3 de octubre de 2011

El niño que se empinaba

Cuando Gabriel tenía cinco años se empinaba en el balcón de su apartamento para mirar a las personas pasar por la calle empedrada. Sus ojos sobresalían tras la reja blanca aunque desde la calle sólo se veían algunos pelos oscuros moverse. Podría pasar por una mascota y no un niño pequeño.

Cuando ya se podía subir al bus sin que su mamá lo cogiera de la mano él le agarraba el codo a la situación. Le emocionaba tanto la idea de independencia dentro del bus que se mantenía de pie incluso cuando había puestos libres. No le importaba zarandearse ni que se viera como rebotando entre los puestos de una y otra fila.

Siguieron los años y siguió empinándose, siempre alargando el cuello. Ya era una costumbre, le gustaba sentirse alto de a momentos. Las ganas de independencia y reconocerse como una persona no particularmente alta habían gestado en él ganas de sobresalir. De muchas formas. Empinarse definitivamente era su favorita. También de muchas formas.

El día que murió no lo vio venir. Llegó montado en su bicicleta a la portería de su edificio, estaba emocionado, había sido un día estupendo, le había ido excelente. Bajó al parqueadero a toda velocidad. Quería llegar a mostrarles a todos sus amigos lo feliz que estaba. Mientras andaba, rápido, con el impulso que ya llevaba sumado al que le dio la rampa, se puso de pie sobre la bicicleta poniendo ambos pedales a idéntica altura. Se levantó y vio clarísimo su futuro, su lugar en el mundo y de donde mostrarse. Sin embargo no vio, en el techo del parqueadero, entre tubos que transportaban la mierda de sus vecinos, una saliente de hormigón. Diseñada pensando en las personas muy altas, jamás se consideró la posibilidad de un joven increíblemente visionario.

1 comentario:

  1. Supongo que esta historia no está basada en la vida real, verdad?

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