27 de junio de 2010

Crónica: Boyacá, Hongos, Gente - Enero 2010

{Resultó que por coincidencias de la vida, una persona que leyó originalmente esta crónica, estaba en esa zona por la misma época. Le tomó fotos a 'unos' payasos, y ahora, seis meses después, tengo fotos de este evento. Acá la historia: Crónica: Boyacá, Hongos, Gente - Enero 2010 + Fotos (Reprise)}

Escrito en otra noche de luna llena. Con el cielo roto en mil islas blancas. Los colores están allí. Para que donde quiera que nos sorprenda la noche encontremos una luz.

Nota Aclaratoria
: Si bien esto pasó hace casi seis meses, decidí hacer esta crónica hasta ahora, porque desde el principio supe que sólo sabría valorar la experiencia de este viaje después de algún tiempo. Creo que tuve razón, y ahora puedo hacer una valoración objetiva de lo que fue un viaje lleno de maravillosos momentos. Me centraré en los dos primeros días, que son los que más marcaron. El retorno fue digerir y tratar de entender todo lo que había vivido. Gente nueva, experiencias, psilocibina...


El primero de enero de este año me levanté con un cielo increíblemente gris. Me despertó, a media tarde, la llamada de un amigo -Ibarra, bello hombre él- contándome lo bonito que se veía el mar desde dónde estaba, y como con un porro lo acompañaba. Me dio envidia de la buena, y decidí que no quería que me cogiera el comienzo de década y año bajo un cielo gris. Tomé $12.000, cinco libros -Eco, Berocay y Garay-, un rollo de papel higiénico, un tubo de crema dental -aquafresh- y un saco negro, algo de licor, un mp4, un moño de marihuana, dos latas de atún, dos botellas de agua... y nada más que recuerde. Salí con la tarde ya cayendo. Desde ya aclaro que no me centraré en el viaje en sí mismo -no es mi intención hacer un diario de viaje- sino en el evento en que desembocó todo lo que pasó durante él. ¿Mi familia? Mi familia quiso creer mi mentira de que me iba de viaje con la undécima letra a una finca de clima caliente. Sé que ellos siempre supieron la verdad (algunos meses después, cuando les conté esta historia, me dijeron explícitamente que lo habían sospechado desde el principio).

Saliendo de Bogotá me llamó una amiga, Nils (ya me he referido a ella en este blog). Me preguntó -estando ella en Barichara- que para dónde iba. Se sonrió cuando le dije mis planes de huir de Bogotá. Sus llamadas me acompañaron durante todo el recorrido. Con lo poco que tenía logré un pasaje hasta Briceño a cambio de que garantizara que tendría, estando allí, para pagar el resto del viaje hasta Tunja. En Briceño narré cuentos en la Terminal mientras el bus estaba allá -sí, lo más hippie del mundo. Conseguí el dinero y me volví embarcar. La verdad no tenía un itinerario en la cabeza, simplemente andaba al ritmo de lo que se me iba presentando.

El Viaje
Lo primero que tengo que resaltar es la profunda tristeza en la que me encontraba antes del viaje. Así que apenas sentí que estaba fuera de Btá el rostro me cambió. Es otro aire. Es otra manera de ver la vida. El 31 de diciembre había comenzado la luna llena, y me acompañó todo el viaje. Lo primero que me impresionó fue encontrarme la Laguna del Tota. Estando la tierra oscura, la luna brillaba en ella. El placer de encontrar ese sitio, tan bello, fue el aperitivo de lo que iba a ser un viaje para recordar.

