31 de octubre de 2010

Noche de Halloween: mi noche favorita

I

La noche de Halloween es mi noche favorita del año. Salgo al anochecer y el mundo, de repente, me resulta un lugar increíblemente inocente. Soy yo el que está equivocado. Que se diga la verdad (me dan ganas de decir en ese día): todo es un disfraz.

Salgo a la calle y me asombro del disfraz de desplazado que tiene toda una familia -por cierto, muy comprometida- en el semáforo de la esquina. Sonrío pensando en lo increíble del camuflaje que se consigue en tiendas: los soldados que me encuentro en cada esquina son muy parecidos a los reales.

En Transmilenio todos están apretados. Las caras largas y sólo miradas de cansancio a través de las ventanas. Es que no se nota, pienso, no se nota ni siquiera el maquillaje. Muy camuflada debe estar la sonrisa de estas personas. Sonrisa de satisfacción de saber lo bueno que es su disfraz: engaña a todo el mundo.

Es la única noche que salgo y miro al mundo, su miseria, su tristeza, su
irrealidad y sonrío pensando que todo es un disfraz: un engaño muy elaborado. Pero ese pensamiento, casi de éxtasis al pensarme en un mundo perfecto, me resulta escalofriante. Me doy cuenta entonces que muchos de los problemas de este mundo se dan porque la gente se toma muy a pecho su disfraz. Lo que cree que es, lo que piensa que cree, lo que considera que es correcto.

II

Escena I

Llego a la torre de mi apartamento. Diez o doce niños están a la entrada (la mayoría estaba disfrazado). Timbraron en muchos apartamentos pero nadie les abrió la puerta para que entraran a pedir dulces. Cuando llegué estaban maldiciendo a los
tacaños que vivían ahí. Me río al frente de ellos. Les digo la verdad: yo no tengo dulces en mi apartamento, pero yo les abro la puerta para que jodan un rato a los tacaños que no les abrieron. Se ríen y aceptan. Poco después comienza un escándalo como de 15 minutos.

Igual les dio por timbrar. Salgo y les resalto nuestro trato. Una chica, bajita, mona, vestida con un chaleco (aunque no creo que fuese disfraz) me dice "No, pues entonces déjese ver con el arete" y me señala la oreja. Casi me caigo de la risa, la despido y me dice, riéndose, "En la buena, ¿no?"
Escena II

Iba saliendo a caminar un rato pero me quedé hablando con John, uno de los celadores. A lo lejos vi que muchos de los niños se entraron. Se quedaron cuatro, una chica alta, la mona
frentera (por así decirlo) y otros dos niños. Sólo uno del parche estaba disfrazado. Mientras hablaba con John me di cuenta que se estaban acercando (los cuatro) muy lentamente. Al final fue evidentente que querían acercarse cuando las dos niñas se pararon, muy disimuladamente, claro, al lado de John.

Se me quedan mirando. Les pregunto si quieren algo. La más alta, Camila, trece años, me dice "Es que nos da pena, va pensar que somos unas degeneradas." Me reí y les pregunté si querían cigarrillos. La mona, Ángela, quince años, se rió y me dijo que no. Me dice: "Queremos una Cola & Pola. Y pues a nosotros no nos la venden, ¿será que usted, así todo buena gente, nos la compra?". Me reí, me alejé de John (por si alguien escuchaba y le jodía el trabajo). Hice conversación ligera un rato. Me supe las edades, los nombres y uno que otro consejo práctico frente al trago (lugares comunes de prevención, si así se quiere). Me contaron que ya habían tomado (a qué se referían, la verdad no sé) y que no podían en ningún apartamento porque (en palabras de Ángela) "Se nos dañaba el parche", por eso lo iban a hacer en el parque del conjunto

Les compré el refajo áquel, un paquete grande papas y una botella de agua (que yo les invité). Llegué al conjunto, y les entregué la bolsa con los tres elementos. Les conté que les compré el agua porque siempre que se tomaba lo más importante era estar hidratados. En el fondo sabía que el refajo no les iba hacer mayor cosa, era una cuestión más de enseñar y generar el hábito. Se ríen, me dan las gracias y se van a tener esos maravillosos momentos que uno construye en esas primeras complicidades infantiles.

