22 de octubre de 2010

Bus por la 15

Me subo en el bus esperando que el viaje no tarde mucho. La vía estaba, de hecho, despejada. Como por arte de magia, segundos después de que subí, comenzó el trancón. Me senté con tranquilidad a esperar cómo se daba el asunto. Al mirar por la ventana suelto la carcajada: en una vitrina un letrero gigante que dice 'Para tu bebé: Farmatodo'. Inmediatamente pensé: junkies desde chiquitos, ala.

Sube un músico. El músico canta. El músico aplaude. La gente aplaude. El músico comienza a pasar por los puestos. La gente comienza a hablar por celular. El músico se baja. Seguimos en el trancón. Un minuto después desde mi ventana vi que otro músico de la calle le hablaba al conductor del bus.
-Se acabaron de bajar, dice el conductor.
-Pues sí... pero mire que el trancón está largo y usted no tiene radio [me resultó evidente que estos dos tipos eran lo que se denomina 'amigos del camino']
-Ahh, pues sí... súbase.
Este diálogo fue tan rápido que el músico número dos alcanzó a saludar y despedirse del músico número uno que estaba al frente de la puerta trasera del bus (que ahora parecía estacionado en medio de la 15 por causa del trancón). Por mi parte volví a reírme. Entretenimiento gratis, pensé. Y efectivamente, tremenda serenata.

Se baja el músico y comienza a sonar una voz chillona desde adelante del bus. Hablaba y hablaba la señora con su amorcito, cielito, bebecito. En un momento, que sonaron varios pitos en la calle, la señora casi que gritó 'Ahhh! No te escucho nada!', me reí pensando en las ganas que me daban de decirle 'Pero nosotros le escuchamos todo, fresca'. Tras un par de minutos se quedó callada y la calma volvió al bus. En ese punto no estaba lleno, pero ya como dos personas iban de pie. Poco antes de Unicentro se subió una mona, cuchibarbie, bastante estirada y con cara de asco. Subió con otra mujer con una mirada mucho más tranquila. Hablaba como dirigiéndose a su amiga pero en realidad miraba a todos en el bus, como si quisiera que la escucháramos. Decía en voz alta, 'Ahh, es que no pasan taxis. Qué jartera que no pasen taxis. Por eso me tocó subirme aquí, es que no pasan taxis'. La escena se repitió un par de veces hasta que efectivamente el bus se llenó y el silencio, o los monólogos telefónicos, fueron reemplazados por un murmullo.

Un minuto después de que el bus mutara en una lata de atún, se subió un muchacho que vi desde que se acercaba al bus desde el andén. Salto la registradora con maestría y de repente tomó un semblante de enfermo y comenzó así [con una voz, perdón la comparación pero sé que dará a entender el sentido que quiero expresar, similar a la de un niño con problemas]:

"Damaaaaaaaaaaaaaaaas y caballeroooos, lamento molestarleeeeeeeeeeees (...). Y yo estaba en Chocó con mi famiiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaa (...). Y cuando nos tocó irnos de Sucre, porqueeeeeeee yo vivíaaaaaaaaaaaaaaa en Sucreeee [Sí, se daban estas contradicciones lógicas en el relato. Que fueran muchas y tan descaradas me hicieron pensar que realmente el muchacho nos estaba participando de alguna clase de concurso. Si uno intervenía y corregía al muchacho por los datos que contenía el relato, el valiente interlocutor se ganaría una puñalada]".

Cabe resaltar que el murmullo, después de la segunda palabra pronunciada por el muchacho, cesó. Nadie dijo nada. El ambiente se tornó tan incómodo que tras una cuadra la mayoría de las personas que estaban de pie se bajaron. No obstante, en el momento en el que el muchacho terminó su relato e inició el '¿me colabora?', el tono de su voz dejó de ser lastimero o lento. Pensé que me iba a ganar una puñalada cuando una niña, a un puesto de donde estaba yo, le respondió la manipuladora pregunta con un atrevido 'Aquíiii tiene, mijooooooooooooooooooooo', y yo casi muero de la risa.

El trancón se pasa. Avanzamos por Bogotá. El bus va quedando otra vez vacío y en silencio. De repente suena otra vez esa voz chillona y desesperante de la señora que está bien adelante. Suspiro y empaño la ventana de mi puesto. Me maldigo por no tener algún aparato en el que pueda escuchar música.

Me maldigo diez mil veces más cuando veo que el bus agarra por otra cuadra y me doy cuenta que no me servía.

En el andén veo que se aleja el bus por la esquina. Saco la billetera y no tengo ni un sólo peso.

8 comentarios:

  1. Ahora venís a criticar a los que trabajamos honradamente sin hacerle daño a nadie, pirobohijueputa. Bueno saberlo, pa' chuzarlo a la próxima, gonorrea.

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  2. Ala, pues no. Ellos [los vendedores] no son el centro del texto. El punto es como se dan tantas escenas en un par de minutos al interior de un bus. Si no lo pillo, pailas mano.

    (Y eso por no entrar en el debate de quién trabaja honradamente y quién se aprovecha de esas condiciones de vulnerabilidad para poder delinquir. Porque no sólo personas honradas acuden a esos medios, no nos digamos mentiras)

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  3. Me causó mucha risa el texto, muy bueno, yo también he reparado en esos momentos de micro, que de pronto amenizan el tedio de las jornadas santiaguinas. Personajes, anécdotas, ufff, para hacer un libro.

    Y uno, que siempre se mira el ombligo... nunca me había puesto a pensar que los artistas callejeros y los mendigos y "pobrecitos" ambulantes fueran iguales aquí y en la quebrada del ají, con los mismos discursos y todo! jajaja.