El puente de Boyacá -ahí, recuerdo, me golpeó la realidad de que no tenía donde dormir esa noche- nunca me ha gustado. Es más, siempre lo he considerado un sitio triste. Es como 'lo que intentó ser, pero nunca fue', en este caso la Libertad. Esa ocasión fue la excepción. Estaba decorado por navidad. Las luces, los colores, las personas caminando a su alrededor. Todo me iba ilusionando. Me quitó los temores de lo que se me iba a venir. Decidí meterme en mis lecturas y esperar a ver qué iba a pasar. Comencé a conversar con un pasajero del bus. Resultó de mucha ayuda. Me medio guió en Tunja y me dio consejos para mantenerme lejos de problemas -y de los sitios que los daba. Me llevó a su casa, me tomé unas polas con él. No quería estorbar y le pedí que me dejara en una taberna cerca a la terminal. Ahí me quedé bebiendo -después de pedir los respectivos permisos para tomar de mi botella, dado que no tenía plata. Yo estaba con un saco de la UN - Bogotá. Estando allá, una mujer se me acercó, ya entrados en copas, a hablarme, y preguntarme si era estudiante de la Nacional. Al responderle afirmativamente, nos volvimos amigos. Ella era -es, creo- estudiante de la UPTC. Coincidimos muy bien, y echamos lora toda la noche. Al final, tuve donde dormir y donde descansar un poco. Su papá trabajaba en la terminal de Tunja, así que a la mañana siguiente, en el primero que salía, me hicieron el favor de embarcarme gratis.

2 de Enero - Mañana
Si bien todo el viaje fue improvisado, me incliné por seguir el paso a Villa de Leyva porque sabía que por allá había una compañera que así sea una sonrisa me iba a brindar. Efectivamente llegué allá. No me pude comunicar con ella, así que lo primero que hice fue entrar a un desayunadero y me comí unos huevos que me supieron a mierda. Eso sí, el caldo estaba delicioso. Después de desayunar me fui a la plaza central de Villa de Leyva -muy bonita, y llena de mujeres mostronas y con poca autoestima: una delicia para el hedonista sin cargos de consciencia.

Allí la fuerza de ley llegó. Mi maleta ligera pero mi chaqueta impermeable grandísima llamaron la atención de los agentes. Que de dónde venía, que quién era, que si consumía drogas. A esta última pregunta, aunque usted no lo crea, respondí afirmativamente -a sabiendas de que tenía en la maleta un moño. Pero rápidamente agregué (la vida me enseñó ese truco) que no estaba fumando en ese momento. El agente me preguntó que si me requisaba, qué iba a encontrar. Yo, haciéndome el valiente, le dije que nada, que ya había sido sincero de decirle que sí consumía, ¿para qué me iba arriesgar? Oportunamente entró una llamada de mi papá. Le dije que estaba bien y extendí la llamada hasta que los agentes se fueron. Me volví a sentar en las escaleras de la iglesia. Esperando no sé qué.

Me puse a caminar por el pueblo. Lo conocí a mi ritmo, con mis ganas, con mis prioridades. Después de un tiempo decidí volver a la plaza. Al rato, unos gringos muy chéveres -con sombrero voltia'o y todo- me pidieron que les tomara una foto con sus esposas. También monas, también tetonas, también mostronas. Me pagaron con dos cervezas. Mientras les estaba preguntando -en un inglés deficiente- si querían escuchar unos cuentos -"Storys... ¿how do you say 'contar cuentos'?"- tres personajes vestidos de payaso llamaron mi atención. Uno de ellos se me acercó (mientras los gringos se iban) y me habló. Que yo le haya respondido el saludo cambió por completo lo que sería ese viaje.

Me dijo que se llamaba Camilo -le decían Chamo, y los otros se llamaban Brayan y... diablos, no recuerdo el nombre. Que venían de Bogotá en plan guerrero (léase, sin un peso) y que ellos hacían entretenimiento infantil y comedia -por eso el traje de payaso- y que si quería unir fuerzas con ellos para no lucharnos ni el público ni la potencial plata. Le dije que de una. Suelo ser muy confiado. Dejé mi maleta y mi chaqueta gruesa en donde ellos tenían las propias. En una tienda donde vendían una gaseosa riquísima pero que no recuerdo el nombre y no la he vuelto a ver. Nos fuimos a contar cuentos. Después de tres ocasiones teníamos casi $65.000 (en ese proceso me encontré con un amigo que se sorprendió de verme contando cuentos por allá tan lejos y de la misma forma, mucho tiempo después me enteré que otro amigo me vio por allá contando cuentos, y no me saludó por pena). Almorzamos de lujo. En el almuerzo me propusieron algo: irme a la Periquera con ellos a consumir psilocybe cubenis, tal cual me dijeron. ¿Que qué es eso? Eso mismo que están pensando: hongos alucinógenos.