La verdad no me sentí mal por hacerlo. Ni corrompiendo menores ni nada parecido. De todas maneras cuando llegó mi mamá le pregunté lo que pensaba sobre la situación. Coincidió conmigo en que no había sido una decisión tan desacertada. Eso sí, me resaltó, que ella le preocupaba cualquier papá patán que se enterara y lo tomara muy, muy mal. Casos se han visto, como quien dice.

La noche de Halloween es mi favorita del año. Pero que timbren tanto en el apartamento no es bueno para mis nervios. No cuando lo que me dijo mi mamá me alcanzó a poner paranoico.

29 de octubre de 2010

Seminario, Ramos, y Wittgenstein

Seminario de Wittgenstein. En teoría de 15 a 18hrs. En realidad de 15 a 18:45hrs. Profesor Jaime Ramos.
En una ocasión tuve que retirarle una materia a él. Me parecía un profesor demasiado estricto. Intratable, si se quiere. Por otro lado, Wittgenstein siempre me gustó. El único problema es que nunca lo he entendido bien.
Esas dos frustraciones se unieron cuando me enteré que el seminario del autor alemán lo iba a dictar Ramos. 'Ya fue', pensé. Toca jugársela.
Comencé el proceso. Ramos de vez en cuando sonreía en clase. Una sonrisa muy tierna, sincera. Muchas veces, tal vez por el tema, tal vez por como es él, tenía accesos casi que poéticos. Discursos que emocionaban. Se ríe. Nos pregunta si entendemos y avanza.
Me cambió toda la visión que tenía de él. De lo que significaba, de cómo se comportaba. Del ser humano intratable que yo pensé que él era, no queda nada. Queda el detalle bello de un profesor que invita 'el tinto y la empanada' en el receso de clase. Él es así.
Anoche hubo un momento hermosísimo. La clase duró más de lo normal, salimos casi a las 19hrs. Todo el seminario, 13 personas, nos quedamos al frente del departamento de Filosofía. Nos quedamos conversando y hablando carreta. Al rato salió el profesor. Se quedó mirándonos y nos dijo: "¿Mucho Wittgenstein, entonces? ¡Qué curso más aplicado!". Continuó la conversación preguntándonos si nos sentíamos muy perdidos, o sin entender casi nada. Le respondimos, a coro, que la clase encantaba y el autor alemán gustaba envolvía de una manera maravillosa. Que era complicado, sumamente complicado, y que eso muchas veces frustraba.
Él, como hace muchas veces, bajó la cabeza, cerró los ojos y se llevó el índice y el pulgar al punto más cercano entre la nariz y el espacio entre los dos ojos. Guardó silencio uno, dos, tres minutos. Después levantó la cara, nos miró y dijo: "Pero eso es lo bonito, ¿cierto que sí? Es como dice Spinoza... al final de la Ética, ¿no lo han visto?". Respondimos que no, pero por aquellas coincidencias de la vida un compañero tenía una copia de la Ética de Spinoza y se la pasó al profesor. Él se acercó a las ventanas del departamento para la luz le ayudara a buscar una página. Un par de minutos de silencio y nos leyó lo siguiente:
"Y arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra. En efecto: si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñen? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro."
(Baruch de Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico - Escolio.)

Todos guardamos silencio. Él sólo agregó: "Es que si fuera fácil no sería tan bello" (y no lo decía refiriéndose exclusivamente a Wittgenstein, sino al conocimiento en general). Poco después se fue, sonriéndo y diciéndonos 'Yo veré, se van a estudiar para el final'.
Qué bello ser humano es Jaime Ramos. Cada vez que sonríe, con cada ejemplo elaborado, con cada consejo que da, se le nota el amor que tiene por lo que hace. Y eso es maravilloso.

