y hoy me niego a ser parte. Hoy no quiero mostrarle mi documento agente, es así de simple.

[El agente se queda en silencio unos segundos mirándolo. Su rostro impávido dibuja una sonrisa que se parece más a una mueca.]

-¿Así? Bueno, entonces váyase.
-Pues me voy agente.
-Pues váyase.
-¡Agente, pues me voy! [Dice dando con desconfianza unos pasos atrás del agente sin darle la espalda ni irse muy lejos.]
-Pues váyase joven.
-Pero de mí sí todavía no se libra. [El auxiliar le corta el paso.]
-Déjelo auxiliar -musita el agente alejándose de la escena-, que en esta ocasión le sirvió la resistencia civil.

[El joven se aleja, por unos metros aún sin dar la espalda. Su amigo lo secunda. Ambos anodadados. Sin terminar de entender qué acaba de pasar. Se dirigen a la universidad.]

5 de abril de 2012

La paja

Hay sentimientos que se entienden mejor bajo lo subjetivo, en carne propia. El amor o el odio visceral (misma vaina pero en sentido contrario) distan mucho de ser fenómenos perfectamente captables bajo la simpleza de la definición. Pensar que solo de esa manera (bajo la forma de la definición) se puede entender y comprender, más que un error, es una tara conceptual para el momento en que uno se relaciona con el mundo. Si uno piensa una cosa de esas, irá por la vida dándose tumbos mientras intenta apegar su ser al principio de no contradicción. Uno no sabe que siente dolor, uno siente dolor. Y así, también aplica para la voluntad. Ahí también es un embrollo, nada es claro. Me gusta repetirme esa última parte. Ese saber posible la contradicción consigo mismo sobre lo que se siente es reconfortante a la hora de hacer llamadas francamente imprudentes. Encuentros que solo dejan extractos bancarios bajos. Sin embargo hay que estar en la juega, y entender el fenómeno no pretende justificarlo. Ahí es donde entra en escena hacerse la paja. A la hora de reducir las ausencias, hacerse la paja actúa como un catalizador mental fundamental. Al acabar, es otra la mente que siente, la necesidad parece tan poca, el beneficio de la compañía también. En ese par de segundos posteriores toma forma una manera de sentirse en la que la sola idea de una potencial compañía (esto es, que se haya llegado a este estado mental junto con otra persona) resulta incluso incómoda. De pronto esa idea presenta una serie de complicaciones que, comparadas con el escenario de placentera y cómoda soledad, la hacen francamente inadecuada. Que el taxi, que la deuda, que la deuda moral, que la impertinencia del llamado sobrio. Algunas veces pienso que debería aconsejarles a mis amigos, cuando están borrachos e imprudentes consigo mismos, que se vayan a masturbar al baño del bar. No sé cómo funcionará con las niñas, pero seguro es parecido. Es que desde afuera todo parece tan lejano. De nuevo juegan papel las subjetividades: lo siente el que lo siente. Y aprovechándose de la distancia, bajo esta reflexión el espíritu se puede tornar tan altanero que incluso puede despotricar del amor y otros estados mentales como si fueran la misma cosa, y claramente no es así. Pero en todo caso, la paja sí puede ser una herramienta increíblemente útil para el espíritu. Es decir, no se pretende no equivocarse, pero la idea tampoco es estar embarrándola aquí y allá constantemente, y con eso en mente la paja es muy útil. Igual no es suficiente, digo la paja. No lo es y pienso que no debería serlo. Empezando porque la sensación principal que dio pie a la reflexión, aquella de la soledad placentera, se torna insuficiente de repente, y desaparece tras un par de momentos. Esa es una paja que no arde. En todo caso el punto era ese: la paja como un atajo ontológico. Bueno, en fin ¿se entiende la idea o parece pura charla de borracho? Igual no importa. Más bien, bacano que justo nos hayamos encontrado hoy. ¿Otra ronda? Bueno, rico, salud.

