25 de julio de 2010

Perros Románticos

Llegó a la tienda de la esquina y compró un paquete de cigarrillos. Se sentó en un andén a matar el tiempo. Un par de minutos después un vecino del barrio, amigo de Hernando, cruzó la calle. Hace bastante no lo veía. De vez en cuando trotaban juntos pero perdieron contacto porque Jaime, así se llamaba el vecino, viajaba bastante y casi no permanecía en Bogotá.

Al acercarse, el perro de Jaime olfateó a Hernando. No fue más que un momento lo que le requirió al extraño ganar la confianza del perro.
-¿Me acompaña a pasear al perro en el parque?, -agregó Jaime en la mitad de una conversación en la que ambos pretendían actualizarse de lo que había sido del otro-.
Hernando no dudó en acompañarlo y ambos se dirigieron al parque. Era una caminada corta desde la esquina de las tiendas hasta el parque. Se pasaban por algunos conjuntos, algunos parqueaderos y se llegaba a un potrero inmenso con algunas canchas, barras y rodaderos para los más niños o también -cabe la posibilidad- para los más borrachos.

El perro, un labrador golden bastante grande, sufría de pequeños episodios de locura pasajera cuando se le sacaba al parque. Quemaba toda la energía guardada al lado de un profesional con poco tiempo para pasar con él pero sí todo el amor para darle. Su dueño, Jaime, lo intentó una vez pero se dio cuenta que los perros, en este tipo de escenarios, tienen mucha más paciencia que las mujeres. Siempre pensó que lo que le hizo falta en esa ocasión fue valentía. Sabía como meterse en los recodecos más extraños del país, pero dejarse llevar por una mujer le resultó imposible. El perro, cómo no, le era fiel. Salía, saltaba, corría, traía los palos y volía a irse. Así pasaron algunos minutos en el parque. Los ruidos que el perro hacía eran el sonido de fondo de una conversación mediada por cigarrilos y risas.

Quedaron en comenzar a trotar en las noches. Se veían dos o tres días a la semana. Usualmente dos entresemana y uno el domingo o en su defecto el festivo. Entresemana, Hernando tenía ya un truco para saber a qué horas se veía con Jaime: faltando poco para las nueve de la noche llegaba el vecino del piso de arriba. Con esa llegada, iniciaban, sin falta, las discusiones maritales. Aunque esos conflictos no le importaban a Hernando, siempre, en el fondo, estaba pendiente de si sucedía un episodio de violencia física. Ya abajo, en el parque, el plan siempre era el mismo: echar una buena trotada. Hablar carreta en la meta, devolverse y echar otros minutos en conversación.

En una de esas, un domingo pasadas las diez y media de la noche, ya después de trotar, se sentaron en una banquita a tomar agua y hablar.
-¿Sí se ha dado cuenta de que muy pocas personas sacan los perros los domingos a esta hora? -preguntó Jaime a un cansado Hernando-. En serio, todos los días a esta hora hay más gente, pero los domingos son muy pocos los que sacan el perro por la noche. Tan solo mire ahora, no más hay dos personas.
-Bastante curioso, la verdad no me había fijado -respondió.
-Sí, y la verdad he encontrado una sola respuesta a esa curiosa interrogante.
-¿Y cuál es? -preguntó Hernando.
-Mire cómo están las cosas -a Jaime entonces le brillaron los ojos, dejaban ver lo mucho que disfrutaba de la escena, como el que está por contar un chiste racista o machista. Algo que va a levantar ampollas o hacer pensar en todo caso-. La gente que saca el perro cambia con los días y con la hora. La parejita de novios en las que fulano acompaña a fulana, también está el que saca el perro mientras se fuma el bareto. ¿Sí o no? -y continuó sin siquiera esperar respuesta-. Aun así, estas personas que sacan los perros los domingos por la noche son otro cuento. Pille los perfiles. Son personas ya adultas, tampoco tercera edad, pero no están en sus treinta años. Salen y miren como actúan. Dejan al perro suelto, sin correa y sin nada...
-Sí, pero porque ya no hay peligro de que muerdan a nadie -interrumpió Hernando.
-Sí, sí -continuó- , no obstante eso no es lo que me interesa. Ellos sueltan al perro y se ponen a hablar por celular. Mire -dijo haciendo un gesto señalando a las otras dos personas en el parque, una estaba sentada al otro lado del parque al frente de ellos y la otra estaba parada un poco más hacia el oriente-. Tienen el perro suelto y ellos se ponen a hablar por celular. Ellos dos ni siquiera se conocen, pero comparten algo en común. Ambos hacen lo mismo.
-¿Y qué es eso que hacen esos dos desconocidos?
-Piénselo -dijo lentamente Jaime-. Ambos, mayorcitos, se ven que son personas de familia. Como se visten, escuche a la mujer mientras habla por teléfono. Se ríe, se sonríe, eleva el tono de voz. Y mire al otro tipo -el que estaba al oriente-. Él habla pasito, pero vemos como se ríe y se ve que está alegre. Ambos prefieren salir un domingo, después de las diez de la noche, a sacar el perro. Haciendo frío, con pereza, ellos prefieren sacar el perro, soltarlo y sentarse a hablar por celular importándoles un culo la suerte del perro. Ambos podrían estar en sus casas, con sus familias, viendo la tele, ayudando a hacer una tarea, o simplemente conversando... -en este punto Jaime se quedó callado mirando hacia la oscuridad del parque-.
-Bueno, ¿y qué? -inquirió Hernando.
-Están siendo infiles, parce -respondió Jaime-. Estas dos personas tienen amantes. Por eso salen a esta hora, y por eso en estas condiciones. Le aseguro que esos teléfonos son prepago, para que no llegue un registro de las llamadas. Deben estar tristes con sus vidas. Tal vez colegas de trabajo, compañeros de oficina, una vieja llama reencontrada. Lo que sea. Algo que evidenció que ellos no eran felices. Y por eso sacan este truco: "Mi amor, voy a sacar el perro, ya vengo"
-añadió haciendo un intento de voz femenina que resultó en un tono perturbante y afónico-. Así salen, dejan al perro corriendo por ahí y ellos se sientan a hablar con sus respectivos amantes.

