30 de marzo de 2011

Muestra de amor

-No te gustaría? A mí sí... piénsalo. Hazlo por mí-, le dijo mirándolo de una manera tierna y manipuladora.
Jairo la miró. Siempre que ella ponía la mirada de esa forma, él terminaba por rendirse sin mucho esfuerzo. Aceptó. Aceptó estando ansioso e intranquilo.

Todo sea por el amor, se decía mientras iba en el Transmilenio. Era por ella, lo iba a hacer por ella. Además era necesario. Las cosas no habían ido bien últimamente. Sentía una distancia de parte de ella. Como si ya no le contara las cosas; estaba lejana. Lo iba a hacer por ella. Para demostrarle su amor. Demostrarle lo mucho que agradecía (para Jairo esa era la palabra) y valoraba el hecho de que ella estuviera con él. Sí. Era una muestra de amor. Nada más que eso.

Esa noche estaba aún más nervioso. Hizo de tripas corazón para poner lo mejor de sí, es decir, se puso a beber ron y cerveza. Más tranquilo, o al menos más borracho, empezó a caminar, intentando varias veces coger la mano de ella, por la 54 al mismo motel al que iban usualmente. Compraron más licor, un paquete de cigarrillos y subieron a una habitación.

-Amor, pon música- dijo con el tono de quien intenta romper un silencio incómodo.
Ella se acercó a la grabadora que estaba en la habitación, puso un disco naranja con negro que dos segundos después eliminó cualquier otro sonido en la habitación. Siguieron bebiendo. Comenzaron los preliminares. Un par de minutos después de comenzar fue que Jairo se dio cuenta que había bebido mucho y muy rápido. O tal vez era la impresión. O una mezcla de ambas. Se sintió muy mal. Mareado feo. Iba a vomitar. Susurró un "ya vengo" sin destinatario y se levantó. No quiso entrar al baño de la habitación, no quería ser escuchado mientras vomitaba. Vio un reloj que había en la pared. Era tarde, bien de madrugada, quién iba a estar en el pasillo a esa hora. Con la necesidad acosándolo se decidió a salir de la habitación e ir al baño que quedaba a la derecha del pasillo de ese piso del motel. Escuchaba sus pies contra el baldosín blanco. Un sonido sin causa porque caminando en la oscuridad no se podía ver ni él. Llegó al baño, lo encontró vacío y se dedicó a vomitar por unos segundos. Se levantó de la taza, fue al espejo y se lavó la cara y la boca. Ya todo estaba bien. Estaba más tranquilo. Tocaba dejar la incomodidad en el baño. Ya, ya, no podía perder de vista lo importante: era una muestra de lo mucho que la amaba.

Cruzó el corredor en cuatro zancadas. Cuando llegó a la habitación cayó en cuenta que en su desnudez no había bolsillo para las llaves de la puerta. Golpeó y se percató de que la música, de hecho, estaba muy alta. Apenas y si se escuchaba él su corazón agitado y ansioso.

Su peor pesadilla se hizo realidad cuando afrontó el último detalle. A un lado de la puerta él, borracho y desnudo. Al otro lado ella, y ese supuesto mejor amigo. Ese, el mismo que nunca le terminó de caer bien a Jairo.

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