2 de Enero - Tarde
Les dije que lo iba a pensar. Les dije que ya volvía, que me iba a ver con una amiga (para ese entonces me había llamado). Hablando con ella me decidí por irme. Vi la hora y había pasado casi una hora. Me asusté. Tenían el chance de atracarme, incluso tal vez ya lo habían hecho. Me despedí rápidamente y me fui a la tienda. Allá me los encontré con media de ron bebida y diciéndome 'Tomás, parce se va con nosotros? Porque el último bus ya se va ir'. Que me hubieran podido atracar y no lo hicieran fue la prueba suficiente para decidir irme con ellos. Compramos pasajes y nos fumamos un porro en Villa de Leyva -en el barrio fifí. Nos fuimos para la terminal. En el bus dormimos hasta que llegamos. Nos levantamos y comenzamos a caminar para la Periquera. Al llegar el ejército nos paró. Nos dijo que la zona de camping estaba cerrada y que no podíamos seguir. Que dos personas se habían matado la noche anterior, en palabras del soldado, 'por andar mariqueando'. Seguimos más arriba, a otra zona y cobraban carísimo. Dado que no había plata decidimos irnos de arriesgados y subirnos por un sendero que olía a naranjas. Cuando nos encontrábamos con campesinos les preguntábamos si podíamos acampar por allí, todos decían que si manteníamos el orden nadie se daría cuenta. Eso sí, todos, extrañamente, nos hacían la misma recomendación: cuidado, no se vayan a ahogar. No lo entendimos hasta que llegamos.

Cuando llegamos a un claro en medio de una parte del bosque muy tupida decidimos quedarnos ahí. Dos personas se fueron a buscar los hongos y otros dos se quedaron armando la carpa. Cabe resaltar que en el camino hacia el sitio donde íbamos a acampar, Chamo y los demás comenzaron a oler boxer. Cuando yo me fui con él a buscar los hongos, me contaba sin pelos en la lengua, que si yo me hubiera mareado (léase, asustarse) en Villa de Leyva, ellos me hubieran atracado. Me contó que los tres eran barristas de Millonarios en Usme. Que de hecho él, Chamo, era el líder de la barra por allá porque al jefe anterior "lo habían dañado las del Santa Fe". Me contó pocos detalles, pero los suficientes para saber yo que si me hubieran querido joder, ya me hubieran jodido.

2 de Enero - Noche/Madrugada del 3 de Enero
Al llegar al campamento improvisado, nos encontramos una carpa gigante, una fogata, y leña para alimentarla. Sobre la fogata, en latas de cerveza, había agua con pedazos de panela. A eso añadimos doce hongos -tres por cabeza fue la proporción. Para entonces yo ya estaba ansioso. Había tenido experiencias con ácidos dentro de Btá, pero los hongos han sido siempre puntos de referencia para mí. Su experiencia es indescriptible -esto es un intento muy chimbo de describirla.

Los calentamos, los dejamos hervir y nos servimos cuatro vasos en cuatro latas de cerveza cortadas -con las patas de cabra de mis compañeros de viaje. Los hongos quedaron moradísimos en en el fondo del culo de una botella de Coca-Cola que habíamos cortado. Después de que los bebimos, instintivamente comencé a comer los hongos del culo de la botella. Esperando con ansiedad el efecto -no sabía muy bien qué esperar, reitero que por principio el efecto del LSD es muy similar al de los hongos pero la manera en que se perciben las cosas cambia radicalmente.

Comencé a escuchar música, mientras me quedaba en silencio. Encendí un cigarro pero Chamo me dijo que no, que no fumara aun, que después me decía por qué. Cuando comencé a sentir el efecto fue similar a aguantar el aire demasiado tiempo y después exhalar. Una suerte de tensión cerebral seguida de un descanso. Después leí que esa sensación no fue exclusiva de mi experiencia, y que para muchas personas es similar la manera como le sube el hongo. En ese momento me llamó Nils. Sólo atiné a decirle: llámame en seis horas (siendo las 18hrs) que estoy entrando en un viaje de hongos muy, muy agreste. El primer efecto fácil de percibir es la sinestesia que da. Esa sensación de no tener corazón sino una llamita rojiverde en el pecho. Mirar a cualquier parte y sólo ver colores. Recuerdo muy bien que el hongo me entró con dureza escuchando The End de Doors. Cuando se me reventó, recuerdo el comentario que le hice a mis tres compañeros de travesía: ¿Ustedes sí han visto las animaciones del reproductor de Windows cuando uno pone música? Ante la respuesta afirmativa de los tres, sólo les dije: "Esto es diez mil veces más cerdo".

