6 de junio de 2010

Phármakon

-Uy mijita, pero qué horror venir todos los días hasta por acá. ¿No te da pereza?
-No tía, yo quiero estudiar acá, es una buena universidad, no la mejor, pero sí es muy buena.
-A mí francamente no me gusta venir acá. Me molestaría tener que venir al centro todos los días. La Sabana, siendo una universidad tan buena, y que le queda cerca a la casa, ¿Martica, tú por qué no la inscribiste en la Sabana?
-La decisión la tomó Carolina, Carmenza. Yo no tengo porque tomar esas decisiones. Ella quiere estudiar por acá- responde la mamá aludida.

Avanzan las tres por el centro de la ciudad. Mamá, tía e hija. Esta última está dando sus primeros pasos en el mundo de la gente seria, madura y que no tiene que asumir responsabilidades ajenas. La mamá está dejando a su hija comenzar un ciclo nuevo y la tía... la tía sigue con sus comentarios. Carolina estaba emocionada, finalmente sería algo cercano a lo libre. Iba a estar fuera de la casa, ya era mayor de edad, iba a ser universitaria. Se alejaría un poco de la casa y podría crecer mucho. Era un sueño hecho realidad. En medio de esa divagación, hizo una interrupción la voz que más repudiaba en este mundo; una voz prejuiciosa, mentirosa y engañosa, la de su tía Carmenza.

-No Martica, pero cómo vas a dejar a Carolina venir para acá. Estas universidades liberales... esto no es para la gente de bien. Mira, ¿sí ves? Sólo marihuaneros por acá- dijo señalando a unos muchachos sentados a la distancia que ni siquiera estaban fumando marihuana. -Eso sólo- continuó Carmenza- se presta para problemas. Para que la niña coja mañas y termine quién sabe en qué...

Horas Después

-No martica, pero mire todas esas indias andando por ahí descalzas. Qué falta de respeto a las buenas costumbres. Con esos hijos a cuestas cual ganado. A mí francamente me daría verguenza. Cuando Andrés estaba pequeño a mí me tocaba cargarlo. Ahora que hay de esos arneses para bebés. Unos los amarra y los deja caminar cogiéndolos. Qué maravilla -continuaba la tía.
-A mí no me gusta- dice Carolina- a mí eso sí me parece arriar ganado. Que feo tratar a un niño-
-Usted no se preocupe mijitica que si usted salió mal es porque su mamá siempre fue muy fresca.

En la Noche

-Martica, para acá, que aquí queda la casa del profesor de piano. Toca recoger a Andrés. Cierra bien las puertas mientras le timbro al celular, que en el parque de la esquina se la pasan marihuaneros.
-Tiía, por última vez, que alguien fume marihuana no lo hace ni marihuanero, ni indecente, ni criminal...
-Martica, ¿sí la ve? Y eso que ni ha entrado a esa Universidad. Espere y verá lo que se le viene encima, martica.
-Oye Carmenza -dice Marta, como para calmar los ánimos- ¿y cómo te está yendo con los problemas de disciplina de Andrés? ¿Ya mejoró el comportamiento?
-Él no tiene un problema de conducta, mamá, él tiene 12 años. Ese, para mi tía, es el problema.
-No diga tontería mijita. Pues martica, hace dos semanas lo llevamos al mejor siquiatra infantil de Btá. Y bueno, después de charlar con él confirmó nuestro diagnóstico: tanta saltadera, tanta brincadera y molestadera en la casa y en el parque... hiperactividad crónica. Lo bueno es que la podemos controlar. Una pildorita con el desayuno, y él ni se da cuenta. Y queda el resto del día perfecto.
-¿Usted está drogando a mi primo, tía? -preguntó indignada Carolina.
-Drogando a nadie, más respetico. Las píldoras las recomendó el psiquiatra. Y son sólo entre semana: los fines de semana sí puede jugar, y saltar, y hacer lo que quiera. Como no se la pasa en la casa... eso sí Carolina, si usted le dice al niño, tenemos problemas, a usted no le corresponde meterse en esto, ¿entendido?

Un par de minutos, baja un hermoso niño de doce años. Con frío y los ojos apagados, se hace en el asiento trasero de la camioneta. Saluda a todos y pone su cabeza en los muslos de su prima. Ahí se queda dormido el resto del viaje.

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