27 de febrero de 2011

La comunidad LGBT y la adopción, y las novias con amigos

Publicado en el portal Blog.

Medellín, Terminal de Transporte del Sur, seis de la mañana. En una de las entradas está una pareja (compuesta por dos hombres). Están abrazados mientras se fuman un cigarrillo. No tienen más de veinte años. Ambos están sangrando. Uno, que está acurrucado en la silla, está considerablemente mal. La mejilla y la ceja están rotas. Seguramente le tendrán que coger puntos. En diciembre pasado presencié esa escena. Recuerdo que pensé que este país es inviable justamente por escenas como esa. Una pareja homosexual, violentada a razón de la ignorancia, la intolerancia y la estupidez.

Esta y la anterior semana el tema sobre los derechos de la comunidad LGBT ha ocupado gran parte de los titulares (vale la pena resaltar que la Corte Constitucional está próxima a emitir su fallo sobre la demanda que permitiría abrir la puerta a la adopción para parejas del mismo sexo). Lo anterior sumado a que una de mis más queridas amigas salió del clóset con la familia me hicieron pensar en las problemáticas de la comunidad LGBT así como del sentido de respeto y tolerancia (y su significancia política) presente en la vida cotidiana del colombiano de a pie.

No me voy a desgastar contrariando argumentos de moralistas, o religiosos o semejantes. Apelo a la figura del Estado Laico y a la Constitución del '91 para decirles: sus argumentos son válidos, para ustedes, en su vida privada, pero para la formulación de políticas colectivas, son irrelevantes. No obstante, pienso que las creencias personales que partan de la igualdad para todos y del respeto por todos sí pueden volverse motores del accionar político público y de la toma de decisiones en esa esfera. Sobre este último grupo de creencias me quiero enfocar.

Un ejemplo. Un hombre que respeta a las mujeres en todos los sentidos. Como seres dignos, con los mismos derechos y deberes que tiene él. Son sus creencias personales. En su vida personal no las irrespeta, no las violenta, no las maltrata. Este es un hombre que cuando violentan a sus amigas, por ejemplo un novio machista y abusivo, sale en defensa de ellas. Todo porque repudia cualquier forma de maltrato a la mujer. Lo hace sobre la base de que las considera iguales a él.

Ahora bien: de esa posición personal ha de salir una posición política. Tiene uno entonces que indignarse igual ante cualquier forma de discriminación o maltrato. La discriminación política, y ante el Estado, incluso. Entonces, al igual que uno se indigna con el tipo que calla a una amiga en público, o no la deja salir con los amigos, porque es su novio y él manda, se tiene uno que indignar con el (dizque) Procurador Alejandro Ordóñez, o con los líderes del Partido Conservador que hablan de una 'cruzada' para reformar la constitución y menoscabar derechos de las mujeres sobre su cuerpo. Es que las dos formas de irrespeto parten de lo mismo (oculto bajo los argumentos triviales del caso): las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres. Ni para salir a rumbear, ni para decidir sobre su cuerpo y sexualidad. En este ejemplo el punto resalta por sí mismo: si en mi vida personal predico y creo en el respeto a las mujeres, dado que las considero seres igual de dignos a mí, me tengo que indignar con cualquier forma de discriminación, venga de donde venga.

No hay una sola prueba sólida, con bases científicas de alguna clase (reitero: sacar a relucir los prejuicios personales o citar la biblia no califica para ciencia), que siquiera sugiera que los hijos de parejas homosexuales en algún sentido estén en peligro o que vean influenciada su sexualidad por la orientación paterna o materna (y eso que esta crítica parte del irrisible argumento de que de hecho habría algo malo en el hecho mismo de ser homosexual). Habiendo dicho eso, ahora resalto mi creencia de que la orientación sexual no puede ser argumento para socavar derechos. Al menos no en un Estado que se consagra como pluralista, democrático y laico; un Estado en el que, al menos en teoría, todos somos iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos. En mi vida personal aplico esas creencias, de que todos somos iguales, y en el plano político apoyo las decisiones que garanticen cada vez más esa igualdad. Para cualquier tipo de comunidad.

Colombia es y seguirá siendo un país inviable si hechos como el que presencié en Medellín continúan presentándose. Colombia seguirá siendo inviable si el grueso de la sociedad civil mantiene una distancia enfermiza con lo político y la actualidad nacional; sin tomar posiciones ni mostrando criterio. Colombia seguirá siendo inviable si continuamos en esa indiferencia mediocre en la que predicamos la igualdad y respeto, pero permitimos diversas formas de discriminación. Que van desde la ausencia de garantías para la comunidad LGBT en un Estado que en teoría los respeta y acepta, hasta el novio que jura no ser machista, pero que prohíbe a la novia ver a sus amigos porque ajá, porque la niña no tiene derecho a salir. Qué peligro los maricas con hijos y las novias con amigos.

1 comentario:

  1. Vení, se me borró un comentario qu puse hace algunos días. Vos apelás a la Const. del 91 para sostener que no puede haber discriminación legal o administrativa en contra de los homosexuales.

    Yo quisiera que eso fuera así, pero las gallinas de la Asamblea Nacional Constituyente se acobardaron y establecieron que la familia está conformada por una unión de hombre y mujer. No me parece tan simple, jurídicamente hablando, para la Corte Constitucional aprobar el matrimonio o la adopción por parte de homosexuales.

    Tristemente, creo que el tema debe ser reformado vía referendo o acto legislativo. Toda vez que una definición de familia más incluyente estaría de acuerdo con el espíritu del resto de la Constitución, no me parece necesaria una nueva asamblea constituyente, como sí la requería, por ejemplo, una segunda reelección presidencial.

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