31 de mayo de 2011

Cuento de hadas católico

Se aprovecharía de sus antecedentes de hipertensión. Su abuelo se había muerto por eso, y el papá ya estaba bien enfermo. Se lo llevaría de vacaciones pretendiendo que todo estaba bien. Viajarían solos: la excusa para una reconexión. Viajarían, y durante la primera semana o semana y media (en que la pasarían muy bien), le daría, por lo menos en una comida al día, una pastilla que le diera un empujón a la tensión. Uno pequeño. De a poquitos. Nada amargo ni llamativo. En el jugo, en lo que fuera. Se buscaría la forma de disimularlo. En algún punto, comenzando la segunda semana de vacaciones, lo convencería de que subieran a una montaña rusa del parque de diversiones (porque tenían que pasar por un parque de diversiones). Él se resistiría, pues le dan miedo, pero lo convencería. Le diría que lo hiciera por ella. Ya en la atracción, el susto y la semana de pastillas harían lo suyo.

Imaginar eso la tranquilizó. Desde hace unos días le había estado carcomiendo el alma un susto. No podía imaginar una vida siendo infeliz, pero tampoco se imaginaba ir en contra de las instituciones sacras. Por eso pensar esa salida la calmó. Con don José al lado, llevándola al altar, vio a la cruz y le juró a Dios que jamás iba a profanar la sagrada institución del matrimonio. Por nada del mundo.

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