15 de julio de 2010

La Meada del Millón de Dólares

La llamada fue en la mañana. En medio del guayabo cuando uno todavía no comienza a ser. Que fuéramos a una de esas reuniones de poetas en las que todos hablan muy bonito, del amor y esas patrañas, pero que en el fondo siempre están pensando en la entrepierna que los inspira. Después, me comentó, quería que fuéramos a la casa de la compañera.

Con él viví una gran temporada. Esa época dorada quinceañera atrasada en la que la marihuana y los versos de Silva nos hacían sentir muy especiales (ya no... tenaz, pero ya no). Cómo decirle que no. Y allá nos vimos. La reunión de poetas estuvo como siempre: pedantes, aburridas, retrasadas. La poesía la hicimos nosotros hablando en las escaleras.

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Entré al apartamento y me apabulló lo inmenso que era. Y cómo no, pensé que estaba en casa militar. Pero la madre, dulce ella dentro de su mundo, no parecía nada de lo que uno se imagina cuando los ve en el uniforme. Y me puse a pensar, mientras veía las fotos familiares/militares, lo triste que es reducir a un ser humano a una figura de enemigo. Como el bachiller con su chaleco reflectivo. El pobre es un niño recién graduado. Él no es una mala persona. Y tampoco lo son ellos, los que hoy me invitan a su casa y a su mesa. No son militares y ya... son seres humanos, fuera del uniforme viven, sufren y aman a su hija. La hija que hoy me invita.

Entro al baño. Tan grande, tan barroco y pomposo, que sinceramente me dio pena ensuciarlo... Me abrumó lo bonito que era. Salí pensando en que eso estaba mal en el mundo, que hubiera gente que tuviera tanto y gente que no tuviera nada. Pero mientras pensaba eso, mi colega le pregunta a su compañera que si le ayuda en algo -preparando la comida- y ella respondió, de una forma tan propia -levantando los labios y cerrando los ojos- que no. Recordé de repente un grafiti que vi en la comuna 13 en Medellín "La humildad es nuestro orgullo". Cuando lo pensé y lo apliqué a la escena, toda mi percepción previa me resultó ridícula y resentida.

Y le pregunto, como para redimirme mentalmente, que si quería que hiciera una malteada con un par de bananos. Me dijo que sí y le pedí la licuadora. La saca de uno de los muchos estantes y resulta ser la misma licuadora que mis papás, clase media trabajadora, tienen desde que se casaron. Y entonces veo todo el panorama: todos sangramos igual, y todos somos iguales. Entre más conozco al otro. más me conozco. El baño es bello y enchapado, pero en él se caga, se orina y se llora -¿por qué no? En casa con adolescentes siempre habrá un rincón para el llanto secreto.

Y veo una bolsa de masmelos y le sonrío pícaramente. Quiero uno, me recuerdan mi infancia. A ella no le gustan mucho, y a mi colega tampoco. Pero yo soy feliz. En el apartamento de millones, hay corazones que valen más.

{Y uno, tan cargado de odios tan pendejos}.

Al final me regalaron la bolsa de masmelos... y yo le di mi receta de malteada con banano. Y somos felices.

2 comentarios:

  1. La malteada de banano es deliciosa, ¿vos cómo la hacés?

    A mí los masmelos también me acuerdan de la infancia. Nos íbamos todos los primos a la finca y mis papás nos compraban como 5 bolsas de masmelos de distintas formas, pero no millows sino masmelos de tienda de pueblo. Nos sentábamos al frente de la chimenea a asarlos, comer como cerdos, empegotar todos y contar cuentos, era lo máximo.

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  2. Pues yo la hago muy simple: banano picado, un poquito de sal, leche fría y hielo molido (como para darle consistencia). Todo eso lo licuo y presto!! Jejeje, cómo la haces tú?
    Y pues lo de masmelos... qué bello lo que cuentas. Un recuerdo muy similar, aunque desde otra perspectiva, también hace que ellos me acuerden de mi infancia.
    Un saludo! :)

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