18 de septiembre de 2011

Transportes de carga

Sale del trabajo y lo llama. Pactan la cita y camina hacia la estación. Se subió a un transmilenio que tenía nueve monitores empotrados. Nueve. Las pantallas estaban excesivamente cerca las unas de las otras. Era la imagen viva de la masificación. Un bus atestado de gente sin gestos, rodeada de pantallas con un letrero de "Parada crítica" en todas ellas. "¿Desea restaurar el sistema con la herramienta de restauración?". Pantallitas azules y la gente mirando por las ventanas. Algunos se ríen y señalan el letrero. Algunos se inquietan por cuánto costarán esas pantallas. Otros se inquietan por el por qué no funcionan. Quieren que funcionen. Urgentemente. Quieren algo para ver, algo que los distraiga.

Hace transbordo. La estación está llena y ya no hay televisores. Salta a uno lento. Que llevan a borrachos y a gente que no tiene prisa, que es lo mismo. No hay sillas libres, pero tampoco está sin espacio. Hay lo suficiente como para ir parado cómodamente, pero no. El transmilenio tiene cupo para 112 personas de pie, 48 sentadas en las sillas y un hijueputa que se sienta estirando las piernas cuál plasta desparramada. Pone su maleta entre sus piernas abiertas y salta a la vista un botón que dice "Jesús me ama". Puede que él te ame, pero no valora que seas un desconsiderado. La justicia divina, la forma políticamente incorrecta del Espíritu Santo, pone al frente del bazuquero rehabilitado a un hombre con un sentido del humor pasado (o a un mal tipo y ya, como se prefiera y desde donde se vea). El bus frena y los cuerpos se tambalean. De nuevo más duro. Un nuevo semáforo y todos jalan para adelante. Un par de cuadras más adelante y una frenada agresiva da la oportunidad: Al señor de humor pasado lo vence el jalonazo y se va contra el amado por Jesús. En dos segundos le zampa la entre pierna a la cara, y ahí se la tuvo, conteniendo la carcajada, uno, dos, tres segundos. Horrorizado se levanta. El botón salta a la vista y todos recordamos que para sus seguidores Jesús pidió amor para todos excepto por unas muy humanas excepciones.

A medida que el transporte se va llenando la relación con los otros se modifica. Tener tanta gente tan cerca permite sentir otras cosas. Al fondo van tres chicas Yanbal. Dos no tan chicas. Partícipes de la generación del desempleo formal: el trabaje desde su casa o llegando a las casas ajenas. A su lado, la tercera, una muchacha joven. Posiblemente hija de alguna de las dos. Ella aún no se siente cómoda con su rol. Su chaqueta roja está oculta por un buzo negro, y ella no tiene las cintas en el pelo que caracterizan a sus experimentadas colegas. No hay día que pase en que no se flagele por lo desaplicada que fue en el bachillerato. Se pregunta qué hubiera pasado si sí hubiera podido estudiar la universidad. Más hacia el centro del bus dos desconocidos están próximos a tomarse de la mano. Los tubos resbaladizos y las constantes frenadas permiten que los cuerpos se vayan acercando. Ella siente unos dedos sobre su mano y la retira, se voltea un poco mientras se acomoda. Él, sintiendo como ella retira su mano, se siente abandonado. Tal vez la hizo sentir incómoda, piensa. No cae en cuenta que la manera como sobredimensiona los pequeños detalles está relacionado con el que esté solo. Hay quienes que llaman eso ser intenso. Hacia el lado del conductor dos señoras muy emperifolladas van conversando. Una de ellas, flaca desabrida, se queda mirando a un muchacho sentado en una silla roja. El idiota se levanta y le cede la silla. La compañía de la flaca desabrida se acerca a la otra silla, ocupada por otro muchacho. Él baja la cabeza, evita el contacto visual. Al final se rinde, se levanta y le cede el puesto a la amiga de la flaca desabrida. Varios pasajeros que ven la escena piensan lo mismo: Yo no me hubiera parado. Tipo tan bruto.

Se acerca a la puerta para bajarse en la siguiente estación. Mira alrededor y ve a todas esas mujeres. Televisores inservibles en un bus, mujeres infelices y hombres ineptos en otro.

Sale de la estación. Mientras camina por el puente vuelve a llamar a Alejandro y éste le dice que ya está llegando, que lo espere en el costado oriental. Allí, un par de minutos más tarde, se acerca en su camioneta verde aguamarina. Laura va en el asiento de atrás. Tiene el uniforme de las prácticas y la cara de cansancio satisfactorio propio de un viernes al anochecer.

Van andando y entran a un contraflujo que está con trancón en un sentido. Ellos van rápido pero el contraflujo está estático. Alejandro pregunta a sus pasajeros si quieren echar chisme. Ninguno entiende. Alejandro baja su ventana de conductor, y comienza a decirle, a cada carro que pasa "¡Mataron un tombo, adelante mataron un tombo! Va a estar como demorado, ¡mataron un tombo! ¡Adelante mataron a un tombo!".

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