31 de mayo de 2011

Cuento de hadas católico

Se aprovecharía de sus antecedentes de hipertensión. Su abuelo se había muerto por eso, y el papá ya estaba bien enfermo. Se lo llevaría de vacaciones pretendiendo que todo estaba bien. Viajarían solos: la excusa para una reconexión. Viajarían, y durante la primera semana o semana y media (en que la pasarían muy bien), le daría, por lo menos en una comida al día, una pastilla que le diera un empujón a la tensión. Uno pequeño. De a poquitos. Nada amargo ni llamativo. En el jugo, en lo que fuera. Se buscaría la forma de disimularlo. En algún punto, comenzando la segunda semana de vacaciones, lo convencería de que subieran a una montaña rusa del parque de diversiones (porque tenían que pasar por un parque de diversiones). Él se resistiría, pues le dan miedo, pero lo convencería. Le diría que lo hiciera por ella. Ya en la atracción, el susto y la semana de pastillas harían lo suyo.

Imaginar eso la tranquilizó. Desde hace unos días le había estado carcomiendo el alma un susto. No podía imaginar una vida siendo infeliz, pero tampoco se imaginaba ir en contra de las instituciones sacras. Por eso pensar esa salida la calmó. Con don José al lado, llevándola al altar, vio a la cruz y le juró a Dios que jamás iba a profanar la sagrada institución del matrimonio. Por nada del mundo.

23 de mayo de 2011

Amor, piedras y barras de jabón

Hoy se acabó la última barra de jabón que alguna vez tocó tu cuerpo. Cuando te fuiste quedaba un poco, y ya hoy se acabó. Mientras me duchaba esta mañana el último pedazo lo aplasté contra mi estómago mientras intentaba hacer espuma. Se pegó a la piel, el agua lo bajó y quedó como una plasta blanca sin forma entre las rendijas del sifón. Mientras lo veía hundirse, para irse y terminar diluyéndose en cualquier otra parte, pensé en nuestro amor. Terminó siendo como ese jabón. Sin forma, gastado.

La gente cuando habla de "encontrar el amor" hace pensar que uno encuentra algo sólido, que está ahí, y que uno puede señalar, que uno puede decir, ¡Miren, ahí está el amor! Allá, superior, la idea de El amor. Ese verbo, encontrar, me hace pensar en una piedrita. Como si el amor fuera una piedra preciosa que uno encuentra. Algo bello y valioso que uno puede tener en la mano, o en el bolsillo. En últimas también la puede poner en una repisa, o en el fondo de un cajón. Pero yo así no lo siento, nunca lo he hecho, y contigo me he convencido. No puedo creer en el amor como sustantivo, como algo que da para pensar que uno está nombrando algo. Siempre me ha gustado más verlo como adjetivo: hay relaciones amorosas. Que se van construyendo, y también destruyendo.

Pensar así el amor, no tanto como sustantivo sino como adjetivo me obliga a abandonar esa imagen de la piedra. De que el amor se encuentra, y está ahí, sólido y estático. Pensando el amor como algo que se dice de algo, como algo que se da en su actividad, en su devenir, pienso más en la barra de jabón. La realización del amor lleva consigo su desgaste. Como el jabón, que tiene su realización en usarse para lo que fue hecho: limpiar. Y con cada limpiada, con cada uso, cada vez que se realiza, se desgasta, se va acabando. La robusta barra de jabón, que compartíamos, algunas veces al mismo tiempo, se adelgazaba con cada uso. Así el amor entre tú y yo también se fue desgastando mientras se realizaba, mientras se llevaba a cabo. Nuestro amor nunca fue una piedra preciosa que encontramos y guardamos. Fue siempre una actividad, una actividad que se desgastó y nos desgastó.

Me confirmo que pensar el amor como algo estático no es amar de verdad. Es negar su condición de cambio, anular su posibilidad de acabarse. Pensar el amor así, como algo estático, me descorazona más que la certeza de que verlo como lo veo yo lleva implícito su final. El jabón, ya casi acabado, se fue por la rendija del desagüe. Tú, con nuestro amor terminado, te fuiste por la puerta.

18 de mayo de 2011

Universales femeninos

A todas las recuerdo. En ocasiones me visitan, siempre en formas diferentes. En un bus se sientan en la silla que está al lado de la mía. Caminando por la calle se cruzan conmigo, camino contra el viento y me topo sus perfumes. Algunas veces un desentendido las trae de visita con preguntas. A veces la vida las trae de visita, nada malo hay en eso.

