8 de marzo de 2011

Deportes (casi) extremos

No me gusta irme en bus a la universidad. O bueno, no me gusta irme sentado. Es que es una sensación bien extraña. Siento, como en ninguna otra actividad, el latir de mi corazón. Una amiga una vez me dijo que ella solo era vulnerable cuando estaba inmóvil. No puedo evitar volver sobre esa frase cuando en medio del sofoque del bus, de repente soy consciente del movimiento del mango. Me genera una incomodidad increíble. Tener consciencia del pulso, del golpe, en cada momento, hace que termine fijándome constantemente. De repente empieza a importarme mucho. Atento a cualquier cambio. Me hace rayar en la paranoia. Entonces, cuando me empieza a dar el yeyo, no puedo evitar comenzar a moverme en el puesto. Estirar el brazo. Extender los dedos. Sacame las yucas (incluso las del cuello). Es que incluso le tengo el nombre: complejo del pre infarto. Siempre, en cada oportunidad, termino pensando 'Como me gustaría tener una bicicleta'.

El asunto es, si me perdonas la larga introducción, que hay inmovilidades que salen de concentraciones profundas. Así, como cuando uno se queda mirando fijamente a alguien. Uno se vuelve consciente de muchas cosas. Y entre esas sale el puto pulso. Se acelera, y sube y no puedo evitar percatarme. Me voy a morir, pienso. Pero ahí ya no pienso en bicicletas. Ahí entra una nueva disciplina. Es que correr lo distrae mucho a uno.

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