4 de mayo de 2011

Finanzas familiares

Era la sexta vez que llamaban del colegio. El niño Pérez volvía a embarrarla. El niño, no tan niño, Pérez se excusaba en lo vago que puede sonar el "él comenzó". El señor y la señora Pérez, desesperados, se dieron cuenta, en ese, su 17 aniversario, el error que había significado haber incomprendido a Camilo desde el principio. No haber leído esas señales que decían a gritos que tenía problemas. Tanto tiempo libre, tanta escasez de ocupaciones. A sus 16 años se había vuelto un constante recuerdo de que algo habían hecho mal.

Como si no fuera suficiente con la música que salía de su habitación, los vecinos se enteraban de sus días a través del grito y los llantos. Cómo no, la casa de los Pérez quedaba en una de esas calles empinadas, que cortan cerro y terminan en un claro con varias casas. El silencio se mantiene en todas esas viviendas y el aire es tibio. Dan miedo esas calles. Son pocas pero las hay, sino que entre tanta normalidad descompuesta es difícil pensar que esos paraísos silenciosos de hecho existen.

Nunca habían sabido muy bien qué hacer. El señor y la señora Pérez, con todo lo inteligente que eran, les había quedado grande criar a su hijo. Desde el principio, desde el día mismo en que nació, la sorpresa, y la apuesta por el futuro se volvió triste. En un mundo blanco y negro, de perder o ganar, reflexionaba el señor Pérez en su cátedra universitaria, las cosas eran o buenas o malas, beneficiosas o no. Cuando Camilo nació, los Pérez reconocieron en él el comienzo de una serie de desafortunados sucesos.

Los señores Pérez estaban perdiendo. Plata y energía. Lo segundo se estaba haciendo cada vez más evidente. Había arruinado las vacaciones familiares. Con todo lo que había pasado, con ese pobre muchacho con puntos en la cabeza, no valía la pena salir. Para qué? Para que Camilo hiciera de sus escenas algo de carácter internacional?

-No estoy para nadie.
-Ni yo, di lo que sea, que nosotros nos fuimos de vacaciones y tú decidiste quedarte. Da igual.
Ambos tenían rabia y estaban sumamente irritados. Las cosas no podían seguir así. No sólo era grave, era grave y, más importante, las cosas habían cambiado. Estaba Sara, la recién llegada. El golpe de suerte, el llamado a la persistencia, la segunda oportunidad: un segundo embarazo y ella. Ya no era sólo por los señores Pérez, ahora estaba la pequeñita de por medio. Es que eso era, el ejemplo para la niña. Qué hacer con ese tipo de hermano mayor? No lo habían hablado, pero ambos lo sabían. Les causaba escalofrío la idea de imaginar a Camilo siendo el hermano mayor de la niña. Su mal ejemplo. Sus vestimentas, su manera de dirigirse a las personas. Pasaba con Camilo, pero no pasaría con Sara. Había que evitarlo.

Tras dos vasos de whisky el señor Pérez se tenía pensado un discurso lo suficientemente concreto para mostrar su propuesta como lo que era: lo más racional del mundo. Si la señora Pérez no llegara a creerle a él, le creería a la evidencia numérica: era una mala inversión. Se lo podía demostrar. No es que alguno de los dos fuera tacaño. Era como lo decía la señora Pérez en sus clases: no era ser tacaño, ni tumbar a los demás. En esa clase nadie usaba esas palabras. Era sacar el máximo provecho posible con las condiciones y capitales dados. Era hacer una buena inversión con lo dado. Ella lo entendería. La suerte estaba echada, y era hora de decisiones.

Para el anochecer tres llamadas a la casa transformaron, sin quererlo, una mentira en una verdad: estaban de viaje. El señor y la señora Pérez estaban de viaje y Camilo se había quedado en el apartamento. Él mismo lo dijo, en tres ocasiones. El señor Pérez no era tonto y se percató de la situación. Se llenó de valor. Y llamó a su esposa al estudio del segundo piso.

Tras el ejercicio retórico, el señor Pérez expuso el argumento duro, el numérico. Era una mala inversión, y se lo estaba demostrando con evidencia. Ella reaccionó con los ojos de el-malestar-de-los-pueblos. Esa mirada que permite todo. Que ante una fatal realidad dada, lo dan todo por alivianar sus malestares. Al ver esa reacción el señor Pérez sentenció con una seguridad miedosa:
-Está castigado, no ha hablado con nadie. Igual, ni que tuviera amigos con los cuales hablar. Se vería como un descuido. Un error, un error, nada más que un error-, decía convenciéndola y convenciéndose.

A la madrugada tenían una par de maletas en el campero y una que otra pertinencia de importante valor. Del resto, el seguro se encargaría. La madre de la niña entró a la cocina, revisó que los indicadores de la estufa a gas estuvieran en su lugar. Todo en orden, estaban como tenían que estar. Salió de la casa por la puerta de atrás. Entró a la camioneta, tomó de la mano al señor Pérez, vio a sarita en la silla de atrás y sonrió. La calle vacía mostraba que todos sus vecinos sí habían viajado. Por primera vez en mucho tiempo los señores Pérez sonrieron: no sentían envidia. Incluso, en esta ocasión, les convenía ser los únicos en el sector.

Se alejaron con el corazón un poco roto. Los consolaba pensar que de todas formas siempre habían querido una niña.

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