A todas las recuerdo, igual. A las que se quiso mucho, y a las que poco. También a las que pusieron a reflexionar sobre el amor. Las que enseñaron y las que hicieron trampa. A las que dejaron marcas hondas y a las que dejaron cicatrices. Se recuerdan borracheras interesantes y noches de escribir cartas de varias páginas. Porque sí, se recuerda a las de las cartas largas. Las de las conversaciones largas, las de las visitas inesperadas.

Se me podría objetar lo anónimo de mi memoria, pero lo prefiero. Me gusta pensar a las redes sociales como mis antagonistas en la concepción de identidad. Con su falsa nitidez, presentando una identidad y un recuerdo muchos años después bajo un nombre y ya. Como si la gente fuera un nombre, una foto y ya. Mi recuerdo, la identidad que les doy, a todas ellas, es de carácter, de maneras. De mañas y aromas. En otro sentido también es una foto, borrosa, sí, de lo que la gente linda llama alma. O de lo que se supo como farsa, depende. Si el recuerdo toma forma, rápidamente, en un saludo, confirma su esencia de mera memoria, no de presencia. Todas ellas ya no son. Yo tampoco soy. Recordarlas es un halago, pero también lo es visitar la casa del amigo de un amigo y alabar la iluminación del lugar. Nada especial.

A todas las recuerdo igual, pero a ninguna pienso realmente.

16 de mayo de 2011

Pueblos cafés

Las cajas están puestas una tras otra. Sus ventanas, tan pequeñas como los sueños de los que en ellas habitan, son una gran plancha con un hueco por donde sacar la cabeza. Sólo se usan para ambientar las alcobas en la mañana y para permitir escondite a fumadores furtivos. En las cajitas ya no hay porcelanas en centros de mesas con bordados. Eso quedó en el pasado. El cinismo es ahora más descarado. Son casas habitadas por la Modernidad y la Cultura. Somos de avanzada. En el mejor sentido de la palabra. En el que pone aparte del resto.

A las 17:50hrs los puentes se comienzan a llenar. Salen como hormigas, se saltan y se pisan intentando pasarse mientras avanzan por las escaleras. Se nota en sus rostros el fastidio de ir detrás de alguien más lento. A las 18:50hrs, con el atardecer acabando, desde los parques se alcanzan a ver los altos pisos entrando en la rutina que acaba. Están en el momento que entran a descansar y al anochecer, pero aún no por completo. Las cortinas aún se mantienen abiertas, permite ver muchas cosas. Se ven abusos de la casualidad: se ven incluso ocasiones en que tres ventanas, tercero, cuarto y quinto piso, concuerdan en el vacío. Esas ventanas de cocina son diminutas, lo que hace ver la escena como tres negativos pegados. Las luces amarillas, de cada una de las cocinas, aumentan la ilusión de estar sosteniendo una película contra la luz del sol. En las tres cocinas, señor, señora, señora, acercándose a la estufa, todos con el teléfono celular en la mano, hablando al mismo tiempo. Todos, de forma consecutiva, como cascada, de arriba a abajo, en algún punto agitaron la mano como alejando a alguien mientras miraban la estufa y seguían hablando por teléfono. Era como un daño sincronizado.

Pero las cajitas no son sólo ladrillo y ventanas que persuaden a suicidas. También tienen flores. Flores de recepción, de oficina contable o algún otro lugar triste. Los árboles que plantan son delgados y frágiles. Verdes que tienden al amarillo y dan la sensación que van a morir pronto. Viven como los que viven en las cajitas, pero a los árboles se les nota más. Ya no hay canchas, ya no hay parque, ya no hay nada. Eso en las cajas ya no sirve. Es una legítima apuesta por recuperar la tradición de los parques de barrio. Eso dicen.

