16 de mayo de 2011

Pueblos cafés

Las cajas están puestas una tras otra. Sus ventanas, tan pequeñas como los sueños de los que en ellas habitan, son una gran plancha con un hueco por donde sacar la cabeza. Sólo se usan para ambientar las alcobas en la mañana y para permitir escondite a fumadores furtivos. En las cajitas ya no hay porcelanas en centros de mesas con bordados. Eso quedó en el pasado. El cinismo es ahora más descarado. Son casas habitadas por la Modernidad y la Cultura. Somos de avanzada. En el mejor sentido de la palabra. En el que pone aparte del resto.

A las 17:50hrs los puentes se comienzan a llenar. Salen como hormigas, se saltan y se pisan intentando pasarse mientras avanzan por las escaleras. Se nota en sus rostros el fastidio de ir detrás de alguien más lento. A las 18:50hrs, con el atardecer acabando, desde los parques se alcanzan a ver los altos pisos entrando en la rutina que acaba. Están en el momento que entran a descansar y al anochecer, pero aún no por completo. Las cortinas aún se mantienen abiertas, permite ver muchas cosas. Se ven abusos de la casualidad: se ven incluso ocasiones en que tres ventanas, tercero, cuarto y quinto piso, concuerdan en el vacío. Esas ventanas de cocina son diminutas, lo que hace ver la escena como tres negativos pegados. Las luces amarillas, de cada una de las cocinas, aumentan la ilusión de estar sosteniendo una película contra la luz del sol. En las tres cocinas, señor, señora, señora, acercándose a la estufa, todos con el teléfono celular en la mano, hablando al mismo tiempo. Todos, de forma consecutiva, como cascada, de arriba a abajo, en algún punto agitaron la mano como alejando a alguien mientras miraban la estufa y seguían hablando por teléfono. Era como un daño sincronizado.

Pero las cajitas no son sólo ladrillo y ventanas que persuaden a suicidas. También tienen flores. Flores de recepción, de oficina contable o algún otro lugar triste. Los árboles que plantan son delgados y frágiles. Verdes que tienden al amarillo y dan la sensación que van a morir pronto. Viven como los que viven en las cajitas, pero a los árboles se les nota más. Ya no hay canchas, ya no hay parque, ya no hay nada. Eso en las cajas ya no sirve. Es una legítima apuesta por recuperar la tradición de los parques de barrio. Eso dicen.

Un poco después de la media noche llega una persona que muestra que eso de las generalidades es mentira. Ella sabe que es una cajita, pero se refiere a ella, con cariño, como su colmena. Llega a la puerta de su cajita, y se encuentra el carro del mercado en la mitad de las escaleras. Es el carro de marcado, el que usan para que la gente pueda llevar sus mercados en el carrito y no pidiéndole ayuda al muchachito de la portería. No lo llevaron devuelta a la portería, su lugar cuando no está en uso. Ya es tarde, mucha, mucha gente pasó, lo vio y no hizo nada. Y está atravesado. Por qué la gente será tan perezosa? Dice mucho del carácter, no? Se preguntaba un poco desconcertada. Se quedó pensando varios minutos. Cogió el carrito lo bajó y por la vía del parqueadero empezó a conducirlo hacia su lugar. Al llevar audífonos ella no se dio cuenta que los rodamientos del carrito estaban particularmente oxidados, y que las ruedas desgastadas, rodando sobre ese asfalto pedroso, generaban un ruido que en el silencio de la noche aumentaba su resonancia. Los residentes de las cajitas sí se dieron cuenta. Algunas luces se encendieron.

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