    Saludos, me encanta tu bló
    =)

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  4. Hola! Me alegró muchísimo este comentario. A medida que pasaban todas estas cosas, no dejaba de reírme, y cuando lo escribí justamente quería transmitir esa risa. Me encanta que se haya alcanzado esa meta.

    Jaja, 'la quebrada del ají', ¿decise de qué, exactamente? Jaja, curioso que en Santiago también haya estos personajes. O a lo mejor no es ni tan curioso... al fin y al cabo, además del idioma y de la raza mestiza, a Lationamérica la une la pobreza y las pintorescas expresiones que se dan para sobrevivirla.

    Un saludo! Qué chévere que te guste lo que se hace por acá :)

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  5. "Aquí y en la quebrá del ají" es una expresión que se usa para decir de algo que sucede en todas partes... sin querer se me salió el chilenismo, jeje.

    Y en Santiago hay muuucho de esto, tanto en los buses como en las esquinas. Lo que es a mi, de a poco les he ido agarrando cariño a los tipos que trabajan en las micros y en las esquinas. Tan cotizado es el trabajo, que ya son muchos los personajes que se ven en las calles, tanto así que cada vez uno los ve más especializados; la competencia y el mercado como regulador ejemplar, no?... ya no puedes subirte a la micro simplemente contando que te echaron del trabajo, mínimo que aprendas a tocar la armónica que sea...

    Para que veas que a Latinoamérica la unen estas expresiones (de sobrevivencia o de resistencia?).

    Saludos :D

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  6. ¡Claro! Acá en Colombia eso es de todas las ciudades y en todas partes. El análisis que haces es interesante: los 'espacios de trabajo' reducidos generan un mínimo de 'mejora' en la propuesta que hace el artista o el tipo x que hace lo que sea en el micro. Es una manera interesante de verlo, no obstante tiene una contra parte: la construcción de monopolios en torno a ese tipo de trabajo informal (algo similar a lo que pasa con los proxenetas con las prostitutas de calle). Genero una mafia, recojo la mayor parte de esas ganancias y genero un medio violento para alejar la competencia (que al fin y al cabo son otros tipos con condiciones económicos adversas).

    Frente a lo segundo que mencionas (la pregnta sobre si es sobreviviencia o resistencia), me parece pertinente decir lo siguiente: creo que parte de un elemento de resistencia (a no dejarse morir). Resistencia en un sistema adverso y con unas condiciones socioeconómicas precisas. No obstante esa resistencia deja de serlo cuando no hay un final cercano (me explico, uno no 'resiste' permanentemente el hambre, hay un punto en que empieza a 'sobrevivirla'). Creo que ese es justamente el asunto: lo que empezó como una manera de sortear el día a día (de resistirlo, a la espera de algo mejor) se vuelve después un acto de superviviencia en el que no se tienen certezas sobre cualquier tipo de futuro a cercano o mediano plazo.

    Si te tuviera que contestar tajantemente (agradezco que no tenga que hacerlo :P) tendría que decir que son expresiones de superviviencia (ante las condiciones de desigualdad) lo que une a este roto continente. Superviviencia porque ya -¡y cómo no!- nos hemos cansado de resistir.

    :) :)

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  7. Puede ser que yo no lo veía desde el lado más dramático. Por lo menos en Santiago, estos espacios también son ocupados por estudiantes de artes y humanidades, anarquistas, cantores populares, etc., quienes ven en estos trabajos informales una resistencia al Estado, al sistema, o ve tú a saber qué.

    Cuando me hablan de supervivencia, yo pienso en acciones obligadas por falta de opciones. Sin embargo, yo no veo esto en las personas que trabajan en una ruta específica, a una hora definida, con una rutina preparada. De hecho, recuerdo que en una clase de economía, calculamos cuanto podía ganar como mínimo un "artista callejero". Era el doble del sueldo mínimo, trabajando menos horas, y con la comodidad que implica ser tu propio jefe. Claro, seguro que no es la situación de tooodos (me imagino que especialmente, los vendedores ambulantes), pero a muchos yo no los veo sobreviviendo.

    Y respecto a los monopolios de los espacios... bueno, yo no me he fijado si eso existe. O sea, claro que estos tipos trabajan en un lugar específico (la misma esquina, o la misma ruta de buses), pero creo que también puede responder a territorialidades. Por lo menos en las micros, siempre se ven caras novatas probando suerte. Quizá sea esto de que los espacios cada vez son más ocupados por estudiantes, que no se genere como un proxenetazgo de esto. Igual, y me fijo mejor ahora que voy a ir a tomar la micro, jeje.

    Saludos.

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  8. A lo mejor allá sí hay más población estudiantil en ese tipo de trabajos informales. No obstante, en Colombia la situación es un poco más pintoresca. Por un lado tenemos a los estudiantes que sí, de hecho sacan para las fotocopias de esa forma, también tenemos el lado de los vividores y eso. No obstante, en Bogotá (en general en todas las grandes ciudades de COlombia) hay mucho desplazado. Esto tiene que ver con el desplazamiento forzoso que se ha surgido como respuesta a la violencia que se da en el campo. Esta población crece cada vez más desplazando, por un lado, a los estudiantes que laboran así, y por el otro, dado que son un grupo tan vulnerable (los desplazados) y no están protegidos bajo ningún régimen, pues son blanco fácil para que los infiltre (lease, para que se hagan por desplazados) vividores, ladrones, etc.

    Creo que la situación siempre se presentará para que se dé la corrupción y los monopolios, no obstante, a lo mejor eso no se ve tanto allá por el tipo de población que trabaja en este tipo de ocupaciones informales. Ya cuando hay monopolio, no es ni superviviencia ni resistencia, es mera usura.

    Un saludo fraterno!

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