26 de octubre de 2010

Conversación con un doctor

Llegaba de los cocteles de doctores a llorar en su apartamento. ¿El motivo? Sus amigos y colegas, estaban al servicio de la alcurnia de la ciudad. Cuidando que los azúcares no estuvieran muy altos y que la putita con la que se acostó el patrón no hubiera dejado sarna a su paso. Esto lo llenaba de envidia y rencor. Una noche la conversación giró en torno a las manos de los pacientes y las posibles dolencias. Contaban de cuando salían granos o verrugas en la piel. Uno de los doctores, de las más altas academias por supuesto, contaba a sus colegas que por estética él siempre recomendaba -a esos pacientes con verrugas en las manos- usar guantes de seda. Consideraba que la estética primaba en las distintas ocupaciones de sus pacientes -que incluían la equitación, la diplomacia y alguno que otro robo disimulado-. Por su parte el doctor (nuestro doctor, el protagonista de esta historia) asentía narrando alguna anécdota inventada. No obstante moría por dentro. Sentía vergüenza al pensar en sus pacientes, y como estos no eran de guantes de seda, sino de pica y pala y uñas negras de trabajar la tierra. Humillado hasta el fondo de sí, se despidió temprano y se fue.

-Hijueputa régimen subsidiado, maldecía camino al carro.

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