13 de enero de 2011

Una crónica de la ciudad III - Pobres de segunda generación

Desde los diez años ella había vivido por el mismo sector de Bogotá. Mudándose en tres ocasiones, siempre terminó quedándose más o menos en la misma zona. En los entramados de la dizque malla vial bogotana hay pedazos de ciudad que no se pueden evitar. La 134 con avenida 19 es uno de esos sitios centrales para moverse por la zona norte. Ella recuerda mucho esa vía. La recordaba estando en el puesto de atrás del carro familiar. Se acordaba mucho de esos viajes por helado con su papá. Antes, claro, de que él se fuera a comprar una cajetilla de cigarrillos al otro lado del continente y con otra familia.

Ella, bastante sensible cuando era niña, de vez en cuando pensaba en un negro alto sin una pierna que se paraba con un cartel al lado del caño de la intersección ya mencionada. Caminaba con su cartel cuando ella tenía diez años. No necesitaba estar en bachillerato para saber que se escribía "desplazado", y no "desplasado". Claro, no sabía que era un desplazado.

Ella cambió. Se mudó, creció y se volvió más fría. Seguía sin saber qué era un desplazado. O si lo sabía, lo sabía como el grueso de la población: como una definición desprovista de todo drama social. Se sentía una señorita. Ahora pasaba en bicicleta con sus amigas del colegio y veía que el negro del semáforo ya había subido un escalón: ahora vendía toallas. Seguía sin la pierna, pero ahora vendía toallas. Ella, a sus 16 añitos, pasaba por su lado y su único pensamiento era "Uy, ese señor estaba ahí desde que yo vivía cerca acá". A los 16 años uno sólo siente que el mundo se mueve si lo que se mueve tiene alguna relación con uno. Uno es el centro del universo.

A los 21 volvió a pasar por la esquina. Ahora vivía más lejos. Prefería a los amigos que a las amigas, trotar en vez de andar en bicicleta. Ya del mundo ella no era el centro. En una ocasión que pasó por esa esquina vio de nuevo al negro alto que no tenía una pierna. Ahora vendía dulces y tenía una señora al lado que vendía toallas. Y al lado de ellos dos niños, también negros: un muchacho como de 16 años y una niña como de 13. Eran sus hijos: ese hombre había sacado una familia adelante estando en el semáforo de la 134 con 19. Pensarlo le dio escalofríos. Pensar en todas sus necesidades (en las que ella, con familia acomodada) había pasado. Sus tristezas y sus deseos. Todo le pareció banal al verle los risos y los ojos inmensos a la chiquilla del semáforo. Sonriente y feliz se despedía de su papá y cruzaba la esquina.

Pensó en su papá. En el mismo que la abandonó. Comparó situaciones y suspiró. Pensó en la ortografía y se dio cuenta que no importaba tanto.

Pensó en todo. Después se agachó, se volvió a amarrar las zapatillas y siguió corriendo.

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