27 de marzo de 2011

Y el amanecer?

Al amanecer todo es más nítido. Las formas son más claras y los colores más vivos e iluminados. Las buenas noches bogotanas terminan mientras se camina por la séptima con Chapinero viendo el amanecer. Por ese barrio que no es más que una cuadra larga y no compacta. Pero una cuadra.

Es una claridad engañosa. El viento frío sopla y al fondo los azules comienzan a tomar colores. No es el azul es más azul en el arte, es el azul es más azul en mi mente. Ahí en el puente que queda al sur de la Javeriana lo confirmo. Me subo y me quedo de pie en él. Dos policías me ven y parquean la moto. Se suben la visera del casco y me comienzan a ver. Acá ver el cielo es de locos. Pero no importa. A esa ahora todo es más nítido. Uno puede distinguir entre los troncos de los árboles que forman la cresta de las montañas. Bajo el puente con la sensación de que todos están ligeramente intoxicados como yo, pero no es así.

Ya cuando llego a la ventanilla de Transmilenio empiezo a notar los síntomas de la normalidad. No, esa señora no se escapó con sus compañeras de oficina a emborracharse y hasta ahora llega a la casa. No, los dos tipos que están llegando no se la pasaron jartando ron y jugando dominó toda la noche y hasta ahora van a donde sus esposas. No, esa niña no está secuelosa después de tremenda farra en la que finalmente le hicieron la vuelta (porque ella jamás aceptaría que quería que se la hicieran). Bueno, esa tal vez sí es verdad. Y no, definitivamente no. Esos que van dormidos en el Transmilenio no están cansados de mucha sustancias. Simplemente están cansados. Viven cansados. No ven el amanecer. Nunca se enteran de que es al amanecer cuando se da el color rojo más bonito sobre las nubes. Cuando los primeros rayos le dan a las nubes más cercanas al oriente. Y se ponen rojas, rojas bonito. Y ese color sólo está ahí un par de minutos, y sólo tendrían que voltear la cabeza y verlo. Seguro sonreirían. Pero no, ni esfuerzo hacen. Siguen en su apatía.

Nadie se da cuenta de nada. Nadie mira todos los azules que se forman, y cómo las nubes van poniéndose todas juntas. Nadie ve todos los colores que se hacen. Nadie se da cuenta que intentar recordar en detalle todas las particularidades de esos colores mañaneros es imposible. Ha de ser como intentar recordar un viaje con morfina. No se pueden recordar bien esos colores, sólo se les puede evocar, y más que a ellos, a la sensación que genera verlos. Fugaz y hermoso recuerdo sobre nada. Sólo luces que hacen sentir bien. Vivo.

Nadie se da cuenta de nada. Nadie se da cuenta de esa señora que se agarra, cansada también (todos estos entes viven cansados), de un tubo al frente de la puerta intermedia del Transmilenio. Cuando éste aminora la marcha para parar en la siguiente estación, la señora se voltea. La veo mirar su reflejo. Se acicala un segundo el cabello, se toca las orejas. Justo antes de que se abran las puertas suelta una mueca de resignación mientras se mira. No, mi señora. La belleza que busca no está. No existe. Como usted tampoco es la rebelde que salió de fiesta con las compañeras de trabajo. Posiblemente lo que en realidad le espera es llegar a su trabajo y mirar si el hijo del don dejó muy vomitado el baño principal.

Nadie se da cuenta de nada. El Transmilenio va cogiendo velocidad. Ya en la cien es otro ritmo de ciudad. El sol comienza a dar golpes de luz entre los espacios que hay entre edificio y edificio. La gente comienza con las muecas. Se tapa la cara, la baja. La sube. Se tapa la cara, la baja. La sube. Veo hacia el occidente. El sol mañanero ilumina todas las ventanas del Hospital Materno Infantil. Todas y cada una de las ventanas son cuadrados amarillo-rojizos. Qué bonito sería para unos papás primíparos que el hijo les naciera con esa luz. Con el sol sobre las espaldas en medio de la habitación.

Nadie se da cuenta de nada. Y no tendrían por qué, es verdad. Nadie tiene porque imaginar el nacimiento de nadie, así que acepto eso. Y nadie excepto los que estábamos al frente pudo haber visto a la señora hablando con su reflejo, está bien. Pero nadie ve al sol salir. Nadie ve su luz. Y para eso sólo hay que voltear la cabeza.

Cuando llego a mi destino, mientras paso el puente, todos los que cruzan de occidente a oriente se cubren los ojos. Caminan con la mano haciendo sombra sobre los ojos. Me volteo y miro qué es lo que evitan ver. Por un micro segundo puedo ver la corona solar. Lo que no alcanzo a ver de verdad, el pedazo faltante de la circunferencia, me lo imagino cuando aparto la vista. Vuelvo y lo hago. Y se me queda una pequeñita impresión en la retina. Puro color. La completo en el recuerdo. Tengo una impresión de sol. El amanecer puede estar en uno.

Y toda esa gente pequeña nunca se ha enterado.

2 comentarios:

  1. Me considero, muy frecuentemente, una misántropa sin remedio. Odio la multitud que empuja, la multitud que arrastra, la multitud que considera cualquiera de las anteriores, algo muy gracioso. Mi cura: audífonos en los oidos, buena música a buen volumen y la visión, siempre increíble y fantástica, de los atardeceres que pasan por las ventanas del vagón y que caen sobre calles, edificios, puentes, carros, transeuntes y árboles.
    Y como decís vos, nadie se da cuenta de nada. Si supieran!

    Por cierto, te has leído alguna vez "Manuscrito hallado en un bolsillo"? a mi me encanta, es una visión (quizá muy romántica)de lo que nadie nunca ve pero que algunos todavía insistimos en creer.

    Saludos!

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  2. Hola! No conozco ese texto, lo voy a buscar que me llamó la atención como lo describes. Muchas gracias por tu comentario. Bonito que la gente se fije.

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