20 de noviembre de 2011

Historia de una votante promedio de una ciudad lluviosa y con muchas palmeras

-Alfredo, ¿viste las noticias? Llueve mucho, qué miedo esos derrumbes. Dijeron que ya eran varios lugares los que estaban afectados.
-Sí, sí claro, pero ¿dónde quedan esos lugares?-, replicaba Alfredo. No están en un lugar tan favorable como nosotros. Acá nada de eso puede pasar. Tú tranquilízate y preocúpate de que los niños estén abrigados.
-No me convences. No sé las condiciones de esos lugares, pero uno nunca sabe.

Alfredo tenía que lidiar con las preocupaciones de su mujer por lo que las lluvias hacían en el país. Ella  insistía en los temores sobre lo que podría hacer un aguacero al lugar que residían. El conjunto, del que resultaba que Alfredo era presidente de la junta administradora. Él ya había sorteado la exigencia de multar a los vecinos que se negaran a comprar una sirena comunal. Esto fue tras que ella viera en un noticiero regional que en los habitantes de una población afectada por las lluvias lo perdieron todo porque, como dijeron en las noticias, repetía la señora, "un lado de la vereda no le pudo avisar al otro".
-Pero amor, esto es un conjunto. Es la ciudad, y estamos en una planicie. Que se inunde es muy improbable. Y si pasara, pues estamos en una torre.
Cuatro días con sus noches duró el proceso de convencerla.

Cuando Alfredo, volviendo del mercado y yendo para su apartamento, escuchó en la radio que por la lluvia se habían caído cuatro árboles en la ciudad, supo que al llegar a casa se iba encontrar a su esposa alterada. Sorpresa mayor al encontrarse ya a todo un grupo de mujeres, las mismas que hacían la colecta para las luces de los edificios en cada navidad, organizadas con su esposa al frente.
-Las palmeras Alfredo, las palmeras.
En un costado del conjunto, entre los edificios y una reja que limitaba con una avenida, había un corredor de pasto con algunas flores rastreras. Con algunos metros entre una y otra, se alzaban seis palmeras. De las citadinas. Largas, de un sólo tronco; delgado, y al final con sus hojas cortantes. Entre preocupaciones de madres y padres se decidió que era conveniente cortar de tajo las palmeras.
-Se pueden ir contra las ventanas-, decía una vecina.
-La habitación de mi hijo da justo a la calle-, decía otra.
Alfredo miró a su alrededor sin encontrar aliado alguno para bajar los ánimos. Las pocas miradas de algunos vecinos, que en su mayoría no hacían parte de la junta administradora, reflejaban incertidumbre y dudas sobre el proceder de los padres de familia agremiados. Finalmente una voz se levantó. El dueño de esa voz y su esposa se habían mudado hace muy poco al conjunto. Un matrimonio joven, sin hijos. Vivían en el quinto piso y no se habían presentado en ninguna reunión de la junta.
-Vecinos, yo creo que debemos esperar. O por lo menos asesorarnos bien. Tal vez no es necesario cortar todas las palmeras, incluso puede ser que no sea necesario. Yo al menos no lo creo.
Comenzó un rumor de insatisfacción en medio de la multitud. El joven se percató de ello e intentó remediar un poco la situación.
-Podríamos llamar a alguna entidad del Distrito -continuó. O por lo menos a alguien que nos pueda asesorar antes de tomar una...
-Haciendo eso no sucederá nada-, interrumpió la señora María Uribe, ya empoderada en su rol de líder con fervor popular, mientras el vencido vecino se apartaba de la reunión en silencio-. Lo que hay hacer es evitarnos una calamidad- agregó. Qué llenar formularios ni que nada. Más bien, ¿alguien tiene alguna idea sobre quién nos puede ayudar a talar eso lo más rápido posible? Así es que se resuelven estas cosas-, sentenció sin siquiera mirar a su esposo Alfredo que la miraba atónito.
-En la constructora mía tenemos equipos de trabajadores para eso-, dijo un vecino con cara de solidario. Yo llamo a unos para que vengan mañana mismo. No cobraré, ni más faltaba.
Hubo algunos intentos de aplaudir el ofrecimiento. María miró a su alrededor satisfecha.

La mañana siguiente, de domingo, vio su tranquilidad interrumpida con el ruido de una motosierra cortando de tajo las palmeras. María se levantó muy temprano, como todos ese día en el conjunto. Al volver a la cama con su café y encontrarse con la mirada de reproche de su esposo sentenció: -¡Pero ya no hay peligro de que una palmera nos caiga encima!

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