19 de marzo de 2011

Lección de básica primaria

-Marica, voy al médico de la universidad por un dolor de estómago y el tipo me pregunta dizque si soy feliz. Pienso que toca evitar la discusión. Yo qué me voy a poner a conversar sobre eso con ese man. Y aguanté, marica, aguanté. Me quedé callado mientras me hablaba de la necesidad de ser optimista, de ver el panorama completo, que constantemente mirara más allá, y que estuviera presto a las oportunidades del día a día. Todo eso acompañado de frases de agenda. Fue un esfuerzo tenaz.

-Y luego usted qué le iría a responder al médico? 'Consiéntame. Me siento solo'?

-No idiota, no. Es que uno qué se va a poner a discutir con un man tan miope sobre lo que es la felicidad. Es una pendejada. No es una discusión que refiera, tal y como lo espera el man, a la escena quinceañera en la ducha de me quiero morir. No se trata de uno, de parche, depresivo y el mundo resultándole una mierda. No, pille, lo que pasa es que si uno lo piensa de manera objetiva el mundo es, de hecho, una mierda. Si uno dice eso, entonces uno es un pesimista, un aguafiestas, un man aburrido, egoísta, que sólo piensa en sí. Y eso es de las cosas bonitas y paradójicas de este asunto: los subjetivos son ellos, parce. Esos diversos tipos de optimistas o cuasi optimistas. Son ellos los que desde su comodísima, o ignorante, o estúpida, o negada, o superficial posición, depende del caso, profesan el optimismo por el mundo. La nueva humanidad, la nueva fraternidad. Mierda, hombre. Pura mierda. Porque uno no puede evitarse preguntar por la naturaleza de esa felicidad que profesan. Qué tiene de sincero, qué sale de ella. Y ahí me detengo. Pienso en estos tiempos. Qué se necesita para conocer al otro, sentir al otro? Conexión permanente a Internet. Claro y nos lo venden como el avance tecnológico sin que se tome en cuenta lo mal que caen los avances tecnológicos entre la gente bruta.

-Será que estamos siendo melodramáticos o buscamos una forma más genuina de sinceridad? Nosotros también caemos en esas mañas. De alguna manera también jugamos con las formas. Incluso le digo... yo creo que más de una persona así, como las que usted describe, me ha cautivado. Y hasta me ha hecho sonreír.
-No sí, es que nosotros somos también gente. Y la gente es una mierda. La pregunta no es si uno está o no inmerso en esos juegos, sino qué tanto... qué tanto uno se aleja de la realidad porque ajá, o pretende otras, o vende otras... no, no sé. Este es un punto importante. Justamente por esto hay tantas formas de optimismo. Es, en últimas, una reconfiguración de la realidad. Y eso es posible de muchas formas. Cómo se hace, ah, pues esa es otra discusión.

-Sabe en qué estaba pensando mientras oía eso último? Algunas veces siento que hay personas que manejan las conversaciones con el otro como cuando se juega ajedrez. Me explico. Se sientan y conversan con uno. Pero uno siente como anticipan la conversación. Como sueltan frases y oraciones para analizar reacciones y sensaciones. Y así avanzan. Anticipan y piensan siete u ocho posibles escenarios y proceden. Todo se vuelve tan mecánico, tan premeditado, tan calculado... es triste, y duele. Es una gonorrea, en todo caso. El punto es que nada es real: todos los escenarios son resultado de descartes y de generación planeada y calculada. Contenidos vacíos. Si lo pienso sólo puedo terminar con una pregunta, ¿cuál carencia de cariño es mayor? La de la persona que acude a esos planos, a esa topografía sentimental, o la de aquél que, a sabiendas del asunto, se deja cautivar por ese encanto oxidado.

-Sabe qué sería buenísimo? Vayamos a la casa de un profesor de primaria (bueno, esmerado, que valga la pena amargarlo). Le contamos sobre esto y le preguntamos sobre cómo le enseñaría a sus niños semejantes conocimientos de la naturaleza y la condición humana.

-Ah, pero esa es fácil. Es que me imagino la escena si yo lo hiciera y todo. Les sonreiría pícaramente y les diría, 'Niños, no lo olviden: Que se pudran. Que se pudran todos'.

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