14 de diciembre de 2010

Hermana mayor, hermana menor

Pienso mucho en esa noche. Ella tenía un gabán. Estaba estallada. Como si le hubieran apaleado el alma. No le hablé. Todo el mundo hacía fila para hacer un papel en una versión retorcida de 'Conducta en los Velorios'. Yo estaba con su hermana menor. Mientras la hermana mayor sostenía la solemnidad del asunto, su hermana menor, en la licencia que permite la entrada a la madurez, se refugiaba entre sus amigos. Digamos que todavía éramos pequeños. (Bueno, a lo mejor no fue así. En lo personal, de repente me sentí pequeño. Sentir la vida tan frágil lo puso todo en perspectiva. Si ser adultos implica esa pérdida, seguida de esa aceptación, esa solemnidad, ese reconocimiento, yo no quiero ser adulto. Quiero permanecer como un niño. "Yo quiero a mi mamá").

Hacia el final del ritual me quedé sorprendido con lo parecido del acto estoy-bien-no-preguntes de las dos. La una y la otra no-lloraban igual. Eran tristezas similares. Tristezas tan dadas a lo interno que impresionaba. Generaba respeto, y, ¿por qué no decirlo?, miedo ante lo que se acumula y no se libera.

*

La idea era demorarnos poco. Llegar a la casa de la hermana mayor, no molestar mucho, quedarnos una noche y arrancar. "No le vayas a sacar la piedra" me dice la hermana menor a kilómetros de distancia. Se le nota la angustia. Los dos sabemos que es una posibilidad (que yo le saque la piedra a la hermana mayor). Llegamos. No recuerdo la última vez que había visto a la hermana mayor, pero apenas me abrió la puerta de su departamento no vi a la hermana mayor: vi a la hermana menor ya crecida, ya más grande.

Se sirve el alcohol y se da una conversación. Jamás había hablado con ella así. Así de largo y tendido. Sin sentirme perdido, sin sentirme dando pataletas de ahogado. Yo la miro y me río, entonces ella se sonríe. De repente me siento muy, muy borracho. ¿A quién estoy viendo, a la hermana mayor o a la hermana menor? Me confundí. No sé de quién es la sonrisa que tengo al frente. Me levanto para ir al baño. Me estoy lavando la cara y escucho una risa femenina. Estoy muy borracho, pienso, estoy escuchando la risa de la hermana menor. Salgo y es la hermana mayor riendo y mirándome con la cara de "¿Qué le pasa a este loco?", esa mirada que tantas veces me ha brindado la hermana menor.

Se parecen mucho. Maravilla ver como mueve las manos y como mantiene la conversación. Maravilla cuando se pone de perfil. Aunque hay diferencias importantes: la hermana menor posa mucho más en las fotos.

Recuerdo las onces que comía en esa casa. (Cuando era la casa de las dos hermanas). El 99.99 % de las veces era un emparedado y con café de leche o alguna bebida similar. El pocillo rojo, grande y grueso en el que tomaba el café en esos años vuelve a mi memoria cuando los veo, tal cual, en la cocina de la hermana mayor. En su cocina, producto de su trabajo. Cada vez me invade más esa sensación de realidad paralela.

Al lado de la cocina hay un reloj. De esos de pared, grandes y que siendo nuevos parecen muy viejos. El reloj está estático marcando las 6:25. ¿Pm, am? El reloj no se mueve y hace que el día se mantenga en un permanente amanecer o en un permanente atardecer. La hermana mayor saca de la alacena galletas. Mis favoritas, y no miento. Ella trabaja en la fábrica que hace mis galletas favoritas. Me río mientras le cuento. Me sonríe de una manera que me hace sonrojar. Mirando el reloj caigo en cuenta que no es que el momento se me haya hecho eterno. Lo que sucede es que estoy ebrio y se me olvidó que ese reloj no avanza.

Nos vamos acostar. Ella dice rápidamente "Buenas noches", me volteo un segundo y ella ya desapareció. La similitud final: el mismo estilo de despedida. Rápida, inmediata. Única. Difícil de describir pero un "Adiós" de esas hermanas, en cualquier nivel, supongo yo, es una despedida real. Me acuesto mirando para el piso. Pensando en que esa pueblo/ciudad intermedia celebró nuestra llegada con juegos artificiales. Me volteo y reformulo: la música de la plaza le hace correlato a mi estado anímico. Festivo, alegre.

Desayunamos. Bebemos en el pocillo rojo.

El atardecer marca el momento de coger camino. Una corta despedida seguida de un agradecimiento inefable. Me voy convencido de que si me quedo más tiempo en ese apartamento me re-enamoraré de la hermana menor. Salgo esperando no encontrarme esos sentimientos en la ciudad. Al fin y al cabo, ocho años es demasiado tiempo para estar detrás de una mujer. O bueno, cinco aprendiendo a conocer y a querer a una niña, y tres jugando al escondite con los sentimientos que dejaron esos cinco años.

En la carretera veo nubes que parecen carbones a punto de apagarse. Están marcando el final de la luz solar. Miro la hora: son las 6:25pm.

Doña María Helena estaría orgullosísima de sus hijas. De las dos, de la mayor y de la menor.

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