30 de marzo de 2012

Cuatro años después

Sergio mañana no tiene que madrugar, por eso hoy está acá. Por cosas de la vida hoy está casi todo el parche. Margarita, de pie, al lado del grupo, tiene cara de aturdimiento. Había estado de viaje, y sólo hasta ahora se enteró de lo que le pasó a Federico durante los últimos meses. Amargo trago con todo eso de amigos cercanos de por medio.

Al borde está Jennifer y Felipe. Al parecer de nuevo están hablando. Debe ser una cosa muy hijueputa amar así. Un amor de a de veras, pero a sí mismo tan precipitado, en su forma tan equívoco. Ella queriendo un amor estable, cual mata para maceta. Él más bien es maleza. Ya llevan algún tiempo, y seguro van para más. Bien podrían ser ellos trama nuclear del desarrollo del grupo.

Andrés le pregunta a Daniel si ha escrito nuevos textos, que si recuerda cuando entraron a la carrera y se emborrachaban y se montaban a narrar cuentos en los buses. Daniel se ríe con algo de pena. Le dice que sí lo recuerda, y que no, que ni se ha emborrachado o escrito algo desde que entró a trabajar. Que lo disculpara (en ese contexto va muy al caso esa disculpa). Tomás interrumpe con un chiste sobre maricas negros gordos, todo en uno. Nadie se ríe pero todos aplauden.

Siento que el nubarrón gris sopla frío, pienso que no tengo paraguas.

**
Al llegar al paradero del bus cargo con dos certezas terribles -como todas: que la vida pasa inexorablemente y que parece pero no, tal vez no va a llover tan pronto.

17 de marzo de 2012

Diario de viaje

Justo acabo de llegar. Todo salió muy bien. Llego con la rotación y traslación mental alterada. Pero todo bien, no importa. Uno se va acostumbrando a las diferencias entre los sentidos de las palabras alone y lonley. Y eso que es en la misma lengua! Imagínate: en el mismo idioma y palabras pueden parecerse tanto y captar sentidos sumamente diferentes de la manera más sutil. La reciente experiencia de viaje, aprender a tropiezos y mal una lengua y hacerme intentar entender en otra, me ha hecho pensar mucho en eso, en el problema de la traducción y la interpretación. Los sentidos que se pierden. Sin entrar a conversar sobre las obvias dificultades que trae esto al plano político, sobre todo, creo, el internacional (piénsese por ejemplo en el ejercicio de la ONU a la hora de sacar una resolución consensuada) quiero referirme a otra cosa. Tiene que ver con cosas sobre las que ya te he hablado: la oralidad como ya una ruptura de sentido. No al punto de que nadie se pueda entender con nadie (eso sólo es una caricatura ramplona de lo que estoy diciendo), sino sí al reconocimiento de que sobre lo que uno piensa y habla versan diferencias de tono y deseo que al final terminan por modificar, no en gran medida tal vez, pero modificar al fin al cabo, el sentido de lo que uno quiere comunicar. Y si lo que uno comunica al otro es diferente a lo que uno se comunica a sí mismo (porque en últimas es de eso de lo que se trata) entonces la verdad se vuelve una gran protagonista, y no porque esté ausente, sino porque su claridad se trunca, se altera, cabe la posibilidad de que lo que uno dice no sea lo que uno desea y lo que uno pretende. La incertidumbre se abre camino a pasos agigantados. Entonces, sin más, es verdad cuando uno dice: no sé qué es lo que quiero, no sé qué es lo que siento o pienso. Novias del mundo hostigadas, ténganse: les tengo la excusa por antonomasia. Ah? ¿Qué tal el chascarrillo?

Supongo que tal y como hay ansiedades buenas, hay incertidumbres sanas. Así, entonces, uno aprovecha el descoloque y toma nuevas órbitas. La ciudad me recibe con lluvia. De esa que nos gusta.