25 de junio de 2010

El Rincón de las Violetas

Hace muchos años, cuando era un niño pequeño e inocente -tengo que suponer que en algún momento lo fui-, vivía en un conjunto residencial llamado, muy pomposamente, Conjunto Residencial 'El Rincón de las Violetas' [CRRV]. Fue un sitio particularmente importante para mí. Allá, por esos años, la gente del barrio era Javier -hoy en día cantante y miembro fundador de Alerta- y Cheché, su primo -creo que son primos, eso fue hace tanto tiempo-, hoy baterista de Triple X, excelente banda de punk bogotana, entre muchos otros que acompañaron esos años. Así podría seguir. En esa época conocí amigos que hasta el día de hoy tengo. También tengo recuerdos importantes, y momentos que sé que me formaron como persona. A uno de esos momentos me quiero referir.

En la ventiúnica cancha de microfútbol/baloncesto que había en el conjunto (en un parqueadero) había una reja inmensa que le daba el límite al conjunto. Detrás de esa reja había un lote pequeño sin construir, cercado por los edificios -incluyendo el conjunto, por uno de los lados. Sólo tenía, si mal no recuerdo una pequeña puerta de latón en el costado occidental. Eso era un potrero. Había ratas, animalejos, insectos y... balones. Ahí siempre se iban los balones de fútbol -o de baloncesto, si uno era muy descachado. Recuerdo que los pelados 'duros' del conjunto, se subían por la pared, escalaban la reja, devolvían el balón, y hacían de nuevo todo el proceso para volver a la cancha.

Posiblemente no era así para todos, pero yo, desde mi punto de vista infantil, recuerdo muy bien pensar esa acción -la de meterse **al** potrero, a ese potrero, que tocaba trepar, saltar y volver- como un acto de valentía. Más que valentía, como de riesgo, como de rebeldía. Algo que no puedo explicar muy bien, pero que estoy seguro que más de uno entenderá -tal vez por esa justa condición de inefable, de no poder describir muy bien ese sentimiento. Yo nunca fui por ningún balón. De hecho, si mal no recuerdo, perdí un balón Golty azul en ese mismo potrero. Nunca me atreví a subir el muro, trepar la reja, caer en el potrero -que supuestamente tenía ratas-, sacar algún premio y volver sintiéndome 'grande'.

Hace unas noches, mientras trotaba con un amigo, nos pusimos hablar (de la importancia) del estado de pre-sobredosis. Éste tomado desde cualquier perspectiva: los distintos excesos que uno pueda tener, con experiencias, con sustancias, con vivencias, con personas. Ese punto en el que uno se sabe parado en la línea que separa lo temerario de lo suicida. Pensando eso recordé el ya mencionado lote come-balones del Rincón de las Violetas. Ese mismo, el que no pude saltar.

No pude evitar pensar en él y en el resto de mi vida. En lo que he hecho y los motivos que me llevan a hacerlo. Correr riesgos tal vez innecesarios, o simplemente retar la suerte. Siempre he pensando que he muerto tantas veces que no sé a cuántos gatos vidas le debo. Esa reja se me volvió casi que un simbolismo: nunca la pude saltar, y he pasado toda mi vida intentándolo hacer.

Descubrí que en el potrero que es la vida no hay ratas ni insectos. Sólo malas personas (que en general son peores que las ratas y los insectos).

3 comentarios:

  1. son lejanos los recuerdos pero ahora son solo eso, recuerdos que ya no seran mas, ahora su potrero es un edificio y la condicion inefable es la de dar la vuelta a la manzana y golpear en el primer piso y pedir si tienen a bien devolver el balon

    jjejeje un saludo de un residente

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  2. Jajajaja, sí. Sólo son recuerdos. Lo importante es la lectura que uno haga de ellos. Un saludo.

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  3. Tuve la fortuna de vivir 5 años en ese conjunto. Por motivos personales, lo recuerdo con mucho agradecimiento. De todas formas, creo que algo de memorable ha de tener la pazoleta y su jardín, y también los ventanales de los apartamentos. Desde donde yo vivía podía divisar incluso los cerros orientales, Monserrate, Guadalupe... Sin embargo, cuando pienso en ese conjunto lo que viene a mi memoria son sus domingos por la noche cuando la quietud se apoderaba del ambiente y el viento barría la plazoleta y a veces alcanzaba a silbar en las ventanas de los pisos altos. De alguna forma, un poco de la nostalgia de mi vida tiene la imagen de "El rincón de las violetas".

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