28 de agosto de 2011

Cambio de academia

No había sido fácil la decisión de meter unas materias en esa Facultad. Todos tienen prejuicios e igual que todos los asiáticos son chinos, esa visión, la que vendía (porque para él ese era el verbo) esa carrera, era enemiga del pueblo. Pasó mucho tiempo en el que esas inquietudes no pasaron de ser consideradas una fase.

Sin embargo hay cosas que parecen fases pero no lo son. Son paréntesis de cosas más complejas, amplias. Hay inquietudes que permanecen constantes. Toman otras formas, sí, pero es justamente eso lo que no se debe perder de vista. Toman otras formas las preguntas que están ahí. Se pasa de la pregunta sobre el qué, a una sobre el cómo, después al por qué. Pero es siempre la misma cosa. Son preguntas sobre lo mismo. Si uno está pendiente de su propia vida se puede dar cuenta de eso, de ese hilo conductor tan difícil de detectar para cualquiera que nunca se ocupa de sí. Este fue el caso, al menos unos años después.

Fueron muchas las reflexiones tras esas primeras semanas en esas nuevas clases, en esas nuevas ideas y nuevas formas de ver las cosas. Incluso el cambio era geográfico. Por tres días a la semana no giraba desde la entrada a la izquierda sino a la derecha. A otro edificio, otro lugar. No obstante fue una la que más lo marcó porque le reafirmó la conexión entre lo que pensaba algunos meses atrás y ese preciso instante. En el fondo la distancia entre ciertas carreras, entre ciertos conocimientos, no era muy grande. Se podía decir que todo partía de una distinción muy básica, fundamental y conceptual, sobre el objeto de atención de una u otra disciplina. En últimas era que una u otra enseñaban a fijarse y a teorizar sobre unos u otros detalles distintos. En la 26 unos ven polución y otros ven problemas de movilidad. Eso era todo. Cuestionarse esos cambios para mal, arrepentirse de lo ya hecho, es caer en una paradoja, y en una muy tonta y por tanto poco interesante. Sin las preguntas de la primera etapa no se hubiera llegado a las decisiones que se tomaron para pasar a la segunda etapa. Es un círculo vicioso.

Había sido todo lo que esperaba. El tipo de preguntas, la manera de aproximarse. Las inquietudes. Le gustó poder comenzar a incluir números y sus argumentos y explicaciones en sus opiniones. En su lectura de noticias y en su manera de ver las cosas. Hablar con números le daba rostro a muchas ideas, era una manera de decir "Y si no me cree, mire". Como pensó en un principio, su trabajo, lo que quería hacer, se vería muy beneficiado de esos nuevos aires. No había más que puntos a favor para esa decisión. Sin embargo habría que decir que lo mejor de tomar esas clases en economía era la niña de cabello corto y mochila azul cielo. Se sentaba dos sillas delante de él y era encantadora.

13 de agosto de 2011

Nuevos mitos urbanos

Mito número uno.

Un hombre que intenta recordar cómo eran los noticieros cuando era muy pequeño. Recordaba que siempre había un pedazo de noticias internacionales y otro de noticias nacionales. Pero hasta ahí le llegaba la memoria. Pensaba en contenidos y siempre era la misma conclusión. Nunca le habían contado de veras lo que pasaba. El valor de la retrospectiva.

Mito número dos.

Justo al atardecer se le ve por las ciclovías que están por las vías principales. Siempre yendo en sentido contrario al tráfico motorizado. Con chaleco, casco, maleta amarrada y una sonrisa se le ve agitando la mano diciendo a los carros 'chao, pirobos, chao!'. Sólo lo escucha el viento que pasa pero a él no le importa.

Mito número tres.

Dizque hay un policía por el barrio Santa Isabel. El tipo no trabaja allá sino que vive por la zona. Eso dicen. Algunas noches, uno no sabe cuáles porque son, dicen, las que no trabaja, se le ve en tiendas de la zona con amigos. Jartando. Y en esas cuenta, dicen, que a él no le gusta cascar pelados. Que no le ve sentido a eso de asustar chinos que fumen en parques. Dice que él prefiere sólo pasar y ver que todo esté bien. Al ratico, se le ha escuchado decir, los ve, a los chinos, caminando por el barrio mirando para el techo. Dicen que se ríe mucho cada vez que lo cuenta.

Mito número cuatro.

Se dice que hay una pareja de hombres. Se hacen en la puerta del medio del transmilenio. Normales, promedio. No tienen porque llamar la atención. Son irrelevantes. Sin embargo todas las miradas los tienen en cuenta tras el comentario de uno de ellos ante la cantidad de gente embutida en el vagón. -Si alguno me pisa le doy puñal. Todos quedan quietos. Nadie sabe si está bromeando.

Mito número cinco.

Le pasó a un amigo de un amigo de un conocido. El tipo bajaba del apartamento de una vieja, por Chapinero, tres de la mañana. Un aguacero durísimo. Bajan juntos porque van a coger taxi. El taxi se demora. En medio del aguacero y la séptima (o trece, no me acuerdo) vacía, una anciana iba arrastrando una zorra llena de bolsas grandes y pequeñas. Tenía puesto una capa hecha con una bolsa negra y, lo más curioso, un sombrero de copa baja forrado con lentejuelas moradas. La lluvia y la luz amarilla reflejaban. Escalofriante.

También hay versiones que dan cuenta de un anciano. Barbudo, encorvado, mal vestido. El tipo recorre las calles bonitas con un costal. A media noche uno lo ve entre los barrios residenciales escarbando las basuras.

Mito número seis.

Un universitario, un pelado. Le toca pasar dos puentes peatonales para llegar a la casa o para llegar a donde estudia. Siempre en horas pico es lo mismo. Sabe que no hay otra manera de manejar tanta gente, pero le molesta caminar alineado. Tanta gente en los puentes, moviéndose y no moviéndose de a momentos, le daba la impresión de ver una línea de producción de alguna fábrica del futuro. Para hacerle el quite a esa sensación el muchacho pasaba el puente intercalando pasos con saltos cortos. Dicen que pareciera que estuviese bailando.