Recuerdo un par de advertencias que me hizo Chamo, por aquello de ser la primera vez: que me amarrara bien los cordones de los zapatos, para que no se me perdieran y que metiera todo en bolsillos con cremallera. Que uno no sabía en ese estado dónde dejaba las cosas. Ambas advertencias fueron tremendamente útiles.

A la sinestesia -presente durante casi todo el viaje- se le sumó un efecto extrañísimo. Una suerte de claridad mental muy buena. Recordaba muchas cosas, las veía con una claridad increíble. Navidades completas, momentos con familiares ya muertos, recuerdos de viejas amigas, viejos amigos, viejas amantes, viejas personas que ya no están en mi vida. De repente sentí una conexión rarísima con todo. Todo lo veía conectado por colores. Ahí, en ese momento a todos nos golpeó el significado de la frase de los campesinos mientras subíamos. Eso de no se vayan a ahogar, respondía a que cuando uno miraba para abajo de la montaña no veía un río. Veía una línea de colores que se movía vertiginosamente. Cualquier persona, si estuviera muy ida, se iba para allá. Obviamente en ese estado el río se lo lleva a uno. Por eso es que son varias las anécdotas de los campistas muertos que el río saca al pueblo algunos días después. Esa sensación de conexión con todo, a través de los colores, de las energías que uno siente, me comenzó a pesar. De repente fueron muchos los recuerdos, muchos los pensamientos. Me estaba yendo muy lejos. Ya no veía claramente los recuerdos, comencé a vivir los recuerdos. Y no siendo suficiente con eso, comencé a vivir fantasías, alucinaciones, etc.

Siendo las 19:20hrs les dije a los demás: no puedo más, necesito recostarme en la carpa. Y ahí me quedé. Chamo entró a los pocos minutos y me dijo dos cosas: 'quiérase' y que me aferrara a algo real. No entendí muy bien por qué me decía todo eso hasta que comenzó el viaje en forma. De repente no fue sólo la sensación de conexión con todo. Fue la sensación de tener consciencia sobre mí mismo. Sobre mi vida, mis recuerdos, mis fantasías. Recuerdo ver la hora a las 19:28hrs y respirar profundamente. Cuando volví abrir los ojos había recordado todo un episodio con mi abuela paterna -muerta hace doce años-. Cuando volví a mí sinceramente pensé que habían pasado horas. Se me vino el alma a la boca cuando vi que sólo habían pasado dos minutos. Así estuve unos minutos más. Me iba y volvía creyendo que habían pasado inclusos meses. No dejaba de irme. La sensación de conexión, los colores, la memoria excesiva -sí, el olvido es una maravilla, y en esa experiencia me di cuenta-, las fantasías: todo eso comenzó a saturarme, me comencé a perder entre fantasías y recuerdos. El recuerdo era como ver una película -veía mi vida pero no tenía consciencia de que de hecho era mi vida- y las fantasías eran las cosas más extrañas del mundo.

El viaje se me comenzó a torpedear. Comencé a tener recuerdos oscurísimos -de ahí mi renovado amor al olvido. Comencé a recordar cosas que no tengo necesidad de traer a colación. Volvía y estaba con los ojos llenos de lágrimas y un extraño dolor de estómago. Me volvía a ir y me sentía riendo, me despertaba con los ojos aun más aguados. Comencé a notar que los lapsus en los que me iba comenzaron a hacerse largos. En ese momento mi papá me llamó al celular. Me preguntó cómo estaba, le respondí que estaba entrando a un mundo muy cerdo, que hablábamos en la mañana. Sentí cómo respiraba profundamente. Seguido a eso me dijo que me cuidara y me colgó -algunos días después me enteré que esa noche mi papá no durmió. Comencé a tener más y más recuerdos oscuros. En un momento sentía que me estaba yendo con las fantasías. Decidí seguir uno de los consejos de Chamo, aferrarme a algo real. Me aferré al teléfono.