26 de octubre de 2010

Conversación con un doctor

Llegaba de los cocteles de doctores a llorar en su apartamento. ¿El motivo? Sus amigos y colegas, estaban al servicio de la alcurnia de la ciudad. Cuidando que los azúcares no estuvieran muy altos y que la putita con la que se acostó el patrón no hubiera dejado sarna a su paso. Esto lo llenaba de envidia y rencor. Una noche la conversación giró en torno a las manos de los pacientes y las posibles dolencias. Contaban de cuando salían granos o verrugas en la piel. Uno de los doctores, de las más altas academias por supuesto, contaba a sus colegas que por estética él siempre recomendaba -a esos pacientes con verrugas en las manos- usar guantes de seda. Consideraba que la estética primaba en las distintas ocupaciones de sus pacientes -que incluían la equitación, la diplomacia y alguno que otro robo disimulado-. Por su parte el doctor (nuestro doctor, el protagonista de esta historia) asentía narrando alguna anécdota inventada. No obstante moría por dentro. Sentía vergüenza al pensar en sus pacientes, y como estos no eran de guantes de seda, sino de pica y pala y uñas negras de trabajar la tierra. Humillado hasta el fondo de sí, se despidió temprano y se fue.

-Hijueputa régimen subsidiado, maldecía camino al carro.

22 de octubre de 2010

Bus por la 15

Me subo en el bus esperando que el viaje no tarde mucho. La vía estaba, de hecho, despejada. Como por arte de magia, segundos después de que subí, comenzó el trancón. Me senté con tranquilidad a esperar cómo se daba el asunto. Al mirar por la ventana suelto la carcajada: en una vitrina un letrero gigante que dice 'Para tu bebé: Farmatodo'. Inmediatamente pensé: junkies desde chiquitos, ala.

Sube un músico. El músico canta. El músico aplaude. La gente aplaude. El músico comienza a pasar por los puestos. La gente comienza a hablar por celular. El músico se baja. Seguimos en el trancón. Un minuto después desde mi ventana vi que otro músico de la calle le hablaba al conductor del bus.
-Se acabaron de bajar, dice el conductor.
-Pues sí... pero mire que el trancón está largo y usted no tiene radio [me resultó evidente que estos dos tipos eran lo que se denomina 'amigos del camino']
-Ahh, pues sí... súbase.
Este diálogo fue tan rápido que el músico número dos alcanzó a saludar y despedirse del músico número uno que estaba al frente de la puerta trasera del bus (que ahora parecía estacionado en medio de la 15 por causa del trancón). Por mi parte volví a reírme. Entretenimiento gratis, pensé. Y efectivamente, tremenda serenata.

Se baja el músico y comienza a sonar una voz chillona desde adelante del bus. Hablaba y hablaba la señora con su amorcito, cielito, bebecito. En un momento, que sonaron varios pitos en la calle, la señora casi que gritó 'Ahhh! No te escucho nada!', me reí pensando en las ganas que me daban de decirle 'Pero nosotros le escuchamos todo, fresca'. Tras un par de minutos se quedó callada y la calma volvió al bus. En ese punto no estaba lleno, pero ya como dos personas iban de pie. Poco antes de Unicentro se subió una mona, cuchibarbie, bastante estirada y con cara de asco. Subió con otra mujer con una mirada mucho más tranquila. Hablaba como dirigiéndose a su amiga pero en realidad miraba a todos en el bus, como si quisiera que la escucháramos. Decía en voz alta, 'Ahh, es que no pasan taxis. Qué jartera que no pasen taxis. Por eso me tocó subirme aquí, es que no pasan taxis'. La escena se repitió un par de veces hasta que efectivamente el bus se llenó y el silencio, o los monólogos telefónicos, fueron reemplazados por un murmullo.

Un minuto después de que el bus mutara en una lata de atún, se subió un muchacho que vi desde que se acercaba al bus desde el andén. Salto la registradora con maestría y de repente tomó un semblante de enfermo y comenzó así [con una voz, perdón la comparación pero sé que dará a entender el sentido que quiero expresar, similar a la de un niño con problemas]:

"Damaaaaaaaaaaaaaaaas y caballeroooos, lamento molestarleeeeeeeeeeees (...). Y yo estaba en Chocó con mi famiiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaa (...). Y cuando nos tocó irnos de Sucre, porqueeeeeeee yo vivíaaaaaaaaaaaaaaa en Sucreeee [Sí, se daban estas contradicciones lógicas en el relato. Que fueran muchas y tan descaradas me hicieron pensar que realmente el muchacho nos estaba participando de alguna clase de concurso. Si uno intervenía y corregía al muchacho por los datos que contenía el relato, el valiente interlocutor se ganaría una puñalada]".