Un poco después de la media noche llega una persona que muestra que eso de las generalidades es mentira. Ella sabe que es una cajita, pero se refiere a ella, con cariño, como su colmena. Llega a la puerta de su cajita, y se encuentra el carro del mercado en la mitad de las escaleras. Es el carro de marcado, el que usan para que la gente pueda llevar sus mercados en el carrito y no pidiéndole ayuda al muchachito de la portería. No lo llevaron devuelta a la portería, su lugar cuando no está en uso. Ya es tarde, mucha, mucha gente pasó, lo vio y no hizo nada. Y está atravesado. Por qué la gente será tan perezosa? Dice mucho del carácter, no? Se preguntaba un poco desconcertada. Se quedó pensando varios minutos. Cogió el carrito lo bajó y por la vía del parqueadero empezó a conducirlo hacia su lugar. Al llevar audífonos ella no se dio cuenta que los rodamientos del carrito estaban particularmente oxidados, y que las ruedas desgastadas, rodando sobre ese asfalto pedroso, generaban un ruido que en el silencio de la noche aumentaba su resonancia. Los residentes de las cajitas sí se dieron cuenta. Algunas luces se encendieron.

8 de mayo de 2011

Carta de entrega de apartamento

Espero que encuentre todo en orden. Usted sabe que le agradezco mucho haberme prestado su apartamento. Nuestros tiempos coinciden, siempre, y por eso yo me voy y usted vuelve. Sin echarnos y empujarnos seguimos estando uno detrás del otro, nunca lado a lado.

No permití que las flores murieran, eso a usted la hubiera matado. Pero igual usted qué hubiera hecho? Siempre lo he pensado, y lo pensé mucho durante mi estadía. No me hubiera dicho nada. Si acaso que mucho irresponsable, pero nada más. No se hubiera afectado por las flores. Pero yo sé que sí se hubiera afectado, allá, en el nivel de lo que nos quita el sueño. Pero no me hubiera dicho nada porque se me murieran sus flores.

Ahora que me voy, pienso mucho en esos meses en este departamento. En algunas ocasiones, cuando llegaba muy tarde y muy consciente de que era su hogar y no el mío, y que aunque estuviera solo era un visitante, la sola idea, salida de borracheras no tan vomitivas, de que yo abriera la puerta y estuviera usted, en su sala (no importa el motivo, era mágico, era un argumento mágico) sentada, esperándome, me resultaba bello. Que me contara el motivo mágico de su llegada inesperada se me prestaba como la oportunidad para quemar toda esa fantasía desbordada. Es un hilo, una oración u una idea, y la sigue y se encuentra con todo un tapiz de posibilidades, finales y oportunidades. Prestarme a ese ejercicio era el final de noches nunca tan satisfactorias. Son hilos tan fuertes que la realidad no resulta decepcionante, sino que se ve a la luz de la sospecha alegre. La que ve cualquier cosa como un aviso de lo que uno se imaginó, de lo que uno vio como posibilidad. "Que no me conteste el celular, que lo tenga apagado, tal vez se debe a que está en un vuelo para acá." En el fondo sabía y reconocía en lo que me quedaba de consciencia que nada de eso era verdad. Que era un pensamiento cálido, pero nada más.

Un atardecer en el que se fue la luz, tuve que meterme en armarios y cómodas buscando velas. En el armario del que era su cuarto encontré, en una caja, puesta con otras cosas que decidí no ver, una foto que le había tomado tiempo atrás. Recuerdo mucho esa tarde, sabe? Fue una tarde bonita e incómoda. Le dije algo, ya no recuerdo qué, y usted se sonrió de tal forma que cogió su bufanda y se la puso en la boca tapando la sonrisa. A pesar de que no le dije nada, me reí. Usted seguía sonriendo, sus ojos me lo informaban, y usted, por algún motivo tapó esa sonrisa incontenible. Ese atardecer sin luz fue increíble. Efectivamente había velas en el último lugar en el que busqué, la tienda, a tres cuadras. Se ha dado cuenta que sus flores se ven desde la acerca del frente? Ese día, que no había luz artificial en ninguna parte y el cielo estaba rojizo, rojizo, el balcón brillaba y se veían las flores. Llegué a echarles agua y hablarles. Eso último sin saber muy bien por qué. Ahora le dejé todo un kit de velas, pitos y fósforos. Están en la cómoda azul de su cuarto. Los dejé ahí porque estoy seguro de que si pasa una emergencia en ese apartamento, que de repente se apaguen todas las luces, comenzará por ese cuarto.