Mientras escuchaba a Jaime, Hernando se había quedado mirando hacia la mujer que estaba sentada a unos treinta metros de ellos, al otro lado del parque. Se puso a pensar en lo que sería la historia de ellos, qué harían, qué pensarían. ¿Por qué serían así de malas personas como para engañar a los que en teoría aman? Inmediatamente pensó en Carolina. Pensó en su traición, en lo mucho que le dolió enterarse de que ella había tenido un amante en el último tramo de la relación que tuvieron juntos. Las cosas terminaron muy mal. De repente sintió un acceso de ira que se debió traducir en un gesto en su rostro, dado que Jaime no lo pasó desapercibido.

-¿Sabe? No toda infidelidad es maliciosa, o malintencionada... hay cosas que simplemente pasan -dijo casi que adivinando lo que Hernando debatía en su cabeza-. Hay cosas que pasan, llamas que se apagan. Daños que producen que uno busque, o que simplemente encuentre, cosas en otros lados. Sinceramente yo creo que lo malo es mantener el engaño. Pero los sentimientos... los sentimientos son demasiado complicados. Puede pasar lo que sea. Recuerdo mucho un amigo que me decía "lo malo no es hacer, sino no decir". Yo creo que hay que ser sincero, y además no ser prejuicioso. Si se siente mejor... tal vez al tipo la esposa lo cachoneó y él se está vengando, y tal vez la pareja de la nena, la casca. Uno nunca sabe... ¿sí me entiende el punto?
-Sí, sí, sí... -respondió Hernando sacudiendo la cabeza, como intentando quitarse imágenes que había intentado borrar los últimos cinco meses-. Pero tal vez usted es un exagerado, paranoíco, habla mierda... -Jaime comenzó a reir mientras lo escuchaba-. En serio, qué imaginación la suya. Lástima que no podamos comprobarlo.
-No, mejor que no lo comprobemos. Así yo creo que es verdad y que tengo razón y usted puede seguir pensando que la gente no es tan débil y miserable como usted cree. Todos contentos, ¿no le parece? -añadió con una sonrisa.
-Todos contentos, parce, todos contentos. ¿Entonces qué, miércoles, misma hora?
-Sí, nos vemos acá... ¿sabe? Si alguna vez me comprometo, vendo mi perro antes de irme a vivir con la nena -agregó riéndose.

Mientras Hernando caminaba hacia el edificio en el que vivía, en la otra calle del de Jaime, iba pensando en que tal vez éste no estaba tan equivocado, y que realmente esas personas estaban engañando a sus parejas. En todo caso jamás lo iba a saber.

Cuando entró al edificio se encontró a la vecina del apartamento de arriba del de él. Blackberry en mano,y la correa del perro en la otra. La mujer le saludó con una sonrisa tímida y los ojos aguados y salió, acompañada por el can, camino al parque. Hernando, al verle, no puedo evitar contener una tímida sonrisa cargada de ternura.

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