30 de enero de 2011

Cigarrillos y mujeres

-Le conté que dejé de fumar cigarrillo?
-En serio, y eso?
-Pues es que ya no me gustaba mucho. Me marea. Para mí fumar cigarrillo era una acción que involucraba sensaciones encontradas. Por un lado, sí sentía placer, pero era un placer contaminado. Contaminado por una sensación de mareo que no se me quitaba por veinte o treinta minutos después de fumar. Llegaba a dar la clase, después de caminar desde la puerta de la universidad hasta el salón con un cigarro, cansado, con sueño, medio mareado y un poco ahogado. Así me pasaba varias veces. El mareo se hacía más evidente en cada calada. Eventualmente me fastidió a tal punto que me llené de fuerza y decidí dejar de fumar. Siempre que me dan ganas de fumar pienso en esa sensación de mareo y ya, santo remedio. De repente tengo fuerzas para luchar contra las ganas. Claro que, le confieso, de vez en cuando me gusta el aroma del cigarrillo, hermano. Me agrada pasar al lado de alguien y que esté fumando. Así, un peche delicioso y que bote aroma por todo el lugar. Me agrada ese aroma, primero me hace picar la nariz y después me hace sonreír. Me gusta mucho el aroma del cigarrillo. Pero ya no, ya no fumo. Como le dije, me marea.
-Y sí le ha funcionado? Sí ha dejado de fumar?
-Pues sí, y lo mejor es que ese razonamiento me ha servido para otras cosas.
-Cuál razonamiento?
-El de placeres encontrados. Cuando el malestar es mayor al placer.
-Luego que otros vicios cortó?
-Bueno, vicios, como tal, no. Pero sí lo estoy aplicando a otro campo.
-A cuál?
-Las mueres, toño, las mujeres.
-Explíqueme.
-Fácil. Querer a una mujer me genera sensaciones encontradas. Por un lado, placer... el encanto, las mariposas, las sonrisas. Los mensajes dulces y los abrazos, y los aromas. Usted sabe... todas esas cosas, todos esos atributos que uno sólo recuerda cuando está despechado en la barra de un bar con un amigo. Y ese es el otro lado de la emoción. La tristeza final. La despedida final.
-No entiendo.
-El dolor que deja la chica amada cuando se va es como el mareo que deja el cigarrillo después de fumárselo. Me entiende?
-Paralelo tan exagerado.
-Y se pone mejor. Mire que la otra noche estaba borracho y me dieron inmensas ganas de fumar. Me cogieron por sorpresa las ganas, ya borracho, ya con la voluntad hecha un manojo de intentos fallidos, pues me fumé el cigarrillo.
-Y que pasó?
-Pues vomité la madre. No dejé de vomitar como por cinco minutos. Olvidé que me produce mucho daño fumar después de haber bebido (si no he fumado antes). Ahora, imagínese (acá es donde el paralelo se pone mejor), que una mujer 'me coja por sorpresa'. Y que me enamore, así de la nada. Yo intentando dejar esos malos vicios y que me pasara. Imagínese.
-Qué tengo que imaginar?
-El espanto, el susto. La vomitada tan hijueputa que me voy a pegar cuando se vaya.

20 de enero de 2011

Final de un cuento largo

...entonces, él, quién nunca había llorado a una mujer, y que jamás presentó a alguna a sus padres, se percató de que se había enamorado por un detalle muy sutil. Se dio cuenta que él, al contrario de lo que pensaba, en vez de querer estar con alguna mujer para que le hiciera el almuerzo, en realidad quería a sólo una mujer, esa mujer, para hacerle él el desayuno todas las mañanas.

17 de enero de 2011

Colombia y el debate de drogas

Columna para el portal Blog.

El debate sobre políticas de drogas nos está respirando en la nuca. Todo un movimiento progresista está impulsando el debate sobre si la prohibición es la mejor manera de afrontar el problema de las sustancias psicoactivas (spa). Los espacios que se han abierto (a nivel nacional e internacional), los buenos resultados de alternativas no prohibicionistas y la cantidad de organizaciones que están aportando al debate desde diferentes ámbitos (reducción de riesgos, derechos humanos, formulación de políticas), son muestras de que el tema está cogiendo fuerza. El lenguaje del debate de drogas está cambiando: de unos años para acá pasamos del llamado a la cordura con el "¡Hay que legalizar las drogas!", a la expresión que informa, que advierte y avisa sobre lo que viene: "Cuando legalicen la droga...". Porque va a pasar. No mañana, pero va a suceder.

En el contexto colombiano es primordial que el debate sobre políticas de drogas se aborde con dos elementos importantes: proyección al futuro y la juventud colombiana. Lo primero es de sentido común. El debate de drogas se va a dar y el paradigma prohibicionista se va a reformular (que en EE.UU., país creador de la War on Drugs, la proposición 19 que legalizaba el uso recreativo de la mariguana haya alcanzado a ser sometida a votación es muestra de que el debate está más fuerte que nunca) y Colombia no se puede quedar al margen de la discusión.

Si Colombia no discute el tema de políticas de drogas, el día en que la legalicen en EE.UU., o en cualquier otro país medianamente poderoso, serán ellos los que nos van a imponer las condiciones desu legalización, porque seguramente estará hecha para satisfacer sus necesidades e intereses (de industria, de mercado, de producción, por ejemplo). Es un hecho que las políticas de drogas van a cambiar. Negarlo es cerrar los ojos ante lo evidente.