En el sitio en el que estábamos no había luz artificial y no había población. No se veían casas por ningún lado y la luz artificial más cercana alumbraba desde el pico de la montaña -en cuya falda nosotros estábamos. Como no había luz y yo estaba solo dentro de la carpa -escuchaba las voces y las divagaciones de mis compañeros afuera-, cuando abría el celular se iluminaba todo alrededor. Recuerdo coger el teléfono y acercar su luz al rostro para sentirme la cara y los dedos -porque los di por perdidos en más de una ocasión. Miraba la hora. Mi recuerdo real no fue propiamente el teléfono. Fue la llamada de Nils. Yo decía, "ella me va a llamar, hay una realidad más allá de este efecto y ella me va a llamar, esperemos". Veía la hora cada vez que 'volvía'. Siempre se acercaba más a esa hora en la que ella dijo que me iba a llamar. Aferrarme a la idea de que Nils me iba a llamar me sacó de las prisiones del subconsciente en más de una ocasión.

De repente los recuerdos se fueron tornando más y más oscuros. Las fantasías también. Ya el efecto me estaba golpeando demasiado fuerte -después, leyendo, encontré que haciendo una aproximación de la cantidad de psilocibina que consumí (bebida y comida), yo había ingerido lo suficiente para tener una experiencia de viaje astral. Decidí tener en cuenta el otro consejo de Chamo, el de quererme. Comencé a interiorizarlo. Comencé a pensar que yo era una porquería de persona pero que también tenía cosas buenas. Comencé a pensar en esas cosas buenas. Esas cosas para nada censurables de mi persona. Comencé a batallar los recuerdos malos a punta de buenas energías. En todo este lapsus yo no recuerdo qué música estaba escuchando, lo que sí recuerdo es que cuando recordé ese segundo consejo de Chamo comencé a escuchar géneros de música más movidos. Comencé a cambiar mi onda. Comencé a intentar llenarme de energía, de optimismo. Ver las cosas desde otras perspectivas y con eso batallar el malviaje (algunos meses después un amigo me enseñaba por qué para él la sustancia no malviajaba sino que uno se malviajaba, más de acuerdo no puedo estar).

A las 19:57 abrí los ojos. Sentí que habían pasado meses. Pasé por frío, por calor, por temor, por euforia. Y ahí estaba de nuevo. Bajo los efectos sinestésicos y de percepción de los hongos. Continuaba teniendo fantasías y alucinaciones, pero nada tan fuerte como esa primera hora. Mucho más piloteable era el viaje en ese momento. Me levanté un poco lento, un poco vuelto mierda. Me levanté, y salí de la carpa. Esa fue la perfecta metáfora de todo el viaje. Después de estar en esa carpa oscura, llevado de la nada y sintiendo todo. Después de estar allí, salí para encontrarme millones de millones de estrellas y una luna llena que iluminaba todo alrededor. Era hermoso. Fue, como dije, la metáfora perfecta de lo que había pasado en mi mente: luchar contra todos mis demonios dentro de esa carpa, para salir, victorioso, y encontrarme esa belleza universal y espacial.