Cabe resaltar que el murmullo, después de la segunda palabra pronunciada por el muchacho, cesó. Nadie dijo nada. El ambiente se tornó tan incómodo que tras una cuadra la mayoría de las personas que estaban de pie se bajaron. No obstante, en el momento en el que el muchacho terminó su relato e inició el '¿me colabora?', el tono de su voz dejó de ser lastimero o lento. Pensé que me iba a ganar una puñalada cuando una niña, a un puesto de donde estaba yo, le respondió la manipuladora pregunta con un atrevido 'Aquíiii tiene, mijooooooooooooooooooooo', y yo casi muero de la risa.

El trancón se pasa. Avanzamos por Bogotá. El bus va quedando otra vez vacío y en silencio. De repente suena otra vez esa voz chillona y desesperante de la señora que está bien adelante. Suspiro y empaño la ventana de mi puesto. Me maldigo por no tener algún aparato en el que pueda escuchar música.

Me maldigo diez mil veces más cuando veo que el bus agarra por otra cuadra y me doy cuenta que no me servía.

En el andén veo que se aleja el bus por la esquina. Saco la billetera y no tengo ni un sólo peso.

16 de octubre de 2010

'Lo siento chica, estoy drogado'

Las viviendas estudiantiles de la nacho son un buen lugar para darse de baja. Los viernes y los sábados los ánimos se exageran. Tanta chica solitaria, tanto muchacho melancólico. Diegol me mira y sonríe. Me dice 'Es que los viernes y los sábados los ánimos se alborotan. La fiesta, la farra. Muchas drogas. Es un día propicio para todo'.

Pero la mayoría de las parejas se cuadran los viernes o los sábados, me dice mi amigo.

A principio de 2010 - II un muchacho se suicidó. Vivía a tres habitaciones de donde estaba yo. Me cuentan que se botó con un libro en la mano. Miles de cosas se le pueden añadir, casi todas bajo la forma de mitos urbanos. Que gritó el nombre de su amada antes que sonara su cráneo estallándose contra el concreto. -Yo no lo vi -me dice mi amigo-. Sólo, en la mañana, vi como las palomas se bañaban en la sangre que había caído hasta la canaleta-. Él se mató un viernes. Y es que tras lo festivo de las gaitas y de los tambores, un silencio queda. Mi amigo me cuenta de sus paranoias. De los ruidos. De la gente. De las miradas.

Acá cualquiera se puede morir

Yo me suicidaría un lunes [no festivo]. "¿Por qué?", me pregunta él. La respuesta es fácil: matarse un viernes o un sábado es una falta de cortesía para con los que uno quiere. Es arruinarles el fin de semana. Quieren descansar, quieren dormir hasta tarde. Salir el domingo al parque Simón Bolívar a montar bicicleta. No a meterse en una funeraria con una aromática que huele a muerto. ¿Pero por qué precisamente un lunes? Porque así les cago toda la semana, pero de una forma bonita: los pongo a pensar. Sus rutinas les parecerán efímeras. Todo les resultará ficticio. Sería en la mañana. Seis de la mañana de un lunes. El teléfono suena -Aló?-. Silencio a un lado. Llanto al otro. Paila. Ese marica se mató. Y la semana queda rota. Pero también les hago un favor. Si me eran muy cercanos, hasta dos días tendrán de descanso. Y el fin de semana, cuando todos quieran descansar, ellos también lo harán. Incluso de mí. Reitero, yo me mataría un lunes. Cualquier otro día: imperdonable falta de cortesía para con mis amigos.