La última temporada fue la más difícil, digo, como para terminar la cronología de mi paso por su apartamento. La crisis en la universidad me estaba pateando. Si buscara desahogo seguramente no sería hablando con usted. No obstante, recuerdo una noche particularmente jodida. Bloqueo total, y por un asunto meramente administrativo, alguna cuenta con su mamá, no recuerdo, usted llamó. Hablamos tres minutos, pero los últimos veinte segundos fue preguntarme que cómo estaba. Respondí con una mueca. Usted respondió con un silencio y alguna palabra torpe como 'fresco', o 'tranquilo'. Silencio y colgamos. Esa noche me quedé pensándola y tuve un episodio de esos, de los de fantasía desbordada, con una sobriedad sobrecogedora. Me sonreía en su sala, un poco apenado, de dejarme llevar por fantasías de visitas. Ahí me detuve, pensar visitas no me reconfortaba: en general, pensarla a usted me resultaba reconfortante. Hubo un paralelo que pensé y que recuerdo mucho, tal vez por la precisión con la que retrataba el espíritu del asunto: el botón de los analgésicos en un hospital. Sí me entiende? Piense en esas personas que sufren accidentes tenaces. Esos pacientes tienen un botón, usualmente rojo, para cuando el dolor se vuelve inaguantable. Sufren mucho, lo oprimen y se meten al cuerpo una buena dosis de narcóticos. Sufren y se drogan para no sentirlo. Parecido a eso, esa noche que la pensé sentí, al pensarla, que usted era un gran botón rojo de un hospital imaginario. El mundo me dejaba inhabilitado, y ese día el pensarla liberaba dosis de tranquilidad que me resultaban reconfortantes. Como le dije, pensarla me reconforta, es así el asunto. Y mire que esa sensación se ha quedado conmigo hasta el día de hoy. Hoy pensarla me sigue resultando reconfortante.

Las alcobas están todas limpias. Se me quedan unos libros porque no tengo cómo llevármelos, y unos discos que le dejo para que los escuche y en unos meses me dé su opinión. Los discos se los dejo en el escaparate de la sala, están debajo de unas porcelanas. Los dejé ahí como para señalar la fragilidad de la buena música.

Para cuando llegue, se dará cuenta que hice algunos cambios en el jardín. Cambié las macetas, y en general intenté echar mano del jardín. En el cajón que dejé debajo de la maceta blanca hay implementos de jardinería. Se los compré para que tenga algo en lo que entretenerse, además, por supuesto, tienen el objetivo de mostrarle que me tomé en serio esa tarea tan importante que nunca me pidió, la de cuidar sus flores. Como todo lo importante entre usted y yo, esa tarea tampoco se hizo nunca explícita. Distraernos nos evita fijarnos en cosas más grandes que nosotros mismos. Usted me entiende, nos hacemos los desentendidos, pero usted me entiende.

Si hay alguna cosa extraña en el apartamento me escribe y miramos, aunque la verdad creo que lo dejo en muy buen estado. Decidí enmarcar la foto, la volví a dejar donde usted la tenía, pero preferí enmarcarla. Por aquello de lo implícito.

Salgo para la estación, escríbame contándome qué tal estuvo el viaje de vuelta.

Pdta.
No sé si le gusten, pero compré unas clavellinas rojas. Son los botones rojos que no han germinado en la maceta azul. Espero que los cuide. Le confieso que imaginarla con una sonrisa, y "botones" rojos en las manos me parece una metáfora increíblemente poderosa.

4 de mayo de 2011

Finanzas familiares

Era la sexta vez que llamaban del colegio. El niño Pérez volvía a embarrarla. El niño, no tan niño, Pérez se excusaba en lo vago que puede sonar el "él comenzó". El señor y la señora Pérez, desesperados, se dieron cuenta, en ese, su 17 aniversario, el error que había significado haber incomprendido a Camilo desde el principio. No haber leído esas señales que decían a gritos que tenía problemas. Tanto tiempo libre, tanta escasez de ocupaciones. A sus 16 años se había vuelto un constante recuerdo de que algo habían hecho mal.

Como si no fuera suficiente con la música que salía de su habitación, los vecinos se enteraban de sus días a través del grito y los llantos. Cómo no, la casa de los Pérez quedaba en una de esas calles empinadas, que cortan cerro y terminan en un claro con varias casas. El silencio se mantiene en todas esas viviendas y el aire es tibio. Dan miedo esas calles. Son pocas pero las hay, sino que entre tanta normalidad descompuesta es difícil pensar que esos paraísos silenciosos de hecho existen.