Mis recuerdos son muy vagos por el resto de la noche. Hay cosas que recuerdo cláramente. La conversación con Chamo y sus amigos en la que me contaban de todas sus experiencias en el barrio. Del hijo de Brayan -él, un niño de 17 años ya tenía un hijo. Me contaban de cómo ellos vivían la vida y de sus experiencias anteriores con los hongos. Recuerdo cuando les hablé de lo que yo pensaba del pegante y el bazuco. Que tenían que evitar eso, que eso hacía daño irreparable en el cuerpo. Recuerdo que constantemente se defenían como 'ñeros con intereses'. Los tres estaban intentando dejar la vida violenta. De hecho, hasta donde supe, habían aprendido lo de animación de fiestas por un programa de la Alcaldía Mayor. Me acuerdo de la llamada de Nils, en la que casi lloro por lo importante que fue ella para sacar del viaje la experiencia tan bella que saqué. Recuerdo cuando me fumé un té, que Nils me regaló en Btá, con mis compañeros de viaje. Recuerdo que armamos un porro y armamos el de té. Nos lo fumamos en honor a la Luna, que nos acompañó desde que salimos de Btá. También me contó Chamo porque a él le gustaba fumar en la noche: una vez se había hongueado en Caquetá, y se había perdido en la selva. Pudo caminar durante la noche gracias a la ténue luz de los cigarrillos que tenía consigo. Por eso le tenía tanto afecto al cigarro. Recuerdo que Chamo me dijo que mientras los tres estaban afuera, me escuchaban divagar dentro de la carpa, pero que no internivieron porque ellos, particularmente él, sabía por lo que yo estaba pasando. Me dijo que él me quería ver hongueado desde que me había conocido porque yo tenía 'una mirada muy pesada, que uno no sabía qué cargaba'.

Después, al calor de la hoguera me enteré que ellos, mientras yo estaba con mi amiga en Villa de Leyva, habían comprado algo de comida. Así que terminamos comiendo corazón, bofe, y plátano con bocadillo -jamás olvidaré el sabor al sacarlo de la brasa y llevárselo a la boca tibio. Hablamos hasta pasadas las 3:30hrs. Con constantes flashbacks que nos impedían mantener un diálogo coherente por algunos minutos. Finalmente nos acostamos. Ninguno tenía cobijas así que nos hicimos todos juntos, con las pocas chaquetas que teníamos, para intentar darnos algo de calor.

3 de Enero - Mañana
Nos levantamos pasadas las cinco. Chamo y yo fuímos los primeros en levantarnos. Avivamos las brasas de la fogata y nos sentamos en el pasto a esperar a que el sol subiera la Colina completamente y nos llegara su calor. Veíamos como a la distancia el pasto volvía a ponerse vertical mientras se humedecía la escarcha de la noche y la madrugada. Al final todos estábamos esperando bajo el sol, calentándonos. Fuímos al río a bañarnos. Ahí pasó una de las escenas más hermosas del viaje. Chamo tomó los tarritos de boxer que tenían en las maletas y dijo que si en algo les había hecho hincapié yo la noche anterior, era que tocaba dejar de usarlo. Vi cómo los tiraban al río, y éste se los llevaba.

Fuímos al campamento. Desayunamos una lata de atún, más plátano con bocadillo y jugo de naranja en polvo. Arreglamos todo y decidimos partir. Ellos iban para Aguazul, Casanare. Me pidieron que me fuera con ellos, pero en realidad todos sabíamos que había sido un afortunado encuentro que nos iba a hermanar por mucho tiempo, pero que el viaje llegaba hasta allí.

En un cruce de caminos, al mejor estilo de una canción de Robert Johnson, nos despedimos con el verso de Machado que reza 'Caminante no hay camino, se hace camino al andar'. Yo seguí mi camino, ellos el propio. El viaje para los dos grupos, ellos y yo, continuó a su manera. Yo ya había sentido que había vivido lo que tenía que vivir en ese viaje. Recorrí un poco más Boyacá y volví. Tranquilo.

Tiempo Después
Con Chamo y los demás estuve en contacto hasta hace algunos meses. Chamo seguía siendo el líder de la barra de Millonarios en Usme. Un compañero y yo le estábamos dictando clases los jueves en la Universidad Nacional para que él pudiera presentar un ICFES y pudiera ingresar a alguna universidad pública -su sueño es estudiar psicología. Lo último que me enteré, la última vez que me vi con él, fue que tenía problemas en el barrio. Los de Santa Fé, muchachos en las mismas condiciones, habían 'dañado a un chinche del barrio' de Chamo. Él ya no quería violencia, no quería responder así. Quería que se recuperara el amor al equipo (con esas palabras me lo dijo). Me dijo que tenía problemas en la propia barra porque su cuñado era un tipo violento y quería quitarle el mando y poner a la barra a pelear. Lo último que supe ese jueves que lo vi fue que él iba a 'intentar calmar los ánimos en el barrio'.

