12 de marzo de 2011

Compromisos de sábado por la noche

Hay sábados que se toman en serio ser la víspera del domingo.

Suelen nacer con un viernes ajetreado, de ojos rojos y mediana deshidratación. Son sábados de medias por la casa. De medias por la casa y frío en las patas. No se confunda con la pinta dominguera. No hay piyama ni, propiamente dicho, pereza. La pinta es el jean más viejo o el pantalón que está sucio. La pereza es el enchonche, el momento largo de la semana. Diferencias sutiles para el que respira solo de vez en cuando.

La salida se piensa dos veces. O muy buen plan, o ni mierda. Puedo sentarme al frente de una pantallita toda la noche sin salir. Son sábados de divas. De excusas y de promesas de llamar. Pero la verdad es que nada cala.

No obstante hay posibles excepciones ante esta situación. Un compromiso previo, por ejemplo.

Pero no cualquier compromiso, porque para los familiares uno está enfermo. Son compromisos que se exprimen de agendas llenas de intentos fallidos, ocupaciones, casualidades y curiosidades. Esos que sin sospechar la bailada de viernes habían comprometido su sábado a la exploración, y que, contra todo pronóstico, salen, a cumplirle a esa persona, dan muestra de genuino interés.

Lo mejor de estos sábados de quietud es que son compartidos. La gente los siente y si uno se los narra, se ríe mientras los evoca. Por eso si la otra parte es también presa de ese sopor y va, no es algo que haya que pasar por alto.

Esos sábados, con esa clase de compromiso, son buen augurio para una primera cita.

Mal por los que no tienen con qué detener la cadena de excusas y aplazamientos. Bien les haría una carcajada.

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