Nunca habían sabido muy bien qué hacer. El señor y la señora Pérez, con todo lo inteligente que eran, les había quedado grande criar a su hijo. Desde el principio, desde el día mismo en que nació, la sorpresa, y la apuesta por el futuro se volvió triste. En un mundo blanco y negro, de perder o ganar, reflexionaba el señor Pérez en su cátedra universitaria, las cosas eran o buenas o malas, beneficiosas o no. Cuando Camilo nació, los Pérez reconocieron en él el comienzo de una serie de desafortunados sucesos.

Los señores Pérez estaban perdiendo. Plata y energía. Lo segundo se estaba haciendo cada vez más evidente. Había arruinado las vacaciones familiares. Con todo lo que había pasado, con ese pobre muchacho con puntos en la cabeza, no valía la pena salir. Para qué? Para que Camilo hiciera de sus escenas algo de carácter internacional?

-No estoy para nadie.
-Ni yo, di lo que sea, que nosotros nos fuimos de vacaciones y tú decidiste quedarte. Da igual.
Ambos tenían rabia y estaban sumamente irritados. Las cosas no podían seguir así. No sólo era grave, era grave y, más importante, las cosas habían cambiado. Estaba Sara, la recién llegada. El golpe de suerte, el llamado a la persistencia, la segunda oportunidad: un segundo embarazo y ella. Ya no era sólo por los señores Pérez, ahora estaba la pequeñita de por medio. Es que eso era, el ejemplo para la niña. Qué hacer con ese tipo de hermano mayor? No lo habían hablado, pero ambos lo sabían. Les causaba escalofrío la idea de imaginar a Camilo siendo el hermano mayor de la niña. Su mal ejemplo. Sus vestimentas, su manera de dirigirse a las personas. Pasaba con Camilo, pero no pasaría con Sara. Había que evitarlo.

Tras dos vasos de whisky el señor Pérez se tenía pensado un discurso lo suficientemente concreto para mostrar su propuesta como lo que era: lo más racional del mundo. Si la señora Pérez no llegara a creerle a él, le creería a la evidencia numérica: era una mala inversión. Se lo podía demostrar. No es que alguno de los dos fuera tacaño. Era como lo decía la señora Pérez en sus clases: no era ser tacaño, ni tumbar a los demás. En esa clase nadie usaba esas palabras. Era sacar el máximo provecho posible con las condiciones y capitales dados. Era hacer una buena inversión con lo dado. Ella lo entendería. La suerte estaba echada, y era hora de decisiones.

Para el anochecer tres llamadas a la casa transformaron, sin quererlo, una mentira en una verdad: estaban de viaje. El señor y la señora Pérez estaban de viaje y Camilo se había quedado en el apartamento. Él mismo lo dijo, en tres ocasiones. El señor Pérez no era tonto y se percató de la situación. Se llenó de valor. Y llamó a su esposa al estudio del segundo piso.

Tras el ejercicio retórico, el señor Pérez expuso el argumento duro, el numérico. Era una mala inversión, y se lo estaba demostrando con evidencia. Ella reaccionó con los ojos de el-malestar-de-los-pueblos. Esa mirada que permite todo. Que ante una fatal realidad dada, lo dan todo por alivianar sus malestares. Al ver esa reacción el señor Pérez sentenció con una seguridad miedosa:
-Está castigado, no ha hablado con nadie. Igual, ni que tuviera amigos con los cuales hablar. Se vería como un descuido. Un error, un error, nada más que un error-, decía convenciéndola y convenciéndose.

A la madrugada tenían una par de maletas en el campero y una que otra pertinencia de importante valor. Del resto, el seguro se encargaría. La madre de la niña entró a la cocina, revisó que los indicadores de la estufa a gas estuvieran en su lugar. Todo en orden, estaban como tenían que estar. Salió de la casa por la puerta de atrás. Entró a la camioneta, tomó de la mano al señor Pérez, vio a sarita en la silla de atrás y sonrió. La calle vacía mostraba que todos sus vecinos sí habían viajado. Por primera vez en mucho tiempo los señores Pérez sonrieron: no sentían envidia. Incluso, en esta ocasión, les convenía ser los únicos en el sector.

Se alejaron con el corazón un poco roto. Los consolaba pensar que de todas formas siempre habían querido una niña.