De un tiempo para acá lo he llamado y le he escrito para que nos reunamos. El celular permanence apagado o no contesta y al correo no me responde. Leí hace unos meses que habían matoneado a unos hinchas de Millonarios en Usme. Sólo me queda esperar que nuestros caminos, por menesteres de la casualidad, se vuelvan a cruzar.

Con la compañera que me recibió en Villa de Leyva los caminos se distanciaron. Pensé que nuestro camino iba a durar más, pero la suerte decidió que esa experiencia sería la que me iba atar a ella. A pesar de las distancias, su unión con este recuerdo es inexorable y siempre la evocará. Tengo un hermoso recuerdo de ella: cogía las cosas durísimo, siempre me daba la sensación de que ella pensaba que en cualquier momento el mundo se le iba ir de las manos. Yo le deseo lo mejor y la recuerdo con mucho cariño. Con Nils el contacto continuó. De un tiempo para acá ella decidió emprender un viaje. Me pidió expresamente que no la acompañara en sus nuevas empresas. Respeté sus deseos y le abracé en la distancia. El olvido que ella me profesa en estos momentos es inversamente proporcional a la cantidad tan grande de veces que la recuerdo cuando pienso en cosas maravillosas que me han pasado en el último año. No importa, c'est la vie.
Sinceramente recomendaría la experiencia de los hongos a todo el mundo. La liberación mental que permite es una cosa que no se puede describir. Además mi experiencia fue demasiado buena. Tuve una experiencia cuasi que perfecta. Todo, el viaje, la compañía, los momentos. No obstante, en el fondo sé que no todo el mundo sería capaz de manejar un viaje de hongos. No todo el mundo gusta de ver ciertas verdades. No todo el mundo gusta, al fin y al cabo, de darse una oportunidad de verse en el espejo más surrealista que nos presenta la vida. Sinceramente creo que no todo el mundo la podría sacar mediánamente decente. Eso sí, como experiencia, vale mucho la pena. No estoy haciendo apología al consumo, simplemente estoy dando mi opinión personal según lo que viví.

La experiencia con los hongos sólo la pude valorar a la postre. Muchas de las sensaciones que tuve durante el efecto, sólo me fueron entendibles meses después. La forma como uno siente al otro -en tanto otredad, en tanto algo que está fuera de mí- bajo ese efecto no se puede describir. La sensación de que todo hace parte de todo, de un principio unificante, es una sensación bella. Cálida. Uno se siente en casa. Desde esa experiencia muchas cosas han cambiado en mi vida. La primera, básica, fue el modo como manejo lo que viene de la tierra. Para mí los hongos fue la iniciación de un proceso de curación espiritual. De alguna forma, de esa sensación, entendí que en plantas como la marihuana y otras plantas medicinales sólo hay diferencia en el efecto, pero el sentido de ingresar la planta al organismo es uno solo: curar. Son plantas medicinales, tanto la manzanilla, como la marihuana, como en otras culturas y contextos, pueden llegar a serlo el yahé y los hongos. Aprendí que como cualquier otra medicina uno se puede sobredosificar, y que por eso hay que aprender a tenerle respeto a la planta y a entender mejor el por qué se consume. También llegué a la conclusión de que si me vuelvo a honguear, será para limpiarme. Será después de algún tiempo. Esa sustancia no es una droga de entretenimiento, y eso es algo que hay que entender.

La experiencia me hizo cambiar muchas cosas en la manera de pensar. En lo que busco de la vida y lo que puede o no puede afectarme emocionalmente. Se volvió un punto de comparación para experiencias posteriores. Me cambió mi sensibilidad ante el mundo. Antes era una suerte de escala de grisis implacable. Ahora sé -porque lo vi- que bajo todo subyacen miles de colores. Colores del universo. Colores que están ahí para el que los quiere ver.

Cuña: Las siguientes dos canciones llegaron a mi vida después de esta experiencia. Desde entonces se han vuelto una suerte de pits. Las uso para cargar energía en las mañanas y encontrar luz en la noche más oscura. Ánimos para levantarme todo los días más como parte del universo que como sujeto. En Zion mi Anhelo de Zona Ganjah y Emocionado, de Fidel Nadal.

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