Intento fallido

Estaba estudiando para un parcial. También un sábado creo. Estoy estudiando, muy normal yo, bien torcido. Suena un griterío, salgo a la ventana, y un hijueputa colgado de las manos del balcón. Yo pensaba 'este tipo se va matar, ¿y ahora cómo hago para estudiar? ¡Joder! Tengo que hacer un parcial'. Finalmente lo convencieron de subir. De que vivir era algo chévere. ¿Cómo habrán hecho?

Además de las muertes, y de todas esas características del mundo real, está, cómo no, la academia. Hay que rendir. Hay que sacar buenas notas.

Rebeldía

Las viviendas estudiantiles de la Universidad Nacional han estado siempre marcadas por historias macabras. Tomas, retomas, suicidios y malas notas -no se pueden sacar de la lista. Tintes rojos adornan los pasillos. Entre matas de mariguana que me llegan al pecho se comienza a bailar. Atardecer bogotano: rojo. Cualquier otro color no sería apropiado. El humo se hace más físico cuando la luz del sol lo atraviesa constantemente. El ambiente se hace festivo. La tarde toma un camino surrealista.

El atardecer cae. La habitación se vuelve un lugar seguro. Bello. A la que le caen los últimos rayos de sol. Muy bonito.

¿Uno qué dice ante estos instantes tan bellos? Tan irreales.
Mi amigo me mira, y caricaturizando la respuesta ante una potencial interrupción, mira al atardecer, me mira a mí y me dice, sonriéndome, 'Lo siento chica, estoy drogado'.

3 de octubre de 2010

El famoso 'di no a las drogas'

Columna publicada en el portal Blog. Para ver dicha entrada, clic acá.

Para quienes están familiarizados con mis columnas, saben que tengo una posición muy clara en lo que respecta a las sustancias psicoactivas (legales e ilegales) y que estoy involucrado con una organización que aborda el tema desde una perspectiva no prohibicionista (pero de ella escribiré en otra oportunidad). No obstante, dentro de toda política de drogas
tiene que haber un componente de prevención del consumo. Buscando repensar ese lugar común del famoso 'di no a las drogas', me gustaría abordar esta cuestión.

Desde hace unos días he venido pensando que lo que disuade a las personas del consumo de sustancias usualmente se da por dos elementos: i) uno moral (
la sustancia es ilegal) y ii) uno de salud (que puede hacer daño, o el temor a hacerse dependiente). No obstante, he pensado que hay un argumento (para probarlas) que en algunas ocasiones llega a eliminar los argumentos para no hacerlo. Ese argumento, para no ponerlo más largo de lo debido, se puede resumir en "experimentar con la conciencia".

El argumento de la experimentación usualmente toma peso en las reflexiones previas al consumo (no en todas, pero sí en muchas). Aunque acepto que la experimentación es un elemento de peso en el consumo, la sola frase "experimentar con la conciencia" me parece desafortunada. Le da a uno la idea de un Indiana Jones atravesando la selva de la conciencia y mirando qué se encuentra. A mí me parece mejor comparar esa experimentación con saltar con paracaídas. Uno sólo tiene control sobre el paracaídas -cuidarse uno, intentar no matarse-, pero no sobre lo que va a ver durante "el viaje". Es importante decir con las sustancias psicoactivas cada ocasión es distinta y puede haber excelentes experiencias como también malosviajes (y estos pueden ser experiencias muy, muy fuertes). Lo que se debe hacer es educarse y conocer información sobre las sustancias y sus efectos.

Esto lo digo pensando en las personas que no consumen sustancias y que han pensado en hacerlo. Soy partidario de la reducción de riesgos, soy partidario de las libertades individuales, soy partidario de experimentar, pero no soy partidario de la estupidez. Uno no debe consumir algo sin cuidarse. Hay que hacer las cosas porque se quiere. Sin que nadie lo obligue o peor aún, sin que la ignorancia sea la que tome la decisión. No hay que olvidar que ser responsable hace parte de ser libre.

Hay que gozar la libertad de elegir. Pero esto nos puede traer tanto buenas como malas experiencias. Depende de uno cuidarse y saber cuándo decir 'no' (que viene a ser cuando uno no tiene motivos propios para decir 'sí'). Por eso es mejor, cuando no se sabe bien qué se está haciendo, acudir a ese lugar común de decir no a las drogas.