Lo anterior nos lleva al segundo elemento. La juventud. Ya he dicho en este espacio que dado que supuestamente los jóvenes somos la razón de ser de las políticas de drogas prohibicionistas, deberíamos ser nosotros los que lideráramos el debate en el país. Los jóvenes, estudiantes, futuros profesionales, deben ser las voces que renueven la discusión y la asuman de una forma pragmática y pensando en el futuro. Sería hasta chistoso ver a Colombia sacando provecho de industria, comercio e infraestructura de algo como las drogas. Tras tantos años de prohibicionismo y mojigatería, algo podría cambiar.

Este año puede ser un año de cambios. Colombia tiene mucho que decir sobre el cambio de paradigma en las políticas de drogas.

13 de enero de 2011

Una crónica de la ciudad III - Pobres de segunda generación

Desde los diez años ella había vivido por el mismo sector de Bogotá. Mudándose en tres ocasiones, siempre terminó quedándose más o menos en la misma zona. En los entramados de la dizque malla vial bogotana hay pedazos de ciudad que no se pueden evitar. La 134 con avenida 19 es uno de esos sitios centrales para moverse por la zona norte. Ella recuerda mucho esa vía. La recordaba estando en el puesto de atrás del carro familiar. Se acordaba mucho de esos viajes por helado con su papá. Antes, claro, de que él se fuera a comprar una cajetilla de cigarrillos al otro lado del continente y con otra familia.

Ella, bastante sensible cuando era niña, de vez en cuando pensaba en un negro alto sin una pierna que se paraba con un cartel al lado del caño de la intersección ya mencionada. Caminaba con su cartel cuando ella tenía diez años. No necesitaba estar en bachillerato para saber que se escribía "desplazado", y no "desplasado". Claro, no sabía que era un desplazado.

Ella cambió. Se mudó, creció y se volvió más fría. Seguía sin saber qué era un desplazado. O si lo sabía, lo sabía como el grueso de la población: como una definición desprovista de todo drama social. Se sentía una señorita. Ahora pasaba en bicicleta con sus amigas del colegio y veía que el negro del semáforo ya había subido un escalón: ahora vendía toallas. Seguía sin la pierna, pero ahora vendía toallas. Ella, a sus 16 añitos, pasaba por su lado y su único pensamiento era "Uy, ese señor estaba ahí desde que yo vivía cerca acá". A los 16 años uno sólo siente que el mundo se mueve si lo que se mueve tiene alguna relación con uno. Uno es el centro del universo.

A los 21 volvió a pasar por la esquina. Ahora vivía más lejos. Prefería a los amigos que a las amigas, trotar en vez de andar en bicicleta. Ya del mundo ella no era el centro. En una ocasión que pasó por esa esquina vio de nuevo al negro alto que no tenía una pierna. Ahora vendía dulces y tenía una señora al lado que vendía toallas. Y al lado de ellos dos niños, también negros: un muchacho como de 16 años y una niña como de 13. Eran sus hijos: ese hombre había sacado una familia adelante estando en el semáforo de la 134 con 19. Pensarlo le dio escalofríos. Pensar en todas sus necesidades (en las que ella, con familia acomodada) había pasado. Sus tristezas y sus deseos. Todo le pareció banal al verle los risos y los ojos inmensos a la chiquilla del semáforo. Sonriente y feliz se despedía de su papá y cruzaba la esquina.

Pensó en su papá. En el mismo que la abandonó. Comparó situaciones y suspiró. Pensó en la ortografía y se dio cuenta que no importaba tanto.

Pensó en todo. Después se agachó, se volvió a amarrar las zapatillas y siguió corriendo.

9 de enero de 2011

Desacuerdos

-¿Cómo va tu vida?
-Prematura.

Lo primero que le llamó la atención de ella fue que siempre estaba sonriendo. Siempre estaba feliz, risueña. Se tomaba el cabello, apoyaba la cabeza sobre su hombro y respiraba mientras repasaban el libro. Siempre se reía de sus comentarios. Se le quedaba mirando con unos ojos entrecerrados que confundían una mirada tierna con una de odio. Una mirada ambivalente, decía él con cariño. Nunca hablaba de más. Él jamás hubiera sabido que lo quería si no fuera por esa noche en que se emborrachó y se lo dijo. Así era ella.

**

La primera sospecha que tuvo vino de una llamada. Era de esas llamadas que tumban a un elefante. (como si el alma fuese algo parecido a un elefante). Ella lo miró, se volteó y dijo que iba a hacer unas vueltas. Después de eso a él le daba miedo siquiera preguntarle la hora. Le asustaba dar con la combinación de palabras que desatara toda su ira, tristeza y descontento con el mundo.

Pero no llegaba.

Y las ficciones se caían, y la voz no se resquebrajaba. Hacía falta lo del pan, y sonreía mientras lo miraba y le mostraba, con la combinación de posiciones entre su mentón y sus hombros, que no sabía qué iban a hacer y que esperaba de él una respuesta. Hacia el final, cuando el hastío era insoportable, no había ira, ni llanto, ni tristeza, ni rabia, nada por parte de ella. Sólo una ola invernal, se volvía invierno y uno no sabía si lloraba o si tenía los ojos brillantes por escarcha. En ese último periodo él fue tan descarado, recuerdo, que sospecho que era a propósito. Creo que era para obligarla a estallar; que así fuera en el último momento rompiera todas las vajillas y pusiera la música tan duro que hubiera que gritar para hacerse escuchar.

***

Al final me dijo, y le creí, que el motivo más importante (el único relevante, tal vez) por el que se alejó no fue nada más que un desacuerdo. Ella pensaba que ser feliz significaba tener una sonrisa en el rostro todo el tiempo. Que ser comprensiva era guardar silencio. Que disentir era callar y que reparar era ignorar. Él, por otro lado, no estaba de acuerdo.